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martes, 8 de octubre de 2013

181.- Sobran las palabras





Sobran las palabras, lees entre mis líneas,
si mi mente en blanco va tú eres mis ideas,
las ganas de avanzar cuando me atrapa la desidia
dice: “para conseguirlo solo hace falta que creas”
Zacarías Ferreira
Cuando dos enamorados se miran frente a frente y se olvidan de sí para llegar al clímax de su amor, sobran las palabras.
Cuando te sientes triste y buscas el consuelo de tu amado/a, sobran las palabras.
Cuando vives la alegría del reencuentro tras un largo tiempo separados, sobran las palabras.
Cuando no sabes cómo pedir perdón pero te sientes realmente arrepentido, sobran las palabras.
Cuando él se acerca a ti con el corazón desecho, sobran las palabras.
Cuando ya sois dos almas en un solo corazón… sobra cualquier palabra.
Porque todo está ya expresado, y lo que queda por expresar no necesita ya palabras.
Sólo queda… contemplar.
Sólo los gestos, la mirada, la llama de la pasión en los ojos y el infinito deseo de fusionarse en una sola entidad es lo que demuestra el inmenso amor que se establece entre ambos.
Cuando has vivido una experiencia semejante con tu ser amado, te lo aseguro, has experimentado lo que es la mística, el éxtasis del amor.
La palabra éxtasis, según la Real Academia significa estado del alma enteramente embargada por un sentimiento de admiración, alegría, etc. Y en el ámbito teológico, es el estado del alma caracterizado por cierta unión mística con Dios mediante la contemplación y el amor, y por la suspensión del ejercicio de los sentidos.
Pero más allá del significado académico, resulta más interesante reflexionar sobre el origen etimológico de la palabra.
Éxtasis procede del griego “estasis”, que significa estabilidad. En realidad la raíz “st-“ aparece en muchas palabras de origen griego que en esencia significan estado que no varía, quietud, estabilidad. Por ejemplo estática, estacionario, estación, estadística, homeostasis, estable, etc.
Cuando el alma experimenta esta situación, es embargada por una estable y extraña paz, no sentida hasta entonces, ni en el mejor de los momentos, porque no se debe al resultado de un esfuerzo realizado, sino al abandono de uno mismo en brazos del otro, rotas ya las fronteras, las membranas que separan, las barreras que distancian. Es ya “Uno” en el Todo, sin segundo. Desaparece la individualidad, para emerger la unidad.
En este estado… sobran las palabras.
Cierto es que cuando chico conoce a chica, en una primera etapa, “faltan palabras” para expresar los sentimientos que genera la atracción entrambos; el tiempo para el diálogo parece pasar volando, las horas parecen minutos cuando ya se tienen que despedir para cada uno irse a su casa, hasta que deciden vivir juntos, casados o sin casarse, porque necesitan una presencia mutua constante.
El devenir de la relación de amor es así, de “faltar palabras” para expresar el embalamiento emocional (término en el que Ortega expresa la fase de enamoramiento), a “sobrar las palabras” cuando el amor mutuo entra en esa etapa de total y absoluta intimidad y paz.
La relación íntima del alma con Dios no dista demasiado de esta experiencia.
La doctrina convencional de la tradición cristiana fija y centra esta relación especialmente en actos litúrgicos y devociones expresadas en rezos y, como he expresado en muchas ocasiones, un código de buenas costumbres que evite putear al vecino lo más posible. Y así al parecer, estamos en Gracia de Dios.
Esto funciona en la fase de enamoramiento (primeros tiempos, primeras moradas –donde la mayoría pasa toda su vida-), pero en la medida en que el alma evoluciona y la experiencia de Dios se vuelve más profunda y más intensa, es en la medida en que esa relación deja de ser litúrgica para convertirse en “pura poesía”.
El alma deja de ver a Dios como Alguien ahí fuera al que hay que adorar con actos solemnes y con elaboradas jaculatorias, para experimentarle como su misma esencia, más íntimo a ella que ella misma, donde lo más deseado para expresar el amor entrambos (Dios y el alma) es el silencio, la quietud, la contemplación.
Porque para Dios, “sobran las palabras”.
Porque Dios es poesía en estado puro.
Cuando San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús dieron el paso gigantesco para la época de expresar esta relación profunda e íntima con Dios en clave de poesía, se situaron en el punto de mira del Vaticano, sufrieron persecución y hasta cárcel, y una vez muertos se les colocó en el filo de la navaja entre la condenación inquisitorial por un lado y el proceso de canonización por otro, porque los eclesiásticos no tenían nada claro que esta fuera la forma “académica” de describir la vida religiosa.
Pero venció (no sé si milagrosamente, pero sí por intervención directa de Dios) la poesía frente al academicismo teológico, y las almas afines pudieron finalmente volar más allá de las imposiciones doctrinales.
La poesía habita más allá de las palabras, más allá de la mente, del raciocinio.
La poesía es la última frontera, tras la cual se sitúa la Divina Realidad, a la que ni la poesía puede acceder.
La poesía es el gemido entre una dulce pena y una triste alegría del alma arrebatada de este mundo, que desea morir, porque no muere.
La poesía es “la llama de amor viva” que devora el alma como un leño es devorado por el fuego hasta convertirlo en cenizas capaces de volar arrastradas por la suave brisa, y dejar este mundo sin dejarlo.
La poesía es la suprema expresión del Amor.

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