En Economía, unos de los componentes fundamentales de la toma de decisiones es el de coste de oportunidad, por el que evalúo lo que tengo que dejar de obtener en otras facetas, a cambio de lograr lo que quiero. A qué renuncio con tal de obtener algo que me interesa más, se supone. Y también están los criterios de coste beneficio y de coste efectividad. Los economistas han desarrollado gran cantidad de técnicas para racionalizar el proceso de decisión, tales como el juego estándar, en time trade off, el rating scale, los valores de utilidad, etc.
A parte de estos aspectos concretos sobre el arte y la ciencia de la toma de decisiones, yo me quiero centrar ahora en uno que descubrí gracias a David, nuestro hijo, al referirme el contenido de un ensayo de Aristóteles, denominado “La comedia”. Al parecer, los guiones de Hollywood se suelen ajustar a la estructura descrita por Aristóteles, en la que el desarrollo de una obra teatral (o cinematográfica) siempre es el mismo: presentación, donde se muestra a los personajes principales, al protagonista, describiendo su carácter y sus deseos e ilusiones; planteamiento, donde se configura el objeto de la trama que se va a desarrollar; desarrollo, donde se despliega todos los elementos de la trama argumental; decisión, momento crítico donde el protagonista ha de optar entre dos alternativas de una complicada encrucijada; y por último, el desenlace final.
Lo que me importa ahora es reflexionar sobre la fase de decisión, donde el personaje o personajes principales, se enfrentan ante el dilema de tomar la decisión entre lo que quieren y lo que realmente quieren.
Estamos ante el "salto de fe"
Aristóteles denomina “salto de fe” a ese momento en el que el protagonista debe tomar la decisión de elegir entre lo que quiere y lo que realmente quiere. Parece lo mismo, pero la propia frase indica que no tiene nada que ver lo uno con lo otro.
Lo que se quiere supone una decisión mediatizada. Está mediatizada por el entorno, por un racional análisis coste beneficio y coste de oportunidad, por una estimación de la incertidumbre y de los riesgos. Lo que se quiere está condicionado por la natural y humana aversión al riesgo excesivo. Todos sabemos que en ocasiones hay que arriesgar, pero siempre tratamos de que ese riesgo sea lo más calculado, previsible y reducido posible. Lo que se quiere está basado en la seguridad y control de la situación, más que en la confianza en terceros.
Lo que realmente se quiere supone un acto de fe, de confianza, al menos en el azar. Es un salto en el vacío. Es optar por seguir los latidos del corazón, lo que se desea profundamente, aún a riesgo de comprender que es un imposible, o un ideal tan difícil como arriesgado. Existe riesgo, mucho riesgo a veces, en esta decisión. No dependemos de nuestras habilidades o del control que podamos tener sobre la situación, sino que dependemos de terceros elementos que vaya usted a saber si nos favorecerán o se volverán en nuestra contra. En último extremo, dependemos de Dios. Por eso esta decisión se denomina “salto de fe”, porque se basa en la confianza que tengamos, bien en la suerte, bien en otras personas o circunstancias, bien en el mismísimo Dios.
En Pretty woman, Edward Lewis (Richard Gere), al final tiene que decidir entre lo que quiere (o tiene el deber), que es dejar a la prostituta Vivian Ward (Julia Roberts) para volver a Nueva York, o regresar con ella, que es lo que realmente quiere, a riesgo de que sea duramente criticado por su medio profesional y por sus amistades. En general la comedia romántica se basa en este dilema. En el último tercio o cuarto de película, el protagonista tiende a decidir por aquello que supuestamente quiere, es políticamente o socialmente correcto, pero que en el fondo no le hace feliz, hasta que casi en los minutos finales, toma un giro copernicano a su vida, se deja llevar de su corazón (o de su conciencia), y dando un golpe de timón, logra cambiar el curso de su vida optando por lo que realmente quiere.
Es decir, si lo pensamos bien, además de los dilema de coste oportunidad, nuestras tomas de decisiones más importantes en la vida, las que desembocan en el desenlace de nuestras crisis personales, están condicionadas por la elección entre lo que queremos (lo correcto desde un punto de vista racional, social, religioso e incluso moral), o lo que realmente queremos (que sale del corazón, de las tripas, de algún lugar remoto de nuestro interior, sin saber muy bien por qué).
Lo que quiero es lo que determino tras un estudio detallado de los pros y los contras, o bien, lo que los demás esperan de mi, por ser socialmente correcto, o incluso moralmente correcto o que entra en la ortodoxia religiosa, caso de que lo seamos.
Lo que realmente quiero responde a, forma parte de mi Gran Añoranza.
Este dilema no creo que sea aplicable a las decisiones cotidianas, donde la responsabilidad, el sentido del deber y el pragmatismo racional deben o suelen imperar, a riesgo de caer en la vorágine del hacer lo que me apetece a capricho, que nos conduciría a todos a un caos total en nuestra vida.
Este dilema va de momentos decisivos en la vida en los que nos tenemos que plantear que hacer en nuestras grandes encrucijadas, de las que depende nuestro futuro a largo plazo, quizás toda nuestra vida. Estudio esta profesión o la otra, me caso o no me caso, cambio o no de trabajo, cambio o no de lugar de residencia, me divorcio o no… etc. Es decir, es un dilema para nuestros puntos de inflexión, vital que hace que nuestra vida continúe como hasta ahora o cambie para siempre.
George A. Sheehan, médico norteamericano especializado en medicina deportiva, escribió entre otros, un libro denominado Running & Being: The Total Experience (1978) en español “Correr es salud”. Este hombre era muy dado a intercalar citas de Ortega y Gasset. Y decía una cosa que se me ha quedado grabada para siempre. La vida se puede tomas de dos formas, bien a la defensiva o a la ofensiva. Si optamos por una actitud defensiva, daremos pocos pasos, cortos, pero bastante seguros. Si optamos por la actitud ofensiva, daremos muchos pasos, largos, pero con un riesgo nada despreciable de equivocarnos y perder. Es un dilema que depende de cada cual.
Asociando la reflexión de Sheehan a la teoría de la decisión de Aristóteles, vivir a la defensiva está bastante próximo a optar por lo que queremos; porque lo que queremos (política, social, religiosa e individualmente correcto); es lo que nos da más garantía de estabilidad y de seguridad en la decisión (seremos más aceptados o menos criticados por los demás, entre otras cosas porque es lo que los demás esperan de nosotros). Y con ello, nos defendemos de sus ataques y críticas. Estas decisiones son propias de las personas que viven integradas en la tribu. Como dice Carolina Myss, en su libro “La medicina de la energía”, vivir integrados en la tribu, nos da la seguridad y protección que nos garantizan sus normas de conducta.
Vivir a la ofensiva va parejo a optar por lo que realmente queremos. El matiz de “lo que realmente queremos” indica que, en el fondo esa es nuestra añoranza, pero las circunstancias que nos condicionan nos impiden sublimar ese deseo y hacerlo realidad, entre otras cosas, porque nos arriesgamos a recibir las más encendidas críticas de parte de los jefes de la tribu y de sus seguidores. Quizás porque nuestra añoranza, lo que realmente queremos obliga a “romper” con un pasado y presente que ya no da más de sí; va a hacer sangre, va a doler. Nos dolerá a nosotros, como les dolerá a los demás. Nos dará cargo de conciencia, nos expulsarán de la tribu. Por eso Sheehan las denomina decisiones ofensivas, porque atacan una situación que para nosotros tiende a lo insoportable, al hastío, a la desesperanza. Tomar este tipo de decisiones rompe, corta, ofende, saja el absceso, pero desde nuestro más profundo interior, sabemos que es la única vía para nuestra sanación.
Margaret Singana canta en el tema Zinbaba de la deliciosa y famosa obra musical Ipi`Ntombi, (disco que compré en Johannesburgo y he escuchado cientos de veces) cómo los individuos de la raza zulú, de Sud África, que trabajan en las minas de diamante (en tiempos del apartheid), no se sentían realmente ciudadanos sudafricanos, sino guerreros zulúes “warriors”. Y se cuestiona el entrañable “I want to know where is my place” (quiero saber dónde está mi lugar). Saben que deben trabajar en la mina para dar de comer a sus hijos, pero están semi esclavizados, cuando lo que realmente desean es volver a sus poblados en la sabana y vestirse con sus trajes y pinturas típicas de su pueblo. Es la gran añoranza de esos desgraciados trabajadores de las minas de Johannesburgo. Pero para cumplir sus más profundos deseos, han de romper con su pasado y su presente, y arriesgarse a vivir, probablemente sin tantos lujos (si es que subsistir en una ciudad como Johannesburgo, en el gueto de Soweto antes de 1975 se podía considerar un lujo). Viví esa realidad en unas vacaciones de navidad del 74, y doy fe que la segregación racial que vi allí, fue uno de los hechos que comenzaron a incubar en mi mente y en mi corazón, "Mi Gran añoranza".
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