Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

viernes, 12 de julio de 2013

171.- En zona de niebla


<1>
Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Jn 8, 12
<2>
Lista de dogmas de la Iglesia católica: 199, desplegados en los siguientes…
-        Dios uno y trino 32
-        Dios trino en personas 10
-        Dios creador 30
-        Dios redentor –la Persona- 12
-        Dios redentor –la obra- 10
-        Dios redentor -la Madre- 4
-        Dios santificador –la Gracia- 28
-        Dios santificador –la Iglesia- 25
-        Dios santificador – Los sacramentos- 11
-        Dios santificador – La Eucaristía- 15
-        Dios santificador – La Penitencia- 22
-        Dios santificador – Los otros sacramentos- 18
-        Dios consumador 12

Zona de niebla


Llevo prácticamente toda mi vida en una lucha interior entre el planteamiento triunfal que me hace la Iglesia católica en relación a una fe luminosa que nos hace felices y dichosos, y la experiencia personal de una fe que me hace caminar por cañadas oscuras.
El planteamiento teológico y doctrinal de la Iglesia mantiene desde sus orígenes una dialéctica o discurso basado en un modelo estándar, con un estilo estándar y una jerga y terminología estándar, que no puede salirse ni un solo ápice del guión expuesto sobre la base de los 199 dogmas de la Iglesia católica, y que constituye la totalidad de los discursos, homilías, escritos, encíclicas y demás documentos escritos y manifestados verbalmente por la clase sacerdotal. Lo que obliga a recelar de todo aquello que sobre la fe podamos decir y manifestar los parroquianos. Una vigilancia extremadamente estrecha, que en épocas cuando la curia tenía el poder que ahora, afortunadamente, no tiene, permitía condenar de herejía a todo aquel que se salía del guión de la película, con riesgo cierto de ser condenado a la hoguera, y por supuesto, al puto infierno.
Acabo de leer la última encíclica, denominada Lumen fidei (la luz de la Fe), del Papa Francisco, que me da la sensación de que tiene tantos admiradores como detractores. Y como siempre, me voy a manifestar sin la autoridad que sólo poseen en estos asuntos los que se les ha dado desde lo Alto. No obstante, lo hago, entre otras cosas porque este blog tiene sentido invocando el derecho a la libre expresión (lo que no creo que acepten en estos asuntos las autoridades eclesiásticas).
Para no extenderme demasiado, esta es una encíclica que ya desde la primera frase, no hay que ser muy listo para saber de qué trata, y cuál va a ser, más o menos su contenido, dado que está redactada en un riguroso estilo estándar, de todos conocidos; lo que supone que no dice nada nuevo que los católicos no sepamos ya. Efectivamente, una vez leída, dice lo único que puede decir según el discurso estándar de la Iglesia católica. Nada nuevo.
Además, a mí, por lo menos me impresiona de que está escrita en un tono algo desganado, como a la fuerza, de carácter muy catequético al estilo estándar, sin demasiada expresividad, como por obligación. El que la haya escrito, no ha tenido demasiada inventiva; y si ha sido el propio Papa, lo ha hecho sin aplicarse demasiado.
Por lo demás, manifiesta una fe brillante, luminosa, que ilumina permanentemente nuestro caminar hacia Dios. De esto se deduce que digamos todo exultantes de gozo aquello de “por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu Gloria”.
Puede que esto le resulte a alguien una crítica, pero es que, mutatis mutandi, es el discurso que mantienen el 99,99% de los sacerdotes en las homilías, razón por la que las mujeres aprovechan ese ratito de tranquilidad, mientras el cura dice lo mismo de siempre, para pensar qué van a hacer de comida, y los hombres cómo van a rellenar la próxima quiniela.
Existe además una tendencia generalizada en este modelo estándar, de hablar siempre en plural mayestático (nosotros), quedando cada cual reducido a un elemento de una multitud que aclama con vítores y palmas a Jesucristo nuestro Señor, amén. Bien es verdad que Jesús nos enseña el Padrenuestro en clave de nosotros, y “donde dos o más se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Pero también en Mateo 6 proclama la intimidad profunda con el Padre…
6:5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Luego hay, como en otras muchas ocasiones dos versiones complementarias (que a veces impresionan de opuestas), de vivir la fe, en Comunidad y en relación directa del alma con Dios.
A riesgo de estar equivocado, que posiblemente lo estaré, todo lo comunitario me evoca himnos y cánticos inspirados entonados por una multitud extasiada ante Dios. Lo personal me evoca silencio, vacío y en muchas ocasiones noche, oscuridad y soledad, como poco me evoca navegar bajo la niebla.

Catarsis

La palabra catarsis, del griego purificación, tiene en el Diccionario de la Real Academia dos acepciones que nos interesan.
2. f. Efecto que causa la tragedia en el espectador al suscitar y purificar la compasión, el temor u horror y otras emociones.
3. f. Purificación, liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda.
A parte de la purificación ritual de los griegos, las acepciones 2 y 3 aplican, la primera al efecto comunitario y la segunda al efecto personal de transformación.
En la primera, a juzgar por las expresiones rituales, todo se describe en relación a la fe y sus manifestaciones como clímax de gozo y de tragedia, de éxtasis o trance comunitario y de flagelamiento colectivo por nuestras grandísimas culpas, tal como “el mundo entero se desborda de alegría”, o como diversas comunidades católicas se manifiestan ¡¡estar de colores!! O abrumadas por el peso de las ignominiosas culpas.
Recuerdo cómo un párroco de la iglesia a la que solía y a veces sigo asistiendo, nos obligaba a los parroquianos a sentirnos míseros gusanos hediondos llenos de podredumbre y merecedores del puto infierno al empezar la misa (poco más y teníamos que darnos de latigazos)  y delirantemente exultantes de gozo, cantando aleluyas con el órgano sonando a toda trompetería al terminar. La gente le miraba con cara neutra preguntándose el por qué de los dos extremos (salvo las viejitas que le bailaban el cante), que yo personalmente nunca entendí.
Así que luego compruebas que evidentemente no es así, que salvo en muy contadas ocasiones vividas por determinados grupos ultra católicos dados a este tipo de prácticas extremas, el común de las gentes salen de misa de domingo igual que han entrado, pensando el sus asuntos, la jornada de fútbol del domingo, o qué van a comer cuando lleguen a casa.
Pero el guión estándar de las enseñanzas doctrinales te describen un panorama en el que si no sientes y experimentas la catarsis comunitaria de la fe, casi que lo tienes chungo, y lo llevas claro... porque algo falla.
En mi experiencia personal, este contrapunto entre las manifestaciones doctrinales públicas, comunitarias y llena de signos y ritualidad extrema de la fe y lo que el alma experimenta en la soledad, vacío y niebla de su rincón secreto (donde realmente Dios habita), prima facie me ha hecho pensar durante algunos años que yo tenía un problema y que si yo no experimentaba esas exaltaciones de gozo y de agonía que parecía ser una norma obligada de todo buen católico, era porque vivía sin la Gracia de Dios. Me confesaba una y otra vez, pero nada. Hasta que comprendí en carne propia que los místicos tienen razón, y que el camino hacia Dios no es precisamente un triunfal paseo militar, sino una experiencia de silencio, vacío y soledad, toda ella envuelta en un escenario de niebla, únicamente atenuado justamente por esa fe en Aquel que sabes te tiene tomado de la mano y te conduce, si y solamente si, tú cedes los mandos de tu nave y te dejas guiar suavemente por Él. Porque el camino hacia Dios es un proceso de catarsis, de purificación.
Y entonces todo cobra sentido, y lo mejor de todo, todas las exigencias doctrinales dejan de ser un peso insoportable, para ser valor añadido (los 199 dogmas) de un discurso que se tendría que resumir exclusivamente y como mucho en el Credo y en el Padrenuestro, y ni un requisito más.

El regreso

Continúo aquí con la historia del hijo pródigo, que ya referí en la entrada anterior y en la 37.-Fiat lux, el final de la búsqueda.
Llega el hijo todo receloso, no sea que el viejo le mande a freír espárragos, pero no, es acogido y abrazado.
Peeero…
Ojito, que aquí viene lo bueno. Llegar, lo que se dice llegar, habrá llegado, pero queda lo peor, quitarle los harapos, dejarle desnudo totalmente y ser sometido a un nada agradable proceso de limpieza.
Es algo así como si al ver el Padre al hijo, le dijera.
- ¿Pero hijo, tú te has visto cómo vienes? Tienes más mierda que un jamón. Anda, ve con mis criados, que te van a quitar esos harapos, y te van a lavar. Te tendrán que restregar con cepillos de cerdas, y yo te tendré que curar con alcohol esas heridas que tienes. Y te aseguro que te va a doler…
Y sí que duele, sí.
Después de una vida disoluta y haciendo lo que me viene en gana, o sin llegar a esos extremos, viviendo en la creencia de que “yo” soy “yo” y mi circunstancia, deshacerme de esa armadura oxidada va a costar un proceso muy severo, ¿de qué? De HUMILDAD.
El proceso de purificación, al que es sometido el alma en las primeras moradas es denominado por Teresa de Jesús, de humillación, que significa limpiar de humus viejo, lo que cubre el suelo, para pode sembrar la nueva semilla en humus nuevo.
Es por eso que si el camino en el que se entra al optar por seguir los pasos de Jesús fuese luminoso, pues seguiríamos bastándonos a nosotros mismos; “yo mismo con mi mecanismo”. Es necesario aceptar que vamos a entrar en zona de niebla, donde nuestra capacidad de ver va a estar muy limitada, razón por la que o te fías de Él o vas dado, porque el territorio en el que aceptas entrar es completamente desconocido, tu Vida Interior, algo tan íntimamente nuestro como nuestro rostro, pero tan desconocido por nosotros mismos como si viviéramos en un mundo sin espejos. ¿Quién puede ver su rostro sin ayuda de un espejo (o de una foto que le hagan)?
Y el problema viene en el hecho ya referido en bastantes ocasiones, de que los curas se arrugan y se hacen un ovillo ante alguien que le manifiesta este tipo de experiencias, porque como no saben salirse del guión de la peli, de ese discurso estándar de sobra conocido, no son capaces de decir cosa distinta a recitar las verdades doctrinales, también de sobra conocidas y que no son de aplicación a las experiencias íntimas del alma con Dios. O al menos esta ha sido mi experiencia con ellos salvo muy contadas y honrosas excepciones de uno, a lo sumo dos sacerdotes en toda mi vida que sí empatizaban conmigo respecto de lo que yo les compartía, me estaba sucediendo. Es como cuando vas a un médico que no sabe que puedes tener ni a qué se puede deber tus dolencias.
Te pongas como te pongas, en el largo proceso de regreso a casa, no queda otra que aceptar este proceso de purificación que te obliga a reconocer sencillamente que tú no puedes ir por tu cuenta, porque has de atravesar zonas de niebla, de oscuridad, de turbulencias y de desierto, y sólo en contadas ocasiones sale realmente el sol, gozo que te dura toda la vida…
Es un feroz ataque por parte de Dios a ese yo artificial que nos hemos elaborado, y que por vía genética nos viene de esos dos idiotas que fueron Adán y Eva (por hacer referencia al mito), que viene a decir que somos fruto de una evolución biológica, psicológica, social y espiritual que está inconclusa.
Durante 650 millones de años los seres pluricelulares han evolucionado sin que la consciencia se hubiera manifestado. Al emerger el ser humano de esos “filos” de la Evolución y adquirir consciencia (o mejor dicho creer que la tenemos),  hemos de aplicarla al camino que nos queda por recorrer, que no es precisamente ni “de colores”, ni desbordante de alegría.
Quizás la Iglesia gusta de describir el futuro celestial triunfante desbordante de alegría para los 143.000 elegidos del Apocalipsis (acaso olvidándose de los 143.000 millones de desterrados por no estar bautizados católicamente), y desatiende el detalle de cómo han de atravesar ese camino de subida al Monte Carmelo, todo aquel que realmente desee el encuentro pleno y final con Dios. Porque tantas veces como leo la doctrina, lo que me dice es la relación de las 199 cosas en las que estoy obligado a creer, pero no, en cómo resolver los atolladeros en los que Dios me somete para purificar mi alma.
O debo ser tan tonto, tan estúpido, tan ignorante, que viéndolo no me doy cuenta de lo diáfanamente claro que está.
Probablemente el problema lo tenga yo. Pero conmigo todo aquel que se lamenta diciendo.
A dónde te escondiste
Amado y me dejaste con gemido.
Como el ciervo huiste
Habiéndome herido
Salí tras ti clamando y eras ido.

domingo, 7 de julio de 2013

170.- Ceder los mandos de mi nave

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Las contradicciones de Jesús

Una de las condiciones más importantes y difíciles de aceptar en el inicio de esta aventura de empezar a caminar por las sendas de la vida interior es la inevitable exigencia de ceder los mandos de tu nave.

“Sígueme”, supone caminar por donde Él vaya. Tú ya no eliges por dónde prefieres ir, a dónde dirigir tus pasos, sino que tienes que seguir los Suyos, ir a donde Él vaya, así te resulte extraño, casi absurdo o incomprensible.

Esto es en terminología urbana una soberana patada en “sálvese la parte”, que te deja dolorido y escocido, “que ni te cuento”; y tanto más cuanto que se nos inculca hasta la saciedad que somos dueños de nuestra vida, lo del libre albedrío, lo de que somos responsables de nuestros actos, de nuestro destino, de lo bueno y de lo malo que hacemos. Lo de que seremos premiados por lo bueno y duramente castigados por lo malo. Lo de nuestras culpas grandísimas y nuestros talentos que somos responsables de poner a trabajar, y aún más, lo de potenciar nuestra autoestima.

Pues este es primer sinsentido, “cede los mandos de tu nave”. Que no significa, conduce Tú que yo me pongo a tomar el sol en cubierta.

Hasta incluso que esto habrá tendencias que digan que es un total dislate, insistiendo en lo de que somos responsables de nuestros actos y de nuestro destino, lo que se da de bruces con Mateo 6 “no os afanéis por vuestra vida, mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta”.

¿En qué quedamos? ¿Somos responsables de nuestra vida o no tenemos de qué preocuparnos?

Mensajes contradictorios como este los hay a puñados, con lo que no sabes a qué carta quedarte.

“No he venido a poner paz, sino espada” versus “Mi paz os dejo, mi paz os doy”

“Ama a tu prójimo” versus “deja a los muertos enterrar a sus muertos”.

“Sed cándidos como palomas” versus “astutos como serpientes”.

“Mi yugo es ligero y mi carga suave” versus “estar dispuestos a beber el cáliz que Él ha de beber”

Y así un largo etc.

Son las contradicciones de Jesús, que nos incitan a decir, lo del dicho aquel…

“Te quiero, Maestro, por lo bien que te explicas”.

Cuando la realidad no se comprende, surge la mitología para explicarlo. Cuando la condición humana no se alcanza a comprender, el autor sagrado para explicarlo, le pone voz a una serpiente que engaña a la tonta del culo de Eva con la manzana puñetera que a su vez engaña al gilipollas de Adán y con eso nos jode a toda la Humanidad a vagar por este mundo puteándonos los unos a los otros, y a riesgo del infernal castigo. Y lo curioso es que este mito de Adán y Eva lo explican los doctores de la Iglesia, muy serios ellos y con cara de póker, sin poder, saber o querer ir más allá de la fábula fabulosa del mito de la Creación y caída del ser humano. Y si saben ir más allá, se lo tienen muy callado, para que nadie se entere salvo ellos, y siga la parroquia creyendo que las serpientes hablan.

Estas contradicciones son una permanente fuente de decepción en las gentes, tanto más cuanta más capacidad tienen de pensar por sí mismos y les da por cuestionarse lo aprendido.

Así que “ceder los mandos de la nave”, como condición sinequanon para caminar por las sendas de la Vida interior es un requisito demasiado fuerte y difícil de cumplir, porque prima facies atenta contra la libertad innata al ser humano.

¿Cuál es entonces el sentido de esta condición? Y sobre todo, cómo se puede explicar de modo que más o menos se pueda entender previo a haberlo experimentado en carne propia (que es cuando se comprende de verdad).

Sesuda disertación sobre eso del libre albedrío


En el fondo el asunto se explica si se sabe interpretar el asunto de Adán, Eva, la manzana puñetera y la serpiente que tenía un piquito de oro, lo suficientemente convincente como para engañar a esos dos infelices, y por vía genética a todos nosotros. Más allá del componente mitológico, a mi entender, y con el debido respeto a los que saben mucho más que yo a este respecto, el asunto va de que estos dos desgraciados cayeron en la tentación de “hacer de su capa un sayo” y campar por sus respetos, ignorando de qué pasta estaban hechos. O dicho de otra forma, y acudiendo al simpático símil de mi buen amigo Fidel Delgado,  su “Pocoyó”, el simpático personaje de la serie infantil, se creyó que él podía, el sabía y él se bastaba, sin darse cuenta de que estaba tan íntimamente unido a su Creador, como la mano, que se viste de muñeco de trapo, está unida al brazo y cuerpo del que se nutre y vive. (ver la entrada 42.- equipaje para este mundo).

Pocoyó se cree que el hace y deshace, manda y puede tomar decisiones el solito, cuando realmente está íntimamente unido a la Consciencia, que es la que realmente actúa. Se siente súper enrollado con la dualidad (yo por un lado y todo lo demás, por otro).

Pocoyó está simplemente alucinado. No le pasa otra cosa que “se cree” que es independiente de la Consciencia universal que le da la vida. Sufre una “ilusión” (de “iluso”), por la que se cree no depender de nada ni de nadie. Y al creer que Dios no existe o que ha muerto al estilo de Nietzsche,  se sube y sube él solito hasta creerse eso del superhombre. “Soy la rehostia”, que nos decimos a nosotros mismos para crecernos.

Las tonterías que comete al tener ese subidón de autoestima y creerse independiente y separatista, es a lo que habitualmente se le llama “pecado”, o  torpezas, o macarradas, o como queramos llamar a las meteduras de pata que todos cometemos diariamente.

Pocoyó alude al derecho reconocido del libre albedrío, por el cual nos dicen que tenemos la libertad de hacer lo que nos salga de las narices.

Veamos si esto es cierto.

Yo me despierto por la mañana. ¿Tengo libertad para seguir acurrucado en mi cama? Pues no, tengo que ir a trabajar. ¡Vaya por Dios! Pero ¿Y si es domingo? Pues tampoco, porque me dan ganas de hacer pis y tengo que levantarme para ir al baño, y ya de paso siento hambre y tengo que desayunar. Puedo hacer huelga de hambre, pero eso parece que sienta bastante mal al cuerpo y finalmente las tripas te obligan.

Puedo vestirme o salir en pelotas a la calle, sobre todo si es verano… ¡Hombre!, parece que está mal visto, aunque por poder, se puede, pero me malicio que tendré problemas nada más salir del portal o en el ascensor si me encuentro con doña Paquita, la octogenaria vecina del tercero, que no me va a mirar precisamente con buenos ojos (aunque nunca se sabe…). Mejor me pongo algo; qué remedio, no empecemos el día con tiranteces.

Puedo elegir entre ir a trabajar o no. Por poder, puedo, pero creo que si lo hago esto injustificadamente y con frecuencia, me voy a buscar un serio problema laboral. Mejor voy a trabajar, qué remedio. Además tengo que pagar la hipoteca, ir al Carrefour a comprar y pagar la luz y el teléfono, y de vez en cuando alguna caña con gambas en el bar. Mejor voy al curro.

Pero en el curro puedo tocarme los cataplines, y mejor que curre mi compañero. Es cierto que esto se suele hacer con frecuencia, y que en las organizaciones, el veinte por ciento se carga realmente con el trabajo que debería hacer el ochenta por ciento que se los toca a dos manos. Pero al final todo se sabe, e igualmente, corremos el riesgo de que la indolencia se vuelva en nuestra contra. Mejor hago como que trabajo, para alguien que hace como que me paga.

Luego está la comida, que si no insisto en hacer huelga de hambre, este al final termina obligándome a tomar algo.


Luego tengo que recoger los niños del cole; y tengo que salir con mi mujer a la compra, y tengo que arreglar el enchufe de la cocina que lleva estropeado siete meses, “y ya te vale”, o me toca sacar al perro, o tengo que responder a veinte emilios, que ni pizca me apetece.


Por último cenamos (salvo que insista en la huelga de hambre), y finalmente me acuesto porque mis hijos están viendo un partido del Barça, y yo, que soy del Madrid, me tengo que joder y no ver mi serie favorita, justamente cuando el bueno estaba a punto de matar al malo y casarse con la chica.

Ya en la cama me pregunto. ¿Pero qué libre albedrío ni qué ocho cuartos? Pero si no he tenido ni un solo minuto para hacer lo que me diese la gana.

¡¡Soy un pringao!!

Grito desconsoladamente al comprobar que un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro, se repite la misma historia.

¿Pero qué mierda de libertad y libre albedrío me han vendido?

Con esta reflexión, más allá de lo cómico (aunque tristemente real), quiero venir a decir que nuestros grados de libertad son extremadamente limitados, y que sólo en muy contadas ocasiones en la vida nos toca tomar decisiones que suponen auténticas bifurcaciones en nuestra flecha del tiempo, tales como la opción profesional que hemos de elegir a optar por una carrera u otra, una formación profesional u otra, o por ninguna y simplemente ponernos a buscar curro tras terminar nuestra edad escolar. Otra bifurcación es la elección de pareja y futuro esposo/a. El trabajo que podamos optar, si es que tenemos opción de elegir. Y así más o menos, en tres o cuatro decisiones importantes, se configura la línea maestra de nuestra vida. Y estas decisiones nos infunden un temor tremendo, porque supone “un compromiso”.

¡Vaya!, he mencionado una palabra tabú, comprometerse, tomar la responsabilidad de una opción consciente y de sus consecuencias.

Si seremos unos pringaos, que cuando realmente tenemos opción de ejercer nuestra libertad de elegir en decisiones estratégicas, nos arrugamos, nos acojonamos y temblamos de pánico porque realmente “no sabemos”, ni podemos predecir las consecuencias de nuestros actos.

Jesús nos ilustra este desagradable escenario con la parábola del hijo pródigo.

Oye viejo, dame lo mío que me piro, vampiro.”

Y se fue. Al principio se lo pasó de fábula, por no decir “de puta madre”. Hasta que se le acabó el pisto (como dicen en Centroamérica al dinero), y pensó para sí…

Joder qué chungo, tronco; la he cagado pero a base de bien. Menuda putada. Si es que soy un pringao. ¿Y ahora qué hago? Si no tengo curro, ni tengo oficio ni beneficio. Pues me voy a tener que volver a la casa del viejo, a ver si me recibe, porque le dejé súper jodido y no sé si querrá mirarme a la cara”.

El resto de la historia la conocemos todos (supongo). Quien no se la sepa la puede encontrar en Lucas 15, 11-32.

Dejémos la historia aquí de momento, mañana seguiremos; porque la enseñanza ahora es esta: Reconoces que la has cagado pero a base de bien, que te creías que eras el rey del mambo y que tú sabrías valerte por ti mismo. Pero al final reconoces que “eres un pringao”. Que en el corto plazo, en la vida diaria, a penas te queda tiempo para respirar, porque tienes toda tu vida súper programada, y en el largo plazo, cuando te toca tomar decisiones serias, se te cae el mundo encima porque no sabes qué opción va a resultar la adecuada (sobre todo al ver cómo casi todos tus amigos se han divorciado a los tres años). Y en el medio plazo, te ves obligado a abrirte paso en la vida a base de repartir patadas en las espinillas a diestro y siniestro, para hacerte un hueco y medrar en eso de atesorar algún que otro tesoro en esta vida, donde el orín y la polilla los corroen, y si consigues que no los arruinen, ya se encarga Hacienda de exigirte un buen bocado y dejarte con el culo al aire.

En fin, que te sientes un pringao en el corto, un pringao en el medio y un pringao en el largo plazo.

¿Me quieres decir, amigo, de qué va esto del libre albedrío? Porque a mí me parece raro de cojones. Y perdona la expresión, pero es que a veces los tacos dan una expresividad y fuerza a las frases, que no alcanzan ni de lejos las frases literariamente correctas.

Ceder los mandos de la nave, o el retorno a la no dualidad

Y volvemos a eso de ceder los mandos de la nave, y de cómo yo, que soy (o me han dicho que soy), dueño de mi destino, voy a ceder a otro los mandos de mi nave.

La putada de lo de Adán y Eva radica en creernos que somos entidades independientes y separadas del Creador, que existe una separación real entre yo y Dios. Incluso desde el punto de vista religioso se fomenta esa separación (creo que sin querer), porque se nos enseña que Jesús está en el sagrario, y hemos de ir a la iglesia para rezarle y recibirle semanal o mejor diariamente, para conseguir mantener unas concentraciones de Jesús en sangre que sean eficaces para combatir nuestras bajas pasiones. Algo ajeno a mi, que debo meter dentro de mí con la mayor frecuencia posible para mantener mi enfermedad moral en estado asintomático a ser posible. Alguien pensará que banalizo la Eucaristía y de la obligación (o recomendación) de frecuentar este sacramento. Para nada. Sólo digo que un sacramento es un signo una señal (algo que menciona lo sagrado sacra-mento), que indica el destino, pero no el destino en sí mismo. Aunque esto es meterme en un jardín donde me pueden dar los curas hasta en el carné de identidad, así que dejémoslo ahí.

Lo que manifiesto es cómo creo que se tergiversa la Verdad, desviando nuestra atención de lo auténticamente real, que Dios vive permanentemente en nuestro interior, es más nuestro que nosotros mismos. Dios y yo somos la misma esencia, somos Uno.

La cuestión crítica radica en si somos conscientes de ello o no, si aceptamos esta íntima realidad, si Pocoyó se vuelve y comprueba cómo él está unido al cuerpo, porque realmente él es la mano que el cuerpo mueve, y lo que se cree que es, tan sólo es un muñeco de trapo, o la famosa frase de Buda: “yo soy lo que mi pensamiento ha elaborado sobre mí”; si cree esto, o sigue creyendo que él es algo independiente que vive por sí mismo.

Aceptar la no dualidad entre Dios y yo supone reconocer que todo el tiempo que no lo he admitido, he vivido como un pringao que ha sabido desarrollar una inteligencia, a veces increíblemente astuta (como la de los políticos), para los asuntos cotidianos y para putear maquiavélicamente al vecino. Pero no por creerme muy listo y habérsela metido por la escuadra a mi oponente, dejo de ser un pringao, o casi más, un pringaillo.

Consecuencias de soltar los mandos de mi nave.

En mi experiencia personal, tengo que decir que reconocer que he sido un pringao me ha costado años de sufrimiento y de fatiga moral.

Entre el pánico al infierno eterno por un quítame allá esas pajas, por un lado, y mi lucha interior por deshacerme de la armadura oxidada que me había calzado desde pequeño, reconozco que lo he pasado fatal.

A pesar de que desde joven soy consciente de que este es el camino, la Vía directa hacia Dios, mi yo, mi Pocoyó ha venido luchando denodadamente por convencerme de mi independencia espiritual, hasta que poco a poco, y a fuerza sobre todo de fracasos morales, de caídas, de reveses y sobre todo de una agobiante a veces soledad y vacío, me he dado cuenta de que “yo no sé caminar solo sobre las aguas”, que me hundo, que necesito una mano que me mantenga a flote.

A fuerza de aceptar día a día, poco a poco, que no puedo vivir independientemente de mi Dios, y así conseguir confiar cada vez más en Él, he ido encontrando poco a poco mi paz de espíritu.

Considero importante eso de “poco a poco”, “paso a paso”. En mi experiencia personal, la iluminación no ha sido un fogonazo instantáneo tras el cual he salido brincando y gritando “¡¡he visto la luz!!” Para nada. Ha sido y sigue siendo un largo proceso. Es más creo que sigo sumido en mi particular noche espiritual.

De lo contrario, de la luz súbita hay testimonios, mismamente la caída de Saulo de Tarso en el camino de Damasco.

Y ni siquiera la iluminación para mí supone ver la luz, sino “saber soltar los mandos de mi nave”, porque sé que “estoy en buenas manos”. Esa es para mí la auténtica iluminación, que además no ha ido adornada de efectos especiales ni de coros angélicos llevándome en volandas.

“Soltar los mandos de mi nave porque sé que estoy en buenas manos”

Y no para echarme a dormir, sino para aceptar cómo unas manos amigas me abrazan por detrás, toman suavemente las mías y me enseñan a maniobrar el timón de mi barco y a manejar las velas, para dirigirlo a buen puerto.

Ceder los mandos es aceptar que Dios me enseñe a vivir, que me enseñe a dirigir mi propia nave y así realmente entonces, tomar las riendas de mi propio destino, porque es el suyo, el que quiere para mí.

San Juan de la Cruz, mi querido maestro, no lo podría decir mejor de cómo lo expresa en “La subida al Monte Carmelo”; el camino supone transformar las potencias del alma en virtudes. Convertir el entendimiento en fe, la memoria en esperanza y la voluntad en amor.

Y no tengo más que decir.

viernes, 5 de julio de 2013

169.- Vida interior

 



































Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.
Francisco Luis Bernárdez

Todo empieza como una inspiración.
Es una intuición.
No es fruto de la reflexión, ni de conclusiones tras un razonamiento intelectual.
Ni tampoco es la consecuencia de las enseñanzas que recibiste de pequeño, de lo que la tribu te indicó, debías hacer.
Hay circunstancias que te pueden ayudar, tales como la lectura de un libro, una conversación con alguien que haya experimentado lo mismo o similar. Pero lo que realmente moviliza todo tu ser, lo que te pone en camino es un sentir, un experimentar algo dentro de ti, que no sabes lo que es, ni tampoco nadie que no lo haya experimentado te puede decir lo que es, pero que te levanta, te pone en pie, y te impele a buscar donde jamás habías buscado antes, en lo más profundo de ti.
Y ahí radica todo. Esa es la clave de todo, en buscar dentro de ti, y no fuera. Buscar fuera llevas toda la vida haciéndolo, con un resultado bastante mediocre. Es lo que hace todo el mundo, ir una y otra vez al Pozo de Jacob, como hacía la samaritana, y siempre tiene que volver, porque siempre tiene sed, una sed que el pozo no puede calmar.
La tribu te enseña normas de comportamiento, reglas de compromiso para vivir en comunidad, para no putear al vecino, y te ordena que has que amar a la divinidad, y que hay que estar permanentemente realizando actos de adoración, de latría, y no cometer demasiados desaguisados, no sea que la divinidad se enfurezca y la pague contigo. Un código de buenas costumbres terrenales y celestiales completa el adoctrinamiento. El chico o la chica ya se saben la lección y son unos buenos cumplidore de las normas.
Y todos contentos, y “de colores”.
En mi experiencia personal, jamás (y esto lo digo con total rotundidad), jamás la vida de fe se ha circunscrito a cumplir un código de buenas costumbres y tratar de mantener la ira de Dios apaciguada a base de rituales y mediante el cumplimiento de la Ley. Es más todo esto “me ha dado por saco”. Siempre me ha molestado que me tachen de ser un “buen católico practicante”. Los practicantes eran los antiguos enfermeros, pero esa denominación me ha resultado incluso malsonante, degradante, impropia del fondo espiritual que oculta. Y mucho menos me gustaba el término de “persona piadosa”. Ni siendo niño  me gustaba el término y mucho menos que me tachasen de tal. Niño piadoso me sonaba a niño repipi.
Quizás porque recibí una educación preconciliar por el año en que nací, cuyos terrores fueron el origen de que mi cabello empezase a encanecer hasta convertirse en totalmente blanco, cuando comencé a estrenar mi inteligencia, me empecé a dar cuenta del camelo que era todo lo que me habían enseñado con el catecismo Ripalda, que me tocó tragármelo para hacer la primera comunión.
Me considero hijo del Concilio Vaticano II, en el sentido de que la tímida apertura que mostraron con él, me dio esperanza de que la cosa recobrara un poco el sentido común. Pero sobre todo me considero hijo espiritual de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa, que de un modo casi milagroso mi madre supo explicar a un niño de doce años. Así que entre las Moradas de Teresa, el Cántico Espiritual de Juan de la Cruz y el Catecismo Holandés evolucionó mi juventud.
Pero cuando comprobé que tras la celosía del confesionario, al cura eso de la Mística “le hacía la picha un lío”, le confundía y no sabía qué decirme a lo que yo le manifestaba ya en mi estrenada juventud, que me estaba ocurriendo, y luego vi con estupor cómo el Vaticano condenaba el Catecismo Holandés y en su lugar empezaba a publicar textos descafeinados, cada vez más parecidos a los obsoletos catecismos de Ripalda y Astate, es cuando pude comprobar que realmente “nada había nuevo bajo el sol”, que todo el montaje del Concilio había sido una campaña de cambio de imagen, que me corroboró el libro de Karlos Bliekast “Ser cristiano, esa gran osadía”, donde me convencí de que esto no tenía solución, que los cambios del Vaticano eran demasiado bonitos para ser verdad.
Pero también comprobé algo muy importante, que se había abierto la puerta a la Humanidad, y que el flujo “Iglesia – mundo” quedaba establecido, aunque no en el sentido planeado por el Vaticana, de que el mundo entrara en la Iglesia, y que la humanidad entrase para ser acogida en los amables brazos de la Santa Madre Iglesia, sino al revés, que los cristianos podíamos hermanar con otras corrientes espirituales del Planeta. Y como dice Caroline Miss, así ha sido, la demonizada New Age ha sido fruto del Concilio Vaticano II y de la diáspora de los Lamas tibetanos a Occidente tras la invasión del Tíbet por tropas chinas.
Yo me encuentro entre estos que han participado en que todo esto suceda.
Como he comentado en otras entradas del blog, lo que me ha salvado de la indiferencia, del escepticismo y del abandono de la fe, ha sido justamente haber descubierto el hondón de mi ser, donde dios habita. Mis mayores me enseñaron a ir todos los días al Pozo de Jacob, y ser fiel cumplidor de las normas, tradiciones y preceptos. Frecuentar el Sagrario y los sacramentos, y adorar al Altísimo en determinados puntos, y no en otros. Es decir, que Dios está más en unos sitios que en otros.
Algo dentro de mí me puso en evidencia que todo esto era un estereotipo del arquetipo real que eran las enseñanzas de Jesús. Las enseñanzas religiosas, las explicaciones de las cosas, de lo que existe, me resultaban, no sé cómo decirlo, ¿incomprensibles?
El choque entre Ciencia y Fe es a veces tan brutal como ridículo. Escuchar hace no más de diez años a un cura decir en una homilía que “ni el mono podía aspirar tan alto ni el hombre caer tan bajo”, en una crítica casi infantil sobre la Teoría de la Evolución, pues… sin comentarios.
Otro ejemplo; tras leer los libros de Assimov, Steven Hawking y de Paul Davies sobre Astronomía, Cosmología y Astrofísica, leer las razones del origen del Universo tal que así… en un libro de sesudísima Teología:
Dios crea, pero no por necesidad; Dios crea no porque está obligado; Dios crea por el Verbo y en el Espíritu Santo. Decir que Dios creó el mundo por necesidad o porque le faltaba algo o por algún otro motivo extrínseco es poner imperfección en Dios. Esto último implica limitarlo, negar su grandeza, su majestad, su señorío, su trascendencia. En última instancia, es negar que Dios sea Dios.
… No vamos a discutir el “catolicismo explicado a las ovejas”…
Así que no me quedaban razones “extrínsecas” para continuar siendo un buen católico practicante.
Y sin embargo, algo muy poderoso dentro de mí me empujaba a iniciar la mayor aventura de mi vida; en realidad, algo extraordinariamente fuerte dentro de mí casi me obligaba a iniciarla. Nada externo a mí me motivaba. Todo venía del interior, de las profundidades de mí ser.
Esto es extremadamente importante:
Si no sientes nada dentro de ti que te impulse a vivir la aventura de la Divina Realidad, tienes dos opciones, quedarte reducido a un anodino practicante del “cumplo” y “miento”, o mejor déjalo. Limítate a vivir dentro de los límites de una ética natural, para no matar, ni robar, ni extorsionar a nadie, que en realdad es lo que terminan haciendo todas las personas de buena voluntad que conozco que se mueven fuera de la esfera de influencia católica. Gente de buena voluntad y sincero corazón, que ni matan, ni roban ni violan, y que encima son excelentes amigos y compañeros.
Pero si sientes que hay algo dentro de ti (insisto, dentro de ti, no fuera de ti), que no sabes lo que es, entonces, haz la pregunta que Juan hizo a Jesús; “Maestro, ¿dónde vives?” Y Él te dirá, ven y lo verás, pero que sepas que no tengo donde reclinar la cabeza.
Dar el paso, que jamás pudo dar el joven rico, en mi experiencia supone aceptar, lo que he compartido en la entrada anterior, una dolorosa experiencia de silencio, vacío y soledad. Porque todo se vuelve del revés. El shock entre lo institucional y eclesiásticamente establecido, y las oscuras cañadas por las que vas a ser  conducido es tan brutal, que ciertamente corres el riesgo de caer en una profunda depresión. Porque nadie sabe darte una respuesta lógica a tamaño sinsentido. Todo se desvanece, las cosas pierden su evidencia, y tu realidad se transforma en “algo o Algo” jamás imaginado; pero sobre todo, salvo unos primeros tiempos de relativo entusiasmo, poco se tarda en atardecer y que la noche del alma cubra completamente tu horizonte.
En la entrada 19 de este blog “Sitúate en el umbral”, ponía una definición de vida interior tal que así:
La Vida Interior es el camino que te comunica con el vórtice de salida de este mundo para entrar en el Océano de Dios.
Y explicaba esto diciendo:
“Vida Interior” no es “vida privada”. No es, “yo y mis pensamientos” que no comparto con nadie, porque a nadie le importa determinadas cosas de mí, y que están protegidas por la Ley Orgánica de Protección de Datos de carácter personal. Tampoco es el conjunto de ensoñaciones que uno se pueda imaginar cuando se emociona ante una “experiencia religiosa” al límite de lo sentido como sublime. Y continuo diciendo que tampoco son mis fantasías sexuales o mis amores platónicos.
La Vida Interior es algo que está más allá de las cosas de este mundo. Lo curioso es que está en lo más profundo de ti. Y no se puede ni explicar mejor, ni argumentar con silogismos escolásticos.
La Vida Interior es mi propia vida, mi más auténtica identidad, la que brota de lo más hondo y desconocido de mi mismo, la que ignoro por estar permanente enredado en mis asuntos de la vida cotidiana y desde donde mi ser se puede unir en absoluta intimidad con Dios.
Está tan oculta, que nada en el exterior a mí me incita a pensar que esté dentro de mí.
Lamentablemente en mi experiencia personal, casi todas las vivencias humanas y religiosas me han puesto en relación con entidades externas a mí, incluidas las religiosas. Nadie me ha indicado, dentro del marco académico, institucional y eclesiástico que la verdad está en mi interior esperándome a ser descubierta.
Así que a no ser que a fuerza de practicar todo lo practicable una y otra vez termines atocinado y alienado, como para terminar creyendo que eso que practicas es lo único que vale, y el dial de tu receptor de radio lo capes (o te lo capen) hasta que sólo pueda quedar sintonizado a una sola emisora, ignorando todas las demás, porque además te han convencido de que son muy peligrosas; insisto, a no ser que te atocines del todo con todo esto, terminas, como he terminado yo preguntándote “¿pero qué me han contado durante todos estos años, tanto los unos como los otros?”.
Os aseguro que plantearte esta pregunta te enfrenta al peor de los escenarios, a la Nada. Te han inyectado el sueño del Planeta (ver entrada 24) y te preguntas si acaso es legítimo el derecho a poder pensar (Entrada 25.- El derecho a poder pensar).
Sólo poniendo en cuestión todo lo aprendido, es como puedes sentirte lo suficientemente libre para aceptar la invitación de Jesús a entrar por la puerta estrecha y adentrarte en las profundidades abismales de ti mismo.
Alguno, al leer esto se puede preguntar, no sin indignarse, “pero si todo esto me lo enseñan en el Evangelio de la misa y en el catecismo, ¿Cómo es que puedo terminar atocinado por las enseñanzas de la Iglesia?”
La respuesta la explica Santa Teresa, “hay gran diferencia entre estar y estar”, o lo que es lo mismo, una cosa es predicar y otra es dar trigo. Lo escrito, escrito está; todas las enseñanzas de Jesús están recogidas sobradamente, estudiadas, interpretadas, analizadas y enseñadas a las gentes. Pero esto es como la respuesta del joven rico. “Todo esto lo he vivido y practicado desde mi niñez, pero ¿me falta “algo más”?”
Traducido a lenguaje actual significa: todo esto me lo sé de memoria y lo practico; me lo han enseñado en el catecismo, lo he escuchado en las homilías, en las charlas cuaresmales, en las reuniones de mi grupo en la parroquia, en mi comunidad, lo he leído y estudiado en mis libros religiosos. Pero ¿me falta algo más?
Y la respuesta es “Sí, sólo te falta una cosa, vende todo lo que tienes y me sigues”. Este véndelo todo es aceptar el proceso de vaciamiento total de su propio ser, de silenciar tu mente y de soledad del corazón, para que realmente tomes conciencia de que tú y Dios sois la misma esencia. Y esto es un proceso que te llevará todo lo que te queda de vida, no tendrás dónde reclinar tu cabeza, y nadie que no haya pasado por lo mismo, te entenderá; ni siquiera los de tu propia casa.
Una cosa es saber que Dios te ama (cosa que viene en el catecismo) y otra cosa es “ser consciente de que Dios te ama”, y otra muy distinta es “dejarte amar por Él”. Porque esto sí que no viene en el catecismo, porque no es ni doctrina ni literatura teológica, es simple y llanamente experiencia de vida y de fe.
Y para tomar conciencia de que Dios te ama, o pasas por la noche oscura del alma, o jamás podrás experimentar ese amor, y aún más, “dejarte amar por Él” sólo es posible si te rindes a la evidencia de que nada hay en ti, que no sea Él. Pero para eso “tú, tienes que desaparecer de escena”. Jesús lo dice en los términos de “negarte a ti mismo”, “morir al hombre viejo”, “volver a ser como niños”, etc. Términos que el cura de misa de una no tiene la menor idea de cómo explicarlo a la feligresía, porque realmente no se puede explicar.
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
hoy más ya mensajeros,
que no saben decirme lo que quiero.       

  Y todos cantos vagan,
de ti me van mil gracias refiriendo.
Y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo
De esta forma San Juan de la Cruz en el Cántico espiritual lo explica.
No me envíes, Dios mío, ya más mensajeros que no saben decirme lo que quiero, y encima me dejan más llagado pues al tratar de explicarme estas cosas, y no saber cómo hacerlo (a pesar de sus estudios), sólo balbucean palabras que suenan a resabidas y absurdas. En terminología actual, sólo dicen cosas que suenan a gilipolleces, eso sí, doctrinalmente correctas.
La cuestión al final es esta, y esto es lo que más me enerva. Si todo está escrito, porque realmente no hay ni una tilde más que añadir a lo que Jesús y las personas de Dios han dicho, ¿por qué esto de la fe parece la ceremonia de la confusión? ¿Por qué, los que hemos descubierto la Vida Interior nos toca sentirnos completamente desarraigados?
Parece como si vagáramos como ovejas sin pastor, así que la mayoría, por miedo ni se atreven a salirse del carril, y si lo hacen es para abandonar definitivamente todo vestigio del sendero de la fe.
La vida es así, miles de millones de creyentes adecuadamente pastoreados, y unos cuantos iluminados que además les crucifican por decir gilipolleces como estas que escribo en este blog.
Casi preferirías tener la fe del carbonero que acepta todo y no se cuestiona nada de lo que le dicen sus mayores, y así vive en un mundo de piruletas de colores, más feliz que una perdiz, pide perdón por sus grandísimas culpas y glorifica a Dios con cánticos inspirados.
Así la vida es maravillosa, hasta que compruebas por propia experiencia de que todo eso, que es frondoso y florido ramaje se sostiene, no por lo que recibes del exterior a fuerza de discursos tanto tuyos como de los demás, sino de lo que tienes en el hondón de tu ser, que nadie te ha dicho que existe, salvo Jesús de Nazareth que en Mateo 6 te anima a encerrarte en tu cuarto y allí en lo escondido, encontrar a Dios, lo que pasa es que el común de nosotros y de nuestros doctos pastores no le hacemos ni puñetero caso.
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.
Y termino como empecé; ser consciente de esto, darte cuenta de esta asombrosa verdad, no es fruto de la reflexión académica, ni de saberte de memoria la doctrina ni de practicar ritos y liturgias.
Todo empieza como una inspiración.
Es fruto de una intuición, que para que pueda emerger de lo profundo de ti, has de hacer silencio, callar.
Es cuestión de decir solamente.
“Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
Y esperar la respuesta en silencio, vacío y soledad.