Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

martes, 4 de enero de 2011

59.- El sendero de la Verdad


Mindfulness

El término mindfulness (y sus relacionados: awareness y consciuosness) no tiene una traducción exacta al español. Puede definirse como una atención  y conciencia plena del momento presente. Es decir, se trata de centrarse de un modo activo y reflexivo en el aquí y el ahora, en contraposición a la fantasía o el soñar despierto. El mindfulness es una filosofía de vida procedente del budismo Zen. Es el ideal Zen de vivir en el momento presente. Este concepto ha sido adoptado por las psicoterapias de última generación, tales como la terapia de aceptación y compromiso, la terapia de conducta dialéctica, o la psicoterapia analítica funcional. Los psicólogos neurobiólogos están que alucinan en colores con este nuevo campo.

Para el público en general, y como denominación para buscar literatura en las bibliotecas sobre el tema, podemos decir, sin lugar a dudas, que mindfulness y demás técnicas en origen procedentes de Oriente, se catalogan bajo el término de “autoayuda”, o ¿cómo yo me lo monto para poder dormir por las noches, en un mundo que es un trajín y un sin vivir?

Esto de adoptar términos foráneos para lo que en terminología cristiana es “la llamada” y “la respuesta” tiene en la actualidad un calado tremendo y sobre todo, un serio toque de atención a los líderes religiosos cristianos.

La Psicología moderna está virando a estribor, hacia el Este, muy rápidamente, tomándose bastante en serio las técnicas de meditación trascendental procedentes de Oriente, pues está comprobando que como terapia de tantos y tantos males y neuras de nuestra enloquecida sociedad contemporánea, las técnicas budistas, taoístas y Zen son bastante efectivas. Sólo basta con echar una ojeada a la literatura científica para ver la gran cantidad de técnicas de relajación y concentración, importadas de Oriente, que la Psicología y la Medicina moderna está comenzando a adoptar. Acupuntura, Reiki, programación neurolingüística, control mental (método Silva), medicina energética basada en el sistema de chakras, meditación transcendental, Yoga, Tai Chí, etc., y tantas y tantas otras están inundando las consultas de los terapeutas y todo tipo de “–ólogos”.

En general, todas ellas, unas en mayor medida, otras en menos, van orientadas hacia algo fundamental, “el silencio interior”. Es en el silencio interior, en el sosiego, con la mente quieta, callada, cuando el espíritu puede despertar y “tomar conciencia de sí mismo”. Es el silencio interior el que puede lograr el estado de “mindfulness”, de “conciencia plena”, de “meditación vipassana” (insight meditation) (Ver Página de Referencias 82 y 83). Es en este estado en el que la persona es capaz de dar el gran salto y optar o no por entrar en la “vía directa” hacia… ¿?

¿Hacia dónde? Este es el segundo gran momento, la segunda fase, saber a dónde te vas a dirigir. Aquí está el problema de las técnicas importadas de Oriente y adaptadas a Occidente. Para un Oriental el tema está claro, porque en los sistemas de pensamiento y religiosos de Oriente, el Zen, el Budismo, el Tao, el Vedanta advaita, etc, lo que en terminología de la Filosofía perenne se denomina la Divina Realidad o la Divina Base está presente en todo este proceso de perfección espiritual. Pero en el Occidente profano, estas técnicas se aplican, no para caminar hacia Dios, sino como terapia mental de AUTOAYUDA, para sosegar una psique completamente trastornada por las presiones de la vida diaria. Y prueba de ello es que estas técnicas, estos métodos de relajación mental, están a día de hoy llenando las páginas de las revistas de “salud y belleza”, compartiendo tirada editorial junto con dietas de adelgazamiento, fitness y mejunjes para mantener el cutis terso y radiante.

Cuando uno lee artículos, tanto científicos como de consumo sobre estas técnicas, todas absolutamente están enfocadas a mejorar el dominio de uno mismo, la autoestima, el autocontrol mental y espiritual, al tratamiento de neuras y del estrés. Más allá no parece haber nada, y desde luego, ni rastro de la Divina Realidad. Dios, en Occidente parece estar encorsetado en los ritos religiosos, es cosa de los curas, que para eso tienen estudios, y de ahí no hay quien le saque, entre otras cosas porque no le dejan, porque hay una persona, a la que por otra parte yo aprecio mucho, que es el Papa, que erigido en nada menos que “representante de Dios en la Tierra”, es el único que parece ser tiene en este Planeta autoridad para hablar de Dios.

Por esta razón, en Occidente, una sociedad desacralizada y completamente secular, la idea de Dios que está fijada en las mentes y en los corazones de las gentes está completamente identificada con los curas y los obispos, un código moral muy restrictivo, a riesgo de penas infernales y con la ritualidad de unas prácticas religiosas que siendo expresión de lo sublime, hemos conseguido convertirlas con nuestra tibieza (la nuestra y la de los curas) en rituales bastante aburridos; es decir, con una religión en palabras del teólogo alemán H. Kaufmann, “eclesiastizada”, (Ref./ 84) Meter a Dios en la vida de la gente supone el royo de tener que ir a misa, rezar el rosario y confesar al cura pecados vergonzantes. “Pues va a ser que no”, empieza a decir la gente; es preferible optar por vías alternativas que incluso “molan cantiduvi” y dan un aire exótico a nuestra vida… yoga, Reiki, control mental, chakras, etc.

Y es que por mucho que intentemos, el Budismo, el Zen y el Tao están biunívocamente ligados a una visión de la vida propia de los orientales. Y nosotros, modernos urbanitas occidentales del Siglo XXI, por mucho que lo intentemos, es bastante difícil que cambiemos de mentalidad por el hecho de practicar técnicas de pranayama, pongo por caso. No suele haber conversiones en un occidental al Budismo o al Tao (salvo honrosas excepciones, y alguien diría que se dan más conversiones de lo que parece), sólo hay prácticas de técnicas orientadas a resolver nuestros desatinos mentales. Es pasar de la Fluoxetina o la Paroxetina, al Tai chi o el yoga, a ver si hay suerte, y duermo por las noches sin tener que acudir las benzodiacepinas, que además crean adicción.

Occidente destroza, con su mentalidad estrictamente material y pragmática, todo lo que toca. Es bastante difícil que la civilización que ha metido al Planeta en dos guerras mundiales, creado el Primer Mundo, y colaborado decididamente en el Tercero, la revolución industrial y la economía neoclásica, basada en la ambición sin tasa, de pronto se vuelva espiritual y transcendente. Aquí hay gato encerrado.

Dicho esto, con todas las críticas a Occidente, que es capaz de todo, hasta de vender tu alma al diablo a buen precio, y encima que tengas que pagarlo tú, y con todos mis respetos por religiones y filosofías orientales bastante más antiguas que el cristianismo, y que tienen una base de verdad asombrosa en todo lo espiritual, y que junto con la mística cristiana y el sufí islámico constituyen la base de la Filosofía perenne, dejemos el mindfulness como lucrativo neologismo para los “-ólogos” y los mercaderes del templo, y volvamos a adentrarnos en las profundidades de una palabra que resume la esencia de la Vida Interior del ser humano, el espíritu de “Oración”.

La Oración es la actitud de una persona que ha logrado por fin, tomar “plena conciencia de sí mismo”. No es un tiempo para rezar, ni un rosario, ni una misa, ni una novena. La Oración es simplemente la actitud contemplativa de la Vida.

De pronto todo tiene sentido

Y, ¡oh prodigio! Cuando se vive en actitud de Oración, resulta que la misa, los sacramentos y el rosario, alcanzan pleno sentido y significado, tanto personal como comunitario. Mientras tanto, literalmente, son sólo ritos, una rutina que llega a aburrir hasta a las vacas, al extremo de perder todo su significado. Por eso la gente abandona la práctica religiosa, porque es como tomar sirope de chocolate sin helado, o aceite de oliva, por muy virgen que sea, sin ensalada.

Si un cura lee este blog, le rogaría se lo pensara dos veces antes de abrirme un expediente canónico de excomunión, porque como dijo una vez Karl Rahner, “El cristiano del mañana, será un místico, uno que ha “experimentado algo”, o ya no será nada”… Y yo continúo, “por muchas misas que oiga y muchos rosarios que rece”. Le rogaría además por un momento, que se cuestionara, junto con sus compañeros de Orden, por qué mucha gente piensa así de las prácticas religiosas. Sé de sobra que ellos no pueden equivocarse en los planteamientos religiosos, y que los feligreses siempre estaremos equivocados, porque no tenemos estudios eclesiásticos, pero antes de condenar este blog, por favor, que reflexionen sólo por un instante las razones de este malestar social, causante de un abandono masivo de la fe católica durante décadas.

Afortunadamente no soy cura, y me siento con una razonable libertad para expresarme, cosa que no podía si lo fuera, ya que si así fuera tendría mis  palabras sujetas a la disciplina canónica, eclesiástica, o como se llame, y no podría salirse del guión de la peli católica “ni mijita”, a riesgo de que el obispo me llamase a capítulo, por decir cosas improcedentes para la doctrina de la fe.

Estas veladas críticas a la religión oficial no son exclusivas de cristianos heterodoxos como yo. A lo largo de la Historia, los místicos cristianos se han tenido que enfrentar con las autoridades eclesiásticas por acusaciones parecidas. Casos como los de Meister Eckhart, Francisco de Asís, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Francisco de Osuna, Juan de Ávila, Françoise Fenelon o William Law (místico anglicano) son ejemplos de místicos que la tuvieron parda con los tribunales eclesiásticos por salirse del tiesto y afirmar estar experimentando “la vía directa hacia Dios”, ante la mirada y oídos perplejos de jueces y confesores.

No creo que a las autoridades anglicanas les gustara esta afirmación de William Law:

La mayor parte de la Humanidad –mejor dicho, de los cristianos-, se puede decir que está dormida, pudiendo la forma particular de vida que abarca la mente, los pensamientos y acciones de cada ser humano, ser llamada “sus sueños particulares” Semejante nivel de vanidad es visible por igual en cualquier forma de orden de vida. Todos, el erudito y el ignorante, el rico y el pobre, se encuentran en el mismo estado de somnolencia y sopor, con la única diferencia de que cada cual deja pasar su corta vida en un tipo distinto de sueño. Somos extraños para el Cielo, y estamos sin Dios en el mundo, porque nos hemos vaciado del “Espíritu de Oración” que es lo único que puede abrirnos el Cielo. La religión podrá tener muchos moldes y figuras, pero no servirá de mucho si no es entrega a la Acción de Dios uno-trino y santo, que vive dentro del alma y tiene en ella su morada.
William Law (El espíritu de Oración).


La práctica religiosa vivida desde la ensoñación de nuestros sueños particulares, dentro de los límites del Confinador vital, no deja de ser una más de nuestras ensoñaciones, por muy practicantes que seamos, y por muy contentos que tengamos a los curas acudiendo a misa los domingos.

“Fíat lux”. Hágase la luz, supone someterse al proceso de “iluminación”. Es un proceso que tiene bastante de “mindfulness”, pero que va mucho más allá.

El planteamiento de la vida espiritual es diametralmente opuesto a lo que se nos enseña en este mundo. Según nuestras capacidades cognitivas, la vida presente, la de todos los días, con sus problemas y sus alegrías, es la verdadera; y si no, que alguien nos diga que un requerimiento de Hacienda no es verdadero, o un expediente de regulación de empleo que nos deja en la calle no es verdadero, o el accidente de moto de nuestro hijo no es verdadero… Sin embargo, las creencias de la gente, las promesas del Paraíso, y demás temas relacionados con el más allá ¿quién ha estado allí para decir que son ciertas? Pues dicho esto, y siendo evidente lo tangible de la vida material y lo intangible de la vida sutil e inmaterial, como poco impresiona de presuntuoso afirmar, justamente lo contrario, que lo real es lo espiritual, que nadie ve, y lo irreal es lo material, que todo el mundo ve y experimenta. Y sin embargo, la condición sinequanon para abordar la Vida Interior, es justamente negar la mayor de la realidad material, para aceptar la realidad de lo intangible; aceptar, tanto lo transitorio de esta vida, como lo eterno de la otra, que no es “la otra”, sino auténticamente la nuestra.

Así, nuestra vida en este mundo hemos de tomarla como una ensoñación. En ese sueño se elabora una espectacular tragicomedia que es el argumento de nuestros días.

Igual que cuando despertamos del descanso nocturno, permanecemos durante unos instantes en un duermevela que no sabemos dónde estamos, qué día de la semana es, y si lo que pensamos es real o forma parte del sueño que acabamos de imaginar; de igual forma, la persona que trata de abrir los ojos a lo Real, a lo trascendente, comienza por no saber si lo que fluye por su interior sigue formando parte del sueño de este mundo, o pudiera tratarse ya de los primeros rayos de lucidez. Es el estado crepuscular entre el Cielo y la Tierra.

Cuando dejamos que la Luz ilumine nuestros ojos, nos “damos cuenta” que Dios está ahí, delante de nosotros, dando sentido a todo lo que sucede, de modo tal que sólo nos queda rendirnos a la evidencia de que se manifiesta en todo lo que sucede. Ya no hay sucesos buenos o malos, positivos o negativos, sólo existe la manifestación de Dios en nuestra vida, y no nos queda otra que “amar lo que es”, (Red./ 86). Porque lo que sucede no es ni más ni menos que su voluntad. Pero no en el sentido de que Él diga “ahora vas a hacer esto y luego aquello”; no es un manipulador de marionetas que las mueve a su antojo. Simplemente las cosas, los sucesos que acontecen en el Confinador, forman parte de la Creación.

Pero para llegar a alcanzar este nivel de comprensión, de “mindfulness”, el primer paso para comenzar el proceso de despertar a lo Eterno es “ser conscientes” de que no somos nada de lo que creíamos ser.

El sendero de la verdad

Todo lo que creíamos ser, hombre, mujer, marido, esposa, hijo, médico, fontanero, ama de casa, Director General de la empresa, etc., nos lo hemos forjado a lo largo de nuestra vida, estudiando, aprendiendo y luchando denodadamente.

“Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”

Un niño no es nada de lo que con los años aprende a creerse que es. Es simplemente una promesa. Pues esta es la base de la Vida Interior. No soy nada de lo que creo ser.

Hay que renunciar a todo este bagaje de deseos, por muy honesto y bien intencionado que pueda parecernos, porque suponen una seria interferencia entre nosotros y Él, la Divina realidad.

El estado de Oración, que nos introduce en el sendero de la Vida Interior, desemboca en la simple Contemplación de Dios tanto interior como a través de todo lo que sucede. Es el estado del alma en el que ella ha sabido despojarse de su naturaleza terrenal, aunque siga viviendo en la Tierra, para dejar paso a su Creador, para, unida a Él, vivir por Él y para Él.

Haciendo un símil paisajístico, el camino de la contemplación supone iniciar la ascensión desde nuestro valle hasta la cumbre la una alta montaña, y desde allí contemplar la inmensidad del Océano de Dios.


 
Bienaventurado el que permite que Él le guíe hasta la cima del monte y Ver el Océano.

Sin pretender salir con el pensamiento a ninguna parte, la Contemplación es un estado que surge por sí solo. Es como una Gracia, una inspiración; simplemente viene, sin hacer nada.

Sin embargo, paradójicamente supone más trabajo dejar de hacer que hacer.

De las muchas formas de ejemplificar el proceso de iluminación, recomiendo encarecidamente la lectura del libro de Robert Fisher, El caballero de la armadura oxidada. Es la historia de todos nosotros. Y su camino para liberarse de ella es, inexorablemente, nuestro camino. Somos caballeros embutidos en armaduras que no nos quitamos ni para dormir, de modo que al mirarnos al espejo, lo que vemos es la visera del casco, que no podemos ya ni levantar, porque las bisagras están tan oxidadas, que ya no se pueden mover.

El primer paso que el caballero dio, al darse cuenta de que tras pasarse la vida “desfaciendo entuertos” y salvando damiselas, al verse al espejo, lo único que veía era una vieja armadura, y que así la cosa pintaba mal, fue gracias a un humilde bufón, Bolsalegre -que tuvo el acierto de insinuarle lo ridículo que pintaba con su armadura oxidada, cuando cruzaba el puente levadizo para iniciar otra cruzada-, fue acudir a Merlín (el del Rey Arturo). Y Merlín le indicó lo que debía hacer. No había otra opción que recorrer el Sendero de la Verdad.

¿Cuándo fue la última vez que sentiste el calor de un beso, la fragancia de una flor? – Ya ni me acuerdo…

Darnos cuenta de que hemos llevado una pesada máscara, una pesada armadura durante tantos años es la condición sine qua non para iniciar el empinado sendero de la Verdad. Es cada vez más empinado. Y hemos de atravesar tres castillos. El primero es el Castillo del Silencio, el segundo el del Conocimiento y el tercero el de la Voluntad y la Osadía.

El Castillo del Silencio supone pasar la prueba de acallar la mente, de hacer silencio interior. El silencio es una situación aterradora para el que no soporta la soledad. El silencio es la antítesis de la mente. La mente no puede dejar de trabajar, de pensar, de recordar sobre el pasado, de programar el futuro, de juzgar, mientras la vida es lo que acontece al tiempo que pensamos en el pasado o en el futuro. Al no hacer silencio, no podemos escuchar a nada ni a nadie. 


¿Habremos escuchado alguna vez a nuestro ser amado? ¿Nos habrá escuchado él/ella a nosotros?

Superar el desafío del silencio supone ser capaz de ver cómo caen las hojas de los árboles y escuchar el sonido de la brisa meciendo las ramas. Superar el desafío del silencio es escuchar tu propia voz interior, la que te dice quién eres en realidad. En suma, hacer silencio interior supone “amar lo que es”. Amar al ser amado “tal como es”, no como quieres que sea. Porque la imagen que te has formado de él o de ella es rigurosamente falsa. Amar la vida tal y como se presenta, porque en eso consiste amar a Dios, porque la vida, tal cual es, es el fiel reflejo de la voluntad de Dios.

El siguiente desafío lo presenta el Castillo del Conocimiento. Este es un desafío no menos importante que el primero, y que además, ha de ser superado una vez conseguido superar el desafío del Castillo del Silencio. Porque el Conocimiento con mayúsculas, es el que se adquiere, no por la vía del pensamiento y de la lógica, sino de saber contemplar la realidad tal cual es, aceptándola como viene, sin juzgar, sin prejuzgar, sin poner barreras ni condiciones. El conocimiento de uno mismo requiere dar un nuevo paso en ese proceso de deshacerse de la armadura.

Todos los sistemas de pensamiento afirman una gran verdad, que el amor al otro, a los demás y en definitiva a Dios comienza con el amor hacia uno mismo. La aceptación de yo mismo, tal cual soy, reconocer mi ensueño, mi fábrica de sueños que es mi yo cotidiano, verme al espejo sin armaduras, es condición imprescindible para aceptar a los demás tal cuales son, y es imprescindible para aceptar a Dios en nuestra vida.

Estamos ante algo tremendamente difícil para el adulto, ver la realidad con ojos transparentes y limpieza de corazón. Es lo que sabe hacer un niño, ver con pureza las cosas. Claro, con la que llevamos encima, con los conflictos a los que nos hemos tenido que enfrentar, no estamos para bajar la guardia. Este es el error. De esta forma, estaremos viendo y percibiendo la realidad a través de las ranuras de la visera de nuestra armadura. La imagen que recibimos es tan distorsionada, que en nada se le parece a la que podemos ver si nos quitamos la visera y el casco.

La única condición es desearlo. La única condición es arriesgarse.

El siguiente desafío lo presenta el Castillo de la voluntad y la osadía. Este es el reto definitivo. Consiste en amar, no impulsados por un sentimiento de entrega, sino como una decisión fuerte de la voluntad.

Pero el triunfo de la voluntad requiere saber dominar el miedo de los falsos dragones, que aunque falsos, pueden quemar, o mejor, hacernos creer que nos queman. Eso le pasó al caballero de la armadura, hasta que supo comprender que el dragón era fruto de sus fantasías, de sus miedos.
El miedo es como el veneno.
Es bueno conocer su potencial,
Pero no nos hará ningún daño, si no bebemos de él.
El guerrero dice.
“Si no nos enfrentamos al miedo, tendremos que vivir con él.”
El Tambor de sanación. Sabiduría indígena americana

Y es que superar el Castillo de la voluntad y la osadía supone liberarnos de la otra gran cárcel en la que estamos toda nuestra vida confinados.

Cuando el caballero superó el castillo de la voluntad y la osadía trepó hasta la cumbre, pero no pudo llegar, porque le bloqueaba una gran piedra, y ya estaba tan exhausto que no podía seguir para adelante ni volver. Sólo le quedaba una opción, dejarse caer al profundo abismo… y matarse.

Dejarse caer por el abismo era el último acto de fe en algo o alguien que es capaz de sostenerle; vencer el máximo miedo, el de la muerte.

Si la primera gran cárcel de nuestra vida es nuestro pensamiento, que crea modelos de realidad, incluso crea el modelo de nosotros mismos, crea nuestra propia armadura, la segunda gran cárcel es el tiempo.

“La vida es lo que está sucediendo mientras estamos pensando en el futuro”

A esta frase atribuida a John Lennon le podríamos añadir para dejarla redonda, que la vida es lo que sucede mientras añoramos, nos entristecemos o enfadamos por el pasado y nos asustamos y preocupamos por el futuro.

Todas las religiones y sistemas filosóficos se basan en liberarnos de estas dos cárceles, nuestro “ego” y el tiempo, lo que conduce a saber vivir el presente, que es lo único real, lo que es.

A vivir el presente se le denomina “vivir en presencia” (vivir en presente). Sólo viviendo el presente, se puede vivir plenamente las bases del Amor, la lógica de Dios, en todos los sentidos, la sexualidad, la amistad y la entrega.

Epílogo

En la vida cotidiana nos movemos permanentemente en el continuo espacio tiempo. Nuestro pensamiento construye modelos de realidad continuamente, modelos que nos permiten, a partir de nuestra memoria, rememorar y reconstruir los hechos acaecidos. Estos hechos, que conservamos vivamente en nuestro recuerdo, cada vez que pensamos en ellos lo revivimos y vivimos como si estuvieran sucediendo realmente, cuando en realidad ya no existen; ya pasó y nunca volverán (“todo fluye, nada permanece”, dice Heráclito). En el otro extremo, proyectamos nuestras vivencias hacia el futuro, y nos preocupamos por lo que sucederá. 

El recuerdo de lo sucedido nos genera una gran carga de sentimientos, tanto positivos y agradables, como negativos y desagradables.

El futuro nos angustia todavía más. No sabemos qué será de nosotros mañana, si tendremos trabajo, si podremos sacar adelante la hipoteca del piso, o si nuestros hijos encontrarán trabajo y nuestros nietos podrán tener un futuro en este Planeta, al borde de los 7000 millones de habitantes.

Ante este panorama, Jesús de nazareth nos dice: 

25 No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

26 Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?

27 Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? 

28 Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. 

29 Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos.

30 Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? 

32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 

33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os
darán por añadidura. 

34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio afán.

Mateo 6, 25-34

La Oración no es una técnica de autoayuda, ni de control mental. La Oración es vivir a Dios en lo más profundo de tu ser; abandonarte plenamente a Él, que sea Él el que tome las riendas de tu vida.


Amigo ¿entiendes esto?


Que la Paz esté contigo.

lunes, 3 de enero de 2011

58.- Sendas de Vida Interior


Terapia para una enfermedad hereditaria

Queridos amigos, llegados a este punto de nuestra aventura, creo que estamos en disposición ya de conocer, en términos generales, en qué consiste el proceso de transformación integral del ser humano, cuál es el tratamiento para nuestra hereditaria enfermedad denominada Egolatría, Síndrome de Adán y Eva, o también “pecado original”.

Es ya el momento de saber de qué nos ha salvado Jesús de Nazareth en la aventura de la Redención.

Es ya momento de saber en qué va a consistir el proceso terapéutico al que debemos ser sometidos.

La divina terapia en un, digamos, 80% es pasiva, es decir, será aplicada en nosotros, sin que nosotros podamos hacer nada, sin que nosotros podamos contribuir activamente a su efectividad. Pero el 20% previo, si es activo, sí requiere de nuestro esfuerzo personal. El 20% activo del proceso es lo que habitualmente denominamos “ascética”, que viene del griego “askeetees”, el que se ejercita, el que se entrena, el atleta. El 80% pasivo se denomina “mística”, que también procede del griego “mystikos”, misterio.

La ascética, o parte activa, es nuestra parte del trato con Dios, lo que puedo poner yo. La mística es Su parte, lo que pone Él. Lo del 80% y 20%, es una proporción paretiana, para acordarnos, porque en realidad la proporción de ascética vs mística no supera el 1/100, lo que decía Jesús, el ciento por uno. Tú pones uno y Él te da cien.

En ese uno por ciento, el alma, principalmente lo que pone es, primero el reconocimiento de su lamentable situación, el reconocimiento de su enfermedad. El que no se reconoce enfermo, jamás admitirá que lo está y no creerá que sea necesario someterse a un proceso terapéutico. Lo segundo es reconocer la etiología de la enfermedad. El germen de nuestro mal lo llevamos dentro, en nuestros genes, forma parte de nosotros desde nuestra concepción. Venimos así de fábrica, es un mal hereditario.

En este sentido, la tradición cristiana habla de las tentaciones del demonio, y nuestra debilidad ante ellas. Es decir, es como si algo malvado, ajeno a nosotros, nos impulsara a pecar, cuando la auténtica realidad es que somos nosotros mismos, nuestra propia naturaleza la que nos induce a ella. Somos seres duales, constituidos, aparte de por un cuerpo, una Unidad de Carbono, por un “yo” ficticio producto de la mente y un “Yo Real” nuestra divina realidad dormida, el Alma. Esta dualidad es absolutamente trascendental tenerla diáfanamente clara, porque en ella radica todo el proceso, tanto de la ascética como de la mística.

La terapia que Dios ha de aplicar en nosotros es una terapia génica, en el origen de nuestra esencia, en nuestros genes. Una terapia de esta magnitud, a la fuerza va a resultar un proceso de total transformación, donde entrará un ser enfermo, y saldrá simplemente “otra cosa”, otro ser, que nada tendrá que ver con el que entró. No será una limpieza de suciedad, como un coche embarrado que entra por el túnel de lavado y sale reluciente, no, simplemente entrará un ser que en el proceso desaparecerá, para salir por el otro lado algo, alguien absolutamente nuevo. Teresa de Jesús lo asemeja magistralmente a la metamorfosis del gusano de seda, entra en el proceso un gusano, para transformarse y salir al final una blanca mariposa, “la mariposica”.

Esta terapia que será capaz de transformar el gusano en blanca mariposa, recibe un nombre,  “Oración”.

Oración

La Oración como concepto no es difícil de definir, pues simplemente consiste en “vivir en presencia de Dios”. Si repasáis la entrada 50, “Presencia”, ahí está explicado. Solamente que no hago referencia a la Oración como concepto, pero vivir en Presencia, eso es orar.

La Oración es la actitud que permite al alma, al espíritu despertar y ponerse en comunicación con Dios. Es la base, la clave de la Vía Directa, de la terapia génica. Así como es la base, la clave de la Vida Interior. Decir Vida Interior es decir Oración. Y hablar de Oración es hablar de Vida Interior. No existe la una sin la otra.

Sin Oración no existe relación alguna con Dios, todos los canales están cerrados. Sin Oración, sólo existe lo que sucede dentro del confinador (Ver Entrada 27.- Teoría del confinador). Por eso, el camino que conduce hacia Dios, hacia la Divina Realidad es el camino de la Oración. Aunque en realidad no hay tal camino, sino que lo que se produce no es otra cosa que la apertura de puertas, de telones que nos permiten descubrir lo que existe delante de nuestras narices, y que no hemos tenido conciencia hasta ahora. La alegoría del Castillo Interior de Teresa de Jesús, obedece más fielmente a la realidad del proceso que experimenta la persona, porque no hay que ir a ninguna parte, aunque como símil sea útil, sino que hay que descubrir los secretos de nuestra propia casa, de nuestro propio Palacio, donde Dios habita, de lo que  nosotros no teníamos ni noticia.

Orar no es exactamente lo mismo que rezar

Y ahora viene un tema de profunda confusión. La inmensa mayoría de los creyentes, el común de las gentes, confunde lastimosamente rezar con orar, la Oración con los rezos. Según esta penosa confusión, asimilan orar a sólo rezar un rosario, una jaculatoria, una novena o leer laudes o ir a misa. El error, el tremendo error no es que crean que esto es orar (que lo es, eso sí, según y cómo), sino que la Oración comienza y termina (sobre todo “termina”) con estas prácticas religiosas. El error es creer que la Oración es exclusivamente “ritualismo”. El error es creer que con frecuentar los sacramentos hemos cumplido, como si el simple hecho de recibir la sagrada forma o confesar los pecados tuviera un efecto mágico, y las frases absolutorias del cura tuvieran el efecto  similar al de un conjuro. Lo del propósito de la enmienda, como cualquier frase hecha termina siendo eso, una frase hecha, sin valor postal.

Pero cuidado. Lejos de mí subestimar la religiosidad de las gentes. A lo que me refiero es al hecho de que parece como si los pastores de  la Iglesia actuaran respecto al estímulo de las prácticas religiosas de carácter ritual como sí la vida de fe se centrara casi exclusivamente en estas prácticas y concentraran en los creyentes el interés casi exclusivo en la ritualidad, como si sólo ella tuviera los efectos suficientes y necesarios como para “garantizar la salvación”, que parece que de eso va el empeño.

Para explicar esto mejor, voy a echar mano de un texto sagrado hindú, pues me da la sensación que ellos, los hindúes tienen más claro esto, que los propios cristianos. Según el Bhagavad Gita, el culto exotérico (que ven los demás), encierra un oculto deseo de éxito mundano en quien lo practica (para ser visto y admirado por su piedad). Nadie ve al que ora en su estancia a solas (por lo que no puede ser admirado), pero todo el mundo ve el que va al frente de las procesiones y participa en las solemnidades ocupando los primeros puestos (y puede serlo). Casualmente es lo mismo que Jesús advierte con el modo de rezar del fariseo y el publicano. (Lc 18, 10-13)

Sigue diciendo el Bhagavad Gita, que hay cuatro tipos de adoradores de Dios a saber: el cansado del mundo, el que busca conocimiento, el que busca felicidad y el hombre que alcanza el discernimiento espiritual. Este último es el mejor, porque no está embotado por deseos mundanos (que los demás tienen).

La práctica constante de ritos sacramentales con fe y devoción producen en la persona efectos duraderos en algo que no es ni su mente ni su cerebro, como un vórtice que comunica con una realidad inmaterial “allá fuera” (o “allá dentro”), distinto de algo generado por la propia imaginación y por algo que responde a las plegarias. Se puede pensar en los devas (deidades locales hindúes), o dioses locales (vírgenes y santos cristianos) que centran la fe de las gentes sencillas.

También se confunde frecuentemente la Oración con la petición de favores a Dios y a toda la corte celestial. Cierto es que los humanos somos seres muy necesitados de casi todo, pero partiendo de esta realidad, hemos centrado nuestras peticiones a Dios en aquello que son nuestros deseos de que las cosas nos salgan bien, En este sentido, uno de los objetivos de la Vida Interior y de la Oración es la gestión del fracaso, término que ahora se denomina “resiliencia” o de cómo afrontar la adversidad. Hablaremos de ello en próximas entradas.

Para afrontar el proceso de la Oración con amplitud de miras, sin lastres que nos lo condicionen, es absolutamente necesario “desaprender” cautelarmente y de modo temporal, todo lo aprendido en la catequesis y desmitificar los mitos que nos han enseñado, para conseguir desplazar el centro de gravedad de nuestra vida religiosa, de los mitos, creencias y prácticas rituales, las católicas incluidas  (herencia ancestral de ritos atávicos que se pierden en la noche de los tiempos), para centrarnos en la “espiritualidad”, que es simple y llanamente la vía directa de la relación del ser humano con la Divina Realidad. Es lo que vimos al abordar el espinoso asunto del “Sueño del Planeta” (Entradas 24 y 25) y el derecho a poder poner en tela de juicio todo lo aprendido, no con intención de desecharlo, sino de hacerlo nuestro de verdad, en su caso.
 
Lo primero que uno descubre al comenzar a hacer realmente Oración es que intuye que orar, lejos de ser una práctica religiosa más, tiende a convertirse en una actitud ante Dios y ante la propia vida; que orar, además de suponer un tiempo necesariamente limitado de recogimiento interior, tiende a ser un estado anímico, espiritual de Presencia de Dios, que termina siendo  permanente y constante, hagas lo que hagas. Dios pasa de ser alguien a quien pedir cosas en el contexto de un rito religioso, a una Presencia inexplicable en cada vez más tiempo de la propia vida habitual y cotidiana. Dios pasa de ser Alguien que precisa un momento solemne para ponernos en su presencia, a “Algo” que comienza a inundar todos los rincones de nuestra vida, que nos envuelve, como los brazos de una madre envuelven en cuerpecito de un recién nacido, sin que él sepa realmente qué es lo que le da calor y protección. Además la vida en comunidad propicia de momentos para hacerle presente entre nosotros (en plural), mediante las  solemnidades. “Cuando dos o más os reunáis en mi nombre, allí estaré Yo, en medio de vosotros”. (Mt. 18, 20)

En otras palabras, no tienes que ir a misa para hacer presente a Dios en tu vida, sino que, por tener presente a Dios en tu vida, tienes la necesidad de participar con la comunidad en ese momento sagrado que es la Eucaristía, donde Él se hace presente en medio de todos; lo cual te da fuerzas para seguir cultivando personalmente esa presencia mediante el espíritu de Oración personal, constante. Es lo del huevo y la gallina. Nadie se pone de acuerdo, porque los dos son necesarios. Si pudiera explicar esto en términos sistémicos, la cosa va de la generación de un bucle reforzador donde espiritualidad y ritualidad se refuerzan mutuamente; pero la una sin la otra se agotan en sí mismas.

Oración y meditación

Uno de los puntos de más confusión respecto de la Oración es su relación o no con la meditación oriental. Para aclarar esto, transcribo literalmente un párrafo del libro de Alice Bailey, “Del intelecto a la intuición”.


Consideradas correctas las teorías delineadas en los capítulos precedentes, será útil establecer con claridad la meta definitiva que persigue el hombre culto cuando empieza a practicar la meditación y diferenciar entre la meditación y lo que el cristiano llama plegaria. Es esencial tener una idea clara de estos puntos, si queremos progresar en forma práctica, pues la tarea del investigador es ardua; necesita algo más que un entusiasmo pasajero y un esfuerzo momentáneo, para dominar esta ciencia y aplicar eficazmente su técnica. Vamos a considerar primeramente el último de los dos puntos mencionados y compararemos los métodos de la plegaria y de la meditación. La Oración puede describirse, quizás, con los versos de J. Montgomery:
    Plegaria es el sincero deseo del alma,
    expresado o inexpresado,
    el movimiento del fuego oculto,
    que se estremece en el pecho.
Expone la idea del deseo y del requerimiento; la fuente del deseo es el corazón. Pero debe tenerse en cuenta que el deseo del corazón puede ser la adquisición de algo que la personalidad ambiciona, o las posesiones trascendentales y celestiales que el alma anhela. Sea lo que fuere, la idea básica es demandar lo que se desea, y así entra el factor anticipación, y también algo se adquiere finalmente, si la fe del peticionante es suficientemente intensa.
La meditación difiere de la Oración en que es, ante todo, una orientación de la mente, orientación que produce comprensión y reconocimiento, y se convierten en conocimiento formulado. Existe una gran confusión en la mayoría de las personas sobre esta diferencia. Bianco de Siena hablaba realmente de meditación, cuando dijo: "¿Qué es la Oración, sino la elevación de la mente directamente a Dios?".
Las personas polarizadas en su naturaleza de deseos, siendo predominantemente de tendencia mística, demandan lo que necesitan, se esfuerzan por adquirir en la plegaria virtudes largo tiempo anheladas; ruegan a la Deidad que los escuche y mitigue sus dificultades; interceden por sus seres queridos y quienes los rodean; importunan a los cielos por las posesiones materiales o espirituales, que consideran esenciales para su felicidad. Aspiran y ansían cualidades, circunstancias y factores condicionantes, que simplifiquen sus vidas o los liberen, para alcanzar lo que creen ser la libertad para una mayor utilidad; agonizan orando, para obtener alivio en sus enfermedades y padecimientos, y tratan de que Dios responda a su demanda mediante alguna revelación. Pero este pedir, demandar y esperar, son las principales características de la Oración, predominando el deseo e implicando el corazón. La naturaleza emocional y la parte sensoria del hombre busca lo que necesita, y el campo de las necesidades es grande y real; el acercamiento se hace por medio del corazón.
Lo antedicho contiene cuatro tipos de plegaria:
                1. Para beneficios materiales y ayuda.
                2. Para virtudes y cualidades del carácter.
                3. Para otros, es decir, Oración intercesora.
                4. Para iluminación y comprensión divinas.
Se observará en el análisis de estos cuatro tipos de plegaria, que todos tienen su raíz en la naturaleza de deseos, y el cuarto lleva al aspirante a un punto donde puede terminar la Oración y comenzar la meditación. Séneca debió haber comprendido esto cuando dijo: "La Oración no es necesaria, salvo para pedir por un buen estado de la mente y por la salud (plenitud) del alma."

Esta distinción entre Oración y Meditación que hace Bailey, en el fondo es poner frontera a un continuo. Ella denomina oración a la pregaria, donde nosotros lo calificamos de rezos, para pasar a la meditación, donde la mística cristiana lo asume como Oración en estado puro.

Lo que pasa es que la  práctica cristiana de la Oración como rezo, como plegaria, le ha arrebatado el auténtico y profundo sentido que es la simple presencia del alma ante Dios, en silencio. Es por eso, que el auténtico significado de la Oración, como vía directa hacia Dios, no está en la Oración como plegaria, como súplica, destinada a satisfacer nuestros propios deseos, sino en la Oración de silencio, de quietud, de contemplación, destinada a simplemente pedirle a Dios, “hágase tu voluntad”, que es el objetivo final del camino de perfección expuesto magistralmente por nuestros místicos cristianos.

En resumen, orar es una actitud, y no una acción, que manifiesta nuestra propia identidad, íntimamente fusionada con la divinidad, en silencio.

La experiencia dice y confirma que en todo este proceso hay dos fases críticas, que condicionan absolutamente que la persona pueda entrar por la “senda estrecha” del camino interior, o se quede merodeando los arrabales del Castillo Interior.

La primera fase, en realidad es un instante, un momento en el que “caemos en la cuenta”, “somos conscientes”, “tomamos conciencia” de qué va esto. Es ser conscientes de “la situación”, del verdadero sentido de la vida, y el descubrimiento de la Vida Interior, del Camino, de la Vía directa hacia Dios. La tradición cristiana la ha denominado habitualmente “la llamada” (el Sí de María al ángel) . Es lo que afirma Jesús de que “somos llamados”. La segunda parte de la frase es inquietante, porque dice “pero pocos los elegidos”. Según este aserto, Dios nos llama, nos llama en repetidas ocasiones, pero nuestra respuesta es bastante escasa. Es decir, la vida nos está dando permanentes signos de que “hay algo más allá” de lo que ven nuestros ojos, de lo que nos alcanza la vista y comprende o intuye nuestro pensamiento, nuestra mente. Pero resulta que nuestro acomodo en este mundo hace que estemos tan atareados, que nuestra atención -permanentemente ocupada con asuntos “tan importantes” como sacar adelante nuestro trabajo o seguir la evolución de la Bolsa, cómo vamos a pagar la hipoteca del piso, la enfermedad de los abuelos, las noticias siempre preocupantes del periódico, el desarrollo de la liga de fútbol o a dónde iremos de vacaciones este año-, nos impide ver otra cosa que no sean nuestras cuitas.

Es un problema de actitud de escucha. ¿Por qué unas personas sienten esta necesidad de búsqueda más allá de las cosas, aunque no sepan cómo ni por qué, y otras, la mayoría, están tristemente afincadas en su pequeño mundo, con sus alegrías y penas, con sus problemas y conflictos y con sus momentos de disfrute? Es un misterio que en muchas ocasiones la vida resuelve de un modo súbito. Cuántos santos han tenido una vida anterior disoluta, llena de vanidades y en un “momento” dado, “han tomado conciencia” de “la situación”, de lo que es la vida; y esto a causa de un accidente, una enfermedad muy grave, un trauma psicológico, etc. Lo vimos en la Entrada 43.- Tratamientos de choque.

Algunos de estos santos, como Santo Tomás de Aquino, parece que así le pasó. Cuenta Toni de Melo en su libro “el Canto del pájaro”, que tantos años Tomás de Aquino escribiendo la Summa Teológica, para en un instante, recibir una iluminación que le hizo comprender realmente de qué iba esto de la Vida Interior, y con ello comprender las toneladas de papel que se podría haber ahorrado. Dice de Melo, que desde entonces no volvió a escribir.

Es un misterio por qué a unas personas le ocurre este cambio radical y a otras no. Yo creo que sólo Dios lo sabe. Y no creo que Dios nos discrimine a unos de otros. La respuesta a la “elección”, depende de nuestra particular actitud ante la vida. Y por experiencia, se puede afirmar que el cambio no consiste en comenzar a ir a misa, cuando antes se estaba alejado. Muchísima gente está cómodamente afincada en sus prácticas religiosas, acordes con los mandamientos eclesiásticos, sin ser conscientes de lo qué están haciendo, pues lo hacen de un modo completamente inercial.

Este cambio radical es como el acto de cruzar un umbral, una puerta. No está en nosotros entrar por la Puerta, o iniciar el camino. Pero sí está el desearlo, el estar predispuesto. El único esfuerzo que se nos pide es el de predisposición, querer, desear abrirnos al Eterno. Consuelo Martín ilustra esta situación con el ejemplo de los monjes tibetanos, en los que se le obliga a los postulantes a monjes a esperar un indeterminado tiempo delante de la puerta cerrada del lamasterio, hasta que, una vez probada su paciencia, se abre.

Así, comenzamos a profundizar en las Sendas de la Vida Interior, y ciertamente avanzamos, hasta que nos situamos delante de otra puerta cerrada, de una barrera. Es la puerta de la vida contemplativa, ante la que debemos aprender a saber esperar y resistir las inclemencias de la espera. Porque todo consiste en un reforzamiento de la voluntad de amar.

No intentemos abrir la puerta. Se abre por dentro, en un momento en el que nuestro espíritu está maduro y fortalecido para la siguiente etapa de nuestro camino.

El paradigma de la paciencia se demuestra al darnos cuenta de que nuestro “yo” no tiene nada que hacer en el proceso de la Sabiduría.

Lo que nos detiene en la Puerta es la lucha de nuestro “yo” por prevalecer. Estamos perdidos si cedemos. Porque la Puerta no la abre “yo”. La abre mi verdadera identidad, la que trasciende el tiempo y el espacio y está encapsulada en nuestro pequeño ser terrenal. Se abre cuando dejo de creer lo que he creído que soy.

La cerradura de la Puerta se denomina, una vez más, “pensamiento”.

Mientras crea que soy lo que pienso, la Puerta estará cerrada.

El pensamiento no es vencido a la primera, plantea batalla hasta el mismo día de nuestra muerte, aunque nada que ver de la situación al principio que la del final, lógicamente. El pensamiento es una fábrica de dividir; hace añicos lo que pilla, porque todo lo analiza, lo escudriña mientras soñamos despiertos.

El pensamiento nos mantiene distraídos. Cuando cesa, experimentamos una extraña sensación de vacío, en medio de ninguna parte. Hay que entender que de una forma u otra, mientras estamos en estado de vigilia fisiológica y psicológica, el pensamiento es el rey y señor de nuestra conciencia. Quitarle de en medio para dar paso a simplemente “nada”, supone experimentar una sensación muy extraña, e incluso hasta desagradable. Es un “no tener dónde reclinar la cabeza”, dónde fijar nuestra atención.

Esta sensación es un poco como la que experimentó Pedro al tratar de caminar sobre las aguas:

Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis.» Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.»  «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús.  Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» Mt 14, 27-30

Una vez abierta la Puerta, la segunda fase es simplemente toda tu vida. Porque con esa toma de conciencia, lo que haces es descubrir que existe una senda que te conduce a tus más recónditas simas internas, o darte media vuelta y en vez de mirar de murallas para fuera, te das cuenta de que habitas en un imponente castillo con una alta torre del homenaje en el centro, y una vía que conduce a tus moradas interiores. A partir de entonces, todo consiste en empezar a caminar hacia dentro por esa senda estrecha, por pasadizos angostos, en empezar a subir y pasar de una estancia a otra, de una morada a otra, camino de la torre del homenaje. Pon el símil que quieras. Lo único cierto es que la segunda fase supone emplear lo que te queda de vida, en abrir tu alma a la Divina Realidad.

En esta segunda fase, que supone lo que te queda de vida, Larrañaga explica cómo a la actitud de Oración le sucede lo que podríamos llamar respuesta reforzadora, tanto en sentido positivo como negativo. Cuanto más se ora, tanto más se necesita orar, pero cuanto menos se ora, también se termina por dejar de verle sentido y necesidad a la Oración. Desplazado Dios de nuestra vida, termina por hacerse realidad la expresión de Nietzsche “Dios ha muerto”. Dios muere, pero nacen monstruos tales como el absurdo, la nausea, la angustia y la soledad.

Salvados de nosotros mismos

La tradición cristiana afirma que Jesús nos ha redimido, nos ha salvado. ¿Pero de qué? ¿De las acechanzas del maligno? ¿De un infierno seguro al que iríamos si no hubiese vivido con nosotros esos tres maravillosos años que terminaron en un completo fracaso, la cruz, para resucitar al tercer día?

Dios nos salva de nosotros mismos. Yo soy mi enemigo. Yo soy mi auténtico peligro. Yo soy mi propio demonio. En mí está y reside ese infierno tan temido tras el juicio final. Es un infierno que consiste en quedarme como estoy tras mi muerte, porque yo así lo he decidido. Nadie me juzga, y menos Dios; soy yo el que prefiero dar media vuelta y volver a mis asuntos, es decir, a mi infierno de todos los días, a mi particular valle de lágrimas, con el que he de batallar con mis propias armas, porque he despreciado el apoyo, la ayuda, el auxilio de mi Señor.

Así que para poder ser salvados “de las llamas de mi infierno”, algo dentro de mí tiene que morir, algo dentro de mí tiene que ser extirpado como un cáncer metastásico. Y eso, como médico que soy, os aseguro que duele y se pasa muy mal; y si no preguntadle a algún paciente de cáncer sometido a cirugía, quimio o radioterapia.

Para eso vino Dios al mundo; para eso la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Para eso la Palabra expuso su mensaje y nos demostró con su propia muerte en la cruz (causada porque yo no la recibí, porque yo preferí ignorarle), cómo algo dentro de nosotros tiene que morir también en la cruz de nuestra propia inmolación, para renacer de nuestras propias cenizas, como el gusano de seda tiene que morir para que nazca la blanca mariposa.

La vida de Oración es todo un drama. Nadie lo niega. Los de Cursillos de Cristiandad nos saludamos con la expresión festiva “de colores” (estoy de colores, como diciendo que me siento feliz, y en lenguaje barriobajero, un tanto soez, pero tremendamente expresivo -como lo son todos los tacos-, “estoy de puta madre, tío”). Esta frase, como santo y seña está bien, pero la procesión va por dentro. Estoy de colores, porque camino de la mano de mi Padre que, aún por cañadas oscuras, me guía y no permitirá que resbale mi pie y me precipite en el abismo. En este sentido, por supuesto que me siento de colores, pero el proceso, no por ello va a ser ni fácil, ni agradable. Que nadie se engañe, porque morir a uno mismo, para nadie resulta ser un plato de gusto.

¡Se siente!

La Oración es todo un proceso que pasa por diferentes etapas. Teresa de Jesús y Juan de la Cruz lo describen magistralmente. Podéis echar un vistazo a las páginas de este blog dedicadas a las Moradas del Castillo Interior y a la Noche Oscura. Pero lo abordaremos en próximas entradas, en detalle.

Tan sólo, y para terminar por hoy, un apunte. Jesús nos dio la receta de la auténtica Oración de Presencia en el Padre. Lo trataremos en próximas entradas, pero vaya por delante de que todo lo que podamos comentar, está magistralmente condensado en uno de los capítulos más impresionantes el Evangelio, por no decir, de toda la Biblia, que dice mucho más que todas las obras de teología ascética y mística que se han escrito y se puedan escribir en el futuro. 

Se trata de Mateo 6.

¿Habéis leído Mateo 6?

Echadle, primero una ojeada, para después tiraros con ese capítulo un día, dos tres, una semana entera.

Vais a flipar en colores. De verdad. Porque es un capítulo que bien se puede titular “Señor, enséñanos a orar”.


*

domingo, 2 de enero de 2011

57.- Epifanía


Epifanía significa manifestación, referido tradicionalmente a algo maravilloso, y en cristiano, al episodio de los magos de Oriente que vinieron a adorar al niño..

La etimología de las palabras es algo apasionante, porque te hace comprender el por qué de las cosas casi mejor que las definiciones académicas. “Epi” raíz griega que significa “sobre” y “fanos”, que significa “lugar dedicado por los paganos al culto de una deidad”, y de este, “faneia” manifestación de la deidad. Tiene sentido, porque el templo es donde la deidad se manifiesta, donde está y se puede ver o sentir su presencia. Unidas ambas sale “epifanos”, sobre el templo (donde está Dios). Así que epifanía es más o menos Dios manifestado sobre.

Términos similares son Teofanía: manifestación de Dios al mundo. E hierofanía, término muy utilizado por Mircea Elíade, y que procede de “ieros”, sagrado y “fanía”, o conjunto de formas existentes en el mundo a través de las cuales se manifiesta lo sagrado, según diversas creencias religiosas: para el hombre primitivo, el mundo entero era una hierofanía, una manifestación de lo sagrado.

San Francisco, 1973

Yo empecé a sacar los pies del plato desde el punto de vista religioso, cuando tuve mi personal epifanía a propósito de un viaje que realicé cuando tenía diez y siete años a San Francisco, en 1973, para pasar el mes de Diciembre con mi hermano que trabajaba allí. Aunque era ya la cuarta vez que viajaba a Norteamérica, no era lo mismo un viaje en plena adolescencia que en mi niñez,cuando viví las navidades blancas de Montreal con ocho, diez y once años.


En 1973, España comenzaba un camino sin retorno hacia la transición. Un 20 de diciembre de ese año, me enteré por el rotativo San Francisco examiner del atentado de Carrero Blanco. Por lo demás, seguíamos sumidos en el régimen de Franco y en un recalcitrante nacional catolicismo.

Aunque ya había hecho mis primeros pinitos en la heterodoxia católica con la lectura del Catecismo Holandés, mi estancia en SFO y el contacto con una gente totalmente abierta a nuevas ideas fueron para mí una total epifanía, un comprender que Dios, el Dios de los católicos era realmente “Patrimonio de la Humanidad”, y que allá donde una persona amaba a los demás, allí estaba Jesús dirigiendo sus pasos, abrazándole con el cariño y la misericordia propia de un Padre bueno.

Recuerdo nuestras andanzas por Ghirardelli Square, y nuestra animada reunión con los Hare Krisna, y el regalo que me hicieron al entregarme un ejemplar de “At the feet of the master” de Alcyone (J. Krisnamurty). La lectura de ese librito supuso para mí el descubrimiento de la filosofía oriental. Me pude dar cuenta de que Dios estaba allí, en esos pensamientos, en esas meditaciones.

El año siguiente (dic-1974) volé a Johannesburgo, nueve meses antes del  estallido de los conflictos de Soweto (Sep-1975), así que tuve la oportunidad de  comprobar cómo los cristianos sudafricanos aplicaban el apartheid a la población negra.

Cuando tienes la gran oportunidad de viajar por el mundo (sobre todo desde bien pequeño), conocer otras gentes y comprender que “tu verdad” y la de “tu tribu” no es la única que existe, y por tanto, que no estás en posesión de la verdad absoluta, que tu pueblo no es lo único que existe, que no eres el ombligo del mundo y que hay otras formas de encarar la vida, te das cuenta de que no tienes ningún derecho de imponer tu filosofía de vida a nadie. Pero sobre todo, que Dios se manifiesta allá donde haya un ser humano, sea de tu tribu o no, sea de tu cultura o no, sea de tu religión o no.

Mis viajes posteriores que he realizado a otros países, preferentemente por razones de trabajo, pero también por el deseo de conocer otras latitudes con mi esposa, me han afianzado en esta idea, que prendió con gran fuerza y vigor en mi, en aquel San Francisco 1973. Doy gracias a Dios por ello.

Epifanía

Así, que el concepto de epifanía, dejó hace mucho tiempo de significar para mí, exclusivamente el hecho de que otros (unos magos de Oriente), vengan a adorar al niño al portal de Belén (aunque también), sino la capacidad de saber ver a Jesús, a Dios encarnado, en lugares, en gentes diferentes a las de tu pueblo. Manifestación de Dios para un cristiano en un mundo calificado de pagano.

Es algo así como la imagen en el espejo, del concepto tradicional. Además de la tradicional manifestación de Dios a través del niño de Belén, a otras culturas, es el hecho de que Dios, que también habita, y con gran fuerza expresiva, en esas otras culturas, se manifiesta a nosotros, los engreídos católicos, por si tuviéramos a bien dignarnos a reconocerle en el Sancta Santorum de un templo tibetano, por ejemplo.

De ahí me viene mi manía de la anónima comunidad de “todos los Santos de Dios”, aquellos cristianos y no cristianos, que saben amar a los demás y hacer felices a sus semejantes. Por eso no soporto la soberbia desmedida de todo eclesiástico que proclama que “no hay salvación fuera de la Iglesia católica”.

Por otro lado, el acercamiento de las otras culturas al hecho y a la figura de Jesús de Nazareth simplemente está bloqueado, dado que tienen que pagar el abusivo peaje de renunciar a sus tradiciones ancestrales para convertirse al catolicismo. Tienen que cambiar su cortejo celestial, de miles de años de antigüedad, por el cortejo celestial católico, por cierto, bastante más moderno. Tienen que cambiar su esquema de valores por las normas emanadas del Vaticano. Por esa razón el cristianismo, así planteado, no ha cuajado en Asia, porque no se puede pretender que para conocer a Jesús haya que renunciar a una cultura milenaria tachada despectivamente de paganismo.

Jesús de Nazareth, convertido en objeto de culto religioso, está bloqueado por el colegio cardenalicio, de modo que no se puede acceder a Él, sin pasar por el pago del impuesto religioso que supone convertirse al catolicismo, porque el catolicismo pretende ser el garante del mensaje de Jesús.

Y lo mejor es que en el Evangelio no aparece por ningún lado este requisito. Si a eso vamos, el requisito para acceder al Reino de los Cielos es “venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer”, y no…  “tenéis que cumplir las normas que les voy a dar a estos”, que por cierto, salvo “amaos los unos a los otros como Yo os he amado”, no les dio ninguna otra. Es verdad que está lo de “atar y desatar”, a lo que tanta afición le ha tomado la curia cardenalicia, pero no tengo nada claro si Jesús se refería a los miles de nudos marineros (esos que no se pueden desatar ni a tiros), que han hecho sus representantes en estos dos últimos milenios.

Así que la moraleja que me propone la fiesta de la epifanía del Señor es, por un lado, saber verle nosotros en escenarios diferentes al católico, y segundo, saber desbloquear su acceso a través del portazgo religioso.

He leído varios libros de Mohamas Gandhi, y en especial, el titulado “Mi Dios”, me ha llegado a convencer de que Gandhi ha sido más cristiano, más seguidor de Jesús de Nazareth, que muchos, que un alto porcentaje de cristianos. Por supuesto, mucho más cristiano ha sido y es Gandhi, que todos los cristianos de cumplo y miento, al estilo joven rico, y compite muy seriamente con aquellos santos oficiales y cristianos comprometidos por los primeros puestos en el Reino de los Cielos. De esto no me cabe la menor duda.

Es por eso que al final, en mi filosofía de vida, la que trato de trasmitir en este blog, para aquel que quiera leerla, Dios se manifiesta al mundo, a través de todo aquel que vive la filosofía perenne, con independencia de que profese esta o aquella religión, o incluso que no profese ninguna en especial. Porque vive la Filosofía perenne todo aquel que ante alguien que le necesita, le da de lo suyo para atender su necesidad, todo aquel que sabe amar como Él nos ha amado, aunque el día del juicio se le queden los ojos a cuadros y le pregunte al Padre “¿Y cuando te vimos hambriento y te dimos de comer?”

La Era de Acuario

Se viene hablando mucho, por lo menos desde hace cincuenta años, de la Era de Acuario, y de que la Humanidad está a punto de introducirse en una nueva era de paz y amor, con un paso trascendental desde el individualismo predominante de la Era de Piscis (de la que estamos saliendo), a una Era bajo el predominio de lo espiritual. A esto también se apuntan los milenaristas entusiastas del fin del mundo y de las profecías mayas. Esto aporta una pizca de chispa de humor a algo de por sí a tener en cuenta.

No quiero entrar demasiado en estos detalles, no sea que además de hereje, por lo que digo y cuento aquí, encima se me tache de neoerista, o seguidor de la Nueva Era. Pero lo que sí es un hecho constatado es el surgimiento a escala mundial de una tendencia a la búsqueda de lo espiritual, acaso como rebote de un cierto cansancio del materialismo desmedido en el que el Occidente “cristiano, por cierto”, nos ha metido en los últimos dos siglos, así como de sus frutos más memorables, como la crisis del 1929 y de 2008.

Con independencia de cuándo cruce el Sol el punto Omega en primavera hacia la casa de Acuario, parece que dos hechos acaecidos en la segunda mitad del Siglo XX han precipitado el desplazamiento de la Humanidad hacia la Era de Acuario. Estos han sido, según Caroline Myss en su libro “La Medicina de la Energía”, la invasión del Tibet por la China comunista y el Concilio Vaticano II.

En el primer caso, la invasión china del Tibet obligó a finales de los cincuenta al exilio de muchos lamas y monjes tibetanos que huyeron preferentemente a Estados Unidos y Europa. Es lo que vi en SFO en 1973, y que he referido al principio.

En el segundo caso, las conclusiones del Vaticano II propició la apertura de la Iglesia católica al mundo, al menos en los primeros años. Fue suficiente como para que la espiritualidad cristiana saliera de los monasterios y, a través de sacerdotes y monjas que pasaron a la vida laica, se difundiera su experiencia a la sociedad, a aquellos que quisieron escucharles.
En conclusión, la ascética y la mística de Oriente se encontraron con la de Occidente.
Los pesos pesados de la influencia oriental en Occidente están siendo el Budismo, la filosofía Zen y Tao y sobre todo, el pensamiento místico derivado del monismo advaita, y en concreto el Yoga como método de crecimiento espiritual, (aunque también se vende en el supermercado espiritual establecido al calor de todo esto, como técnica antiestrés y para rebajar las lorzas y michelines, que de todo hay, y todo hay que decirlo).

¿Tiene esto algo que ver con una nueva Epifanía? ¿Dios nos está queriendo decir algo con esto?

Desde el punto de vista dogmático, evidentemente esto no significa nada, salvo una seria amenaza a la estabilidad del catolicismo, pues es una puerta de escape que se abre, por donde pueden escapar no pocos feligreses desencantado con la disciplina diocesana.

A mí me dan mucha pena las posturas rígidas e intransigentes, las que ven en todo lo que se mueve una amenaza a la homeostasis interna, al “steady state” establecido.

Que las grandes soluciones surgen de grandes problemas que no hay más remedio que resolver, es un hecho desde los orígenes de la vida. Quiero traer aquí una reflexión de Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química en 1977, a propósito de todo esto:

La fuerza de las organizaciones surge de su capacidad de renovarse ante un mundo caótico. Es la gran paradoja de la vida. Por una parte tienden al estado estable, pero una vez conseguido, parece como si fuera necesaria una profunda convulsión que cuestione todos los sistemas para que sólo los más fuertes puedan superar la prueba, y así eliminar por pura selección natural los organismos, especies y organizaciones acomodadas. En el origen de los grandes cambios, de las grandes ideas, de los nuevos paradigmas, está siempre “un grupo” de personas motivadas, ilusionada, comprometida, inconformista, arriesgada, con clara visión de oportunidad.
Decir esto ante las monolíticas barreras doctrinales es muy peligroso. A Jesús de Nazareth, mismamente, le costó la vida.

Lamentablemente, creo que Nietzche tiene razón cuando afirma que “La certeza absoluta, la total convicción, es un enemigo más peligroso para la verdad, que la propia mentira”.

Cuando uno está absolutamente convencido de que está en lo cierto, y por casualidad no es así, irremediablemente cae en la paradoja de que “hay que mantenerse en el error, cueste lo que cueste”, por cierto, principio básico de todo buen político.

Vivimos en un mundo totalmente cambiante, donde las posturas recalcitrantes son (y estoy de acuerdo con Prigogine), garantía de la extinción por simpe selección natural.

¿Sería hora de empezar a desatar?

Los temas doctrinales son interpretaciones intelectuales de lo divino. La mística es en sí misma expresión pura de lo divino. Jesús vino a este mundo a enseñarnos la Mística de Dios, por eso soy o trato de ser un fiel seguidor de sus enseñanzas. Los hombres han convertido su mensaje en textos doctrinales.

Pues resulta que con tanto atar doctrinalmente, al final es cierto el proverbio que dice, “la verdad une, la mentira separa”.  Tantas ataduras no hacen más que complicar la vida a la gente, separa a la gente en función de sus creencias, en vez de unirla en torno al único objetivo común, amar; desvía la atención de lo fundamental que es simplemente amar gratuitamente, sin esperar nada a cambio.


Y mira que lamento, alguien piense que niego los principios doctrinales del cristianismo, para nada, pero si que para mí, más allá del Credo de la Misa, todo lo demás es ganas de complicar lo que debería ser una vida focalizada en amarnos como Él no ha amado.   Otra cosa es cómo se organice internamente la curia cardenalicia, que en eso ni me meto, ni me importa.

¿Por qué hay tanto cuerpo legislativo en nuestra sociedad, que regula hasta el tamaño máximo permitido de los rabos para boinas? Porque las relaciones humanas se basan en la desconfianza, es decir, “como sé que me vas a engañar y me la vas a meter doblada, la ley, al menos hará que te lo pienses dos veces, a riesgo de que seas multado o castigado con la cárcel”. Esto traducido a lo religioso es algo así como “amaos los unos a los otros, dice el Maestro. Pero como sé que a los feligreses eso se la sopla, pongamos un código moral “de la de Dios”, con castigos eternos, a ver si nos hacen caso”.

Y así sucede como escuché en la preparación de un cursillo, que ante la asistencia de una pareja que no estaba casada por la Iglesia, como vivía en pecado, no se le podía dar la comunión a sabiendas.

Estamos liados con tantísimas ataduras religiosas, que, al menos a mí, el panorama me impresiona de asfixiante. En el fondo, entrar en la senda estrecha resulta ser una invitación que Jesús nos hace a romper todas las ataduras materiales, intelectuales y religiosas que nos acogotan, para enfrentarnos a la vida en absoluta pobreza de espíritu, y donde todo lo que no sea amar a mis hermanos los hombres, me resulta un lastre inútil.

Fíjate. Jesús de Nazareth llegó a Israel en una época de absoluto estrangulamiento doctrinal por parte de las autoridades religiosas. Su mensaje, lo veremos en las próximas entradas, suponía la antítesis de todo eso. Como quiera que su mensaje suponía una seria amenaza para el “steady state” del judaísmo, fueron estrechándole el cerco, hasta que consiguieron matarle. Pero consiguió romper todas las ataduras doctrinales sobre las que se basaba la religión veterotestamentaria…

Lo que es


¿Dónde está mostrando Dios su Gloria en estos tiempos? ¿Cuál y dónde  su epifanía hoy, en 2011?

Acaso es en algo tan simple como "lo que es", lo que sucede. Saber verle en "lo que sucede". Lo que no deja de ser una opción durísima, porque no todo es "de color de rosa".

"Amar lo que es" o saber ver "el mundo entero como una epifanía", como lo veían los hombres primitivos.


Tiene gracia, llegar al Siglo XXI para reconocer que los hombres primitivos tenían razón. Porque acaso siempre vivieron en el regazo del Padre.

Pero para darse cuenta de esto no hay que aprender teologías, hay simplemente que "aprender a contemplar", es decir, a "ver cómo caen las hojas de los árboles", simplemente eso. (Ver la página de este Blog, "Contemplación")

Pero para determinados agentes, esto puede resultar peligroso.

Como ves, no he hecho referencia a los magos de Oriente. Eso se lo dejo al cura, para la homilía del día 6 de enero.

¿No sería hora de empezar a desatar? ¿No es eso lo que trató de hacer Jesús?

*

sábado, 1 de enero de 2011

56.- Entre el Cielo y la Tierra



La Gran paradoja

Una paradoja es una idea extraña, que se opone al sentido común, al común del sentir de las gentes. En sí misma es inverosímil, absurda, aunque se presente con apariencia de verdadera. Envuelve al que la escucha en una severa contradicción.

Paradoja viene, etimológicamente hablando del griego “para”, (a parte de…) y “doxos”, (buen juicio), algo apartado del buen juicio, vamos, una gilipollez. Es algo que supone un insulto al sentido común, a la inteligencia; y por supuesto, implica el total rechazo de una mente lógica.

Unas de las paradojas más al uso en nuestro tiempo, razón por la cual es más que dudoso poder viajar hacia atrás (no hacia delante) en el tiempo es ¿qué pasaría, si pudiendo viajar hacia atrás en el tiempo, yo consiguiera matar a mi abuelo, o impedir que se casara con mi abuela? Es la paradoja que plantean las películas Terminator, o de Regreso al Futuro.

Pues bien, teniendo este concepto en nuestra mente, el mensaje de Jesús puede ser considerado una descomunal paradoja, porque ¿cómo puedo unirme a Dios sin renunciar a mi verdadera identidad? ¿Quién soy en realidad, que seguir a Jesús me supone renunciar a mí mismo?

¿Quién quiera salvar su vida, la perderá, y quien la pierda la salvará? (Mt 16, 25)

¿Hemos de morir antes de morir, para comprobar que la muerte no existe?

¿El hombre (varón) tiene que ser virgen y mujer para unirse a Dios? 

 Mariconadas ni una. ¿Está claro?

… Así, podríamos enumerar muchos de los mensajes que Jesús nos irá transmitiendo a lo largo de su predicación y de su vida pública.

Pero… ¿qué me estás contando? A otro imbécil con este cuento.

Bienaventurados los pobres, y desdichados los ricos. ¿Habrase visto mayor desatino? ¿Cómo puede un pobre sentirse dichoso si lo está pasando canutas para quitarse el hambre a guantazos y un rico amargado, si tiene todo lo que quiere, a pedir de boca? Pensándolo bien, esta idea, casi que le interesa al rico para que el pobre se crea esta milonga (religión, opio para el pueblo, que diría Marx) y no le dé por saco con sus reivindicaciones. Gracias Jesús por darme una idea para sofronizar a estos idiotas y que no me molesten – le agradece el poderoso a Jesús -, mira por dónde, tu mensaje me viene de perlas para idiotizar a las masas, pues creyendo en un futuro mejor allí arriba, estarán quietecitos y resignados a su suerte mientras se inflan a rezar rosarios.

Entrar en el corazón de Jesús de Nazareth es entrar en el símbolo de la contradicción, del sin sentido, casi de lo absurdo. No tiene lógica, es un dislate, un desatino; su mensaje está lleno de oxímoros, de extremos incompatibles entre sí.

Además, el coste de oportunidad es casi infinito. ¿A qué tengo yo que renunciar para conseguir lo que Jesús me propone? ¿A todo lo que tengo, a todo lo que soy? ¿A cambio de, de momento, no tener dónde reclinar la cabeza?

Decididamente Jesús de Nazareth fue un tipo que estaba como un cencerro. No es extraño que al final, hasta los suyos le abandonasen, y que las autoridades le vieran como un peligro público, porque se corría el riesgo de que convirtiera a la gente en sociópatas alucinados con ideas estrambóticas.

Esta es la razón por la que los hombres que le siguieron, como solución de compromiso entre un mensaje incomprensible, aceptado en la creencia de que procede de Dios mismo, y una realidad humana bien distinta a su mensaje, tirasen por la calle de en medio y fundasen un conjunto de religiones, o de sistemas religiosos que se han dado en llamar religiones cristianas o Cristianismo. Estas religiones han conseguido algo espectacular, que todo un continente, el europeo (y posteriormente América) logren seguir durante dos mil años unas mínimas pautas de comportamiento religioso, basadas en el mensaje de Jesús, en la medida en que el hombre corriente, el común de las gentes, puede aceptar esto, al menos en parte, una parte convertida en ritos, dogmas y códigos morales.

Es decir, que al final el Cristianismo se haya devaluado hasta una tan sincera como ingenua práctica religiosa al estilo del joven rico es lo que ha sucedido, porque no podía haber acontecido de otra forma. El mensaje de Jesús, si uno lo mira con detenimiento y desapasionamiento, es demasiado “heavy”, demasiado duro, para que pueda ser seguido tal cual lo explica Jesús, por el común de las gentes. Esto es así, porque entre otras cosas, el mundo tal y como lo conocemos, no podría haber evolucionado del modo que lo ha hecho; y esto no es por lo malo, guerras, abusos, injusticias y demás, sino por lo bueno, la civilización, el desarrollo científico y técnico.

El mundo sería, si el mensaje de Jesús hubiera prendido, tal cual, en este mundo, algo absolutamente inimaginable. Ninguna mente, por muy aguda que sea, sería capaz de imaginar cómo hubiera sido este Planeta, si el mensaje de Jesús hubiera cuajado de verdad.

Entre el Cielo y la Tierra


Con lo escrito hasta aquí, estamos en disposición de mandar perfectamente a paseo el Evangelio de Jesús, porque es en sí mismo un insulto a la inteligencia humana. No obstante, ya puestos, aceptemos la variante descafeinada en que le han convertido las religiones cristianas, y dejemos las cosas tal y como están, hasta que el cuerpo y las religiones aguanten.

Si, no obstante, tras este chaparrón intelectual, nos queda una brizna de curiosidad sobre por qué Jesús dijo lo que dijo y dejó que sucediera lo que pasó; si aún creemos que Jesús fue un hombre que trató de transmitir un mensaje venido del Cielo y tratamos de hacer caso de lo que dijo. ¿En qué situación nos coloca ese “sí, hágase en mí según tu palabra?

Literalmente nos coloca ente el Cielo y la Tierra. Nos deja en ninguna parte, ni aquí, ni allí. Quedamos suspendidos en medio de la nada, literalmente en ningún sitio donde poder reclinar la cabeza.

Y aquí radica el problema, que siguiéndole a Él, ya no estamos en este mundo, donde no obstante, se tiene que desarrollar nuestra vida hasta que la muerte nos arrebate. Pero tampoco estamos en el otro.

Es todo un jaleo, un follón, una paradoja, un dislate, una total oscuridad.

Uno de los reclamos publicitarios que solemos hacer los cristianos para atraer a las gentes al redil es prometer la felicidad:

“venid a mí los que estáis cargados y fatigados, que yo os aliviaré. … Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt, 11, 28-30)

Esto suena a que si le seguimos, como se suele decir, “ahora paz y después Gloria”.

Por eso, mucha gente se acerca a la Iglesia, o a los sistemas de espiritualidad, atraídos por los cantos de sirenas de paz, relax y armonía. Es aquello de la transpersonalización mediante las técnicas de relajación y control mental, y todo un mix de técnicas antiestrés.

Pero cuando uno descubre que “de eso nada monada”, que seguir a Jesús en realidad es optar por el camino del Calvario, a uno se le rayan las ideas, queda totalmente confundido y exclamando un “¡la madre que te parió!”, queda pensativo y trata de hacer un trato con Dios…

¿Podríamos hacer un apaño, Señor? Voy a misa los domingos, marco una equis en la declaración de la renta, trataré de no putear a mi vecino, y Tú me aplicas alguna de esas indulgencias que la Iglesia nos ofrece a buen precio, de esas que están en oferta, como por ejemplo entrar por la Puerta Santa de la Catedral de Santiago tras hacer el Camino desde Sarria (tampoco hay que pasarse en kilómetros), y Tú me reservas un humilde  apartamento en tu Reino para cuando me muera; si con una cocinita y dos habitaciones tengo suficiente. ¿Vale?

Y lo curioso es que sí vale. Con este planteamiento nos venimos apañando desde que el Cristianismo se proclamó religión oficial del Imperio. Y además, parece que funciona. Las celebraciones cristianas, o al menos las católicas, que son las que yo conozco, pueden ser altamente motivadoras para despertar el fervor de las gentes. Sin ir más lejos, la misa a la que he asistido hoy, uno de enero,  ha sido “demasiado”; el sacerdote ha dado una homilía francamente impecable. Nos ha hablado del virginal parto de María, Madre de Dios, con unas palabras tan piadosísimas, que un poco más y levitamos de fervor los asistentes. Nuestro espíritu “hervía, burbujeaba” (fervor viene de hervor).

El único problema es que el lunes, cada cual, enredado en sus asuntos, el fervor conseguido el domingo gracias al piadosísimo cura, de nada le va a servir para volver a la lidia con los proveedores, clientes, bancos, acreedores y demás gente de mal vivir, que con una daga entre los dientes, intentarán arañar el máximo de porcentaje de beneficio en las diferentes transacciones financieras, bordeando la legalidad, sin que importe la moralidad, con las que le tocará enfrentarse, pongo por caso.

De nada le va a servir, si lo único que se ha conseguido ha sido una catarsis momentánea. Utilizo el término catarsis en el sentido aristotélico de la palabra: la facultad de la tragedia griega de redimir (o "purificar") al espectador de sus propias bajas pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra. O aplicado al tema que nos ocupa, una exposición tan elevadísima, que te saca del sitio y te transporta al escenario descrito por el cura a propósito de su homilía, y dices o sientes un “¡qué bien, qué bonito, qué palabras más sublimes!”. ¿Y…?

Menos mal que el domingo que viene, más de lo mismo, nuevo subidón espiritual, nueva catarsis momentánea, y “palante, como los de Alicante”. El domingo sirviendo a Dios, y el resto de la semana, sirviendo al dinero con uñas y dientes, entre otras cosas, porque si no lo hago, mi empleo (y con ello los garbanzos de mi familia), peligra; y con los frijoles no se juega.

Es decir, Jesús de Nazareth y su mensaje nos situa en una desagradable encrucijada entre el Cielo y la Tierra. Problema, dos modelos mentales no pueden coexistir en la misma cabecita que Dios nos ha dado. Es imposible. Pero la vida nos obliga a ello, a dar culto a Dios el domingo y a luchar por un puñado de dólares el resto de la semana.

Modelos mentales


Peter Senge, un reconocido experto en Teoría de Sistemas, profesor del MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets), autor de varios libros sobre pensamiento sistémico, refiere en el titulado “la quinta disciplina”, que una organización inteligente se basa en saber desarrollar cinco disciplinas, de las que, para lo que nos ocupa, me voy a referir a dos, la primera es el “dominio personal” y la segunda es el “el modelo mental”.

Dominio personal lo refiere a la disciplina que permite a cada cual saber para qué se levanta todas las mañanas, definida en una visión personal de la vida. Visión que puede ser utópica, no importa, con tal que consiga hacernos caminar todos los días en la dirección fijada por nosotros mismos. Se trata por tanto de ideales personales, que nos dan la fuerza para afrontar nuestros propios problemas, y aquellos de los que nos hacemos copartícipes al trabajar en una organización humana. La visión personal genera una tensión emocional, sobre todo cuando contrastamos nuestras metas con lo que realmente estamos consiguiendo. Y esto a veces nos hace claudicar y rebajar nuestras miras al no sentirnos capaces de lograr lo que queremos. O por el contrario, nos motiva para afrontar nuevos retos.

El modelo mental hace referencia, aunque no nos demos cuenta, al hecho de que todos funcionamos en base a modelos mentales. Son arquetipos internos, que nos hacen comportarnos de determinada forma ante situaciones similares. La cuestión es que permanecen ocultos, y sólo un análisis muy orientado es capaz de sacarlos a la luz.

Cambiar un modelo mental por otro nuevo es tarea extremadamente difícil. Como dice Dee Hook (uno de los  padres de los sistemas de tarjetas de crédito), lo difícil no es adoptar un nuevo modelo mental, sino saber deshacerse del antiguo.  La razón está en que, al funcionar realmente en base a modelos mentales, aquel que, primero, nos han impuesto por el procedo educativo (recordemos “el sueño del Planeta” Entrada 24), y segundo nos ha servido para bandearnos hasta la fecha por nuestro pequeño mundo, que ahora por un flash de iluminación beatífica, decidamos desecharlo, va a ser tarea bastante complicada, por no decir imposible.

Los que de vosotros estéis en el mundo del management empresarial, sabéis del término “resistencia al cambio”. Las organizaciones viven en función de una dinámica inercial que les obliga a mantener esa inercia indefinidamente. Uno aprende una serie de tareas y funciones (que le habrá costado más o menos esfuerzo aprender), y cuando ya le ha agarrado el tranquillo, que no le vengan con que tiene que cambiar su forma de trabajar. Nuestra naturaleza nos imprime una resistencia, tanto para arrancar si estamos parados, como para parar si estamos en marcha.

Si esto nos sucede en algo tan trivial y prosaico como es el trabajo de todos los días, ¿os imagináis, te imaginas, lo que puede suponer para una persona tomar la decisión de seguir las enseñanzas y el estilo de vida de un tal Jesús de Nazareth, que ya desde los primeros compases de su vida resulta ser el paradigma de la contradicción, de la paradoja y del contrasentido? Si uno se lo toma tal cual Él lo plantea, el dilema puede hacer enloquecer. Y si encima hay una alternativa religiosa, más o menos apañada a base de piadosísimas misas dominicales, que nos permite “no cambiar nuestro modelo mental” el resto de la semana para pelear en la arena de este mundo y así garantizarnos un pedacito de Cielo cuando muramos, eso sí, en Gracia de Dios, para ese viaje no hacen falta estas alforjas. ¿Me queréis decir qué ganamos con tirar toda nuestra vida por la borda, seguirle para no tener dónde reclinar la cabeza, y encima tener que poner la otra mejilla cuando nos inflen a bofetadas en la primera, y etc., etc.?

Si alguno de vosotros, ustedes es un cura o un religioso o religiosa, que no se le ocurra plantear esto en misa de una, que se le dispersa la feligresía…

Pero hablando completamente en serio, con este planteamiento, me da la sensación de que estoy dando el mismo argumento, tanto para abandonar la fe cristiana o católica, como para abrazarla definitivamente.

Me explico.

El gran dilema

Si este planteamiento lo meditamos con nuestra inteligencia, está clara cuál será la decisión. “Hasta luego Lucas”, a otro incauto con esta idea. Jesús es un visionario y está como un cencerro, “para que le encierren”, o para que le crucifiquen, que para el caso es lo mismo. Me vuelvo a Egipto (a mi pequeño mundo, a la Tierra), que al menos allí tenemos cebollas para comer.

Si este planteamiento lo interiorizamos en nuestra alma, también está clara cuál será la decisión. “Señor, hágase en mí, según Tu Palabra”, “llévame contigo”. Tomo el camino del Cielo, aunque sé, me harás caminar por cañadas oscuras; Tú serás mi lazarillo, y me someto a todo lo que creas conveniente, con tal de acurrucarme en tu seno.

Que el mismo planteamiento de vida sirva tanto para abandonar como para aceptar el desafío, es la prueba evidente de que somos nosotros los que vivimos bajo el signo de la contradicción. No es Jesús de Nazareth el que está como un cencerro, no es Jesús el signo de la contradicción, el generador de grandes paradojas. Somos nosotros los que al recibir su mensaje bajo nuestra dualidad, en nuestro interior es donde se genera la paradoja, la contradicción, la ruptura brutal de la lógica. Es en nuestro interior donde se libra la gran batalla, donde la razón lucha contra la sinrazón. Depende quien gane, la fuerza del Espíritu de Dios servirá para alejarnos de Él o para lanzarnos definitivamente a su encuentro.

Este es el gran dilema, quién es el que responde, mi mente o mi corazón; mi inteligencia o mi alma; mi “yo apañao” o “mi Yo real”, el que es Uno con el Padre.

Esta es la lucha, que debemos mantener durante toda nuestra vida, la que nos fatiga, nos cansa y nos agobia.

Esta es la lucha y el cansancio ante el que Jesús nos ofrece:
“venid a mí los que estáis cargados y fatigados, que yo os aliviaré. … Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt, 11, 28-30)

¿Tras lo que has leído, esta frase cómo te hace sentir; inquieto o aliviado?

Te propongo que en silencio lo medites un rato. Y como siempre, trata de no pensar, de no darle alas a tu imaginación, simplemente calla, haz silencio interior, y espera la respuesta.


Que la Paz esté contigo y te abrace.


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