Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

sábado, 16 de noviembre de 2013

183.- Como los lirios del campo




Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Mt 6, 28.

Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden todas estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca. Lc 21, 29-31

Jesús no creo que eligiese los lirios por su belleza, exclusivamente, aunque de ellos dijo que ni Salomón con todo su poder y riqueza se vistió con tanta majestad. Hay flores igualmente bellas, o incluso más.
Pero los lirios tienen una peculiaridad sobre las demás; que viven en las ciénagas, en los pantanos, en aguas salobres. Son ambientes por lo demás poco agradables para la vista, para los sentidos, e incómodos para estar. Y sin embargo, allí viven, poniendo el contrapunto a la fealdad, incluso al hedor en ocasiones.
Jesús, en su permanente filosofía de la contradicción, predica el saber vivir a medio camino entre la pena y la dulzura, entre la tristeza y la alegría, entre la paz y la violencia.
Jesús nos anima incluso a alegrarnos de que sucedan “todas estas cosas”, “cuando veáis que sucede esto”, como indica en la parábola de la higuera.
Sabed que el Reino de Dios está cerca.
Sabed que está cerca cuando Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo” (Lc 21, 11).
Estos pasajes, que son los del anuncio del fin del mundo, solemos interpretarlos en plan apocalíptico, y realmente tiene sentido. Pero más allá de su vector histórico, más allá de que estas cosas (que por ejemplo acabamos de ver en televisión con el huracán Haiyan, o el tsunami de Fukushima, etc), pocas veces las meditamos en clave personal, lo que nos lleva a no entender por qué suceden “estas cosas” en nuestra vida.
Como somos adoradores de Chronos, sujetos al tiempo, asumimos que “todas estas cosas” son el anuncio, con trompetería querubínica incluida, del fin histórico del Planeta Tierra (el tercero del Sistema Solar), que tras un estallido del Sol, o la caída de un descomunal asteroide, nos mandará a todos a freír espárragos, acontecerá (en una fecha histórica), el Gran Juicio Final, y se acabó el gran teatro del mundo, con unos al cielo y otros al infierno.
Qué necios y torpes somos.
¿Cuántas veces no han acontecido y acontecen “todas esas cosas”?
Pero si todo esto está sucediendo desde que el mundo es mundo. Si desde la extinción de los dinosaurios, por poner una fecha muy, muy lejana para los seres humanos, vienen sucediendo grandes desastres, estallidos del Sol, y caída de cometas y asteroides.
Mas allá de que al Planeta, y con el a nosotros como especie, nos llegue la hora, para ti y para mi, “todas estas cosas” están sucediendo, aquí y ahora.
Si lo que nos está tratando de decir Jesús es que el Reino de Dios está tan cerca que en realidad está aquí y ahora. Y que además no pasará esta generación (nuestra generación) sin que todo esto se cumpla.
No es un anuncio del fin del mundo planetario, sino el anuncio del fin de la tristeza, de la oscuridad, del desánimo, de la angustia porque sucedan todas estas cosas. Es el anuncio del la llegada del Reino a nuestros corazones, del nacimiento de los lirios entre la ciénaga, entre la podredumbre, entre la pena y la tristeza de un mundo sin esperanza, un mundo que vive en la oscuridad.
Y todo esto sucede aquí y ahora, entre las guerras, la amenaza terrorista, las crisis económicas, la multitud que vive en el umbral de la pobreza, con los ricos llenándose los bolsillos y los de clase media sin poder llegar a fin de mes. Los dictadores mandando al holocausto a los inocentes y los humildes sufriendo la devastación de las desatadas fuerzas de la Naturaleza, furiosa por el destrozo climático causado por nosotros los humanos.
Y etc., etc.
Vivimos el tránsito entre la tristeza y la alegría. Y en ese tránsito los acontecimientos nos inducen al desánimo. Pero Dios nos ofrece la alegría.
A dónde te escondiste
Amado y me dejaste con gemido
Como el ciervo huiste
Habiéndome herido
Salí tras ti clamando y eras ido.

Este gemido de dolor profundo no lo experimentan sólo los místicos de vida contemplativa, aunque sea la primera estrofa del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. Este gemido de dolor profundo lo experimentamos todos sin excepción al ver cómo suceden “todas estas cosas” que refiere Jesús en Lucas 21. Porque “todas estas cosas” son las secuelas que en nuestra vida personal supone haber vivido de espaldas a Dios, pensando que nuestra vida es nuestra, que somos dueños de nuestro destino. Y lo somos, pero si sólo contamos con nuestras capacidades y nuestras fuerzas, el resultado es que Dios se va (aparentemente), y aparentemente nos deja solos, para que caigamos en la cuenta de que sin Él todo es tristeza, conflicto y amargura; para que comprendamos que sin Él no podemos absolutamente nada.
Y además, todos los cabellos de nuestra cabeza están contados.
Dura lección de humildad a la que somos sometidos, hasta comprender que el Reino de Dios está cerca en la medida en que sepamos dejarle que Él nos alimente, como a los pajarillos del bosque, o que nos vista, como a los lirios del campo.
Por eso escogió a los lirios, porque saben desplegar toda la belleza en medio de la tristeza de la ciénaga.
Por eso nos escogió, para que sepamos, para que aceptemos ser lirios, luz del mundo cenagoso.
Y así vivir alegres, no por decreto ley, sino desde la humildad y la aceptación de que la alegría no nace del exterior a nosotros, generándonos ese sentimiento, sino desde nuestro interior, como la belleza y perfume que el lirio derrama en su ambiente degradado.
Y aceptar que mientras estemos en este mundo viviremos en la contradicción entre la pena y la dulzura, entre la tristeza y la alegría, aguardando que “todas estas cosas” sean para nosotros el anuncio de la paz.
Os dejo con la preciosa canción "Alegría" del Circo del Sol en imagenes de Yucatán, con una gente que todos los años sufre el azote de la adversidad de muy diversas formas, y sin embargo saben vivir alegres, derramando su belleza como los lirios del campo.




sábado, 26 de octubre de 2013

182.- Los caprichos de la Divina Providencia



Hemisferios

Para desenvolvernos en este mundo, la Naturaleza nos ha dotado de un cerebro que básicamente funciona bajo dos principios, el racional que reside en el hemisferio izquierdo, y el intuitivo, que reside en el hemisferio derecho. La decusación de los haces cerebroespinales a nivel de las pirámides del bulbo raquídeo hace que cada hemisferio cerebral controle realmente el lado contralateral del cuerpo. El derecho controla el lado izquierdo y viceversa.

Pero más allá de esta explicación de neuroanatomía, el hecho que viene al caso, es que el buen funcionamiento de nuestra mente, de nuestra conciencia se basa en un estado estable entre la actividad de cada hemisferio, de modo que empleemos lo racional para lo que debe emplearse, con la lógica como bandera, y lo intuitivo y afectivo para desarrollar lo que podríamos calificar, al hilo de Daniel Goleman, nuestra “inteligencia emocional”. Bien es cierto que nuestra condición sexuada, masculina (hemisferio izquierdo predominante) o femenina (al revés, aunque no necesariamente), nos hace escorarnos hacia el predominio de un hemisferio o de otro.

Pero esta es nuestra naturaleza, y con estas dotes se nos ha colocado aquí. Y con estas capacidades es con las que juzgamos e interpretamos la vida y sus acontecimientos.

Si el hemisferio izquierdo controlara toda nuestra vida, sería como el predominio absoluto del negro sobre el blanco; pero si predominase el hemisferio derecho totalmente, sería como el predominio del blanco sobre el negro. Como realmente ambos intervienen y se mezclan en una permanente lucha de fuerzas antagónicas, o de pacífica convivencia complementaria, según lo queramos ver, la vida al final no nos parece ni blanca ni negra, sino compuesta de infinitas tonalidades de grises.

Pero en el detalle microscópico la realidad sí es binaria, sí es blanca y sí es negra, es una trama pixelada de puntos blancos puros y negros puros, mezclados como un tablero de ajedrez, que visto desde una suficiente distancia y en perspectiva, sí impresiona de ser gris.

Esta visión de la vida es la que siempre ha tratado de expresar la Filosofía oriental con el Yin y el Yang, con ese círculo donde la mitad es blanca y la otra mitad es negra, pero no absolutamente blanca la primera o absolutamente negra la segunda, sino que ambos tienen un punto opuesto, negro sobre blanco y blanco sobre negro, para indicar que nada hay absoluto, que en esta vida, ni la luz es perfecta, siempre hay un punto de duda, de incertidumbre, ni la oscuridad es total, pues siempre queda un punto de esperanza.



Es la convivencia del Sol y de la Luna, cada uno iluminando, bien el día, aunque nublado o bien la noche.

Es la convivencia de los amantes, opuestos entre sí, pero necesitados el uno del otro desesperadamente.

En la mística, uno de los estados, por no decir, el estado que más se valora es el de la quietud, el sosiego, el éxtasis; en general todo aquello que significa equilibrio, sin movimiento, perfección.

Ley de fuerzas antagónicas
Peso sabemos que existen dos formas de que un objeto permanezca quieto, parado. La primera es sin que ninguna fuerza actúe sobre el. A este estado se le denomina “equilibrio” o muerto. Pero también el objeto puede permaneces quieto, sin moverse, si las fuerzas que actúan sobre él se neutralizan entre sí, de modo que el vector resultante es cero. A este estado se le denomina “estabilidad”, estado estable, “steady state” en Inglés. En realidad, tal y como está concebido el Universo, nada hay quieto, en equilibrio, sino que todo lo que permanece en apariencia quieto, realmente está en estado estable. Y así ha de ser, porque este estado es al que aspira la vida como tal, a la estabilidad, dentro de un moderado grado de fluctuación periódica. Nada permanece sin presentar ningún grado de variabilidad.

Esta es la ley de las fuerzas antagónicas o tercera ley de Newton, que hace posible la existencia del Universo y de la Vida.

Esta reflexión inicial viene al caso de que, al tener los seres humanos nuestros muebles intelectuales colocados de esta forma, nuestros modelos de realidad se construyen con estas herramientas intelectuales, donde algo que resulta completamente rechazable es la contradicción. Por eso afirmo que las cosas, en el detalle son o blancas o negras, pero no pueden ser grises, aunque en perspectiva así lo parezcan. Un pájaro o está vivo o está muerto. Puede estar enfermo, pero sigue vivo, aún estándolo. O se es hombre o se es mujer, los intermedios son fruto de la sociología. O respiras o no respiras. Una máquina o funciona (aunque pueda tener fallos) o no funciona, pero no puede funcionar y no funcionar a la vez. En un camino, o vas o vuelves, aunque luego te encuentres cruce de caminos. Una línea o es recta o no lo es, pero no puede ser recta y no recta a la vez; un renglón de escritura o es recto o es torcido, pero no existen los renglones a la vez rectos y torcidos. Y así todos los ejemplos que nos podamos imaginar.

Sólo la visión en perspectiva desdibuja la dicotomía hasta convertirla en un comportamiento estocástico, para entrar en los escenarios de las gradaciones, de las probabilidades, de las variables cualitativas y cuantitativas del “nada, poco, regular, mucho y muchísimo”, que es donde nos vemos obligados a desenvolvernos. Por eso el hombre inventó los números, para cuantificar los gradientes y abandonar la subjetividad estimativa, sobre todo tratándose de dinero y de bienes materiales, “cuanto me debes y cuánto te debo”.

Y luego están los caprichos de la Naturaleza, los caprichos de la Creación, donde en muchas ocasiones, nada es lo que parece, donde una mariposa puede hacer que lleva al otro lado del mundo, con lo que entramos en el mundo de lo caótico, de lo impredecible.

La respuesta con la que el ser humano reacciona ante estos escenarios es el desasosiego, la incertidumbre, la ansiedad de no tener certeza ante las cosas, de no poder conocer la verdad, o la Verdad, ni de lo que sucedió, ni de lo que sucede, ni de lo que sucederá. Para minimizar esta ansiedad, desarrollamos los técnicos, herramientas científicas que nos permitan analizar lo sucedido mediante métodos analíticos y estadísticos; desarrollamos sistemas de recogidas de información cada vez más complejos y sofisticados, y técnicas de investigación operativa y de prospectiva para intentar conocer qué sucederá.

Pero todo esto es una batalla perdida. La Realidad ha ido, va e irá siempre muy por delante de nosotros y de nuestra capacidad de conocerla y sobre todo, de dominarla, a pesar de que pensemos que disponemos de un arsenal metodológico altamente avanzado.

El resultado, desde lo más profundo de nuestro interior es que nos quedamos ante la frustración de seguir inmerso en esa impenetrable “nube del desconocimiento”, con desagradable regusto de amargura.

Codificar la vida
Por eso, en la medida de lo posible tratamos de “normalizar” nuestras actividades, y de “modelizar” la realidad, al menos la que nos afecta directamente, mediante modelos, esquemas mentales que nos permita comprender, o al menos establecer un sistema de coordenadas para saber dónde estamos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Nos marcamos objetivos y hojas de rutas con fases, etapas e hitos para lograr las metas deseadas en nuestra vida. Y un sistema de mando y control, para ser conscientes de dónde estamos en cada momento; pues no hay nada más desagradable en un viaje, una navegación o un vuelo, que no tener ni idea de dónde nos encontramos o en qué dirección vamos.

Y eso lo aplicamos a todas las facetas de nuestra vida. Y una de ellas, curiosamente donde más inútil resulta este intento, es en nuestro trato con la Divina Providencia. Todas las culturas, desde tiempos inmemoriales, han desarrollado los cuerpos doctrinales, rituales y de comportamiento para más o menos, lograr “entender”, de que va eso de la divinidad, y para mantenerla razonablemente apaciguada con ceremoniales y sacrificios, y con normas de buena convivencia, no sea que tras la muerte nos encontremos con un severo juez que nos vaya a joder vivos.

Sin embargo, ni las doctrinas, ni los ritos, ni las liturgias, ni las prácticas religiosas, ni el buen comportamiento sirven, cuando la Realidad se nos pone de frente y nos muestra la esencia de la contradicción, la ambigüedad, representada en sucesos fortuitos, unos agradables, y otros muchos, en realidad la mayoría, adversos, desagradables y que nos obligan a tener que luchar denodadamente para mantenernos a flote, cuando lo más querido se nos escapa, cuanto nuestra hacienda se arruina, cuando nuestro amor nos abandona, cuando nada parece tener sentido. Cuando desde nuestra lógica las cosas pierden su evidencia, el sentido, y todo se vuelve errático, sin relación causa efecto alguna.

Y cuando alguien nos dice, sobre todo si lleva sotana, “hijo hay que resignarse a la voluntad de Dios”, como que te dan ganas de mandarle a la mierda.

¿Resignarse o aceptar?

La resignación es una actitud propia de alguien que se da por vencido, derrotado, machacado ante la adversidad, vivida como un desastre, como una maldición.

La aceptación de esa misma adversidad es la actitud de alguien que sabe ver más allá de los acontecimientos, hasta encontrarle el significado profundo de todo lo vivido bajo tales circunstancias.

Pero para la mente hay hechos inaceptables. Y para los que tenemos trato con el Altísimo, solo nos queda, a veces, escupirle a la cara, como hicieron los judíos, recriminándole por permitir las putadas que nos pasan.

Oxímoron

Este palabro griego significa contradicción. Es una figura literaria que trata de que converjan dos atributos antagónicos. El recurso a esta figura retórica es muy frecuente en poesía mística y amorosa, por considerarse que la experiencia de Dios o del amor trasciende todas las antinomias mundanas. Por ejemplo, silencio atronador, vacío lleno, brillante oscuridad, etc.

Si la experiencia en este mundo está también llena de oxímoros, la experiencia de Dios lleva estas contradicciones hasta el paroxismo, de modo que el alma se siente totalmente derrotada ante el intento de comprender, de aceptar, de soportar todo ese cúmulo de contradicciones, de veleidades, de caprichos a los que la Divina Providencia le somete continuamente.

Efectivamente, nuestra vida va en continuos cambios del viento de Dios. Y a veces las cizalladuras en ráfagas, te hacen perder toda la sustentación. De modo que resulta muy difícil acostumbrarse a las "veleidades de la Divina Providencia", pero la verdad es que no te queda otra.

Hasta qué terminas por aceptar que Dios es el perfecto paradigma del oxímoron. De la contradicción.

Dulce pena.

Triste alegría.

Yugo suave.

Carga ligera.

Fe oscura.

Mueres porque no mueres.

Serena tempestad.

Paz y espada.

Adversidad tranquila.

Noche crepuscular.

Brillante quietud.

Y un infinito más de contradicciones, de recta escritura sobre renglones torcidos.

Creo que así es Dios.

Perfecta poesía.

Para el alma humana, sólo hay una escapatoria ante este estado, ante estas vivencias, la poesía.

La poesía es el gemido del alma ante lo que es incapaz de comprender con la lógica. El amor humano está lleno de poesía, porque está lleno de contradicción.

El amor de Dios resulta ser esto, pero en grado sumo. Por eso, el planteamiento cartesiano de una doctrina elaborada como una legislación humana, carece de todo sentido.

La poesía que arranca de lo más profundo del ser te hace gemir envuelto en una extraña paz...

A dónde te escondiste

Amado y me dejaste con gemido

Como el ciervo huiste

Habiéndome herido

Salí tras ti clamando y eras ido.

En mi experiencia personal, al final me he dado cuenta que detrás de la nube del desconocer, que me separa de Dios, y de la nube del olvido, que me separa del mundo, la vida, es decir, Dios, es poesía en estado puro.

Pero esa convicción te impide tener dónde reclinar la cabeza.

Pero sobre todo, te impide hablar de estas cosas con el común de las gentes.

Una barrera de silencio te envuelve y te separa.

Todo esto no es fruto ni del estudio, ni de la lectura. A esta convicción, por cierto bastante dura de aceptar, se llega por la vía de la experiencia; una experiencia que te tira por tierra la base de tu propia inteligencia, la que te permite comprender lo que existe, las cosas, la que te permite aplicar la lógica para entender y conseguir hacerte un modelo aceptable de tu pequeño mundo y vivir tu vida de todos los días.

Pues todo eso, Dios te lo tira por tierra, lo desparrama por el suelo del templo que te forjaste con los años, como desparramó las baratijas de los mercaderes y cambistas del templo. A veces violentamente, y a veces con la amabilidad con la que les sugirió a los vendedores de palomas, que las quitaran de allí.

Pero en cualquier caso, te tira por tierra “todo lo aprendido”. Porque no sirve absolutamente de nada, ya.

A mí me explicaron de pequeño en el colegio, que hay cinco tipos de teologías, la dogmática, la litúrgica, la moral, la ascética y la mística.

Qué lástima!
Al común de los católicos, la Iglesia nos ha conducido en el proceso de catequesis por los caminos de las tres primeras, que se centra en aprenderte y rezar el credo (doctrina), hacer buenas obras (moral) y frecuentar los sacramentos (litúrgica), como recomendaba Monseñor Rouco a los fieles en adviento. La ascética y la mística han quedado reservadas para los monjes y monjas de vida conventual. De hecho he podido comprobar que hay una barrera infranqueable entre las tres primeras y las dos segundas. La misma barrera que el joven rico fue incapaz de cruzar, porque tenía muchas riquezas, tenía mucho aprendido, el modelo religioso era simplemente perfecto, y si cruzaba el umbral, todo eso ya no le servía. Es más, se lo tenía que dar (explicar) a los pobres, a los que no sabían nada, a los que vivían en tinieblas. Y prefirió seguir al tran tran, aferrado a sus prácticas y creencias.

Para mí es cada día más evidente que la fe que practicamos los católicos, y que la Iglesia fomenta es esa, la fe del joven rico, la de frecuentar los sacramentos y hacer buenas obras; porque no he visto en mis cincuenta y siete años de vida, apenas indicios de mostrar lo que pudiera haber detrás del umbral, más allá, salvo que la persona desee entrar en vida monástica, supongo.

Pues es una pena, porque los católicos, la Iglesia que formamos todos, no hacemos otra cosa que ocultar el Gran Tesoro Escondido que es la vida interior en directa intimidad del alma con Dios. Y la gente, que lo que necesita es justamente eso, se ve obligada a buscar esa quietud, esa serenidad espiritual en el yoga, el budismo, el tantra y demás prácticas orientales.

El gran tesoro del Cristianismo es la mística, que no lo afirmo por haber leído mucho, sino por experiencia personal. No lo digo por absoluto convencimiento, pues como dice Nietczhe, el convencimiento absoluto es más peligroso para la verdad que la propia mentira, sino simplemente por vivirlo en mi día a día, y sin ánimo de convencer a nadie, pues como también dice Kierkegaard, han habido seres humanos que han conectado con la Verdad, pero pasan desapercibidos: “Al místico se le oye como se perciben ciertos gritos de pájaros, sólo en el silencio de la noche; por eso, con suma frecuencia un místico no adquiere importancia en  medio del bullicio de su ambiente, sino mucho tiempo después, en el silencio de la Historia, para las almas afines a la suya, y que le escuchan.”

Conectar con la Verdad. 
Más bien la Verdad conecta contigo, porque quedas a la escucha mediante una actitud de silencio, vacío, quietud y abandono. Inicialmente la ascética te induce a trabajar, como lo hace el hortelano para llevar agua al huerto, con pozos o construyendo canales y arcaduces, para al final, comprender que con la lluvia basta. Así pasas de la ascética a la mística.

Así que, cuando aceptas la evidencia de que Dios es así, no terminas por no tener otra pretensión que el puro abandono, porque entonces aceptas (que no significa resignarte) que todo lo que sucede viene de Él, y por tanto es bueno, muy bueno.

martes, 8 de octubre de 2013

181.- Sobran las palabras





Sobran las palabras, lees entre mis líneas,
si mi mente en blanco va tú eres mis ideas,
las ganas de avanzar cuando me atrapa la desidia
dice: “para conseguirlo solo hace falta que creas”
Zacarías Ferreira
Cuando dos enamorados se miran frente a frente y se olvidan de sí para llegar al clímax de su amor, sobran las palabras.
Cuando te sientes triste y buscas el consuelo de tu amado/a, sobran las palabras.
Cuando vives la alegría del reencuentro tras un largo tiempo separados, sobran las palabras.
Cuando no sabes cómo pedir perdón pero te sientes realmente arrepentido, sobran las palabras.
Cuando él se acerca a ti con el corazón desecho, sobran las palabras.
Cuando ya sois dos almas en un solo corazón… sobra cualquier palabra.
Porque todo está ya expresado, y lo que queda por expresar no necesita ya palabras.
Sólo queda… contemplar.
Sólo los gestos, la mirada, la llama de la pasión en los ojos y el infinito deseo de fusionarse en una sola entidad es lo que demuestra el inmenso amor que se establece entre ambos.
Cuando has vivido una experiencia semejante con tu ser amado, te lo aseguro, has experimentado lo que es la mística, el éxtasis del amor.
La palabra éxtasis, según la Real Academia significa estado del alma enteramente embargada por un sentimiento de admiración, alegría, etc. Y en el ámbito teológico, es el estado del alma caracterizado por cierta unión mística con Dios mediante la contemplación y el amor, y por la suspensión del ejercicio de los sentidos.
Pero más allá del significado académico, resulta más interesante reflexionar sobre el origen etimológico de la palabra.
Éxtasis procede del griego “estasis”, que significa estabilidad. En realidad la raíz “st-“ aparece en muchas palabras de origen griego que en esencia significan estado que no varía, quietud, estabilidad. Por ejemplo estática, estacionario, estación, estadística, homeostasis, estable, etc.
Cuando el alma experimenta esta situación, es embargada por una estable y extraña paz, no sentida hasta entonces, ni en el mejor de los momentos, porque no se debe al resultado de un esfuerzo realizado, sino al abandono de uno mismo en brazos del otro, rotas ya las fronteras, las membranas que separan, las barreras que distancian. Es ya “Uno” en el Todo, sin segundo. Desaparece la individualidad, para emerger la unidad.
En este estado… sobran las palabras.
Cierto es que cuando chico conoce a chica, en una primera etapa, “faltan palabras” para expresar los sentimientos que genera la atracción entrambos; el tiempo para el diálogo parece pasar volando, las horas parecen minutos cuando ya se tienen que despedir para cada uno irse a su casa, hasta que deciden vivir juntos, casados o sin casarse, porque necesitan una presencia mutua constante.
El devenir de la relación de amor es así, de “faltar palabras” para expresar el embalamiento emocional (término en el que Ortega expresa la fase de enamoramiento), a “sobrar las palabras” cuando el amor mutuo entra en esa etapa de total y absoluta intimidad y paz.
La relación íntima del alma con Dios no dista demasiado de esta experiencia.
La doctrina convencional de la tradición cristiana fija y centra esta relación especialmente en actos litúrgicos y devociones expresadas en rezos y, como he expresado en muchas ocasiones, un código de buenas costumbres que evite putear al vecino lo más posible. Y así al parecer, estamos en Gracia de Dios.
Esto funciona en la fase de enamoramiento (primeros tiempos, primeras moradas –donde la mayoría pasa toda su vida-), pero en la medida en que el alma evoluciona y la experiencia de Dios se vuelve más profunda y más intensa, es en la medida en que esa relación deja de ser litúrgica para convertirse en “pura poesía”.
El alma deja de ver a Dios como Alguien ahí fuera al que hay que adorar con actos solemnes y con elaboradas jaculatorias, para experimentarle como su misma esencia, más íntimo a ella que ella misma, donde lo más deseado para expresar el amor entrambos (Dios y el alma) es el silencio, la quietud, la contemplación.
Porque para Dios, “sobran las palabras”.
Porque Dios es poesía en estado puro.
Cuando San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús dieron el paso gigantesco para la época de expresar esta relación profunda e íntima con Dios en clave de poesía, se situaron en el punto de mira del Vaticano, sufrieron persecución y hasta cárcel, y una vez muertos se les colocó en el filo de la navaja entre la condenación inquisitorial por un lado y el proceso de canonización por otro, porque los eclesiásticos no tenían nada claro que esta fuera la forma “académica” de describir la vida religiosa.
Pero venció (no sé si milagrosamente, pero sí por intervención directa de Dios) la poesía frente al academicismo teológico, y las almas afines pudieron finalmente volar más allá de las imposiciones doctrinales.
La poesía habita más allá de las palabras, más allá de la mente, del raciocinio.
La poesía es la última frontera, tras la cual se sitúa la Divina Realidad, a la que ni la poesía puede acceder.
La poesía es el gemido entre una dulce pena y una triste alegría del alma arrebatada de este mundo, que desea morir, porque no muere.
La poesía es “la llama de amor viva” que devora el alma como un leño es devorado por el fuego hasta convertirlo en cenizas capaces de volar arrastradas por la suave brisa, y dejar este mundo sin dejarlo.
La poesía es la suprema expresión del Amor.

domingo, 29 de septiembre de 2013

180.- El final de todos los juicios





- Buena la has hecho al decirle a los hombres que soy un Padre bondadoso. Ahora, ¿con qué autoridad les voy a juzgar?

- Es que un padre bueno, no juzga, perdona.

Juan Carlos ya había superado los sesenta y cinco años, y contento como estaba en estrenar su bien merecida jubilación, llegó un día a su casa, donde le esperaba como siempre su mujer, Adela, con la comida preparada.

-        ¿Qué tal, papi? – le preguntó Adela-.

-        Bien, cariño –respondió él sin demasiado entusiasmo-.

-        Te noto cansado. ¿Estás bien?

-        Sí, cielo, sólo que hace calor y vengo un poco fatigado. Llevo toda la mañana haciendo cola en la oficina de Clases pasivas, y al parecer el aire acondicionado, o lo tenían al mínimo, o estaba averiado; el caso es que hacía mucho calor dentro, y estábamos todos chorreando de sudor. ¿Tienes algo fresco en la nevera?

-        ¿Te apetece una cervecita?

-        Si gracias.

Juan Carlos y Adela eran de esas parejas rigurosamente normales, españolitos medios, de clase media, con una familia media de dos hijos, con un trabajo de dependiente de unos grandes almacenes él y de auxiliar de clínica ella, que en nada sobresalían ni por arriba ni por abajo del estándar de una familia española normal y corriente.

Sus vidas habían discurrido por derroteros normales de trabajo, crianza y educación de los hijos. Tradicionales vacaciones de verano en Guardamar del Segura, de playa, paella y siesta en un bungalow de dos habitaciones, comprado tras un golpe de suerte en la Lotería y una hipoteca no demasiado gravosa a pagar en quince años, y de vez en cuando, cuando el presupuesto familiar lo permitía, una escapada de fin de semana a alguna ciudad española que no conocieran. No salieron nunca al extranjero.

Por no salirse del estereotipo, practicaban una tibieza religiosa estándar de cumplo y miento sin demasiados excesos, por no decir, con una indolencia también ajustada a los estándares al uso.

Total, una familia que pasa por esta vida, como se dice, sin pena ni gloria. Sus hijos gente de bien, con trabajos decentes, con hijos normales de uniones de hecho. Nada especial, y nada que objetar. Ni siquiera que fueran gente anodina. Hasta tenían su gracia y su carácter suficientemente fuerte como para tener trifurcas familiares, también rigurosamente estándar.

Creían en el más allá, por aquello que decía Pascal de apuéstalo. Mira que si al final es verdad… De modo que más vale creer en Dios, no sea que al final se lo encuentren de bruces al irse al otro barrio.

Aquella tarde de comienzos de septiembre, la pasaron viendo la telenovela de la Uno y después el cafelito de media tarde, para finalmente sacar a pasear a Trinquete, el buldog francés tan viejete  como ellos empezaban a ser.

Al volver del paseo canino, Juan Carlos se tuvo que parar porque sintió un leve pinchazo en el pecho, seguido de un sudor frío. A duras penas pudo llegar al ascensor para subir al tercero donde vivían.

-        Cariño, ¿te sientes bien? –le preguntó algo asustada ella-.

-        Pues no sé, de pronto me ha empezado a palpitar el corazón, estoy sudando a chorros, y siento que me flaquean las piernas.

-        Siéntate aquí. ¿Quieres que llame al médico?

Juan Carlos, ya sin decir nada, asintió con la cabeza, y se desvaneció.

Asustada Adela, marcó el ciento doce, mientras veía como la tez de su marido tornaba pálida, y la frente perlada, dejaba caer las gotas de sudor por sus mejillas.

Al menos respiraba.

La actuación de los efectivos del servicio de urgencias fue rápida; le trasladaron al hospital, mientras en la ambulancia, consiguieron sacarle del síncope que había sufrido.

Ya en el hospital, en el box de observación, sintió un fortísimo dolor precordial, que esta vez sí, detuvo todos sus sistemas vitales, y murió. Serían las 23:30 horas, más o menos. Causa de la muerte, infarto agudo de miocardio, masivo de cara anterior.

Efectivamente era cierto aquello que decían de las experiencias cercanas a la muerte. Él vio como salía de su cuerpo, vio cómo trababan de reanimarle, pero sin éxito. Pasó toda su vida en un instante y envuelto en una extraña paz, vio cómo encima de su cabeza se abría entre la oscuridad que le iba rodeando un punto de luz cada vez más grande, hasta convertirse en el túnel que tantos testigos de estas experiencias  han relatado.

Empezó a ascender por ese túnel sin ningún tipo de esfuerzo, hasta que se encontró en algo parecido a un idílico jardín con extraños colores y tonalidades.

Se encontró con sus padres y con sus tíos, y también con algunos amigos, y con una novia de juventud que ya hacía años había muerto, sin él saberlo.

Sin solución de continuidad en este viaje astral llegó ante la presencia de Jesús. Allí estaba Él, esperándole.

Jesús vestía con un traje actual, pantalón y camisa blanca. Tenía una barba muy rala y no tenía el cabello demasiado largo. No era como lo recordaba en este mundo, como lo habían pintado los artistas. De hecho nadie le dijo que era Jesús, ni de su aspecto podía deducirse su alto linaje celestial, pero Juan Carlos, al verle supo sin el más mínimo atisbo de duda que era Él.

Por cierto que no vio a San Pedro, como le habían dicho, el guardián de las puertas del Cielo. Le pareció extraño. Sería que todavía no estaba en el Cielo, si es que fuera merecedor de él. Aquello no parecía ni el cielo ni el purgatorio, y por supuesto nada que ver con la imagen que él había supuesto del infierno. Era un alivio. En realidad parecía un lugar en la Tierra, con una luminosidad algo diferente, eso sí, a los escenarios habituales de este mundo. Sería el Alto y celestial tribunal de cuentas pendientes, pensó.

Lo sorprendente fue que Jesús no se dedicó a preguntarle sobre los desaguisados, resbalones o inconfesables culpas, o por cuántos talentos había ganado negociando los que le fueron dados, o que expusiera un alegato en su defensa para demostrar sus merecimientos para ganar la gloria. Jesús le hizo una simple pregunta: “¿qué tal te fue allí abajo, mi hermano? O algo así. Dime un par de acontecimientos que hayas vivido intensamente. O ¿a cuántas personas has hecho felices? ¿Qué te gustaría mejorar? ¿Qué te gustaría, te concediera para tu nueva vida? Etc.

-        ¿Cómo te ha ido, amigo Juan Carlos? –le preguntó Jesús, mientras se sentaba junto a él en un banco de lo que parecía ser un parque con una fresca y agradable arboleda-.

Juan Carlos no sabía qué decir. Había tenido siempre un pobre concepto de sí mismo. Su vida neutra siempre le había parecido insulsa, sin méritos para aspirar al cielo ni tampoco culpas y delitos para ser merecedor del fuego eterno.

-        Pues no sé qué decirte, Señor –le contestó Juan Carlos-.

-        No te asustes, Juan Carlos. No tienes nada qué temer –le tranquilizó Jesús-. Simplemente dime, cómo te ha ido en tu vida.

Esta frase de Jesús, “no tienes nada qué temer”, dejó a Juan Carlos envuelto en una suave paz y sosiego, como abandonado de sí mismo, porque en ese momento se desvanecieron súbitamente todos los terrores y temores que su estándar educación recibida le había inyectado en su conciencia. Él siempre se había considerado un buen padre, buen esposo y buen ciudadano, aunque en ocasiones se saltara algún “disco en rojo”, alguna trifurca familiar, y demás menudencias que en su sano juicio no pensaba le merecieran infernales castigos.

La frase “No tienes nada que temer” le desvaneció sus pesares, y pudo ver de repente, cómo la niebla educativa quedaba despejada plenamente. Tomó la cuenta de que la niebla en la que vivimos los seres humanos es simplemente el miedo.

Ya no tenía miedo, pero conservaba aún un pobre concepto de sí mismo.

-        ¿Qué podrías decir en tu favor? –le preguntó Jesús-.

Juan Carlos se mostró ante Jesús, tratando de ser lo más objetivo posible consigo mismo, mostrando tanto sus defectos como sus virtudes. Reconocía que, por su forma de ser, creía que había tratado de hacer la vida agradable a los que le rodeaban; reconocía sus errores, sus faltas y demás, pero que básicamente tenía un gran deseo de aprender y de seguir caminando. A esto Jesús le hizo ver que ni  suyos eran los méritos de sus buenas obras, ni suyas las culpas de sus errores.

Así que si suyos no eran los méritos, porque el amor que él hubiera podido dar, es en realidad el que recibía de Él y daba a los demás (como yo os he amado), las culpas tampoco eran suyas.

Porque su vida había sido la que tenía que ser.

“Te voy a enseñar una cosa, Juan Carlos” – le propuso Jesús-. Y frente a ellos éste pudo visualizar una pantalla que surgió de la nada frente a la arboleda y setos del jardín, situada enfrente de los dos.

“¿Te acuerdas de esta escena?”; y Jesús le mostró cuando Juan Carlos, siendo un niño con diez años, veraneando en un pueblo de Huelva con sus padres, Punta umbría, un niño de su edad, del pueblo la tomó con él, y no hacía más que molestarle. Un día en la playa le empezó a tirar bolas de arena…

-        Y tú no le respondiste, hasta que finalmente Juanjo se rindió y te pidió perdón. ¿Te acuerdas?

-        Sí, me acuerdo.

-        Gracias a este gesto tuyo, Juanjo comenzó a valorar algo que no había hecho hasta entonces, el valor de la amistad. Y así conseguí que se diese cuenta lo mucho que se consigue con el perdón. Juanjo, terminó siendo médico y dedicó su vida a Médicos del Mundo. Murió hace diez años en un ataque de la guerrilla en Costa de Marfil, mientras protegía a una familia en su choza. Le podrás ver más tarde.

-        No lo sabía.

-        ¿Te acuerdas de esta otra escena?...

Jesús le mostró cuando una vez, consoló a una compañera de colegio, que estaba destrozada porque le había dejado su chico, y estaba tramando cómo vengarse de él, acusándole de copiar en un examen final, lo que le iba a suponer perder el curso entero.

-        Tú hablaste con ella, y le aconsejaste que no merecía la pena sufrir, más allá de lo comprensible; que la vida le daría nuevas oportunidades, y que acaso era mejor así, y que encontraría al hombre de sus sueños.

-        Sí me acuerdo.

-        Pues conseguiste, sin tú saberlo que descartara esa idea de acusarle de copiar, con lo que ella empezó a valorar el sentido de la aceptación. Su ex, al no perder el curso, consiguió renovar la beca con la que estudiaba; terminó sus estudios, ingresó en el Ejército, conoció a una teniente de intendencia, se casaron y tuvieron tres hijos. Nada de eso habría sucedido si tú no te hubieras sentado a su lado en los escalones de la salida del colegio, te lo aseguro. Aún más, te podría decir que el segundo hijo de esta pareja se hizo bombero, y he contabilizado que salvó la friolera de unas setenta vidas de morir abrasadas, por intervención directa suya.

En otro pase de proyección Jesús le mostró un encuentro fortuito de un viejo amigo del barrio que fue a los grandes almacenes donde Juan Carlos trabajaba, para descambiar una radio casete que no funcionaba.

-        Tú le dijiste que esperara en un mostrador de atención al cliente, pero como no encontraste los documentos de devolución, le pediste que te acompañada a la oficina y que esperara un momento. Te costó encontrar los papeles, (yo hice que tardaras en encontrarlos)tiempo en el que una dependienta de tu sección, Maika, le preguntó si necesitaba algo. El le dijo que ya estaba atendido, pero ya de paso le preguntó a ella si teníais esos nuevos artilugios que se llamaban MP3. Y surgió el amor entre ellos. Tú no fuiste consciente de la casualidad, pero mírales, forman una pareja y una familia feliz, aunque estén casados por lo civil.

-        No lo sabía.

Y una vez más le mostró una escena donde Juan Carlos evitó que un niño que buscaba su balón, fuera atropellado por una furgoneta.

Y otra cuando hablando con su hijo Andrés, a los veinte años, logró quitarle de la cabeza que se asociase con un temible compañero de trabajo para ganar un dinero fraudulento.

Y otra cuando en muchas ocasiones fue comprensivo con Adela, su querida esposa, y antes de echar más leña al fuego en una trifurca familiar y de esposos, supo encontrar las formas de reencauzar el diálogo que conducía a la recuperación de la armonía.

Y otra cuando denunció a la Oficina del Consumidor una partida de anchoas comprada en una tienda, que resultó ocultar un ilegal tráfico de alimentos provenientes de China.

Y otra cuando…

Y así cientos y cientos de situaciones en las que sin Juan Carlos saberlo fue instrumento de la Providencia para hacer de este mundo un lugar más habitable. Y su mérito no fue otro que en decir conscientemente “hágase”, sentirse motivado a ayudar a los demás, sin imaginar las a veces trascendentales consecuencias de sus acciones. Pero sobre todo, la actitud de no emitir habitualmente juicios de valor (aunque a veces, las injusticias le enervaban hasta llegar a lanzar desaforadas críticas contra la gente depravada y contra los corruptos).

-        Eso también lo hice yo – respondió Jesús-. Porque hay situaciones en las que no queda otra que denunciar lo inaceptable.

-        ¿Qué te ha parecido tu vida, querido amigo?

-        No sé que decir –respondió Juan Carlos-.

Por un momento quedó en silencio, meditando esa proyección de su vida, y de cómo hasta qué punto él había influido en la vida de muchísimas personas, sin saberlo, pues sólo se preocupó de ayudar en lo que pudo a los que se cruzaban en su vida; incluso cuando se sentía un fracasado, y pensaba que él en este mundo no pintaba nada.

-        No hace falta que digas nada, Juan Carlos, porque tu vida ha sido la que debía ser, porque cuando tuve hambre tu me alimentaste, cuando tuve sed, tu me la aliviaste, cuando tuve necesidad, tú me atendiste. Porque cuando lo hiciste con todos estos que has visto en la película que te he mostrado de tu vida, conmigo lo hiciste.

-        No has sido ni famoso –continuó Jesús-, ni con grandes estudios, ni siquiera un héroe o un hombre conocido por sus hazañas. Has pasado por esta vida de puntillas, de la forma más humilde que puedas haber imaginado, pero es que yo te necesitaba en la vida que has vivido, donde y de la manera que lo has hecho. Porque de no haber estado ahí en todos esos momentos, y han sido miles, la vida en este Planeta no habría sido la misma. Te lo garantizo.

En ese momento Juan Carlos comprendió con el corazón. Él por no ser, no fue ni siquiera un católico demasiado practicante; muchas dominicales misas dejó pasar por estar de conversación con sus amigos, animadas tertulias que al igual que en otros momentos, tuvieron una trascendencia inimaginable en muchos de ellos. Acaso se le podía tachar de tibio hacia las prácticas religiosas. Y algo de temor tenía en el cuerpo por ello, según le habían adoctrinado sus mayores. Se había juzgado a sí mismo como un cubo de basura, pequeño, inútil, despreciable a veces, por sus culpas, sus grandísimas culpas.

Pero no. Nada tuvo que temer. Porque aquella conversación con Jesús resultó no ser un juicio, sino el final de todos los juicios que él mismo, Juan Carlos, se había hecho sobre él mismo. Fue como beber un jarro de agua fresca cuando estás con una sed extrema.

Tras este diálogo íntimo con Jesús, a Juan Carlos le entraron varias dudas.

-        No me ha referido mis faltas y pecados. ¿Por qué? – pensó para sí-.

-        ¿Y ahora, Señor, qué va a suceder? –le preguntó-.

-        No te preocupes, bendito de mi Padre, porque ya estás en el Gozo de Tu Señor. Y tus debilidades, que sé también las has tenido y sufrido, simplemente no son tenidas en cuenta porque has amado mucho.

-        ¿Es esto el Cielo Señor?

-        Lo es Juan Carlos. El gozo de Tu Señor.

-        ¿Y ahora?

-        No te preocupes, porque ahora me vas ayudar a completar la misión que he de realizar en el Universo.

Juan Carlos serenamente, comprendió que el tiempo y el espacio eran algo absolutamente distinto a lo que los humanos nos imaginábamos. Ya estaba en paz, en plena presencia, y dispuesto a lo que fuera necesario.

-        Una cosa más, Señor.

-        Dime.

-        ¿Y los que han muerto en pecado? ¿Qué es de ellos?

-        Qué torpes seguís siendo, hijos míos. Todavía no habéis comprendido lo que os quise decir en la parábola de la oveja perdida. No consentiré que ni uno solo de mis hijos se pierda, ni uno solo, ni los que me clavaron en la cruz por los que intercedí ante mi Padre, porque no sabían lo que hacían.

-        ¿Entonces? –preguntó extrañado Juan Carlos, que aún conservaba lo aprendido sobre estos temas en la Tierra-.

-        ¿Para qué te crees que estás aquí y ahora conmigo, Juan Carlos?

Y Juan Carlos cayó en la cuenta…

-        No vamos a montar las tres tiendas ¿verdad?

-        Al fin te has dado cuenta de lo que significa “nacer de nuevo”.

Y Jesús le sonrió.

Dentro de los planes de Dios, cada cual cumple una misión, igual de importante que la de los demás. Una simple ama de casa cumple en esta vida una misión tan importante como la de un eminente científico, o filósofo, o la de un héroe nacional. Porque para Dios todos formamos una misma esencia; somos nosotros los que nos empeñamos en diferenciarnos unos de otros, en dualizarnos e individualizarnos. Todos estamos conectados por una tenue red como si fueran hilos, que de modo imperceptible relacionan nuestras acciones con las de los demás. Hilos tenues, pero que jamás se rompen, de modo que la vida de un humilde campesino en Bolivia, de alguna forma influye y es influida por la de un abogado de Oslo, aunque sus vidas jamás se crucen.

Porque no se mueve una sola hoja de árbol, sin que lo consienta mi Padre Celestial.