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domingo, 24 de octubre de 2010

28.- El Domund o la donación de uno mismo



Voy a hacer un inciso en lo que es el hilo conductor de mi discurso en este blog, para incorporar una reflexión sobre lo que la Iglesia católica celebra este domingo, el Domund, domingo mundial de las misiones.
 
Tengo que reconocer que desde lo que hemos podido comprobar en nuestra pequeña experiencia en Honduras, la Iglesia católica se toma muy en serio el problema de la pobreza. Podemos criticar algunas o muchas cosas, al fin y al cabo, la Iglesia la formamos seres humanos que desde el Papa hasta el último mono no hacemos otra cosa que cometer errores, somos pecadores y metemos la pata a cada paso, lo sabemos y desde ese reconocimiento, somos conscientes de que por nosotros mismos no podemos nada si Él no nos asiste; pero que nadie se le ocurra meterse con nuestros misioneros y voluntarios que se están dejando la vida en las peores condiciones que uno se puede imaginar en zonas inhóspitas, peligrosas y hostiles, arriesgando su vida constantemente para dar un poco de esperanza a gente que de otra forma se sentirían abandonadas a su mísera suerte; ellos son Jesús en medio de los pobres, que lo son porque nosotros disfrutamos de un estándar de vida que no nos corresponde. 

 
En un mundo como el actual, donde ya no quedan territorios inexplorados donde mandar misioneros a evangelizar a los nativos, donde parece que en asuntos religiosos está todo el pescado vendido, en el sentido de que a nivel de difusión de las diferentes confesiones, se ha entrado en un terreno en el que la lucha es por aumentar la cuota, el porcentaje de seguidores; donde en unas regiones se gana adeptos y en otras se pierde, me da la sensación de que la cuestión ya no es el de ganar adeptos que se bauticen y vayan a misa los domingos, sino en demostrar al mundo nuestro compromiso auténtico en demostrar el auténtico amor hacia los demás.

 
Teresa de Calcuta, consciente de que vivía en una ciudad, en un país, donde “todo el pescado religioso estaba vendido”, les decía a sus religiosas “vivid así, mas no prediquéis, a no ser que os pregunten”.

 
“Vivid así”, amad a los que os necesitan, dadles educación, enseñadles a cultivar sus campos, a criar sus cabañas, a fabricar sus herramientas, a levantar sus negocios y sus empresas, a prevenir y curar sus enfermedades. Eso es lo que necesitan para salir de la pobreza, para salir del hambre. Y “en eso reconocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros”,  en que les amáis con todo vuestro ser y con todo vuestro corazón.

 
Viviendo así, más tarde o más temprano os preguntarán, ¿Por qué hacéis esto? y lograrán conocer a Jesús de verdad. Porque cuando estuvo entre nosotros, los Evangelios nos muestran un Jesús preocupado por enseñar, por dar de comer a las multitudes, por curar a los enfermos, por acoger a los sin techo, en suma, preocupado por todo aquello por lo que luego nos advirtió que seremos juzgados, lor el amor, "porque tuve hambre y me disteis de comer"


Como nos preguntaron a nosotros cuando nuestra gente nos preguntaba cómo es que un matrimonio dedicaba sus vacaciones a curarles sus dolencias.
La respuesta es la misma que Teresa de Calcuta le dio al hindú con quien trabajaba. “Esto lo hago por alguien”, por mi Señor, que me enseñó a hacerlo, y me lo enseñó haciéndolo primero Él. Porque en cada persona que sufre, Él está en ella. Y para ella, yo soy Él. De modo que ambos somos uno en Él.
Hoy, en el Domund hemos aportado nuestro donativo más generoso que de costumbre, consciente como somos de que ese dinero irá a parar a personas como las que conocimos en Honduras.

 
Y también hoy, en el Domund, ha coincidido que una persona muy querida por nosotros, Anabel, no ha dado un donativo económico, sino que ha donado ocho meses de su propia vida, pues acaba de irse a Bolivia para enseñar a aquella gente a valerse por sí misma, para atacar a la raíz de la miseria, como dice Rigoberta Menchú, premio Nóbel de la Paz.

 
“La causa de la pobreza no es la falta de recursos económicos, sino la ignorancia”.

 
Anabel, bienaventurada seas tú, y como tú, tantos y tantos que estáis ahora en lugares de misión en los cinco continentes, luchando por sacar a millones de personas de la ignorancia y del abandono.

 
Que Dios os bendiga a todos vosotros...

Y que nadie se atreva a tocaros un pelo de la ropa.

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