Páginas
▼
sábado, 23 de abril de 2011
98.- En tus manos encomiendo mi espíritu
Tras muchas y largas jornadas, meses, años de camino; tras atravesar bosques umbríos, valles, mesetas áridas, montañas, desfiladeros, ríos, y experimentar todo tipo de situaciones buenas y malas, caídas y recuperaciones; tras sentirte que en realidad eres un pobre siervo de la Providencia; pero sobre todo, tras llegar a la conclusión de que por mucho que reflexiones, no puedes incrementar un sólo codo a tu estatura, ni un sólo minuto a tu vida, ni entender lo que no se puede entender, al final, o lo tomas o lo dejas.
Si lo dejas, pues “tú mismo con tu mecanismo”. Allá tú. Sigue sólo, realmente solo. Porque los seres humanos, por muy rodeados que estemos de seres queridos, de personas allegadas, de amigos y confidentes, al final, de verdad, la Vida Interior, es decir, tu más pura realidad, sólo la puedes compartir con la almohada. Y la almohada jamás dice una palabra, nunca se manifiesta, porque simplemente es un objeto inerte, sin vida; es como lanzar botellas con mensaje a un pozo profundo, que nadie leerá jamás. Sólo tú contigo mismo.
Si se opta por esto, habiendo experimentado a Dios en algún momento de la vida, la sensación de soledad puede llegar a ser absolutamente aterradora. Si no es así, es señal de que lo vivido ha sido un “counterfeit”, una falsificación de algo supuestamente real. Y doy fe de ello, porque cada vez que por indolencia, por tibieza, he pasado temporadas “¿alejado?” (más bien atontado por mis asuntos, “no nos dejes caer en la atontación”), el vacío que he experimentado ha sido tan abrumador, que no he podido hacer otra cosa que decir “lo siento, Señor, perdóname”.
Los que no tienen recuerdo de lo que es vivir a Dios, experimentarle dentro de sí, acaso estén más ajenos de su propia desgracia, enredados en sus trajines. E incluso es bastante probable que les vaya mejor que a nosotros, porque “los hijos de este mundo suelen ser más astutos que los hijos de la Luz” (Lc 16, 8).
Cuando cruzas el ecuador de la vida, y te vas aproximando lenta pero inexora-blemente hacia las edades de la madurez y te vas convirtiendo en un respetable señor/a provecto/a y casi sin darte cuenta te ves en la senectud, echas cuenta y te das cuenta de que de todos tus ideales para este mundo, para tu vida aquí, en el Confinador, se han quedado en la mitad de la mitad de lo que eran tus aspiraciones juveniles, cuando saliste de la Facultad o de la escuela dispuesto a comerte el mundo, y lo que realmente ha pasado es que el mundo te ha comido a ti, y se ha aprovechado de ti para seguir su inexorable rumbo hacia no sé dónde. En-tonces, o te deprimes o te lo tomas con filosofía, porque en realidad llegas a ser consciente de que nada de lo que hayas hecho para tu propia hacienda y bienes pecuniarios tiene realmente valor (el orín los corroe) y tan sólo sirve para que tus descendientes se peleen a dentelladas por la herencia.
Si has tenido la gran suerte de haber sido tocado por el Altísimo, y la inteligencia de haber sabido responder a ese “sentir algo dentro de ti, que no sabes lo que es”, entonces comprendes que tanto los éxitos (pocos) como los fracasos (mu-chos) tienen todo el sentido del mundo; que la cotidianeidad de las horas y los días caminando por las planicies castellanas del Camino, no han sido en vano, como no lo fue para el pueblo de Israel caminar por el desierto. Caes en la cuen-ta de que incluso los largos años de aburrida y rutinaria vida cotidiana, cobran todo el significado, y que realmente has vivido (aunque en más de una ocasión lo hayas maldecido) la vida que debías vivir… según Su Voluntad. ¿Por qué? Sólo Él lo sabe. ¿Has sabido guardar todo esto en tu corazón? Entonces, habrás compro-bado que la Paz de Dios ha inundado tu alma, has amado a manos llenas, y en el fondo has sido feliz y has contribuido decididamente a hacer este mundo, este Confinador, habitable. ¿No has sabido guardarlo? Entonces te habrás pasado la vida quejándote como egoísta guiñapo de que el mundo no te ha hecho feliz (lo que al mundo le importa un pimiento, porque siempre va a su bola). Peor para ti, porque no habrás conseguido nada a cambio de tus berrinches, salvo amargura que habrás repartido en pequeñas dosis a los demás, con lo que habrás contri-buido decididamente a que este mundo, el Confinador, ser un lugar donde no hay quien pueda vivir en paz.
Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.» 18 «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. 19 Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. 20 Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán.
Jn 15, 17-20
Es lo único que importa. Y de eso, si eres sincero, te darás cuenta, más tarde o más temprano lo único que importa es el amor que hayas derramado hacia los demás, porque es lo único que realmente te puede dar la paz de espíritu que todos necesitamos.
Quiero deciros algo a todos vosotros, que os habéis convertido en parte de mi vida.
El color y la belleza que habéis puesto dentro de mí, se ha convertido en un canto que quiero entonar para siempre.
Hay una fuerza en nosotros que hace que las cosas tengan sentido, cuando el camino de otros se cruza con nuestro camino.
Nosotros debemos estar allí para que estas cosas ocurran.
Cuando la hora de nuestro ocaso llegue, nuestros bienes y actividades tendrán verdaderamente poco valor.
Pero la generosidad y el cariño con que hayamos amado a los demás hablarán con fuerza del gran regalo de vida que nos ha sido dado a cada uno.
Este es un fragmento de “La Canción de Ruth”, un bello poema donde dos esposos se entregan en un al otro sin condiciones. Y ambos se confiesan mutuamente el pasaje de Ruth a Noemí: “donde tú vayas, iré yo, donde tú vivas, yo viviré, tus amigos serán mis amigos y tu Dios será mi Dios” etc (Ruth 1, 16-17). Se recita como canción en el Fin de Semana de Encuentro Matrimonial, movimiento con el que mi esposa Paloma y yo venimos trabajando durante bastantes años. Y tiene el gran valor de ensalzar lo único que realmente importa, el Amor.
Es decir… “FÍAT VOLUNTAS TUA”
Porque no sé si somos conscientes de que en cualquier caso, en cualquier oca-sión y lugar y circunstancia, amar significa única y exclusivamente “Fíat voluntas tua”, hágase, hacer, la voluntad de Dios. Por eso, al final Jesús, sólo nos dio un mandamiento, sólo uno, amarnos los unos a los otros como Él nos enseñó a amar, porque amarnos es hacer la voluntad del Padre.
Bienaventurado el que sepa darse cuenta de esto, porque habrá ganado su Vida entera, eso sí a cambio de perder su vida (esa ilusión llena de ridículas expectativas tales como llegar a ser el rey del mambo, algo así como ser director general de la empresa, o ganar un millón de dólares).
Ahora sí, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han cono-cido a tu Salvador, porque me has iluminado con esa luz que viene de lo alto; porque por fin mi Marta que llevo dentro se conciliará con la María que también soy y Tú has educado y formado para que aprendan a vivir, como proclama Teresa de Jesús en la Séptima Morada de su libro, “que Marta y María sean una”.
Ahora sí, Señor, soy consciente de que “en tus manos encomiendo mi espíritu”, (Lc 23, 46) porque ya he dejado de pertenecer a este mundo, la séptima puerta del Confinador está abierta, y puedo vislumbrar lo que hay más allá de las cosas.
Esta exclamación la dijo Jesús en el instante mismo de morir.
Y por fin la muerte.
Pero ¿qué es realmente la muerte?
*

No hay comentarios:
Publicar un comentario