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viernes, 5 de noviembre de 2010

34.- Paisajes interiores



Si eres aficionado a la música clásica, y te gusta Malher, te aconsejo encarecidamente que escuches la Sinfonía Nº 2 “Resurrección”, sobre todo el cuarto movimiento “Im tempo des scherzo” y el quinto “Langsam misterioso. Coral”. Yo tengo la versión de Kubelik con la Orquesta de la Radio Bávara; es muy buena. La fanfarria que lentamente se establece para adentrarse en el escenario íntimo del alma en las profundidades internas de su propio ser y su propio corazón es la que necesitamos atravesar para colocarnos delante de la séptima puerta, la que nos abre el camino hacia nuestros paisajes íntimos, a nosotros mismos, a la esencia más profunda de nuestro ser.
Por cierto, dice Wikipedia que fue la sinfonía preferida de Juan Pablo II

 
http://es.wikipedia.org/wiki/Sinfon%C3%ADa_n.%C2%BA_2_%28Mahler%29

 
Si pinchas en esta dirección web podrás escuchar el cuarto y quinto movimiento seguidos… Por favor, haz el intento de leer este tema mientras escuchas la sinfonía de Malher…

 
http://www.epdlp.com/clasica.php?id=648

Es… cómo te lo podría explicar… es un camino el que has de recorrer desde tu situación actual hasta llegar a la séptima puerta, que realmente está lleno de peligros y de incomodidades.

No sé si tendrás la suficiente edad como para haber disfrutado del simpático programa concurso de televisión “un dos, tres”, cuando los concursantes tenían que elegir entre varias puertas. Recuerdo aquel programa en el que tenían que elegir entre tres puertas que ponían las tres “CO…”. En una había una “CO…cina” totalmente amueblada; en el segundo había el clásico “CO…che”, y en la tercera había “CO…chambre”. Bueno, pues eligieron la puerta del “CO…chambre”.

Pues bien, hasta que te des cuenta de cuál es la auténtica puerta hacia tu plenitud, te toparás con las otras seis puertas, que en realidad no son malas. En el fondo, todos de alguna forma nos adentramos en todas ellas. Todos estudiamos para forjarnos un porvenir, todos solemos hacer algo de ejercicio, sobre todo cuando somos jóvenes, y tratamos de adquirir habilidades sociales, y nos enamoramos, y los que tenemos fe, compartimos con nuestras comunidades la misma ilusión y el mismo camino.

Pero todo esto lo vivimos durante los primeros cuatro movimientos de la Sinfonía Resurrección, especialmente durante el cuarto, que es bastante agitado. Porque la cosa no va a ser fácil. No lo es para nadie. Y los místicos avisan de que este no es un camino de rosas, ni mucho menos. Pero es el único camino.

¡Ay, si supiéramos ver en la Vida de Jesús de Nazareth su más íntimo significado!

Tan enredados hemos estado durante veinte siglos en temas doctrinales y litúrgicos, que a penas muy pocos se han dado cuenta de que el nacimiento, la vida y la muerte de Jesús de Nazareth es, a ver si te enteras, tu propia vida… pero tu propia vida interior, tus paisajes más íntimos, donde Él habita, quieras o no.

Tendrás que volver a nacer pobre, de una mujer y además virgen.
Tendrás que vivir en la humildad y en la cotidianeidad de las personas normales y corrientes durante prácticamente toda tu vida. Renunciar desde lo más profundo de tu ser a la fama y a las adulaciones de los que esperen algo de ti.
Tendrás que luchar contra tus propias debilidades.
Tendrás que hacer una y mil veces cuarenta días de desierto interior.
Tendrás que renunciar a prácticamente todo, vivir el desapego, el vaciado total de ti mismo.
Tendrás que  bautizarte en el Espíritu, es decir, cruzar el umbral de la séptima puerta.
Tendrás que ser testimonio de tu propio tesoro escondido que acabas de descubrir, y hacer discípulos que sin tú quererlo te seguirán, porque empezarás a ser “luz del mundo”.
Tendrás que caminar sobre las aguas.
Y harás callar tempestades.
Y curarás enfermos.
Y harás ver a los ciegos.
Y harás que los cojos recuperen sus piernas.
Y alimentarás a los hambrientos.
Y darás agua pura a los que padecen sed.
Y hasta resucitarás a los muertos.
Y serás manso y humilde de corazón.
Y serás misericordioso.
Y serás limpio de corazón.
Y trabajarás por la justicia.
Y serás pobre de espíritu.
Pero llorarás.
Y serás perseguido por Su causa.
Y finalmente padecerás y sufrirás bajo el poder de Poncio Pilatos.
Y te darán muerte; o al menos tratarán de hacerlo.
….. Pero finalmente…

 
¡¡Resucitarás!!

Ahora bien, fíjate que lo primero de todo es “volver a nacer en un pesebre, de una mujer y virgen”

Es decir. Tú, ahora eres tú. Te miras al espejo y te ves a ti. Y podrás decir que todo lo que he relacionado es lo que podrás hacer tú.


 
 Pues va a ser que no.

 

El que ves ahora, al mirarte al espejo es una pura ilusión de tu propio pensamiento.

Ese que ves reflejado es una simple máscara, relativamente útil para los asuntos de aquí abajo, pero absolutamente inútil para lo que te espera tras el umbral de la séptima puerta.

Así que todo el proceso ascético de “morti-ficacion” (mortis-facere), consiste en morir a ti mismo, en conseguir quitarte la máscara de ti mismo, de ti misma que ves en el espejo. Y eso va a doler, y va a costar. No va a ser fácil. Porque nada de lo que supuestamente vas a hacer, incluso hasta padecer bajo el poder de Poncio Pilatos, lo vas a hacer tú. Tú eres sólo un medio que Él empleará para manifestarse ante los hombres “con toda su realidad”. Si no lo entiendes, no te preocupes. Es más me preocuparía que lo entendieras ahora. Déjate llevar y no trates de entender. Recuerda que la cosa no consiste en ver para creer, sino en creer para ver.

Aquí radica un poco la diferencia entre las sendas de la Vida Interior y las técnicas de relajación y antiestress que nos ofrecen los neoeristas, como si en un plis plas, pasáramos de cómo somos nosotros ahora, a convertirnos en seres angelicales practicando las asanas que nos enseñan nuestros profesores de yoga.

Esto no va a ser ningún juego divertido.

Pero es, créeme, el único camino hacia tu Plenitud, hacia tu encuentro más íntimo con tu Creador, con el Padre que espera a su hijo pródigo todos los días con los brazos abiertos.

Nuestros grandes místicos describen los paisajes interiores básicamente de dos formas, la primera como un camino. Así lo describe San Juan de la Cruz en su magistral “Subida al Monte Carmelo”, o Santa Teresa de Jesús en su “Camino de perfección”. Pero también se describe como un proceso de interiorización hacia las más profundas moradas de nuestro castillo interior. En un símil, nos situamos ante una puerta que abre el paso a la “senda estrecha”, de la que habla Jesús, y por otro nos sitúa en los arrabales de nuestro propio castillo interior, del que, pásmate, desconocemos siquiera que existe. Así que el proceso no es de salir a ninguna parte, sino el de entrar a tus propios adentros, en tus más profundas honduras (lo que decíamos de la séptima puerta, en caso de emergencia, permanezcamos sentados en nuestro sitio, que es la mejor salida”).

Pero en cualquiera de los dos casos, hay una constante que se repite siempre, que es la absoluta necesidad de limpiar nuestro templo, de vaciarlo de absolutamente todo.

Abordaremos todas estas parábolas del Reino de los Cielos. Como camino interior, como castillo interior y como templo vacío.
Pero antes, vamos a comenzar por el principio, que decíamos.

Primero de todo toca nacer de nuevo, de una mujer y además virgen.

Con el debido respeto a los exégetas y hermeneutas que saben mucho más que yo de estas cosas, pues tienen estudios, me voy a atrever simplemente a narrar mi propia experiencia, tal y como la estoy viviendo.

No me quiero enredar en asuntos doctrinales, del que seguro saldría mal parado. Lo digo por si algún cura lee esto y se rasga las vestiduras.

Lo siento en el alma, pero no escribo nada que haya estudiado, sino que estoy viviendo y por otra parte corroborado con aquellos que sí tienen autoridad para describir lo que ellos a su vez experimentaron. Me refiero a mis maestros.

Mis maestros y mis fuentes son a estos efectos San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Meister Ekchart, Lao Tse, Buda y Krisnamurti, preferentemente; todos ellos como expositores de la filosofía perenne que ha tenido su clímax en el Evangelio de Jesús de Nazareth, que es Patrimonio de toda la Humanidad.

Y como se diría en terminología naval… “babor y estribor de guardia, listos para salir a la mar”.

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