Honduras parece ser un país muy religioso, si nos atenemos a las innumerables iglesias y comunidades cristianas, que se cuentan por centenares. Los coches y autobuses tienen grandes carteles con slogans propagando el amor de Dios y la fe en Jesucristo. Así visto, lo lógico sería pensar que algo así debería ser el Paraíso Terrenal.
Sin embargo, la realidad, al menos para el viajero que pasa una temporada allí, parece bien distinta. Honduras, o al menos la zona donde nosotros hemos estado en junio de 2010, es un país donde pasear por las calles de noche parece casi un intento de suicidio ¿Por qué la gente no se atreve a pisar la Rivera Hernández? ¿Por qué vivir aquí, aunque sólo sea un mes, como nosotros, es considerado por propios y ajenos como un acto de heroísmo?.
Porque la religiosidad que se respira aquí, tengo la impresión de que parece ser una fachada, un uso fraudulento de Dios para beneficio de unos pocos.
Antes de venir aquí, sinceramente yo tenía en mejor estima a las iglesias cristianas separadas, pero uno se da cuenta de que a falta de otro mejor, Jesucristo impresiona ser un lucrativo artículo de venta. Se gana una pasta que no veas a base de enfervorizar a las gentes con soflamas incendiarias para estimularles una fe en no sé muy bien en qué, pero eso sí, les mantiene sumisos a su desgracia, mientras pagan “religiosamente” los diezmos al predicador.
Es, probablemente uno de los impactos más agresivos que he sentido al vivir allí, del que no me he recuperado. Es como si hasta que fuimos allí, nos hubieran contado una de indios respecto de la misión de las iglesias, para ver cómo el modelo construido en mi mente, se desmorona como un castillo de naipes.
Tras el montaje religioso que allí “creo haber visto”, la vida sigue igual, con las maras por las calles asesinando a propios y ajenos (en una semana mataron creo que a cinco personas que venían de las maquilas con su sueldo quincenal, y otro día mataron a un chaval, que a su vez tenía sobre sus espaldas tres vidas que él había eliminado; o sea, ajustes de cuentas.
Y esta es la vida aquí, una vida entre rezos y balazos. Para que la cosa esté balanceada.
Y sin embargo, los ojos de esta gente están pidiendo a gritos “háblame de Dios”.
Nosotros, los misioneros que hemos estamos aquí, y los que permanecen o volverán, no somos ni mejores ni peores; que Dios juzgue a cada cual según sus actos.
Lo que voy a decir, lo digo con mucha prevención, porque se puede malinterpretar. Jamás he tenido nada en contra de las confesiones protestantes, salvo lo que me molesta del conjunto de las iglesias cristianas, incluida la católica, la cizaña que inyectan todos aquellos que ambicionando poder, nos utilizan para sus oscuros intereses. Sólo basta releer la Historia de dos mil años de cristianismo para comprobar que no estoy diciendo ninguna calumnia, que hemos tenido que soportar las sombras de escándalos, cismas, traiciones y tristes acontecimientos, igual que hemos de enorgullecernos de la fortaleza que contra el maligno ha sabido mostrar. La miríada de confesiones cristianas no habla muy a favor nuestro.
Dad gratis lo que habéis recibido gratis. Esa es la exigencia. Y sobre todo dad amor callado, sosegado, en paz; sin alharacas, sin esperpentos, sin aspavientos, pero sobre todo sin exigir nada a cambio.
Nuestros misioneros voluntarios reciben unos 1500 lempiras al mes para sobrevivir, y no piden nada más; y lo hacen a gusto.
Hablarle de Dios a la gente consiste en tratar de aliviar sus males físicos, sacarles de la ignorancia, enseñarles a lavarse las manos después de defecar, para no volverse a contagiar con sus propios parásitos. Hablarle de Dios a la gente, consiste en enseñarles a alimentarse mejor con lo poco que tienen. Hablarles de Dios es compartir con unas parejas cómo ha sido nuestra relación de matrimonio felizmente casado durante casi treinta años. Hablarles de Dios, es enseñar a los chavales el verdadero sentido de la sexualidad y del amor y respeto por una mujer que se merece un monumento, y no el desprecio, el machismo y la violencia.
Hablarles de Dios es ir casa por casa visitando a la gente impedida, hablar con ella, detectar sus problemas y tratar de aliviar, en la medida de lo posible sus angustias.
Hablarles de Dios es concienciarles de que no se pueden rendir ante la miseria, que no se pueden resignar ante las injusticias, de que ellos, como sociedad civil tienen que asumir la responsabilidad que no asumen los políticos corruptos y ponerse en pie para luchar por sus derechos.
Hablarles de Dios es enseñarles a orar, “allí, en lo escondido”, en lo profundo del corazón, a dar gracias y a pedir fortaleza para seguir caminando por la senda estrecha, y en comunidad a celebrar su amor sin grandes esperpentos.
Hablarles de Dios es todo eso junto, pero si me apuras, es lo primero de todo, aliviarles, o demostrarles que tratas de aliviarles sus problemas materiales y afectivos, unos problemas que les ahogan cada día, porque la miseria que hemos visto aquí, ni de lejos nos la podemos imaginar en Occidente, por mucho que nos la cuenten los medios de información. Y con una vida así, no me vengas con rezos a la Virgen, por favor.
Esa es la gran diferencia entre unos y otros.
Nosotros hemos tenido el increíble honor de poder participar por unos pocos días en esta genial labor que la Iglesia misionera está haciendo por estos lugares, aparentemente dejados de la mano de Dios.
Y por ello decimos que Dios está aquí, en medio de nosotros con toda su realidad, aunque cueste creerlo a veces.
Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, parece haber una barrera insuperable entre el Reino que queremos transmitir, y la realidad que estamos viendo allí.
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