Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

domingo, 13 de febrero de 2011

80.- El elogio de la Misericordia


La misericordia es texturalmente, etimológicamente, la capacidad de sentir la desdicha, el sufrimiento de los demás. Viene de “miser”: desdicha, miseria y “cordis: corazón.  Es decir tener un corazón que siente la desdicha, corazón desdichado. Un corazón capaz de “padecer – con”, de experimentar la “con – pasión”

Experimentar este, llamémosle de momento, "sentimiento", podríamos decir que es consecuencia directa de un apercibimiento de la realidad no dual, “no-dos”. Me explico. Si la causa del sufrimiento humano es la egolatría de cada cual, el individualismo, la ambición de competir por los recursos de modo que a mí no me importa que otros no tengan con tal de que yo sí, la solución es como resolver una ecuación de equilibrio de masas, donde tanto fluye en un sentido como en otro, hasta llegar al estado estable en  el que el balance entre ambas expresiones algebraicas igual a cero, (más o menos).

Para que experimentemos esta sensación, algo en nuestro interior ha de cambiar. Esto es, la toma de conciencia de que yo y el otro es todo un espejismo. Ni yo ni el otro existimos como tales entidades, sino que ambos somos uno, o como proclama la filosofía advaita, somos “no-dos”. Es decir, es necesario que lleguemos  a percibir la existencia como no dual. Si percibimos el mundo, todo lo que existe como un conjunto de entidades, unas relacionadas e incluso otras muchas con apariencia de no estar relacionadas, esto es fruto de una percepción ilusoria de una realidad que en realidad no es real.

La misericordia no es tanto el resultado de aceptar dar al otro que no tiene lo que necesita,  algo de lo que yo tengo, sino el resultado de experimentar como propio el sufrimiento de él, hasta conseguir que la barrera de individualismo que nos separa desaparezca. Yo soy él, y él es yo, no somos dos; ni tan siquiera somos uno, sino que solo existe el Uno, el Ser. Y ser consciente de esa Realidad es lo que hace que nuestras acciones en este simulador de la vida que es este mundo, el Confinador, resulten como gestos, acciones, decisiones que permiten aliviar o remediar las necesidades tanto físicas como afectivas de los pobres de este mundo, de los que tienen necesidad de los otros.

De este modo, la misericordia es el fruto de la percepción no-dual de la vida, y esta percepción termina en ser, bien causa, bien consecuencia de lo que denominamos “Amor”.

No entender esta percepción de la realidad “no-dual” hace que el término caridad haya degenerado hacia un componente ciertamente despectivo o de beneficencia (ser caritativo supone hacer obras de caridad con los menesterosos que pordiosean un poco de caridad). Es decir, la palabra “caridad”, tanto en inglés como en español se ha convertido en la acción de aportar limosna, una mínima parte de lo que me sobra, lo que supone que tengo mucho más de lo que necesito, y por tanto yo mismo contribuyo a las desigualdades. Y se sabe que esta acción caritativa se basa en el derecho imperfecto, que no obliga legalmente a hacer obras de caridad o misericordia. Así caridad se ha terminado asociándola a la acción de atender las necesidades de los pobres de solemnidad. Así que el concepto “amor” tiene que llenar todos los huecos del espectro, desde lo más carnal como es realizar el acto sexual (con afectividad o sin él, da lo mismo, al coito se le llama “hacer el amor”), hasta la entrega total hasta dar la vida por los demás, o la actitud contemplativa de los místicos. Esto sirve a propósito de una naturaleza humana no regenerada y dividida, para sacar provecho de Dios y del dinero, de Venus y de Marte, de Priapo o del Agapé.

No hay razones para no amar

Los maestros de la vida espiritual distinguen perfectamente lo que es verdaderamente amor, caridad, de aquellos términos que no han hecho sino adulterar el término. Así, para saber si cuando  mencionamos “amor”, realmente se aplica al supremo concepto de “caridad”, San Pablo, en su carta magna sobre el amor, no deja lugar a dudas. 1Cor 13...

La primera marca del amor es el desinterés con el que actúa, es decir, el amor no es interesado, no busca la compensación, no espera nada a cambio. El amor no busca ninguna causa. Se ama porque sí. Es el propio fruto y goce.

No hay razones para amar, porque lo fundamental es que no hay razones para no amar.

De todos los movimientos y afectos del alma, el amor es el único mediante el cual tratar con el Creador y devolver algo parecido a lo que recibió, en boca de San Bernardo. El amor no puede sufrir decepción, porque todo, incluso el desamor le ayuda a llevar a cabo su obra.

Kung Chia dice que “si cuando soy calumniado, no abrigo enemistad ni preferencia, entonces nace dentro de mí el poder del amor, y la humildad que nace de lo innato”.

Eckhart dice que "no podemos amar a Dios según nos vayan las cosas, de igual modo que no podemos amar a los demás en función del amor que recibamos de ellos".

"Prevalezca la buena voluntad sin medida. Si un hombre permanece en este estado del espíritu, todo el tiempo que está despierto, se realiza entonces el dicho “aún en este mundo se halló la santidad”. (Metta Sutta)


La misericordia no es un sentimiento

La segunda marca del amor – caridad expresada en misericordia, es que no se trata de un sentimiento de afecto. No es una emoción proactiva que motiva la beneficencia, las obras de misericordia. No es una emoción, como lo es en sus formas inferiores afectivas.

El amor caridad no es un sentimiento, sino un acto de la voluntad y se consuma como un eleusis, un advenimiento puramente espiritual.

Santa Teresa dice que el amor verdadero no son lloros, ni suavidad, ni ternura que anhelamos, ni consuelo. Sino servir a Dios en fortaleza, justicia y humildad. Y servir a Dios no es colmar nuestras vidas de ceremonias, sino de actos de amor, de donación total.

San Juan de la Cruz dice que el amor no es sentir grandes cosas, sino una gran desnudez y padecer por el Amado.

Padecer por el Amado. Lo que experimenta el alma por la Deidad ha de ser exactamente lo mismo que experimente por aquel que sufre, porque aquel que sufre es también la Deidad.

Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” Mt 25, 40

Jesús lo puede decir más alto pero no más claro. Cada uno de nosotros, para el resto de seres humanos, y el resto de seres humanos para cada uno de nosotros, somos Él. No es “como si fuéramos Él”, sino que somos Él.

Afirmar claramente nuestra condición divina, por así decir, puede que a alguien que lea esto le escandalice, pensando que nos hace creer que somos dioses, que yo soy Dios, que tú eres Dios. No nos engañemos, ni tú ni yo somos absolutamente nada, salvo una ilusión un sueño, un “yo apañao” y hasta majete, surgido aquí por obra y gracia de nuestra mente cerebral, con unidad de Carbono incorporada. Nada más; o sea nada. No hay nadie en casa. Sólo cuando tomas conciencia plena de este sueño irreal, de que el "yo" que has creído que siempre eras, realmente no es, no existe, es cuando el apercibimiento de que somos tan inseparables del Todo, como para ser Uno, “para ser perfectos como lo es nuestro Padre Celestial”, hace que reconocer nuestra condición de criaturas unidas inseparablemente de Dios, deje de ser un engreimiento, una expresión de soberbia y egolatría suprema, para convertirse en un acto de suprema humillación, de "la nada" frente al Infinito.

Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.» Replicó la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis.  Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» (Gen 3, 3-5)

El gran error cometido por el hombre fue la tentación de creer que lo que tenía delante del espejo era como Dios. Dios le advirtió de no comer del árbol de la vida, porque de hacerlo moriría. Lo que significa que el hombre se pasó de listo, y quiso ser él por sí mismo, lo que sólo puede recibir de modo gratuito de Dios, la lucidez, la consciencia, la bienaventuranza. Quiso prescindir, cortar amarras, valerse por sí mismo. Quiso ver el rostro de Dios por su propia voluntad y capacidad. Y su vida se convirtió en un sueño, en una fantasía, que cree que es cierta. Se convirtió en nada, absolutamente en nada, salvo las ilusiones de su propio pensamiento. Y en estas estamos.

En medio de esta ilusión, vemos a los otros separados, distintos de nosotros en un mundo que convertido en nada más lejos de un Edén, nos muestra la cruda realidad de tener que compartir o competir por unos recursos escasos, y a veces muy escasos.

A través de esta ilusión, el hombre trata de imaginar cómo serían las cosas de otro modo. Como otro mundo podría ser posible.

De este anhelo, surge la misericordia. Pero la misericordia es la expresión activa de un corazón que experimenta la no-dualidad, la no separación del resto de congéneres. Es la expresión activa del Amor, que sabe no ver, sino contemplar a los otros como constitutivos de una misma entidad conmigo mismo.

Shankara, en su Viveka-Chadamani dice que entre los instrumentos de emancipación, es la devoción (amor) el supremo. La contemplación de la verdadera forma del Yo  Real, el atman idéntico a Brahm, es la devoción. “De-votio: dedicación, consagración a…”. Yo, que ya sé que no-soy, vivo para los demás, que tampoco-son, porque nadie sino el Ser existe; de modo que el primer mandamiento "amarás a Dios sobre todas las cosas", es en el fondo, lo único que se puede amar, porque amando a Dios, todo tu ser se diluye en el Todo, y en este pequeño mundo de fantasía, actúa dándose plenamente.

El medio del amor supremo es la negación del yo en pensamiento, sentimiento y acción; abandono del deseo, desprendimiento y santa indiferencia; alegre aceptación de la aflicción, sin lástima de sí mismo, ni pensamiento de lejana venganza (ojo por ojo) y una total atención a la divinidad tanto trascendente como inmanente en todos los que nos rodean.

Esta transformación del alma, este estado de lucidez, deseado pero recibido gratuitamente, es lo que permite en el Confinador, que los seres humanos puedan “unir sus manos” y compartir.



Jesús de Nazareth, más que un místico que se fuera por las alturas de la contemplación, fue realmente alguien que nos puso los puntos sobre las ies, sobre cómo actuar "aqui y ahora". No fue muy explícito respecto de la no dualidad, que se logra intuir sobre todo en el Evangelio de San Juan, pero sí fue muy prosaico, muy pragmático a la horas de indicarnos cómo hacer este mundo bastante más habitable, tomando iniciativas radicales de donación y entrega total para aliviar el puro sufrimiento físico.


Porque nadie puede creerse estar pleno de lucidez, si en el tangible mundo material, donde todos entienden que es pan y qué es vino, observan actitudes completamente alejadas de la solidaridad y la misericordia.

Y es en este tangible mundo, donde mil niños mueren a la hora de hambre.

Y así, o surgen de nuestro interior las iniciativas concretas del amor y de la misericordia, iniciativas concretas que hacen de nosotros bienaventurados, o todo es una farsa. Porque sólo viviendo la misericordia con los que no tienen nada, alcanzaremos la misericordia de Dios.

Así se escribe la historia, fundamentada en la regla de oro, “haz con los otros, lo que tú deseas que hagan contigo”. 

Parece justo...

Manos Unidas

Hoy se celebra la jornada mundial de Manos Unidas, la ONGD católica que lleva más de cincuenta años tratando de vivir la misericordia con el Tercer Mundo. Quiero tener para ellos, con quienes yo he participado en bastantes iniciativas, a través de colaboraciones en revistas, monográficos y conferencias, un emotivo recocimiento.

Cincuenta años luchando contra el hambre, fruto de un mundo separado por el individualismo y la egolatría, bien vale un reconocimiento explícito, el elogio de la Misericordia expresada en miles de proyectos financiados con la colaboración de miles y miles de personas que de forma desinteresada aportan su tiempo y su dinero para paliar algo de esta espantosa lacra que supone que cada hora mueran, como hemos dicho, mil personas en el mundo por causa del hambre.


Como diría Teresa de Calcuta, no podemos ser tan sólo contemplativos, sino contemplativos de acción.


*

sábado, 12 de febrero de 2011

79.- El elogio de la pobreza

El camino hacia el Todo, hacia la Divina Realidad es personal de cada ser humano. Aunque se suele hablar de la vía directa, de un camino común, el proceso experiencial de cada cual es tan personal, tan íntimamente suyo, que explicarlo es casi una ridiculez. Y tratar de que, a través de las explicaciones, un tercero se pueda hacer una ligera idea sobre el proceso, es aún una mayor tontería. Como dice Antony de Melo, la sabiduría se puede enseñar, pero no se puede aprender. Sólo la propia experiencia, la propia vivencia es capaz de interiorizar en lo más profundo del ser humano esa sabiduría perenne.

Por otra parte, el lenguaje es más que una ayuda, un estorbo. Tan sólo se pueden hacer comparaciones, símiles, alegorías o parábolas, como enseñaba Jesús de Nazareth.

En la entrada 60, ideas sobre la divina realidad, me referí a este pasaje del Éxodo.

18 Entonces dijo Moisés: «Déjame ver, por favor, tu gloria.» 19 El le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahveh; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia con quien tengo misericordia.» 20 Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.» 21 Luego dijo Yahveh: «Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. 22 Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. 23 Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver.»
                                Éxodo 33, 18-23
 
Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.

Quiero detenerme en esta frase, porque viene al pelo para lo que pretendo explicar. Uno se imagina, yo al menos, con esta frase, algo así como la escena de la película Indiana Jones en busca del Arca perdida, cuando los nazis, al abrir el Arca, quedan derretidos sus rostros por el fulgor que emana del interior. Como representación plástica está bien, pero nada más.

En un libro que estoy leyendo en la actualidad de Davis Carse, “Perfecta, brillante quietud” (Perfect, briliant stillness), esta idea de la absoluta inutilidad del lenguaje para describir fenómenos místicos, queda confirmada. Y una de las cosas que queda en evidencia es que, cuando una persona se le otorga alcanzar el estado de plena lucidez, de plena quietud, se da perfecta cuenta de que “no hay nadie en casa”, experimenta la perfecta y clara luz del vacío. En otras palabras, si un ser humano es capaz de ver el rostro de Dios, es señal de que ya no existe, esto es, su individualidad se ha desvanecido en el Océano de Dios; es uno en Él, son una misma cosa, una sola entidad.

Para el ejercicio de la religión con criterio de mínimos, esta afirmación no aplica; es más, es casi blasfema, porque el dogma católico afirma que resucitaremos en alma y ¡¡en cuerpo!! (lo que para los gordos debe ser bastante decepcionante… quedarse gordo, o tuerto, o feo para toda la eternidad… no quiero ni pensarlo); es decir que en principio, conservaremos nuestra individualidad separada del resto de los inmortales para siempre. Para el común de las gentes abonadas a un ritualismo estándar, “Aquella Realidad” queda demasiado lejos para ser comprendida y mucho menos experimentada, salvo que el Altísimo tenga a bien de modo gratuito regalarle esta merced. En realidad, experimentar esta dilución de la persona en el Océano de Dios es algo que se nos da porque sí, sin razón alguna, ni para merecerlo, ni para no merecerlo. Sólo el Todo, sólo Dios (como en Occidente se le denomina), sabe por qué a unos sí y a la inmensa mayoría no. Quizás porque entre otras cosas un Planeta repleto de iluminados sería bastante curioso y extraño. Yo no me lo imagino.

Todos los grandes maestros de la Historia convergen en la misma idea. Todo es Uno, todo está incluido dentro del Todo, no podemos quedar separados, ni alejados, ni rechazados. Dios, Aquello, la Divina Realidad está en medio de nosotros, dentro de nosotros, con toda su Realidad. Y esa Realidad es lo Real. Nuestro mundo, nuestro pequeño mundo, lo que para nosotros es aparentemente “todo lo que existe”, es algo así como Matrix, la película de Keanu Reeves, algo que nos parece real, pero que simplemente un simulador de la vida. ¿Porqué Dios se ha tomado esta molestia de crear un universo virtual con miles de millones de galaxias, donde en un remoto planeta habita una especie razonablemente inteligente que se hace estas preguntas? No lo sé. Nadie lo sabe. Pero cinco mil años de sabiduría perenne parece que eso es lo que indican. A no ser que todos estemos equivocados, empezando por el propio Jesucristo, Buda, Sankara, Rumi, etc.

Esta visión de la existencia, además causa gran molestia a los que organizan las religiones convencionales, porque de alguna forma plantean cuestiones que ellos no saben responder, y sobre todo no lo pueden transmitir a las gentes sencillas, para las que nadie puede quitarles de su mente que lo real es este mundo, con sus alegrías y penas, con sus riquezas y pobrezas, con el sufrimiento y la paz (a veces), etc. Esto es algo tremendamente problemático.

El hecho de que llegar a alcanzar ese estado de percepción de lo Real que te permite evidenciar que lo que vemos delante del espejo es simplemente una ilusión, y lo que observan nuestros ojos es la ilusión que rodea a la propia ilusión sea un acontecimiento ciertamente excepcional, hace que pensemos un poco por qué es esto así. Que prácticamente el 100% de los mortales pasen sus vidas creyendo justamente lo contrario, es decir, que lo real es lo físico y lo espiritual, vaya usted a saber, tiene que tener un significado, más allá del famoso dicho de que “cien mil millones de moscas no pueden estar todas ellas equivocadas, ¡coma usted mierda!”.

El significado de todo esto no es otro que el hecho de que “todo está bien”, que el mundo tal y como es, tal y como está concebido está bien, vio Dios que era bueno, y lo es. Y eso, a pesar del pecado original. Las cosas son y han de ser así.


Aprender a ser

Sin ánimo de pontificar sobre estos temas, si uno se da cuenta, nuestra estancia en este mundo, en este simulador de la vida, en el Confinador, sólo tiene un objetivo, aprender a ser. Este aprendizaje consiste en el hecho de que, partiendo de un horizonte cero en el que despertamos (es un decir) a la realidad física, allá en nuestra más tierna infancia, como una individualidad basada en una Unidad de Carbono o cuerpo físico, enfrentada al resto de individualidades basadas también en Unidades de Carbono y en competencia por unos recursos escasos (concepto de Economía), desarrollamos nuestra vida de modo espontáneo, comportándonos como individuos para los que la individualidad prima sobre la colectividad, cobre la comunidad, sobre una teórica común unión; todo lo cual da lugar a los follones que todos conocemos.

Esto ha sucedido desde que se creó la primera entidad realmente viva, la célula. A lo largo de la Historia de este Planeta, según se acepta más o menos, por la comunidad científica, las células fueron entidades unicelulares, individuales durante la friolera de tres mil millones de años. Compitieron unas contra otras por los escasos nutrientes, y así durante tres mil millones de años. Pero hace tan sólo 650 millones de años sucedió algo extraordinario. Las células comienzan a ensayar una forma de no putearse unas a otras, accediendo a asociarse para formar ancestrales seres pliricelulares que les ofrecía una mayor capacidad de obtención de recursos, así como capacidad defensiva. Así que como el experimento parece que tuvo éxito, comenzaron unas y otras a ensayar esta posibilidad, y en tan sólo esos 650 millones de años que distan de nosotros, la Evolución tomó un camino meteórico hacia la pluricelularidad. la asociación celular formando sistemas formados por subsistemas, para configurar seres vivos de mayor entidad, con gran capacidad de especialización, obtención de recursos y sistemas de defensa.
Así, a lo largo de esta millonada de años de evolución pluricelular, la vida ha ensayado lo que resulta de que los seres vivos evolucionen en el sentido de la agregación sistémica, las células formando tejidos, los tejidos órganos, los órganos individuos; y los individuos formando grupos, los grupos organizaciones y las organizaciones sociedades, y así hasta llegar a la última de las visiones que ronda por la cabeza de unos cuantos iluminados contemporáneos, el Planeta como una sola entidad formada por todo lo que existe en él, que se comporta como un todo, a lo que se le ha dado en denominar “Gaia”, término propuesto por James Lovelook y aceptado por la Comunidad científica internacional.

Esta marcha milenaria de los filos biológicos, nos están indicando un hecho evidente, que la propia Vida, de la que formamos parte intrínseca, está evolucionando en una dirección, desde el concepto de individualidad al concepto de Todo, de sistemas generales, conjuntos globales que constituyen una sola entidad basada en la cooperación, en la “simbiosis”. Es verdad que las bacterias han ido siempre por libre, y en parte han fastidiado la bonanza biológica, pero, acaso es así como ha tenido que ser.

En este proceso que estaba evolucionando de una forma “niquelada” (y vio Dios que todo era muy bueno), hacia el clímax biológico, surge una especie en la que aparece lo que llamamos inteligencia, y va y lo “jode”, volviendo a partir de algo que ya estaba ancestralmente superado, el predominio de la individualidad sobre la colectividad, y transforma el Planeta en un pandemónium contaminado y tremendamente violento.

Quizás, cinco mil años de desarrollo cultural no den para haber podido evolucionar el hombre como especie de un modo significativo. Si no nos estuviéramos cargando el Planeta como lo estamos haciendo, tendríamos tiempo más que suficiente para estar dándonos de leches los unos con los otros hasta que nos diésemos cuenta de que nuestra actitud individualista y competitiva sólo conduce a un sufrimiento inútil por parte de todos. Pero el problema es que el Planeta está empezando a hartarse de nosotros y el susto de repente que para él ha supuesto nuestra presencia, puede que se resuelva de un plumazo, mediante un cambio climático y geológico que haga imposible prácticamente la vida humana tal y como la conocemos.

Todo esto, que puede parecer que no viene a cuento, lo expongo por lo siguiente: el proceso de aprendizaje de “ser”, en el que llevamos inmersos desde que el ser humano camina sobre este Planeta, va en la misma dirección que el conjunto de la Vida física, la superación de la individualidad y el desarrollo de la colectividad como entidad, como un solo ser. Y de la misma forma que en lo estrictamente biológico, la vida lo ha hecho muy bien, el ser humano, que no evoluciona de un modo inconsciente sino consciente, lo está haciendo pero con mucha dificultad. Bien es verdad que cinco mil años no son tres mil millones de años (que le costaron a eucariotes asociarse). Pero el tiempo del ser humano ha entrado en una aceleración muy peligrosa.

Por tanto, pretender ignorar que el destino de la Humanidad es que cada cual reconozca que forma parte de un todo planetario, y que todo forma parte del Todo, empieza a ser cosa de vida o muerte. 

Los grandes maestros que dijeron esto, algunos de ellos salieron bastante mal parados, advirtieron de la urgencia de reaccionar en este sentido, pero no se las hecho demasiado caso.

El elogio de la pobreza

Ser, Consciencia, Bienaventuranza, son tres palabras que en sanscrito, Sit, chit, Ananda,  indican la Lucidez, la toma de conciencia de que ninguno de nosotros somos entidades individuales, sino que formamos parte inseparable del Todo. Los occidentales llaman al Todo, “Dios”, los árabes, “Alá”, los hindúes, “Brahma”, etc. Cada cual lo llama a su modo. Pero Todo es lo Mismo.

Uno que por decir estas cosas terminaron crucificándole, se refirió especialmente a la dicha, la bienaventuranza, el ananda. Y decía.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados  los mansos, porque  ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Mt 5, 3-10
 
Estas ocho bienaventuranzas indican este objetivo final del ser humano, el desprendimiento de lo propio para ponerlo al servicio de la comunidad, la respuesta prudente y cauta ante la adversidad, la consciencia del sufrimiento que produce la egolatría, ese individualismo que nos desgarra, la aspiración a un existencia justa, la limpieza de corazón, el trabajo por la paz, y en suma, la toma de conciencia de que esta actitud no agrada a los que ven en peligro su poder en este mundo.

Es el elogio de la pobreza

Jesús de Nazareth se dirigió a los pobres de Galilea para transmitirles este mensaje, porque ellos eran, primero, los que padecían en propia carne el zarpazo de la avaricia y de la soberbia de los poderosos, y segundo, porque ellos eran los que de una forma muy especial mucho más receptivos a su mensaje que el resto de judíos y gentiles, esclavizados por la ambición, como el joven rico.

La pobreza evangélica tiene ciertamente dos componentes, uno es el material, que nos induce a ser desprendidos con lo nuestro y compartirlo con los que necesitan de nosotros. El segundo es un componente aún más radical. La pobreza del alma, del espíritu, esa que es capaz de negarse a uno mismo, tomando conciencia de que en realidad yo no soy sino lo que queda de mí en este mundo, con lo que me apaño para vivir dignamente mediante un trabajo, formando una familia y rogando a Dios el pan de cada día. Es la primera y más importante de las bienaventuranzas, “bienaventurados los pobres de espíritu”, aquellos que toman conciencia de que son tan sólo la manifestación de Dios en este mundo a su través, que sus ojos son los ojos por donde mira Dios esta existencia, y sus manos y sus pies, la forma que Él tiene de desplazarse por aquí.

Aunque para el común de las gentes estas ideas sean difíciles de aceptar, y el hecho de llevarlas al extremo de su cumplimiento total ponga el riesgo la propia vida física, esta actitud ante la existencia está tan acorde con el Plan de Dios para esta Creación (que no es otra cosa que Matrix, una ilusión, un Confinador donde estamos para aprender a Ser), que hacer caso omiso nos está poniendo ya en un serio peligro como especie.

Por tanto esto no es ya tema de iluminados, de santones o de místicos. Lo podría ser si tuviéramos más tiempo como especie. Pero de esto no estoy demasiado seguro.

No obstante, ningún argumento será lo suficientemente fuerte como para convencer de algo que sólo se puede aceptar mediante la “Rendición”, el abandono, el olvido de sí.

Y esto no es un mensaje para la mente, sino para el corazón.


Que seas feliz, amigo.

*


martes, 8 de febrero de 2011

78.- El elogio del vacio interior



El ser humano es una multitud de personajes, como hemos visto en anteriores entradas. Y esta multiplicidad oculta el verdadero tesoro del Reino de Dios. En la medida en que el alma puede liberarse de esta multitud, el Reino se manifiesta.

“Venga a nosotros Tu Reino”, supone la necesidad de “váyase de nosotros nuestro Reino”. Los dos reinos no pueden coexistir. Dios y el dinero son incompatibles (entiéndase el dinero como símbolo de nuestro reino temporal).

Cuanto más hay de “yo”, menos hay de Dios en mi.

El proceso de vaciado de mí, de olvido de mí, para que el Todo, la Divina Realidad pueda evidenciarse en mí, manifestarse en el mundo a través de mí, hasta tal punto que mi yo se desvanezca en Él, se denomina “mortificación”, o renuncia de uno mismo, a la individualidad.

Este proceso es contra natura según la mentalidad de los seres humanos. No tiene lógica; es absurdo, pero es el Camino de regreso a Casa. Porque regresar al seno del Padre supone volver al Todo, como el aire de un globo que se pincha se desvanece en la inmensidad del aire que le rodea.

El texto que presento a continuación es un resumen de uno de los capítulos de la Filosofía perenne de Aldous Huxley, cuyo exposición general la puedes repasar en la página “Filosofía perenne” que tengo insertada en el menú horizontal rojo de la cabecera de este blog.

Cada punto y aparte supone una reflexión independiente, o una cita de algún autor al que Huxley hace referencia.

Creo que este enfoque de algo tan consustancial con la actitud de la persona que desea caminar hacia Dios, hacia el Todo, el Tao (o como se le quiera llamar), es importante a efectos de convencernos de que habiendo múltiples caminos que inician la andadura hacia el Eterno, al final todos los caminos, todos los ríos se unen en uno sólo. 

Buda, LaoTse, Jesús y Mahoma son amigos de toda la vida.

Mortificaciones

La eterna plenitud sólo se logra si conseguimos desprendernos de la vida centrada en nosotros mismos, en el egocentrismo, cuando somos sanado de nuestra genética enfermedad, la Egolatría.

Así entendido, la mortificación (mortis – fácere: hacer muerte) es el deliberado morir para uno mismo, para el “yo”.

La mortificación es una práctica recomendada por todas las religiones basadas en la espiritualidad. Y la espiritualidad es uno de los pilares fundamentales de la Filosofía perenne.

La mortificación no es un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio de la liberación del “yo”. Sirve para evitar y quitar obstáculos a la santidad y a la entrada del Espíritu de Dios.

Aquellos que basan su vida espiritual en sus mortificaciones la convierten en su finalidad; se vuelven ariscos y un tanto amargados y exigentes. Reprochan a los demás que no les igualen en sacrificios. Así, enfocadas, las mortificaciones, lejos de liberarnos de nuestro “yo”, lo refuerzan aún más y más, generando un efecto diametralmente opuesto al perseguido. Es la actitud del fariseo que se pavonea de su ayuno, como refiere William Law.

La mortificación es el medio para descubrir la sabiduría, que es nuestro objetivo final (Filón).

La vida religiosa, mal enfocada, oculta  un serio peligro, el de generar una despiadada competición a ver quién se modifica más (a ver quién mea más lejos). Lejos de allanar el orgullo y el amor propio, lo pueden estimular en grado superlativo, volviendo los corazones duros como piedras, generando envidias en aquellos/as que se creen más santos/as que los demás porque hacen más mortificaciones, y así terminar más odiando que amando. (Dame Gertrude More)

Muchas veces, estas actitudes son más evocadoras del amor propio que del deseo de pertenencia (Teresa de Jesús)

El mortificado así se convierte en alguien mucho peor, donde emergen obsesiones que pueden rayar en trastornos psicológicos y hasta psiquiátricos, próximos o calificados de lleno de autolisis, como trastorno psiquiátrico que induce al paciente a provocarse lesiones a sí mismo.

El puritano puede paradójicamente practicar todas las virtudes cardinales y seguir  siendo mala persona, en la medida en que se reconoce por ello, porque practica la virtud, superior a los demás, lo que le convierte en una persona soberbia. Pueden llegar a practicar la caridad con ira, envidia e incluso crueldad. El puritano se cree santo porque es estoicamente austero. Es la exaltación consciente  de la mayor virtud del “yo”, de la máscara, para intentar por ello ser admirado por los demás, y de paso, ocultar sus mayores defectos y vergüenzas. De esta forma el puritano se convierte en un fanático de la mortificación, y lo único que consigue es reforzar continuamente el “yo”.

La mortificación, según San Francisco de Sales, hay que hacerla con “santa indiferencia”. Porque lo mejor corrompido, es peor que lo peor.

La diferencia entre el puritano y el hedonista es que éste es en sí mismo débil, incluso se reconoce en el fondo imperfecto, como el publicano del pasaje evangélico, y casi que carece de energía para hacer daño. Mientras tanto, aquel, el primero, el puritano, reforzado su ego hasta el paroxismo por la voluntad que ha desarrollado por las mortificaciones, desprecia a los que no son como él, y puede hacer muchísimo daño, teniendo la conciencia perfectamente tranquila. Puede convertir en santo todos los defectos, “santa soberbia, santa desvergüenza, santa ira, santa cólera, santa ambición”, etc., sin que le corroa ningún tipo de remordimiento. Es una actitud inmoral y una trampa mortal para el alma. Además, acusan a los hedonistas de inmorales que se complacen en la carne. Además, como las iglesias organizadas suelen alabar a los primeros y despreciar a los segundos, a los puritanos les colocan en los primeros puestos y aplauden sus actitudes intransigentes, que en más de una ocasión (con un fuerte aplauso o un abrumador “sí” en un referéndum) han activado  la espoletas de no pocas conflagraciones bélicas, jaleado dictaduras y generado conflictos sociales.

“Hijo, cuídate de ese, que es de comunión diaria”, le dijo una vez mi padre a mi hermano a propósito de un personaje, a la sazón compañero de trabajo,  de este tenor.

Este tipo de personas suponen una lacra y un descrédito para las organizaciones y comunidades religiosas que los padecen, son astutos y mueven multitudes, que son arrastradas hacia oscuros fines, envueltos en papel de regalo, lobos con pieles de oveja. Guías ciegos, sepulcros blanqueados, raza de víboras, incluso ponen su granito de arena para convertir el templo de Dios en cueva de ladrones.
La mortificación no es un tema de privaciones físicas. Las austeridades no dan la liberación, sino en su caso, el logro de ciertas capacidades psíquicas, videncias, por ejemplo, que bien utilizadas son una bendición, pero que tienen su lado oscuro, tal que sagaz y astutamente utilizados por esta calaña de personas, pueden provocar efectos devastadores en la gente.

En realidad estos santones provocan una peligrosa ilusión de virtud, que no es tal. Suponen un obstáculo al crecimiento espiritual, pues pueden hacer creer que la cosa va de tener capacidades paranormales, como condición para el crecimiento.

Las austeridades atentan a la salud, y además, como hemos visto, refuerzan sobremanera la vanidad.

Buda se mortificó sobremanera durante varios años hasta casi morirse de inanición. Hasta que comprendió que esto era ridículo, absurdo y contraproducente, que no conducía a ninguna parte, salvo a la vanagloria.

Dice San Francisco de Sales que el espíritu no puede soportar un cuerpo ahíto, pero un cuerpo endeble no puede soportar el espíritu.

El que no sienta libertad de espíritu en las cosas sensibles, sino que su voluntad se ve atraída por ellas, debe evitarlas, pues hacen daño. Pues aunque con la razón se pueda usar de ellas para ir a Dios, si la voluntad no puede refrenar los impulsos, estas más hacen daño que provecho. (San Juan de la Cruz)

La mayor mortificación es saber vivir la vida cotidiana. No son necesarias penitencias corporales. Fray Agustín Baker, aconsejó a Dame Gertrude una serie de normas de mortificación, a saber: primero cumplir la ley humana y divina. Segundo, abstenerse de aquello que es prohibido por la ley humana y divina, y tercero, asumir con paciencia la cruz de cada día, cargas y contradicciones tales como la sequedad espiritual, las tentaciones, la enfermedad, la pérdida de seres queridos, quebrantos de la hacienda y en general aceptar la voluntad de Dios en todo lo que suceda.

Desprendimiento

La mejor mortificación es la que conduce a la eliminación del egoísmo y la obstinación. La mejor mortificación es la humildad cotidiana. Ser somero en el comer y en el beber, ejercitar el cuerpo para mantenerlo sano y ágil, y en las relaciones humanas, saber dominar los estados de ánimo y la maledicencia. Simplemente con eliminar el 50% del discurso diario, se evitan muchas tentaciones de meter la pata.

Dice Rabi’a, místico sufí: Dios, si te adoro porque te temo, quémame en el infierno. Si te amo por ganar el Cielo, échame de ti, pero si te adoro por Ti mismo, no me prives de tu belleza.

No me mueve, mi Dios, para quererte 

el cielo que me tienes prometido, 

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte. 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte 

clavado en una cruz y escarnecido, 

muéveme ver tu cuerpo tan herido, 

muévenme tus afrentas y tu muerte. 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, 

que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 

y aunque no hubiera infierno, te temiera. 

No me tienes que dar porque te quiera, 

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 Este soneto anónimo dice exactamente lo mismo.

La más difícil de las mortificaciones es la santa indiferencia ante el éxito y el fracaso, pues la inquietud, según San Juan de la Cruz, es siempre vanidad.

La quietud es lo opuesto a la inquietud (in-quietud).

La quietud es sumisión al destino, a “lo siempre así”. Y conocer lo siempre así es estar iluminado. No conocerlo es caminar, según Lao Tse, hacia el desastre.

Dice Santa Catalina de Génova: “no debemos desear sino lo que sucede en cada momento, ejercitándonos siempre en la bondad”.

La mortificación camina siempre a lo largo del filo de una navaja, a la derecha, la Escila de la austeridad egocéntrica. A la izquierda, la Caribdis de un descuidado quietismo.

La Filosofía perenne promulga ni el estoicismo ni la pasividad, sino la aceptación activa. No es una ausencia de productividad, sino que esta sea generada por Dios a nuestro través. Sin la renuncia de lo propio, Dios no puede actuar.

Sin vender todo cuanto crees que es tuyo, Dios no se te puede dar a Sí mismo.

Un amor verdaderamente divino, como el sol que luce para justos e injustos, es imposible para un espíritu aprisionado en lo suyo.

Dice San Juan de la Cruz, que el asimiento a alguna cosa impide zarpar hacia lo divino. Da igual estar atado por un hijo o por un grueso cabo al embarcadero. Si un barco está atado por un hilo fino, señal de que no quiere salir a la mar. Luego más allá del trabajo que suponga cortar amarras, lo importante es la voluntad de salir.

Y hay cosas curiosas. Hay amores lícitos y buenos –explica San Francisco de Sales-, que por excesivos y apasionados se tornan en peligrosos, por ejemplo, amores a parientes, amigos, prácticas de virtud, etc. Es el amor con apego, el que necesitamos para sentirnos bien, felices. Y lo vemos como un fin, cuando son un medio.

Los bienes de Dios, fuera de toda medida, sólo pueden ser contenidos en un corazón vacío, así, “cuando el corazón llora por lo perdido, el espíritu llora por lo encontrado” Este es un aforismo sufí, anónimo.

El que pierda su vida, la salvará, dice Jesús de Nazareth.

Liberado de mí mismo, se me concede la eternidad. Así es necesariamente Brahm uno con el Atman.

La experiencia espiritual es a veces oscurecida por el lenguaje con que se describe. Si no os hacéis como niños, significa que un hombre no puede parecer a un niño si no hace un curso acelerado de abnegación, pues tiene que perder su propia vida.

Hay que desaprender los sucios ardides de la humanidad adulta, como refiere la filosofía tolteca, renunciar a los sueños de la familia, del clan, de la sociedad, e incluso, del Planeta.

El ejercicio del amor y la virtud es al principio y severo acto de la voluntad en base a la razón del deber –refiere Walter Hilton-. Y se hace. Mas cuando por la gracia de Dios, la razón se torna luz y la voluntad en amor desde lo más íntimo, superada la sequedad, sobreviene la consolación y la virtud. Antes pesado caminar se torna en verdadero deleite.

Mientras sea y tenga esto o aquello, seré sólo esto o aquello. Cuando me desprenda de esto o aquello, lo seré todo, lo tendré todo. (Eckhart)

Conclusión: todo es nuestro a condición de que no miremos nada como propio. Y además todo es de todos los demás. No hay comunismo completo si los bienes no son poseídas por una comunidad de personas en estado de desprendimiento y abnegación.

El artista, el filósofo y el científico, también han de disciplinarse para ser objetivos y admitir que existe más, mucho más de lo que los métodos al uso y escuelas de pensamiento predican. Lograr la obra artística, filosófica o el descubrimiento científico lleva a un estado comparable a la beatitud. espiritual, sólo que en otras coordenadas.

Sin embargo, el excesivo amor a la cultura puede llevarte a la idolatría. Y el excesivo amor al estudio puede crear monstruos de egoísmo, y terminan amando el estudio más que lo estudiado (Teología germánica).

Cuando la mortificación es completa, su fruto más característico es la simplicidad.

Fenelón dice sobre la simplicidad lo siguiente: en el mundo un simple es un tonto. Pero la simplicidad real, lejos de estulticia, es sublime. Todos los sabios la admiran y saben que pecan contra ella. La simplicidad es aquello que evita la conciencia de uno mismo. Y no es lo mismo que sinceridad. La sinceridad es humilde, no intenta aparentar lo que no es. Pero piensa siempre en sí mismo. La simplicidad es el punto fiel entre dos extremos. Un extremo en dejar absorberse por todas las cosas que nos rodean y no volver nunca el pensamiento a lo interior. Es el extremo de la persona extrovertida. El otro extremo es el ensimismamiento, el extremo del introvertido. Ambos están embriagados, el uno en el exterior, el otro en el interior.

La simplicidad real es el fiel entre la extroversión y la introversión; ni abrumada por lo externo, ni entregada a interminables refinamientos interiores.

Es el alma que mira a donde va, sin perder el tiempo discutiendo cada uno de sus pasos mirando perpetuamente hacia atrás.
La forma de equilibrar ambas fuerzas antagónicas es, primero, mirando al interior para evitar la embriaguez del mundo. Segundo, enfocar la mirada hacia Dios por temor a apartarnos de Él. (por un “yo temo a Dios”). Y tercero, liberándonos del temor, cesar la inquieta mirada de uno mismo, para contemplar a Dios, olvidándonos en Él, sin cegarnos en las propias faltas, pero sin ser indiferente a nuestros errores.

Estas reflexiones de Fenelón ponen en evidencia el desprecio que la psicología postfreudiana ha hecho del componente espiritual del ser humano. Los psicólogos contemporáneos han pasado por alto la naturaleza tripartita del hombre (cuerpo físico-mente-espíritu), y que realmente vive en la frontera de dos mundos, el material y el espiritual.

La mente cree que el material es el mundo real y acaso intuye que pudiera haber un mundo espiritual después de la muerte, pero no está segura. El espíritu, encarcelado en las mazmorras de inconsciente, a penas es capaz de expresarse, aunque un anhelo inexplicable retumba en lo más profundo de nosotros.

La simplicidad cristiana de Fenelón es idéntica a la de Lao Tse, que afirma como origen del gran pecado del hombre, el desvío del Gran Camino del Tao. La iluminación aparece cuando abandonamos nuestro propio camino y nos hacemos dóciles al Tao. Los taoístas escriben como si conocieran el noble salvaje de Rousseau.

Según el taoísmo, para preservar a la civilización de la corrupción, debe reducirse su complejidad, protegerla de las corrupciones del pensamiento y acción diseñadas por el hombre, de modo que eclipsan al Tao. Para ello, los gobernantes han de ser sabios, y para ello, han de desembarazarse de todas las rigideces de la no regenerada edad adulta y volverse como niños.

La simplicidad del sabio perfecto es fruto de la mortificación; mortificación de la voluntad por el recogimiento y meditación de la mente.

En la existencia negativa del alma reside el Tao. Esto es en el ayuno del corazón, la ausencia del “yo”. Son palabras de Confucio.

La mortificación no es otra cosa que un procedimiento de estudio, un conjunto de prácticas que permitan la manifestación del espíritu en este mundo. Y esto es a costa de someter el “yo” a la mínima expresión, y así entronizar el espíritu, que es el canal de manifestación de Dios en el mundo.

La mortificación lleva a “Dios en mí”, a la Presencia continua.

El efecto es como el ebrio que se cae de la carreta. Sus huesos sufrirán pero él no. Si esto lo consigue el vino –dice Chuang Tse-, qué no podrá conseguir Dios en nosotros.

Vivir es un arte. Igual que el artista sabe que la creación de su obra no es nunca fruto de una reflexión personal, sino de una inspiración misteriosa que le llega de fuera (musas, lo llaman), de igual forma el hombre que desee la perfección en esta vida sabe o ha de saber que jamás la conseguirá por la vía del autocrecimiento y de la reflexión personal, sino abandonándose a la inspiración divina. Es la parábola del cocinero del príncipe Hui, narrada por Chuang Tse, que tras años de experiencia, su  mano con el cuchillo no era dirigida por su mente, sino por una extraña fuerza intuitiva que le permitía cortar sin mellar el filo, de modo que tras 19 años el cuchillo estaba tan afilado como el primer día, cuando otros cocineros tenían que cambiar de cuchillo cada año o cada mes.

Buda presenta un sendero de ocho pasos, basado en las cuatro nobles verdades donde describe las condiciones para llegar a la recta contemplación, que lo abordan los primeros siete pasos. Los siete pasos son un método para la total mortificación del intelecto y la voluntad, anhelo y emoción, pensamiento, habla y acción y de los medios de vida.

Vida recta

Hay profesiones y medios de vida que son incompatibles con el camino del Tao, de la iluminación, con el camino hacia Dios. Son en primer lugar, como no podría ser de otro modo, las actividades criminales, que atentan contra la vida, los bienes y las personas en cualesquiera aspectos.

Pero hay otras profesiones, que según las culturas son admisibles o no en este camino de perfección. Así, en las sociedades budistas, los fabricantes de armas, de bebidas alcohólicas o productores de carnes, son deplorables porque atentan poniendo en peligro la vida o la salud de las personas.

En la Europa medieval estaba condenada la práctica de la usura, lo que aprovecharon los judíos (que sí han admitido desde siempre esta práctica) para desarrollar la Banca y hacerse prácticamente con el control mundial de las finanzas hasta el día de hoy. Sólo después de la Reforma, la Iglesia católica aceptó esta práctica (pero ya era tarde, los judíos ya tenían el control).

Para los cuáqueros, la milicia es inmoral porque provoca las guerras.

Vemos que es peligroso establecer reglas detalladas de recto vivir, pues es muy variable según las culturas y tradiciones. Ante un código rígido, se corre el riesgo de que la gente responda con hipocresía y si puede con la rebelión o la apostasía.

En la tradición cristiana se establece una diferencia entre los preceptos para todos los fieles y los consejos de perfección, opcionales para aquellos que aspiren a la unión íntima con Dios.

Los preceptos comunes son el código moral ordinario con obligatoriedad de amar a Dios y al prójimo, y las prácticas religiosas. Para muchos, cumplir el amor a Dios y al prójimo obliga romper lazos con el mundo. Esto se resuelve aceptando los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, es decir, entrando en vida religiosa. Esta posición hace que los matrimonios y en general los laicos, queden excluidos de la posibilidad de aspirar a la santidad. Esta actitud sale de la interpretación “al-pi-de-la-letra” de la máxima de Jesús “deja y vende cuanto tienes, dáselo a los pobres, toma tu cruz y sígueme”, si se entiende vender por vender y quedarse físicamente sin nada. Es decir, al pie de la letra, Jesús parece referirse a la “pobreza efectiva”.

Este planteamiento de o todo o nada, o vivir en el mundo o fuera del mundo, es acorde con el planteamiento aristotélico del “tercero excluido”, postura dicotómica y maniquea que sólo admite un enunciado verdadero frente al resto de enunciados falsos, no cabe una tercera opción. Por eso San pablo dice que estando bien casarse, es mejor no casarse, si se quiere alcanzar de verdad la Gloria.

Pobreza efectiva es no tener dinero. Pero no es lo mismo que la “pobreza afectiva”, que es el desapego al dinero.

Se puede ser pobre afectivo, sin serlo efectivo. Y se puede ser pobre efectivo, pero afecto a las riquezas en tanto la persona esté obsesionada por conseguir dinero, no tanto para vivir, sino para enriquecerse, aunque suponga una utopía para él.

Así pues, el recto vivir, más allá del código moral ordinario, entra por entero en lo estrictamente personal.

Notas sobre el budismo

Ocho pasos del budismo: 

El paso 1 es el de las Perspectivas Correctas. Uno debe aceptar las cuatro nobles verdades. 
El paso 2 es la Determinación Correcta. Uno debe renunciar a todos los deseos y a todo pensamiento que se asemeje a la lujuria, amargura y crueldad. No debe dañar a ninguna criatura viviente. 
El paso 3 es la Palabra Correcta. Uno debe hablar sólo verdad. No puede haber ninguna mentira, calumnia o conversación vana. 
El paso 4 es el Comportamiento Correcto. Uno debe abstenerse de la inmoralidad sexual, de robar y de matar. 
El paso 5 es la Ocupación Correcta. Uno debe trabajar en una ocupación que beneficie a otros y que no dañe a nadie. 
El paso 6 es el Esfuerzo Correcto. Uno debe buscar eliminar toda cualidad malvada de adentro y evitar que surjan nuevas. Uno debería buscar conseguir cualidades buenas y morales y desarrollar las que ya posee. Buscar crecer en madurez y perfección hasta lograr el amor universal. 
El paso 7 es la Contemplación Correcta. Uno debe ser observador, contemplativo y debe estar libre del deseo y de la aflicción. 
El paso 8, es la Meditación Correcta.

Cuatro nobles verdades del budismo: 

La Primera Noble Verdad es que hay dolor y sufrimiento en el mundo. El nacimiento es doloroso, y también lo es la muerte. La enfermedad y la vejez son dolorosas. A lo largo de la vida, todas las cosas vivas encuentran sufrimiento.  
La Segunda Noble Verdad se relaciona con la causa del sufrimiento. Es la avidez por la riqueza, la felicidad y otras formas de disfrute egoísta la que causa el sufrimiento. Esta avidez nunca puede ser satisfecha porque está arraigada en la ignorancia. 
La Tercera Noble Verdad es el final de todo sufrimiento. El sufrimiento cesará cuando una persona puede liberarse de todo deseo. 
La Cuarta Noble Verdad es la extinción de todo deseo siguiendo el camino de ocho pasos.

sábado, 5 de febrero de 2011

77.- El elogio de la entereza



Este cuadro es la balsa de Medusa del pintor frances del XXI Théodore Géricault,
Representa como se puede ver los supervivientes de un naufragio, y de una forma muy expresiva, la actitud que cada uno muestra frente a la adversidad. Desde la desesperación, el abandono a la suerte, la angustia, el miedo, hasta la entereza de los que no pierden la esperanza de lograr ser encontrados por algún barco.

¡¡Dichosa la persona que ha tenido la suerte de naufragar, de fracasar!!

Decir esto, claramente es lo más estúpido que a uno se le puede ocurrir.

Lo suyo es decir ¡¡me encanta que los planes salgan bien!! Como Anibal Smith, jefe del Equipo A.

Pues resulta que en el proceso de purificación del alma, vivir una existencia de éxitos, en el extremo puede ser bastante contraproducente, lo que no significa que lo deseable sea fracasar y sufrir. La cosa hay que saber explicarla para que se pueda entender.

Uno de los valores que supuestamente la tribu nos debería enseñar es la capacidad de esfuerzo, y sobre todo la capacidad de encajar los contratiempos e incluso los grandes reveses que nos da la vida. Llámese esto fortaleza, o como ahora se ha dado en llamar, “resiliencia”, la capacidad de aceptar y soportar los resultados de nuestras acciones o de las circunstancias de la vida es uno de los elementos fundamentales que hacen de nuestra vida un valle de lágrimas, o un proceso de aprendizaje que de sentido a nuestra vida.

Esta conocida frase “me gusta que los planes salgan bien”, que siempre decía Anibal Smith al final de cada episodio de la serie El Equipo A, fumándose el puro de la victoria, es muy significativa del íntimo deseo que todos tenemos de que nuestros planes, nuestros proyectos e ideales, más o menos vayan saliendo adelante; no sin esfuerzo, no sin trabajo, no sin dificultades, pero que “al final” las cosas salgan adelante, y lo previsto, lo planeado, pueda ser una realidad a su debido tiempo.

Cuando esto no sucede, cuando fracasamos, y los proyectos se van al traste, sufrimos una profunda decepción que pone en cuestión nada más y nada menos que nuestra propia valía, autoestima y consideración de los demás. Porque cuando las cosas no salen, lo primero que se produce es una búsqueda de responsables y de culpables. A poco que uno esté implicado como la gallina con el huevo, o comprometido, como el cerdo con el bacon, de alguna forma le va a salpicar los fracasos de los planes.

El abismo entre nuestros ideales, convertidos en planes y proyectos, y lo que la realidad nos permite, supone una de las más importantes fuentes de frustración y de infelicidad del ser humano.

Cuando la tensión creativa no consigue superar los problemas y se tiene que rendir a la evidencia de que lo deseado es imposible, y por ello, hemos de echar mano de soltar gas en la tensión emocional, de modo que al rebajarla, es decir, al renunciar a la meta, aceptemos la cruda realidad, entonces, nos vemos incapaces de llevar las cosas adelantes, y decimos, “está bien”, renuncio a este o aquel proyecto”. “Reconozco mi incapacidad para superar las dificultades”, “Admito prescindir de los bienes y servicios que habría conseguido de haber poder alcanzado mi objetivo”.

Baja nuestra validez, nuestra autoestima, y nos arrugamos a una realidad hostil. Terminas por dejar de luchar, y que se hunda el mundo a tu alrededor.

Estamos pues ante la gran problemática de la gestión del fracaso.

El fracaso es una de las más importantes fuentes de decepción, sufrimiento  y de angustia, tristeza y apatía que puede soportar el ser humano. Un viejo proverbio bíblico afirma que la sabiduría consiste en saber que es posible y que es imposible y saberlo diferenciar. Luchar por lo posible y aceptar lo que no se puede cambiar. Lo contrario, rendirse ante lo que es posible conseguir, y darse de cabezazos por aquello que es una quimera es de necios. Un necio es aquel que no sabe lo que debería, un terco, un imprudente, un presuntuoso, y alguien que desprecia lo que ignora. La conducta del necio conduce directamente al fracaso. Es la antítesis del sabio y del inteligente.

Pero más allá de comportamientos necios en el extremo, por lo general, nos movemos en un mix de situaciones en las que nos vemos comprometidos con proyectos casi imposibles, pero por causa de nuestra situación laboral o social, no podemos negarnos a trabajar, frente a proyectos que sería tan fácil lograr, pero que por prejuzgar gigantes donde sólo hay molinos, dejamos aparcados, con lo que renunciamos a excelentes oportunidades.

Pero así se escribe la historia.

La palabra “fracaso” es relativamente moderna en nuestra lengua. Se empieza a encontrar un siglo después del descubrimiento de América. No es que antes no se fracasase. Es que al fracaso se le llamaba de otras maneras. La palabra procede del italiano fracassare, que tenía el significado de romperse algo estrepitosamente. Pasó al español para denominar el naufragio (sinc. de navis y frango, frangere fractum) de un barco o de una flota. Fracaso se llamó al destrozo por la tempestad de la Armada Invencible; y siguió significando fracasar, romperse una nave contra los escollos. De ahí pasó por vía de metáfora a significar toda ruina y destrozo irrecuperable. Además del verbo quassare, ahí está el verbo casso, cassare, cassatum, que significa casar (casación), anular, invalidar. En terminología judicial, cassare es anular, casar, invalidar, dejar sin efecto.

Decepción, por otra parte, es la contrariedad o pesar causado por un desengaño. Yo me creía que… pero me he dado cuenta de que…

Citas varias:

-    Es raro, muy raro, que nadie caiga en el abismo del desengaño sin haberse acercado voluntariamente a la orilla. Concepción Arenal.

-    Un pesimista es un optimista bien informado. Anónimo.. 

-    Un pesimista es un optimista con experiencia. François Truffaut

-    Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad. Winston Churchill.

-    El pesimismo es un asunto de la inteligencia; el optimismo, de la voluntad. Antonio Gramsci.

-    Una vida en que no cae una lágrima es como uno de esos desiertos en que no cae una gota de agua: sólo engendran serpientes. Emilio Castelar

-    "No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta.".(Quino, Mafalda)

-   
Cuando las cosas se tuercen, cuando nos enfrentamos a los primeros reveses en nuestra empresa personal, cuando el cansancio y hasta el agotamiento hacen mella en nosotros, corremos el riesgo de que se asiente en nuestro corazón la decepción. Y cuando esto ocurre, se apodera en nosotros una percepción de la realidad como si la línea de no retorno la hubiéramos ya superado, y entonces, entendemos que nuestra meta es inalcanzable, nos decepcionamos, nos desanimamos y terminamos literalmente “tirando la toalla” y diciendo “¿para qué el esfuerzo? Entonces, la tensión creativa que nos había animado a trabajar deja paso a una tensión emocional que llega a hacerse insoportable. En ese momento, dejamos de luchar, damos la empresa por fracasada y abandonamos.

Lo que realmente duele en el alma no es el significado objetivo que pueda tener el fracaso o el desengaño, que cualquier ser inteligente puede comprender a poco que piense un poco. La cuestión radica en la percepción afectiva del fracaso. Va de sentimientos negativos.

Los sentimientos negativos son un auténtico dolor de muelas, porque te generan un malestar interno muy desagradable, que muchas veces somatizamos en algún órgano diana donde se descargan. Así si es el estómago, la persona termina con una úlcera, si el corazón, con taquicardias y palpitaciones; si las arterias, como es mi caso, con tensión alta; si la cabeza, con jaquecas y cefaleas de tensión, etc. Da igual que el problema sea más o menos grave, la cuestión es cómo se vive.

En una ocasión participé en un comentario sobre si los problemas de una persona deficiente mental son mayores o menores de los que pueda tener un Ministro de Hacienda. Y la respuesta, que parecería obvia, sería que el Ministro las tendrá mucho mayores que el deficiente, pero terminó siendo que acaso, las preocupaciones de éste sean mayores que las del Ministro, y no significa que él no las tenga. Pero la cuestión no es medir el cúmulo de problemas de modo objetivo, en cuyo caso hasta la pregunta hecha resulta absurda, sino la percepción subjetiva. Porque nadie diría que perder una rebeca vieja en la lavandería de la residencia sea más grave que el colapso de Lehman Brothers que afectó a la economía del Planeta. Sin embargo, al deficiente le puede quitar el sueño durante un mes, dónde estará la rebeca, y probablemente, sin minorar la gravedad de la situación, lo más seguro es que al Sr. Ministro el colapso bursátil le haya quitado el sueño bastantes noches, aunque habrá sabido encajar el problema.

El problema que se está empezando a detectar es que el enfado y la preocupación por perder una rebeca en la lavandería no es ya cosa de personas deficientes mentales, sino de jóvenes y adultos perfectamente educados y normales. ¿Quién no ha sorprendido a sus hijos ya mayores, por encima de los veinte años enfadarse y discutir porque uno está viendo el partido del domingo y el otro o la otra quiere ver una película de su actor favorito? ¡Qué preocupación tan espantosa es no poder ver el episodio de la serie televisiva, o un Barça - Sevilla! ¡O no poderse comprar una sudadera de marca, como la compañera de instituto! Son auténticos dramas que casi incitan al suicidio. Parece mentira. Pero yendo a situaciones con más calado, tales como los embarazos no deseados, hacen que la Sociedad responda, para que la mujer no se frustre y se tire por la ventana, promulgando una ley donde el producto de la concepción no se considera un ser humano (ya me dirán qué es si no), y por tanto no hay problema en deshacerse de él. O los soldados occidentales que están en misiones militares, que al ver una explosión de una granada que hiere a un compañero, sufren un estrés post traumático de tal calibre, que con veinte años se quedan totalmente incapacitados para tener una vida normal. ¿Qué hubiera ocurrido si los que vivieron la Segunda Guerra Mundial (generación que levantó posteriormente Europa), hubieran respondido psicológicamente de una forma tan débil, sembrando el continente con millones de zombies autistas?

La Resiliencia (del latín “resilio”, volver atrás, recuperarse tras una tensión deformante), es un concepto de la Ingeniería que se define como una magnitud que cuantifica la cantidad de energía por unidad de volumen que absorbe un material al deformarse elásticamente debido a una tensión aplicada. En otras palabras, la resistencia del material a la presión. Pasado el término a la Psicología, se definiría como la capacidad de aquellas personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, se desarrollan psicológicamente sanos y exitosos, es decir, la capacidad para resurgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva.

La Sociedad actual nos ha abrazado en una burbuja de bienestar tan algodonosa, que en general, la capacidad que tenemos de recuperarnos ante la adversidad es bastante pobre; en muchos casos nula. Además, nos indignamos con Dios por permitir todo tipo de males, tales como el seísmo de Sumatra, o que se me pierda el bolígrafo. Porque todo es una tragedia, a día de hoy.

La capacidad de encajar los problemas va en función de la madurez e inteligencia.  Hay muchas definiciones de inteligencia, aunque siempre se ha entendido como la capacidad de pensar, aprender y comprender. Esta última es muy buena y sorprendente: “la capacidad de manejar y gestionar la incertidumbre”.

Esta definición permite comprender por qué las preocupaciones de una persona deficiente o de pocas luces son mucho mayores que las de una persona razonablemente inteligente como un político. Saber manejar la incertidumbre significa no sólo saber escenificar las situaciones, comprender las causas del proceso de desarrollo del problema y sus consecuencias; imaginar las diferentes alternativas de solución y sus correspondientes repercusiones a corto, medio y largo plazo, sino poseer un al menos relativo control sobre los resortes que permiten tomar decisiones. Cuando se posee esto, uno puede triangular su posición respecto del mundo que le rodea, y sabe perfectamente donde está y a dónde ha de ir. Y si tiene restricciones a la decisión, al menos sabe cuáles son y hasta donde alcanza su responsabilidad en todo el problema. Esto tranquiliza al menos y te permite mediante puntos de referencia absolutos, conocer tu posición relativa respecto de todo lo demás. Esto minimiza extraordinariamente la incertidumbre y con ello su manifestación subjetiva, el desasosiego y la preocupación. Y en el extremo, si la cosa sale mal y se cosecha un fracaso, la percepción subjetiva estará filtrada por el razonamiento que permite poner las cosas en su sitio y calibrar tu nivel de responsabilidad y de inocencia. Y la vida sigue. Pero si no se tiene esta capacidad, o uno se ofusca en exceso, las cosas pierden su evidencia y surgen en nosotros multitud de fantasmas, los molinos se convierten en gigantes y nos montamos una película de la de Dios. Lo real se distorsiona en fantasías, obsesiones y distorsiones de la percepción con lo que nos montamos un mundo paralelo con pocas conexiones con lo real. Desconectamos de la realidad y juzgamos lo que pasa según el guión de la película de terror que nos hemos montado. Nos sentimos perseguidos, cuando no es así; nos sentimos subestimados, cuando no es así; nos sentimos despreciados, cuando no; nos sentimos no válidos, cuando no. Y nos defendemos… de “este que es un mal nacido”, cuando no; el otro es un sinvergüenza, cuando no… Etc.

En suma, todo se cuece en nuestro interior, y en nuestra capacidad de metabolizar los “inputs” que nos llegan continuamente.

Y cuando la cosa se escapa de nuestro control, siempre queda gastar el último cartucho; echarle unos rezos a Dios, o a Jesús, o a la Virgen (preferentemente la de mi pueblo, con la que tengo más confianza, porque es la del lugar), o al santo de mi devoción. Estamos ante un Dios que sirve para resolver nuestras cuitas, al que se acude, para conseguir satisfacción de nuestros deseos, tanto los lícitos (no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal, danos el pan de cada día) como nuestros deseos espúreos y antojadizos. Nos hemos aprendido muy bien aquello de “pedid y se os dará”, de modo que la asociación biunívoca de Oración con rezos de súplica es prácticamente generalizada. Es aquello de que nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que no truena.

La gestión de la incertidumbre y del fracaso es una de las potencias más importantes, tanto para encarar la vida de este mundo, como para afrontar la relación con la Divinidad. Porque un planteamiento a nivel de suplicatorio es tan sincero, por una parte, pues arranca de nuestras fatigas en esta vida, como ingenuo, porque revela una fe muy inmadura, muy material, muy centrada en mí y mis problemas. Supone un condicionar la paz interior, y en el extremo, la propia felicidad, a que “nuestros planes salgan bien”. De no ser así, aparte de experimentar la decepción y el desengaño con el mundo, y el enfado porque no nos hace felices, experimentamos la decepción y el desengaño respecto del propio Dios. Es como si Dios rompiera con nuestros contratiempos un pacto tácito de “yo me porto bien, voy a misa, rezo mis oraciones, y Tú me concedes mis peticiones”. Otro ejemplo perfecto de cómo nuestra fe es “tan sincera como ingenua”.

Pero la Vida, que es muy sabia, nos somete con estas cosas a otra dura lección, la que se deriva de ver cómo las cosas pierden su evidencia. Lejos de ser otra guarrada del Altísimo, es lo mejor que nos puede pasar para que dejemos el mundo de la piruleta, donde creemos que las cosas pasan “según yo”, para saber ver que lo que sucede “es lo que ha de ser”.

Saber encajar los fracasos, decimos que supone una cura de humildad, es decir, nos obliga a reconocer que no todo nos sale bien, y sobre todo y darnos cuenta de que no somos tan supremos como pensábamos. Es el camino para saber reconocer nuestras limitaciones, para rendirnos a la evidencia de que controlamos nuestra vida mucho menos de lo que pensábamos. Es un torpedo a nuestra soberbia por debajo de la línea de flotación. El principio de  nuestro aprendizaje en ponernos en manos de la Providencia.

Es la Lección número uno.

*

76.- El elogio de la humildad



Si tuviéramos que resumir todo el mensaje de Jesús de Nazareth en una sola palabra; si tuviéramos que resumir el mensaje de todos los hombres de Dios que en el mundo han sido, si tuviéramos que resumir todo el mensaje del mismísimo Dios a los seres humanos, y que indicara el camino, la vía directa hacia Él, el camino de regreso a casa, esa palabra sería “humildad”.

El rigurosamente cierto que el fondo de todo, la esencia de las cosas, la manifestación de la Divina Realidad es el Amor, pero no menos cierto es que el camino hacia el Amor se llama “humildad”.
La humildad no es un fin en sí misma, sino el método, el camino que hay que recorrer para alcanzar el Amor.

La Humildad es el Camino, el Amor es la esencia del Ser.

No sé si teológicamente esto es del todo correcto, porque, repito, no soy teólogo por la Gracia de Dios, pero en la práctica, en mi práctica que es de lo que yo puedo hablar, en el día a día de la vida interior, que se manifiesta en lo exterior con gestos y actitudes de Amor, ser humilde, vivir la humildad es simplemente imprescindible. La antítesis de la Humildad, la soberbia, el engreimiento, ya sabemos a qué conducen.

Así que, aunque sólo sea por defecto, como ausencia de la soberbia, la Humildad es la virtud de las virtudes, y es la virtud que predicó Jesús en sus años felices como profeta, como predicador en Galilea.

Jesús era de ascendiente humilde, de una familia, que apenas tenía para mantenerse día a día. Su oficio de carpintero, y más que de carpintero, de “remiendos y chapuzas en general” , apenas le daría para sobrevivir, y eso vagando de aldea en aldea, haciendo una mesa para uno, reparando el tejado de paja en otro pueblo, encolando unas sillas, o las patas de una cama, o reparando el polipasto para sacar agua del pozo. Jesús sabía lo que era ganar el pan con el sudor de su frente.

De la misma forma era consciente de las apreturas económicas a las que los recaudadores de impuestos al servicio de Herodes Antipas, sometían a los pobres aldeanos, para costear las suntuosas construcciones de las nuevas ciudades de Seforis y Tiberíades. Jesús era un hombre de campo, de pueblo, trabajador manual, que convivió durante treinta años con los pobres, como uno más, sin significarse en nada de ninguno de ellos, salvo por su soltería, que provocó no pocas críticas de sus paisanos, y su especial querencia por la soledad del desierto, al que acudía a orar con gran frecuencia.

Siendo como era pobre material, experimentó progresivamente la pobreza espiritual, la pobreza afectiva, el abandono, el desapego por las cosas materiales. Abandono en manos de la Providencia y desapego de todo lo que nos ata a este mundo, constituyen la clave de su mensaje. Porque todo lo demás, gravita entre estos dos polos, como una esfera que gira en torno a su eje Norte y Sur; en el Norte, el abandono a la Providencia, para ser transportado por la fuerza del Espíritu Santo hacia las Alturas, y el desapego, como polo Sur.

Somos como globos cautivos. Tenemos la fuerza interior para volar, tenemos aire caliente, Hidrógeno, Helio, capacidad para abandonarnos al Padre del Cielo, para ascender. Nos ha sido dada desde que nacemos, pero estamos anclados a tierra, por nuestros apegos, por nuestras debilidades, nuestras apetencias, nuestros deseos, que nos incitan a desear, a buscar vínculos con lo de aquí. Cada vínculo es una amarra a tierra, que nos impide volar.

Esto lo tenía Jesús clarísimo, de modo que todo su discurso está centrado en ambos sentidos de una misma dirección Sur – Norte, desapego y abandono, que permite volar y relacionarnos con los demás para repartir la fuerza que emana de esa libertad que surge de la vivencia de ambas virtudes, el desapego y el abandono. Ambas se resumen en la palabra “humildad”, o como Él la define magistralmente, "pobreza de espíritu".

Toda su predicación gravita entre el desapego de las cosas de este mundo, y el abandono en manos de la Providencia. Lo explica con palabras en sus sermones, tanto explícitamente, como en el Sermón de la montaña, como implícitamente, con ejemplo, en sus parábolas, o ejemplos sencillos extraídos de la vida diaria, para que la gente sencilla, para que sus pobres, lo puedan entender. Y lo demuestra con sus obras y milagros, y con su propia vida, la que le costó entregar en manos de la muerte, al provocar con sus planteamientos un miedo visceral en los poderosos, porque veían en Él una grave amenaza a sus intereses.

La humildad según Teresa de Jesús

Pocas personas han sabido reflejar en su pensamiento la esencia de la humildad predicada, expuesta y demostrada por Jesús de Nazareth, como Teresa de Jesús. Tanto en el libro de su vida, como en sus libros “las Moradas del Castillo Interior”, en “Camino de Perfección” o en “Conceptos del Amor de Dios”, Teresa explica de una forma auténticamente magistral la esencia de la humildad, como la virtud esencial para poder ascender en el camino de perfección, por las sendas de la Vida Interior. De sus escritos, os presento una reflexión basada en su filosofía de vida a continuación, más algun que otro chascarrillo de mi cosecha.

La humildad es una virtud delicadísima, tan frágil como la porcelana china, como una pompa de jabón, cualquier trato brusco la puede quebrar,  cualquier tentación la puede hacer añicos, cualquier pensamiento basta para romperla. Es tan recatada que se esconde del que la posee, y tan secreta que no se deja descubrir por el malicioso. Es tan frágil y tan etérea como el aire caliente. Por eso es capaz de volar hacia las alturas. Y dentro de un globo es capaz de impulsarlo con fuerza irreprimible hacia las más altas cotas. Pero deben ser cortadas esas amarras que la condenan a estar anclada al suelo.

La humildad suele entenderse muy mal. Es una virtud que suele asociarse con el desprecio de uno mismo, con la auto abyección. Se la asocia erróneamente con la timidez, con el ser apocado, indeciso, con la auto descalificación, con el “no puedo”, “no sé”, “no valgo”, con ese no reconocer los dones que nos han sido dados. Todo lo cual oculta, un por cierto comodísimo “no puedo porque no quiero”, un quitarse de en medio, que se vive más tranquilo sin responsabilidades.

Asociar la humildad a la abulia , al pasotismo, a la pasividad supone asociarla literal y etimológicamente a la “idiotez”. La palabra idiota se toma como sinónimo de imbécil, tonto, anormal y cualquier otra denominación aplicable a una persona con pocas luces. Pero la palabra “idiota” viene del griego (idio (propio) > idiotez) que era el término por el cual los antiguos griegos llamaban a los ciudadanos que, como tales, poseían derechos, pero que no se ocupaban de la política de su polis, es decir, personas aisladas que ignoraban los asuntos públicos, sin nada que ofrecer a los demás y obsesionados por las pequeñeces de su casa y sus intereses privados. En términos más cercanos a nosotros, un idiota es un egoísta, un ambicioso, un avaricioso, un político corrupto, alguien que sólo piensa en su propio interés; y todo esto cubierto por el común de los pecados, la soberbia, o creencia de que el “yo” es mucho más de lo que realmente es, un “yo apañao” para vivir en su pequeño mundo.

El honor a la Verdad

La humildad es todo menos eso. Teresa de Jesús se refiere a ella en las Moradas del Castillo interior como el elogio de la Verdad, el honor a la Verdad sobre nosotros mismos. Ser humilde es simplemente ser auténtico, porque el fundamento de la humildad es comprender y asumir plenamente quiénes somos, con todo lo bueno y todo lo malo. Es reconocer que somos frágiles, sí, pero frente a la perfección y misericordia de Dios. Pero es también reconocer que nos han sido dados muchos dones, muchos talentos y que esos talentos tienen una finalidad muy concreta, colaborar a la construcción del Reino.

La humildad consiste en sabernos ver en nuestro sitio. No debemos pensar ni que somos los últimos, pero tampoco los primeros ante los hombres. La humildad nos pide reconocer nuestra total dependencia y confianza en Dios, porque de Él recibimos todas nuestras virtudes, todas nuestras relativas superioridades ante los hombres. La humildad no es no reconocer mis virtudes, sino aceptarlas como unas encomiendas que me han sido confiadas, lo que me prohíbe desaparecer, quitarme de en medio.

Humildad es saber estar donde debo estar, sabiendo, siendo plenamente consciente de lo que soy capaz y por ello, de la responsabilidad que tengo ante Dios y ante los hombres. Es lo que Jesús nos quiso transmitir con la parábola de los talentos (Mt, 25 14ss). La humildad nos hace reconocer nuestros talentos, y que los tenemos para ponerlos a plena disponibilidad del Plan de Dios, frente a la obra de Él, que hemos de realizar.

Humildad es el reconocimiento de una grave responsabilidad ante aquellos que necesitan de nosotros. Es saberse mensajero, artífice, testigo de Dios en este mundo. Pero para eso, antes tenemos que ser conscientes de que por nosotros mismos no tenemos nada.

No hay ejemplo más claro sobre lo que es la humildad, que la relación de un padre con su hijo estudiante. Los estudios cuestan dinero; el hijo no tiene capacidad para costearse los estudios, luego no puede jactarse de “poder estudiar” por sí mismo; necesita del dinero del padre para poder estudiar. El padre le va a pagar los estudios, de modo que si el hijo puede estudiar es porque el padre le paga todo, matrícula, libros, manutención, vestido, etc. Pero el hijo tiene una grave responsabilidad para con su padre y consigo mismo. Tiene la grave responsabilidad de aprovechar la oportunidad que se le brinda de sacar sus cursos y finalmente su carrera.

Otro ejemplo es el de cualquiera de nosotros, que en nuestro trabajo, se nos confía un presupuesto económico para sacar adelante nuestra responsabilidad como empleado. Utilizamos el dinero de nuestra empresa, que se nos pone a nuestra disposición, no para nuestro disfrute, sino para el bien común que es sacar el negocio, la actividad de la organización adelante. El trabajador no tiene los miles o millones de euros para acometer unas obras, pero se le confía ese dinero a su capacidad profesional, para realizarlas, teniendo que dar cuenta de lo que hace, al final del ejercicio fiscal.

Equilibrio inestable

La humildad es una virtud que siempre vive en un delicado y frágil equilibrio entre el auto desprecio y la vanidad. Si el desprecio de uno mismo es una actitud negativa que conduce a la pasividad, en el otro extremo está la vanidad, o la creencia de que deberíamos ser admirados por esas mismas capacidades. Basta un pensamiento de autocomplacencia para hacer añicos la humildad. Basta olvidarnos de que somos meros administradores de unos bienes que nos han sido dados para ponerlos al servicio de la comunidad, para que la preciada humildad se esfume. Teresa de Jesús afirma que aquel que tiene una saludable autoestima, no necesita de alabanzas de terceros, porque va tras otros tesoros, porque su corazón está vacío de sí mismo.

Es por eso que la humildad es una virtud tan secreta, que no se deja descubrir por el malicioso, dice la Santa de Ávila. Porque el malicioso tiende a pensar mal de todo el mundo, hasta del que obra con pureza, tachándole de engreído. ¡Ay de aquellos que compiten por ser más santos y virtuosos que los demás! ¡Ay de aquellos que no hacen más que compararse en virtud con los otros!, como si la humildad y la virtud fuese una competición al estilo “ a ver quien mea más lejos”. Estos han echado a perder toda la belleza y pureza del regalo que les fue concedido, convirtiéndolo en un inmerecido trofeo de caza, sin ningún valor. La humildad así adulterada se convierte en “falsa modestia”, en hipocresía, en pura soberbia, deseosa de ser admirada por sí misma.

La persona verdaderamente humilde no entra en competencia con nadie, porque en todos ve a gente honesta que trata de cumplir la voluntad de Dios, de modo que se reconoce tan frágil, tan débil y tan fuerte como cualquiera. Y sobre todo, el humilde no juzga a nadie, ni se dedica a escudriñar en el ojo ajeno en busca de una brizna que criticar, porque sabe bien, la viga que tiene en el suyo.

El humilde es alguien que duda de sí mismo, porque su propia virtud de esconde de él, justamente para que no se lo crea. Es por eso que la humildad es tan inestable como el equilibrio de un funanbulista, siempre entre el auto desprecio y la vana gloria.

Pero Teresa de Jesús nos exhorta a que nos guiemos con un termómetro que nunca falla, nuestra propia conciencia, ya que nos muestra la meta que nos atrae, lo que nos impulsa. Nos dice si estamos obrando para glorificar a Dios con nuestros actos, para santificar su nombre, o el nuestro. Recordemos la frase del Padrenuestro, “santificado sea tu nombre”. ¿A quién pretendemos santificar con nuestras obras, a Dios o a nosotros mismos? La conciencia nunca nos miente, aunque nos podamos auto sugestionar de lo contrario.

¿Cuál es nuestra intención al hacer un acto de amor?

“Tú en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha” (Mt 6, 3)

No te pongas en los primeros puestos de la iglesia para que todos te vean lo santo y piadoso que eres. En cambio, ocúltate en su estancia, y allí en lo escondido, ora al Padre celestial, que sabe ver lo escondido y te recompensará. (Mt 6, 5-6)


La pureza de intención es “tramar el bien”, exclama Teresa de Jesús. Es ser conscientes de que el objetivo de nuestros actos es mostrar a Dios, con toda su realidad en medio de los seres humanos.

Si así fuera, Dios sería una verdad tan evidente para los seres humanos, como lo es la luz del sol. De modo que si no lo es, se debe a que los que sí sabemos que está aquí, no lo reflejamos con nuestra propia vida, porque anteponemos nuestro propio interés.

Dios se manifiesta explícitamente en este mundo cada vez que una persona realiza un acto de amor hacia otra persona, aunque no sea consciente de ello. Pero el acto no es de amor por sí mismo, no es la acción la que manifiesta el amor, sino la actitud de donación, de entrega por cuenta de un Tercero, no por uno mismo. Ese es el valor de la humildad, que el que recibe la donación sea consciente que la recibe, no de la persona que la realiza, sino de Dios mismo a través de ella. Cuando esto es así, cuando el donante no se atribuye los méritos, es cuando transmite ese acto de amor en "estado puro", sin la malicia de la autocomplacencia y de la egolatría. Da gratis lo que gratis recibió.

Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. (Mt 10, 8)


El duro camino hacia la humildad

Para todos nosotros, lo descrito por Teresa de Jesús y por “Jesús de Teresa”, como la santa refiere una vez que Jesús se le presentó, la humildad así vivida es un bello desiderátum, una añoranza casi imposible de alcanzar, porque estamos anclados al suelo con muchísimas ataduras que impiden que la etérea humildad pueda alzar el vuelo y elevarnos por encima de las cosas.

El camino de perfección descrito por Jesús, por los hombres y mujeres de Dios que en este mundo han sido, es el camino de la humildad.

La mejor forma de explicar esto es mediante la etimología de la palabra “humildad”. Humildad viene de “humus”, suelo. Es en el suelo, en el terreno, donde se echa la semilla para que crezca la planta. Pero todo agricultor sabe que antes de sembrar, hay que roturar y limpiar la tierra de los abrojos, piedras y malas hierbas silvestres, que pueden ahogar la nueva semilla y arrebatarle los nutrientes y el agua que necesita para poder crecer fuerte y dar fruto. Es decir, antes de sembrar la buena semilla, hay que limpiar el suelo, hay que “humillar”. Así que al acto, a la tarea de humillar, la llamamos “humillación”.

La jerga popular ha convertido estas palabra en sinónimo de desprecio. La propia Real Academia de la Lengua española, admite este significado:

1. tr. Inclinar o doblar una parte del cuerpo, como la cabeza o la rodilla, especialmente en señal de sumisión y acatamiento.
2. tr. Abatir el orgullo y altivez de alguien.
3. tr. Herir el amor propio o la dignidad de alguien.
4. tr. Taurom. Dicho de un toro: Bajar la cabeza para embestir, o como precaución defensiva. U. t. c. intr.
5. prnl. Hacer actos de humildad.
6. prnl. Dicho de una persona: Pasar por una situación en la que su dignidad sufra algún menoscabo.
7. prnl. ant. Arrodillarse o hacer adoración.

No aparece por ningún lado el significado espiritual de la palabra, que no es otro que el de limpiar y purificar la tierra, para que la buena simiente pueda crecer sin impedimento alguno. Es una lástima, y de paso es comprensible que asociemos todo lo relativo a la humildad al desprecio de uno mismo, y a una actitud indigna de las buenas relaciones entre las personas.

En un principio, reconocernos débiles y con más defectos que una escopeta de feria, no tiene que ir parejo con un sentimiento amargo y de auto desprecio. Soy así, de naturaleza débil y ególatra. Saberlo es una gran noticia para mí, porque de esta forma sé, soy consciente de mi enfermedad, y podré acercarme a mi médico del alma, para que me pueda poner el tratamiento.

A la pregunta ¿qué he de hacer para alcanzar la humildad, para limpiar mi alma de los abrojos, para romper las ataduras que me ligan a esta tierra árida?

La respuesta de Jesús es simplemente esta…

El Sermón de la montaña

Mateo 5

1 Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. 2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
3 «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
4 Bienaventurados  los mansos , porque  ellos poseerán en herencia la tierra.
5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

13 «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. 14 «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. 15 Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

17 «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. 18 Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. 19 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

20 «Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

21 «Habéis oído que se dijo a los antepasados:  No matarás;  y aquel que mate será reo ante el tribunal. 22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

23 Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, 24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. 25 Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. 26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.

27 «Habéis oído que se dijo:  No cometerás adulterio.  28 Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

29 Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna.

31 «También se dijo:  El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio.
32 Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.

33 «Habéis oído también que se dijo a los antepasados:  No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.  34 Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el  Cielo , porque es  el trono de Dios,  35 ni por  la Tierra, porque es  el escabel de sus pies; ni por  Jerusalén, porque es  la ciudad del gran rey. 36 Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. 37 Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

38 «Habéis oído que se dijo:   Ojo por ojo y diente por diente.   39 Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: 40 al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; 41 y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. 42 A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.

43 «Habéis oído que se dijo:   Amarás a tu prójimo   y odiarás a tu enemigo. 44 Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, 45 para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? 47 Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? 48 Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.

Mateo 6

1 «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. 2 Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 3 Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; 4 así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

5 «Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 6 Tú, en cambio, cuando vayas a orar,   entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora   a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 7 Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. 8 No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

9 «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; 10 venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. 11 Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; 12 y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; 13 y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.

14 «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

16 «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. 17 Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, 18 para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

19 «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. 20 Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. 21 Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

22 «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; 23 pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!

24 Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.

25 «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?

27 Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? 28 Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. 29 Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. 30 Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? 32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.

Mateo 7

1 «No juzguéis, para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá.

3 ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? 4 ¿O cómo vas a decir a tu hermano: “Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? 5 Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

6 «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen.

7 «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. 8 Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 9 ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; 10 o si le pide un pez, le dé una culebra? 11 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!

12 «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.

13 «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; 14 mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran.

15 «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? 17 Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. 18 Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. 19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego.

20 Así que por sus frutos los reconoceréis.

21 «No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. 22 Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu  nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” 23 Y entonces les declararé: “¡Jamás os conocí;   apartaos de mí, agentes de iniquidad!”
 
24 «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: 25 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. 26 Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: 27 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.»

28 Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; 29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.
 
Abandono a la Providencia y desapego de las cosas de este mundo…


Y podrás volar hacia las alturas.

La Paz esté contigo, amigo.

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