Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

sábado, 5 de febrero de 2011

77.- El elogio de la entereza



Este cuadro es la balsa de Medusa del pintor frances del XXI Théodore Géricault,
Representa como se puede ver los supervivientes de un naufragio, y de una forma muy expresiva, la actitud que cada uno muestra frente a la adversidad. Desde la desesperación, el abandono a la suerte, la angustia, el miedo, hasta la entereza de los que no pierden la esperanza de lograr ser encontrados por algún barco.

¡¡Dichosa la persona que ha tenido la suerte de naufragar, de fracasar!!

Decir esto, claramente es lo más estúpido que a uno se le puede ocurrir.

Lo suyo es decir ¡¡me encanta que los planes salgan bien!! Como Anibal Smith, jefe del Equipo A.

Pues resulta que en el proceso de purificación del alma, vivir una existencia de éxitos, en el extremo puede ser bastante contraproducente, lo que no significa que lo deseable sea fracasar y sufrir. La cosa hay que saber explicarla para que se pueda entender.

Uno de los valores que supuestamente la tribu nos debería enseñar es la capacidad de esfuerzo, y sobre todo la capacidad de encajar los contratiempos e incluso los grandes reveses que nos da la vida. Llámese esto fortaleza, o como ahora se ha dado en llamar, “resiliencia”, la capacidad de aceptar y soportar los resultados de nuestras acciones o de las circunstancias de la vida es uno de los elementos fundamentales que hacen de nuestra vida un valle de lágrimas, o un proceso de aprendizaje que de sentido a nuestra vida.

Esta conocida frase “me gusta que los planes salgan bien”, que siempre decía Anibal Smith al final de cada episodio de la serie El Equipo A, fumándose el puro de la victoria, es muy significativa del íntimo deseo que todos tenemos de que nuestros planes, nuestros proyectos e ideales, más o menos vayan saliendo adelante; no sin esfuerzo, no sin trabajo, no sin dificultades, pero que “al final” las cosas salgan adelante, y lo previsto, lo planeado, pueda ser una realidad a su debido tiempo.

Cuando esto no sucede, cuando fracasamos, y los proyectos se van al traste, sufrimos una profunda decepción que pone en cuestión nada más y nada menos que nuestra propia valía, autoestima y consideración de los demás. Porque cuando las cosas no salen, lo primero que se produce es una búsqueda de responsables y de culpables. A poco que uno esté implicado como la gallina con el huevo, o comprometido, como el cerdo con el bacon, de alguna forma le va a salpicar los fracasos de los planes.

El abismo entre nuestros ideales, convertidos en planes y proyectos, y lo que la realidad nos permite, supone una de las más importantes fuentes de frustración y de infelicidad del ser humano.

Cuando la tensión creativa no consigue superar los problemas y se tiene que rendir a la evidencia de que lo deseado es imposible, y por ello, hemos de echar mano de soltar gas en la tensión emocional, de modo que al rebajarla, es decir, al renunciar a la meta, aceptemos la cruda realidad, entonces, nos vemos incapaces de llevar las cosas adelantes, y decimos, “está bien”, renuncio a este o aquel proyecto”. “Reconozco mi incapacidad para superar las dificultades”, “Admito prescindir de los bienes y servicios que habría conseguido de haber poder alcanzado mi objetivo”.

Baja nuestra validez, nuestra autoestima, y nos arrugamos a una realidad hostil. Terminas por dejar de luchar, y que se hunda el mundo a tu alrededor.

Estamos pues ante la gran problemática de la gestión del fracaso.

El fracaso es una de las más importantes fuentes de decepción, sufrimiento  y de angustia, tristeza y apatía que puede soportar el ser humano. Un viejo proverbio bíblico afirma que la sabiduría consiste en saber que es posible y que es imposible y saberlo diferenciar. Luchar por lo posible y aceptar lo que no se puede cambiar. Lo contrario, rendirse ante lo que es posible conseguir, y darse de cabezazos por aquello que es una quimera es de necios. Un necio es aquel que no sabe lo que debería, un terco, un imprudente, un presuntuoso, y alguien que desprecia lo que ignora. La conducta del necio conduce directamente al fracaso. Es la antítesis del sabio y del inteligente.

Pero más allá de comportamientos necios en el extremo, por lo general, nos movemos en un mix de situaciones en las que nos vemos comprometidos con proyectos casi imposibles, pero por causa de nuestra situación laboral o social, no podemos negarnos a trabajar, frente a proyectos que sería tan fácil lograr, pero que por prejuzgar gigantes donde sólo hay molinos, dejamos aparcados, con lo que renunciamos a excelentes oportunidades.

Pero así se escribe la historia.

La palabra “fracaso” es relativamente moderna en nuestra lengua. Se empieza a encontrar un siglo después del descubrimiento de América. No es que antes no se fracasase. Es que al fracaso se le llamaba de otras maneras. La palabra procede del italiano fracassare, que tenía el significado de romperse algo estrepitosamente. Pasó al español para denominar el naufragio (sinc. de navis y frango, frangere fractum) de un barco o de una flota. Fracaso se llamó al destrozo por la tempestad de la Armada Invencible; y siguió significando fracasar, romperse una nave contra los escollos. De ahí pasó por vía de metáfora a significar toda ruina y destrozo irrecuperable. Además del verbo quassare, ahí está el verbo casso, cassare, cassatum, que significa casar (casación), anular, invalidar. En terminología judicial, cassare es anular, casar, invalidar, dejar sin efecto.

Decepción, por otra parte, es la contrariedad o pesar causado por un desengaño. Yo me creía que… pero me he dado cuenta de que…

Citas varias:

-    Es raro, muy raro, que nadie caiga en el abismo del desengaño sin haberse acercado voluntariamente a la orilla. Concepción Arenal.

-    Un pesimista es un optimista bien informado. Anónimo.. 

-    Un pesimista es un optimista con experiencia. François Truffaut

-    Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad. Winston Churchill.

-    El pesimismo es un asunto de la inteligencia; el optimismo, de la voluntad. Antonio Gramsci.

-    Una vida en que no cae una lágrima es como uno de esos desiertos en que no cae una gota de agua: sólo engendran serpientes. Emilio Castelar

-    "No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta.".(Quino, Mafalda)

-   
Cuando las cosas se tuercen, cuando nos enfrentamos a los primeros reveses en nuestra empresa personal, cuando el cansancio y hasta el agotamiento hacen mella en nosotros, corremos el riesgo de que se asiente en nuestro corazón la decepción. Y cuando esto ocurre, se apodera en nosotros una percepción de la realidad como si la línea de no retorno la hubiéramos ya superado, y entonces, entendemos que nuestra meta es inalcanzable, nos decepcionamos, nos desanimamos y terminamos literalmente “tirando la toalla” y diciendo “¿para qué el esfuerzo? Entonces, la tensión creativa que nos había animado a trabajar deja paso a una tensión emocional que llega a hacerse insoportable. En ese momento, dejamos de luchar, damos la empresa por fracasada y abandonamos.

Lo que realmente duele en el alma no es el significado objetivo que pueda tener el fracaso o el desengaño, que cualquier ser inteligente puede comprender a poco que piense un poco. La cuestión radica en la percepción afectiva del fracaso. Va de sentimientos negativos.

Los sentimientos negativos son un auténtico dolor de muelas, porque te generan un malestar interno muy desagradable, que muchas veces somatizamos en algún órgano diana donde se descargan. Así si es el estómago, la persona termina con una úlcera, si el corazón, con taquicardias y palpitaciones; si las arterias, como es mi caso, con tensión alta; si la cabeza, con jaquecas y cefaleas de tensión, etc. Da igual que el problema sea más o menos grave, la cuestión es cómo se vive.

En una ocasión participé en un comentario sobre si los problemas de una persona deficiente mental son mayores o menores de los que pueda tener un Ministro de Hacienda. Y la respuesta, que parecería obvia, sería que el Ministro las tendrá mucho mayores que el deficiente, pero terminó siendo que acaso, las preocupaciones de éste sean mayores que las del Ministro, y no significa que él no las tenga. Pero la cuestión no es medir el cúmulo de problemas de modo objetivo, en cuyo caso hasta la pregunta hecha resulta absurda, sino la percepción subjetiva. Porque nadie diría que perder una rebeca vieja en la lavandería de la residencia sea más grave que el colapso de Lehman Brothers que afectó a la economía del Planeta. Sin embargo, al deficiente le puede quitar el sueño durante un mes, dónde estará la rebeca, y probablemente, sin minorar la gravedad de la situación, lo más seguro es que al Sr. Ministro el colapso bursátil le haya quitado el sueño bastantes noches, aunque habrá sabido encajar el problema.

El problema que se está empezando a detectar es que el enfado y la preocupación por perder una rebeca en la lavandería no es ya cosa de personas deficientes mentales, sino de jóvenes y adultos perfectamente educados y normales. ¿Quién no ha sorprendido a sus hijos ya mayores, por encima de los veinte años enfadarse y discutir porque uno está viendo el partido del domingo y el otro o la otra quiere ver una película de su actor favorito? ¡Qué preocupación tan espantosa es no poder ver el episodio de la serie televisiva, o un Barça - Sevilla! ¡O no poderse comprar una sudadera de marca, como la compañera de instituto! Son auténticos dramas que casi incitan al suicidio. Parece mentira. Pero yendo a situaciones con más calado, tales como los embarazos no deseados, hacen que la Sociedad responda, para que la mujer no se frustre y se tire por la ventana, promulgando una ley donde el producto de la concepción no se considera un ser humano (ya me dirán qué es si no), y por tanto no hay problema en deshacerse de él. O los soldados occidentales que están en misiones militares, que al ver una explosión de una granada que hiere a un compañero, sufren un estrés post traumático de tal calibre, que con veinte años se quedan totalmente incapacitados para tener una vida normal. ¿Qué hubiera ocurrido si los que vivieron la Segunda Guerra Mundial (generación que levantó posteriormente Europa), hubieran respondido psicológicamente de una forma tan débil, sembrando el continente con millones de zombies autistas?

La Resiliencia (del latín “resilio”, volver atrás, recuperarse tras una tensión deformante), es un concepto de la Ingeniería que se define como una magnitud que cuantifica la cantidad de energía por unidad de volumen que absorbe un material al deformarse elásticamente debido a una tensión aplicada. En otras palabras, la resistencia del material a la presión. Pasado el término a la Psicología, se definiría como la capacidad de aquellas personas que, a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, se desarrollan psicológicamente sanos y exitosos, es decir, la capacidad para resurgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva.

La Sociedad actual nos ha abrazado en una burbuja de bienestar tan algodonosa, que en general, la capacidad que tenemos de recuperarnos ante la adversidad es bastante pobre; en muchos casos nula. Además, nos indignamos con Dios por permitir todo tipo de males, tales como el seísmo de Sumatra, o que se me pierda el bolígrafo. Porque todo es una tragedia, a día de hoy.

La capacidad de encajar los problemas va en función de la madurez e inteligencia.  Hay muchas definiciones de inteligencia, aunque siempre se ha entendido como la capacidad de pensar, aprender y comprender. Esta última es muy buena y sorprendente: “la capacidad de manejar y gestionar la incertidumbre”.

Esta definición permite comprender por qué las preocupaciones de una persona deficiente o de pocas luces son mucho mayores que las de una persona razonablemente inteligente como un político. Saber manejar la incertidumbre significa no sólo saber escenificar las situaciones, comprender las causas del proceso de desarrollo del problema y sus consecuencias; imaginar las diferentes alternativas de solución y sus correspondientes repercusiones a corto, medio y largo plazo, sino poseer un al menos relativo control sobre los resortes que permiten tomar decisiones. Cuando se posee esto, uno puede triangular su posición respecto del mundo que le rodea, y sabe perfectamente donde está y a dónde ha de ir. Y si tiene restricciones a la decisión, al menos sabe cuáles son y hasta donde alcanza su responsabilidad en todo el problema. Esto tranquiliza al menos y te permite mediante puntos de referencia absolutos, conocer tu posición relativa respecto de todo lo demás. Esto minimiza extraordinariamente la incertidumbre y con ello su manifestación subjetiva, el desasosiego y la preocupación. Y en el extremo, si la cosa sale mal y se cosecha un fracaso, la percepción subjetiva estará filtrada por el razonamiento que permite poner las cosas en su sitio y calibrar tu nivel de responsabilidad y de inocencia. Y la vida sigue. Pero si no se tiene esta capacidad, o uno se ofusca en exceso, las cosas pierden su evidencia y surgen en nosotros multitud de fantasmas, los molinos se convierten en gigantes y nos montamos una película de la de Dios. Lo real se distorsiona en fantasías, obsesiones y distorsiones de la percepción con lo que nos montamos un mundo paralelo con pocas conexiones con lo real. Desconectamos de la realidad y juzgamos lo que pasa según el guión de la película de terror que nos hemos montado. Nos sentimos perseguidos, cuando no es así; nos sentimos subestimados, cuando no es así; nos sentimos despreciados, cuando no; nos sentimos no válidos, cuando no. Y nos defendemos… de “este que es un mal nacido”, cuando no; el otro es un sinvergüenza, cuando no… Etc.

En suma, todo se cuece en nuestro interior, y en nuestra capacidad de metabolizar los “inputs” que nos llegan continuamente.

Y cuando la cosa se escapa de nuestro control, siempre queda gastar el último cartucho; echarle unos rezos a Dios, o a Jesús, o a la Virgen (preferentemente la de mi pueblo, con la que tengo más confianza, porque es la del lugar), o al santo de mi devoción. Estamos ante un Dios que sirve para resolver nuestras cuitas, al que se acude, para conseguir satisfacción de nuestros deseos, tanto los lícitos (no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal, danos el pan de cada día) como nuestros deseos espúreos y antojadizos. Nos hemos aprendido muy bien aquello de “pedid y se os dará”, de modo que la asociación biunívoca de Oración con rezos de súplica es prácticamente generalizada. Es aquello de que nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que no truena.

La gestión de la incertidumbre y del fracaso es una de las potencias más importantes, tanto para encarar la vida de este mundo, como para afrontar la relación con la Divinidad. Porque un planteamiento a nivel de suplicatorio es tan sincero, por una parte, pues arranca de nuestras fatigas en esta vida, como ingenuo, porque revela una fe muy inmadura, muy material, muy centrada en mí y mis problemas. Supone un condicionar la paz interior, y en el extremo, la propia felicidad, a que “nuestros planes salgan bien”. De no ser así, aparte de experimentar la decepción y el desengaño con el mundo, y el enfado porque no nos hace felices, experimentamos la decepción y el desengaño respecto del propio Dios. Es como si Dios rompiera con nuestros contratiempos un pacto tácito de “yo me porto bien, voy a misa, rezo mis oraciones, y Tú me concedes mis peticiones”. Otro ejemplo perfecto de cómo nuestra fe es “tan sincera como ingenua”.

Pero la Vida, que es muy sabia, nos somete con estas cosas a otra dura lección, la que se deriva de ver cómo las cosas pierden su evidencia. Lejos de ser otra guarrada del Altísimo, es lo mejor que nos puede pasar para que dejemos el mundo de la piruleta, donde creemos que las cosas pasan “según yo”, para saber ver que lo que sucede “es lo que ha de ser”.

Saber encajar los fracasos, decimos que supone una cura de humildad, es decir, nos obliga a reconocer que no todo nos sale bien, y sobre todo y darnos cuenta de que no somos tan supremos como pensábamos. Es el camino para saber reconocer nuestras limitaciones, para rendirnos a la evidencia de que controlamos nuestra vida mucho menos de lo que pensábamos. Es un torpedo a nuestra soberbia por debajo de la línea de flotación. El principio de  nuestro aprendizaje en ponernos en manos de la Providencia.

Es la Lección número uno.

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76.- El elogio de la humildad



Si tuviéramos que resumir todo el mensaje de Jesús de Nazareth en una sola palabra; si tuviéramos que resumir el mensaje de todos los hombres de Dios que en el mundo han sido, si tuviéramos que resumir todo el mensaje del mismísimo Dios a los seres humanos, y que indicara el camino, la vía directa hacia Él, el camino de regreso a casa, esa palabra sería “humildad”.

El rigurosamente cierto que el fondo de todo, la esencia de las cosas, la manifestación de la Divina Realidad es el Amor, pero no menos cierto es que el camino hacia el Amor se llama “humildad”.
La humildad no es un fin en sí misma, sino el método, el camino que hay que recorrer para alcanzar el Amor.

La Humildad es el Camino, el Amor es la esencia del Ser.

No sé si teológicamente esto es del todo correcto, porque, repito, no soy teólogo por la Gracia de Dios, pero en la práctica, en mi práctica que es de lo que yo puedo hablar, en el día a día de la vida interior, que se manifiesta en lo exterior con gestos y actitudes de Amor, ser humilde, vivir la humildad es simplemente imprescindible. La antítesis de la Humildad, la soberbia, el engreimiento, ya sabemos a qué conducen.

Así que, aunque sólo sea por defecto, como ausencia de la soberbia, la Humildad es la virtud de las virtudes, y es la virtud que predicó Jesús en sus años felices como profeta, como predicador en Galilea.

Jesús era de ascendiente humilde, de una familia, que apenas tenía para mantenerse día a día. Su oficio de carpintero, y más que de carpintero, de “remiendos y chapuzas en general” , apenas le daría para sobrevivir, y eso vagando de aldea en aldea, haciendo una mesa para uno, reparando el tejado de paja en otro pueblo, encolando unas sillas, o las patas de una cama, o reparando el polipasto para sacar agua del pozo. Jesús sabía lo que era ganar el pan con el sudor de su frente.

De la misma forma era consciente de las apreturas económicas a las que los recaudadores de impuestos al servicio de Herodes Antipas, sometían a los pobres aldeanos, para costear las suntuosas construcciones de las nuevas ciudades de Seforis y Tiberíades. Jesús era un hombre de campo, de pueblo, trabajador manual, que convivió durante treinta años con los pobres, como uno más, sin significarse en nada de ninguno de ellos, salvo por su soltería, que provocó no pocas críticas de sus paisanos, y su especial querencia por la soledad del desierto, al que acudía a orar con gran frecuencia.

Siendo como era pobre material, experimentó progresivamente la pobreza espiritual, la pobreza afectiva, el abandono, el desapego por las cosas materiales. Abandono en manos de la Providencia y desapego de todo lo que nos ata a este mundo, constituyen la clave de su mensaje. Porque todo lo demás, gravita entre estos dos polos, como una esfera que gira en torno a su eje Norte y Sur; en el Norte, el abandono a la Providencia, para ser transportado por la fuerza del Espíritu Santo hacia las Alturas, y el desapego, como polo Sur.

Somos como globos cautivos. Tenemos la fuerza interior para volar, tenemos aire caliente, Hidrógeno, Helio, capacidad para abandonarnos al Padre del Cielo, para ascender. Nos ha sido dada desde que nacemos, pero estamos anclados a tierra, por nuestros apegos, por nuestras debilidades, nuestras apetencias, nuestros deseos, que nos incitan a desear, a buscar vínculos con lo de aquí. Cada vínculo es una amarra a tierra, que nos impide volar.

Esto lo tenía Jesús clarísimo, de modo que todo su discurso está centrado en ambos sentidos de una misma dirección Sur – Norte, desapego y abandono, que permite volar y relacionarnos con los demás para repartir la fuerza que emana de esa libertad que surge de la vivencia de ambas virtudes, el desapego y el abandono. Ambas se resumen en la palabra “humildad”, o como Él la define magistralmente, "pobreza de espíritu".

Toda su predicación gravita entre el desapego de las cosas de este mundo, y el abandono en manos de la Providencia. Lo explica con palabras en sus sermones, tanto explícitamente, como en el Sermón de la montaña, como implícitamente, con ejemplo, en sus parábolas, o ejemplos sencillos extraídos de la vida diaria, para que la gente sencilla, para que sus pobres, lo puedan entender. Y lo demuestra con sus obras y milagros, y con su propia vida, la que le costó entregar en manos de la muerte, al provocar con sus planteamientos un miedo visceral en los poderosos, porque veían en Él una grave amenaza a sus intereses.

La humildad según Teresa de Jesús

Pocas personas han sabido reflejar en su pensamiento la esencia de la humildad predicada, expuesta y demostrada por Jesús de Nazareth, como Teresa de Jesús. Tanto en el libro de su vida, como en sus libros “las Moradas del Castillo Interior”, en “Camino de Perfección” o en “Conceptos del Amor de Dios”, Teresa explica de una forma auténticamente magistral la esencia de la humildad, como la virtud esencial para poder ascender en el camino de perfección, por las sendas de la Vida Interior. De sus escritos, os presento una reflexión basada en su filosofía de vida a continuación, más algun que otro chascarrillo de mi cosecha.

La humildad es una virtud delicadísima, tan frágil como la porcelana china, como una pompa de jabón, cualquier trato brusco la puede quebrar,  cualquier tentación la puede hacer añicos, cualquier pensamiento basta para romperla. Es tan recatada que se esconde del que la posee, y tan secreta que no se deja descubrir por el malicioso. Es tan frágil y tan etérea como el aire caliente. Por eso es capaz de volar hacia las alturas. Y dentro de un globo es capaz de impulsarlo con fuerza irreprimible hacia las más altas cotas. Pero deben ser cortadas esas amarras que la condenan a estar anclada al suelo.

La humildad suele entenderse muy mal. Es una virtud que suele asociarse con el desprecio de uno mismo, con la auto abyección. Se la asocia erróneamente con la timidez, con el ser apocado, indeciso, con la auto descalificación, con el “no puedo”, “no sé”, “no valgo”, con ese no reconocer los dones que nos han sido dados. Todo lo cual oculta, un por cierto comodísimo “no puedo porque no quiero”, un quitarse de en medio, que se vive más tranquilo sin responsabilidades.

Asociar la humildad a la abulia , al pasotismo, a la pasividad supone asociarla literal y etimológicamente a la “idiotez”. La palabra idiota se toma como sinónimo de imbécil, tonto, anormal y cualquier otra denominación aplicable a una persona con pocas luces. Pero la palabra “idiota” viene del griego (idio (propio) > idiotez) que era el término por el cual los antiguos griegos llamaban a los ciudadanos que, como tales, poseían derechos, pero que no se ocupaban de la política de su polis, es decir, personas aisladas que ignoraban los asuntos públicos, sin nada que ofrecer a los demás y obsesionados por las pequeñeces de su casa y sus intereses privados. En términos más cercanos a nosotros, un idiota es un egoísta, un ambicioso, un avaricioso, un político corrupto, alguien que sólo piensa en su propio interés; y todo esto cubierto por el común de los pecados, la soberbia, o creencia de que el “yo” es mucho más de lo que realmente es, un “yo apañao” para vivir en su pequeño mundo.

El honor a la Verdad

La humildad es todo menos eso. Teresa de Jesús se refiere a ella en las Moradas del Castillo interior como el elogio de la Verdad, el honor a la Verdad sobre nosotros mismos. Ser humilde es simplemente ser auténtico, porque el fundamento de la humildad es comprender y asumir plenamente quiénes somos, con todo lo bueno y todo lo malo. Es reconocer que somos frágiles, sí, pero frente a la perfección y misericordia de Dios. Pero es también reconocer que nos han sido dados muchos dones, muchos talentos y que esos talentos tienen una finalidad muy concreta, colaborar a la construcción del Reino.

La humildad consiste en sabernos ver en nuestro sitio. No debemos pensar ni que somos los últimos, pero tampoco los primeros ante los hombres. La humildad nos pide reconocer nuestra total dependencia y confianza en Dios, porque de Él recibimos todas nuestras virtudes, todas nuestras relativas superioridades ante los hombres. La humildad no es no reconocer mis virtudes, sino aceptarlas como unas encomiendas que me han sido confiadas, lo que me prohíbe desaparecer, quitarme de en medio.

Humildad es saber estar donde debo estar, sabiendo, siendo plenamente consciente de lo que soy capaz y por ello, de la responsabilidad que tengo ante Dios y ante los hombres. Es lo que Jesús nos quiso transmitir con la parábola de los talentos (Mt, 25 14ss). La humildad nos hace reconocer nuestros talentos, y que los tenemos para ponerlos a plena disponibilidad del Plan de Dios, frente a la obra de Él, que hemos de realizar.

Humildad es el reconocimiento de una grave responsabilidad ante aquellos que necesitan de nosotros. Es saberse mensajero, artífice, testigo de Dios en este mundo. Pero para eso, antes tenemos que ser conscientes de que por nosotros mismos no tenemos nada.

No hay ejemplo más claro sobre lo que es la humildad, que la relación de un padre con su hijo estudiante. Los estudios cuestan dinero; el hijo no tiene capacidad para costearse los estudios, luego no puede jactarse de “poder estudiar” por sí mismo; necesita del dinero del padre para poder estudiar. El padre le va a pagar los estudios, de modo que si el hijo puede estudiar es porque el padre le paga todo, matrícula, libros, manutención, vestido, etc. Pero el hijo tiene una grave responsabilidad para con su padre y consigo mismo. Tiene la grave responsabilidad de aprovechar la oportunidad que se le brinda de sacar sus cursos y finalmente su carrera.

Otro ejemplo es el de cualquiera de nosotros, que en nuestro trabajo, se nos confía un presupuesto económico para sacar adelante nuestra responsabilidad como empleado. Utilizamos el dinero de nuestra empresa, que se nos pone a nuestra disposición, no para nuestro disfrute, sino para el bien común que es sacar el negocio, la actividad de la organización adelante. El trabajador no tiene los miles o millones de euros para acometer unas obras, pero se le confía ese dinero a su capacidad profesional, para realizarlas, teniendo que dar cuenta de lo que hace, al final del ejercicio fiscal.

Equilibrio inestable

La humildad es una virtud que siempre vive en un delicado y frágil equilibrio entre el auto desprecio y la vanidad. Si el desprecio de uno mismo es una actitud negativa que conduce a la pasividad, en el otro extremo está la vanidad, o la creencia de que deberíamos ser admirados por esas mismas capacidades. Basta un pensamiento de autocomplacencia para hacer añicos la humildad. Basta olvidarnos de que somos meros administradores de unos bienes que nos han sido dados para ponerlos al servicio de la comunidad, para que la preciada humildad se esfume. Teresa de Jesús afirma que aquel que tiene una saludable autoestima, no necesita de alabanzas de terceros, porque va tras otros tesoros, porque su corazón está vacío de sí mismo.

Es por eso que la humildad es una virtud tan secreta, que no se deja descubrir por el malicioso, dice la Santa de Ávila. Porque el malicioso tiende a pensar mal de todo el mundo, hasta del que obra con pureza, tachándole de engreído. ¡Ay de aquellos que compiten por ser más santos y virtuosos que los demás! ¡Ay de aquellos que no hacen más que compararse en virtud con los otros!, como si la humildad y la virtud fuese una competición al estilo “ a ver quien mea más lejos”. Estos han echado a perder toda la belleza y pureza del regalo que les fue concedido, convirtiéndolo en un inmerecido trofeo de caza, sin ningún valor. La humildad así adulterada se convierte en “falsa modestia”, en hipocresía, en pura soberbia, deseosa de ser admirada por sí misma.

La persona verdaderamente humilde no entra en competencia con nadie, porque en todos ve a gente honesta que trata de cumplir la voluntad de Dios, de modo que se reconoce tan frágil, tan débil y tan fuerte como cualquiera. Y sobre todo, el humilde no juzga a nadie, ni se dedica a escudriñar en el ojo ajeno en busca de una brizna que criticar, porque sabe bien, la viga que tiene en el suyo.

El humilde es alguien que duda de sí mismo, porque su propia virtud de esconde de él, justamente para que no se lo crea. Es por eso que la humildad es tan inestable como el equilibrio de un funanbulista, siempre entre el auto desprecio y la vana gloria.

Pero Teresa de Jesús nos exhorta a que nos guiemos con un termómetro que nunca falla, nuestra propia conciencia, ya que nos muestra la meta que nos atrae, lo que nos impulsa. Nos dice si estamos obrando para glorificar a Dios con nuestros actos, para santificar su nombre, o el nuestro. Recordemos la frase del Padrenuestro, “santificado sea tu nombre”. ¿A quién pretendemos santificar con nuestras obras, a Dios o a nosotros mismos? La conciencia nunca nos miente, aunque nos podamos auto sugestionar de lo contrario.

¿Cuál es nuestra intención al hacer un acto de amor?

“Tú en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha” (Mt 6, 3)

No te pongas en los primeros puestos de la iglesia para que todos te vean lo santo y piadoso que eres. En cambio, ocúltate en su estancia, y allí en lo escondido, ora al Padre celestial, que sabe ver lo escondido y te recompensará. (Mt 6, 5-6)


La pureza de intención es “tramar el bien”, exclama Teresa de Jesús. Es ser conscientes de que el objetivo de nuestros actos es mostrar a Dios, con toda su realidad en medio de los seres humanos.

Si así fuera, Dios sería una verdad tan evidente para los seres humanos, como lo es la luz del sol. De modo que si no lo es, se debe a que los que sí sabemos que está aquí, no lo reflejamos con nuestra propia vida, porque anteponemos nuestro propio interés.

Dios se manifiesta explícitamente en este mundo cada vez que una persona realiza un acto de amor hacia otra persona, aunque no sea consciente de ello. Pero el acto no es de amor por sí mismo, no es la acción la que manifiesta el amor, sino la actitud de donación, de entrega por cuenta de un Tercero, no por uno mismo. Ese es el valor de la humildad, que el que recibe la donación sea consciente que la recibe, no de la persona que la realiza, sino de Dios mismo a través de ella. Cuando esto es así, cuando el donante no se atribuye los méritos, es cuando transmite ese acto de amor en "estado puro", sin la malicia de la autocomplacencia y de la egolatría. Da gratis lo que gratis recibió.

Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. (Mt 10, 8)


El duro camino hacia la humildad

Para todos nosotros, lo descrito por Teresa de Jesús y por “Jesús de Teresa”, como la santa refiere una vez que Jesús se le presentó, la humildad así vivida es un bello desiderátum, una añoranza casi imposible de alcanzar, porque estamos anclados al suelo con muchísimas ataduras que impiden que la etérea humildad pueda alzar el vuelo y elevarnos por encima de las cosas.

El camino de perfección descrito por Jesús, por los hombres y mujeres de Dios que en este mundo han sido, es el camino de la humildad.

La mejor forma de explicar esto es mediante la etimología de la palabra “humildad”. Humildad viene de “humus”, suelo. Es en el suelo, en el terreno, donde se echa la semilla para que crezca la planta. Pero todo agricultor sabe que antes de sembrar, hay que roturar y limpiar la tierra de los abrojos, piedras y malas hierbas silvestres, que pueden ahogar la nueva semilla y arrebatarle los nutrientes y el agua que necesita para poder crecer fuerte y dar fruto. Es decir, antes de sembrar la buena semilla, hay que limpiar el suelo, hay que “humillar”. Así que al acto, a la tarea de humillar, la llamamos “humillación”.

La jerga popular ha convertido estas palabra en sinónimo de desprecio. La propia Real Academia de la Lengua española, admite este significado:

1. tr. Inclinar o doblar una parte del cuerpo, como la cabeza o la rodilla, especialmente en señal de sumisión y acatamiento.
2. tr. Abatir el orgullo y altivez de alguien.
3. tr. Herir el amor propio o la dignidad de alguien.
4. tr. Taurom. Dicho de un toro: Bajar la cabeza para embestir, o como precaución defensiva. U. t. c. intr.
5. prnl. Hacer actos de humildad.
6. prnl. Dicho de una persona: Pasar por una situación en la que su dignidad sufra algún menoscabo.
7. prnl. ant. Arrodillarse o hacer adoración.

No aparece por ningún lado el significado espiritual de la palabra, que no es otro que el de limpiar y purificar la tierra, para que la buena simiente pueda crecer sin impedimento alguno. Es una lástima, y de paso es comprensible que asociemos todo lo relativo a la humildad al desprecio de uno mismo, y a una actitud indigna de las buenas relaciones entre las personas.

En un principio, reconocernos débiles y con más defectos que una escopeta de feria, no tiene que ir parejo con un sentimiento amargo y de auto desprecio. Soy así, de naturaleza débil y ególatra. Saberlo es una gran noticia para mí, porque de esta forma sé, soy consciente de mi enfermedad, y podré acercarme a mi médico del alma, para que me pueda poner el tratamiento.

A la pregunta ¿qué he de hacer para alcanzar la humildad, para limpiar mi alma de los abrojos, para romper las ataduras que me ligan a esta tierra árida?

La respuesta de Jesús es simplemente esta…

El Sermón de la montaña

Mateo 5

1 Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. 2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
3 «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
4 Bienaventurados  los mansos , porque  ellos poseerán en herencia la tierra.
5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

13 «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. 14 «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. 15 Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

17 «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. 18 Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. 19 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

20 «Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

21 «Habéis oído que se dijo a los antepasados:  No matarás;  y aquel que mate será reo ante el tribunal. 22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

23 Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, 24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. 25 Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. 26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.

27 «Habéis oído que se dijo:  No cometerás adulterio.  28 Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

29 Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna.

31 «También se dijo:  El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio.
32 Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.

33 «Habéis oído también que se dijo a los antepasados:  No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.  34 Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el  Cielo , porque es  el trono de Dios,  35 ni por  la Tierra, porque es  el escabel de sus pies; ni por  Jerusalén, porque es  la ciudad del gran rey. 36 Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. 37 Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

38 «Habéis oído que se dijo:   Ojo por ojo y diente por diente.   39 Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: 40 al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; 41 y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. 42 A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.

43 «Habéis oído que se dijo:   Amarás a tu prójimo   y odiarás a tu enemigo. 44 Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, 45 para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? 47 Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? 48 Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.

Mateo 6

1 «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. 2 Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 3 Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; 4 así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

5 «Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 6 Tú, en cambio, cuando vayas a orar,   entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora   a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 7 Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. 8 No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

9 «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; 10 venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. 11 Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; 12 y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; 13 y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.

14 «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

16 «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. 17 Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, 18 para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

19 «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. 20 Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. 21 Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

22 «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; 23 pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!

24 Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.

25 «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?

27 Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? 28 Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. 29 Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. 30 Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? 32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.

Mateo 7

1 «No juzguéis, para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá.

3 ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? 4 ¿O cómo vas a decir a tu hermano: “Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? 5 Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

6 «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen.

7 «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. 8 Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 9 ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; 10 o si le pide un pez, le dé una culebra? 11 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!

12 «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.

13 «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; 14 mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran.

15 «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? 17 Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. 18 Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. 19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego.

20 Así que por sus frutos los reconoceréis.

21 «No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. 22 Muchos me dirán aquel Día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu  nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” 23 Y entonces les declararé: “¡Jamás os conocí;   apartaos de mí, agentes de iniquidad!”
 
24 «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: 25 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. 26 Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: 27 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.»

28 Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; 29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas.
 
Abandono a la Providencia y desapego de las cosas de este mundo…


Y podrás volar hacia las alturas.

La Paz esté contigo, amigo.

*

jueves, 3 de febrero de 2011

75.- Y líbranos del mal



Hablar del Mal, con mayúsculas es un tema que despierta nuestros más oscuros fantasmas del miedo. Es un tema sobre el que nadie, en su sano juicio, se atrevería a hablar en plan jocoso. Porque mal es todo lo que percibimos como algo que nos hace daño, pero sobre todo como algo que tiene intención, a conciencia, de hacernos daño, pero no tanto el daño físico, el que mata la vida física, sino el que mata el espíritu y le introduce en el Averno, la morada de los demonios.

Los efectos del ciclón Yesi, que fueron catastróficos, con centenares de muertos, y con poblaciones totalmente devastadas, ha causado la desesperación de muchas familias, tras haberlo perdido todo, tanto desde lo material, como muchos de sus seres queridos. Una auténtica tragedia. Pero ahora bien, ¿Han sufrido el ataque del Mal?, ¿o lo sufrido ha sido una violentísima consecuencia de las perturbaciones meteorológicas originadas por el fenómeno oceánico de “La Niña”?

Imaginarium popular

El Mal procede de un ser inteligente que pretende hacernos daño, vernos sufrir, ensañarse con nosotros.


Por tanto, cualquier catástrofe natural supone una tragedia, a veces de proporciones bíblicas, pero el “Mal” no ha tenido nada que ver

La guerra, con su cortejo de horror y violencia, es también una tragedia, donde soldados de uno y otro bando cumplen con su misión, y de paso (o de frente), tienen que atacar poblaciones civiles, con el reguero de muertos que eso supone. La mente inteligente que realmente ha montado el conflicto, es alguien que probablemente vivirá a cientos o miles de kilómetros de distancia, que irá a cenar con su mujer, dará un beso a sus hijos antes de dormir, y se acordará de regalarle a su esposa un ramo de flores mientras elabora la directiva que despliegue las operaciones de castigo contra el enemigo, y que producirá centenares o miles de muertos inocentes. Aunque los efectos de su decisión sean deletéreos, tampoco esta persona, este jefe, este presidente, personifica el Mal en estado puro.

El navajero que por robar un móvil a un transeúnte le asesta cuatro puñaladas, con tan mala suerte que le atraviesa el corazón y deja viuda y huérfanos en una situación familiar, social y económica calamitosa, tampoco personifica el Mal en estado puro.

El banquero que, con información privilegiada se lía a vender acciones de bolsa, crea el pánico vendedor, con la ruina de muchos, para luego hacer una compra masiva para quedarse con el control de muchas empresas. Ese, que ha generado una guerra tranquila, causando miles de parados y desempleados, probablemente ese tiene más culpa que los demás, muestra una ambición desmedida, y acaso, algo de maldad en estado puro tenga, pero no personifica el Mal.

La mejor idea de “el Mal” que yo me he hecho siempre ha sido la que yo podría experimentar caminando en una noche oscura, por un bosque, a lo largo de un camino, si pensara que alguna alimaña podría atacarme. Nos pasó a Paloma y a mí, durante el Camino de Santiago, al salir del monasterio de San Juan de Ortega, en dirección a Burgos. Salimos a las cuatro de la mañana, de noche cerrada. A algún gracioso se le ocurrió contar que había lobos por esa zona, lo que nos metió ese miedo atávico en el cuerpo, hasta llegar a Atapuerca, al amanecer. El Mal es alguien dispuesto a robarte, no la vida, sino el alma.

La asociación del Mal con Lucifer, el príncipe de las tinieblas, el mayor depredador de almas imaginable, ha construido en el imaginarium popular un miedo escalofriante a la muerte, y a lo que está por venir. Con este mal de ojo, echado por los entendidos en religión a los pobres feligreses, casi es preferible pensar y creer que tras esta vida no hay nada. Te mueres, y se acabó; no gozarás de la felicidad eterna, ni falta que hace, si a cambio evitas, a costa de  no alcanzar la gloria, caer en las llamas del infierno; simplemente dejo de existir, y punto.

Como diría Alberto Cortez en su precioso poema “¡Qué suerte he tenido de nacer!”, el miedo al Mal, va inequívocamente asociado a un “terror ancestral a la sotana y a la victoria final de Lucifer”. Es decir al cura amenazándote con tormentos eternos por un quítame allá esas pajas, si no te arrepientes y te confiesas las grandísimas culpas (que decimos en el “yo pecador”), y a un Lucifer, babeando sangre, dispuesto a devorarte si te mueres sin haber ido a misa el domingo pasado y no haberlo confesado.


Como quiera que esta visión popular del Mal tiene además la cualidad de venderse muy bien, la industria del cine, siempre dispuesta a darle al público lo que desea, no repara en gastos para efectos especiales, en películas llenas de sangre y casquería, como la serie “Saw”, cuyo éxito estriba en generar oleadas de pánico en el público, mientras experimenta esa espectacular catarsis con los protagonistas despedazados en cachitos por el sádico asesino. Y etc., etc.
Así, vende pero que muy bien la idea de que desde tiempos inmemoriales, es como si se hubiese desatado una simpar y desigual batalla de proporciones cósmicas entre el Bien y el Mal. Y en esas estamos. Ángeles contra demonios, Cristo contra Satanás. Y a propósito, Hollywood y novelistas haciendo su agosto con sus best seller de 1500 páginas cada uno, alucinando a propios y extraños con sus fantasías apocalípticas.

Como dice Karen Blixen, No creo en el mal, creo sólo en el horror. En la naturaleza no existe el mal, sólo la abundancia de horror: las plagas, los males, las hormigas, los gusanos, y películas de terror.

Y líbranos del mal

¿Realmente es de ese mal, del que le pedimos a Jesús que nos libre?
Veamos un episodio de un conocido sabio del siglo XX, cuando era estudiante:

Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta: ¿Dios creó todo lo que existe? Un estudiante contestó: Sí. ¿Dios creó todo? Sí señor, respondió el joven. El profesor contestó: Si Dios creó todo, entonces Dios hizo el mal, pues el mal existe, y si las obras son un reflejo de quien las hace, entonces Dios es malo.

El estudiante se quedó callado ante esa respuesta. El profesor se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito.

Otro estudiante levantó la mano y dijo: ¿Puedo hacer una pregunta, profesor? Por supuesto, respondió. El joven se puso de pie y dijo: ¿Cree usted que existe el frío? ¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe. ¿Acaso usted no ha tenido frío? El muchacho siguió: De hecho, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, y el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, pero el frío en realidad no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.

Continuó el estudiante: ¿Y existe la oscuridad? El profesor respondió: Por supuesto. El estudiante contestó: Pienso que la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede
saber lo oscuro que está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio. Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor: ¿Existe el mal?. El profesor respondió: Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son manifestaciones del mal. El estudiante respondió: El mal no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia del bien debido, y es, al igual que los casos anteriores, un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz. El profesor se quedo callado.

El joven se llamaba: Albert Einstein


Líbrame de mí, Señor

Sin acudir a imaginaciones calenturientas, por las que lo que hacemos es echar balones fuera, para acusar a otro de mis problemas, a otro que me tienta y chincha para hacerme caer a mí, pobrecito yo, que no tengo culpa alguna…, pensemos por un momento, qué pasaría si en realidad el Mal es la situación en la que puedo vivir si voluntariamente, destierro a Dios de mi vida, no quiero verle, no quiero contar con él; como si no existiera, como si no tuviera ninguna influencia sobre mi; en resumidas cuentas, como si yo fuese de verdad dueño de mi destino, y me bastara y me sobrara para hacer y deshacer, sin contar con nadie ni con nada.

¿Quién tomó la decisión que instó al hijo pródigo a salir de la casa de su padre? ¿El hijo? ¿El demonio?  Si te quedas más tranquilo creyendo que es un tercero con muy mala intención, pues vale. Si consideras que es el hijo el que voluntariamente tomó la decisión, pues también vale. Porque el hecho es como si el hijo decidiera irse de cada. Y se fue.

En nuestro interior, ya tenemos suficientes personajes, suficiente ganadería de reses bravas, lagartos, vacas, fantasmas, enanos gruñones, guerreros samuráis, princesas, brujas, y demás zoológico mental, como para incorporar a Lucifer en este camarote de los hermanos Marxs, que es nuestra mente.

Llámales como quieras. Los efectos son los mismos. La oscuridad de una vida carente de amor.

Buda afirma que es uno mismo el que hace el mal, uno mismo lo sufre; uno mismo se aparta del mal, uno mismo se purifica. Pureza e impureza son cosas de uno mismo, nadie puede purificar a otro.

Por otra parte, como dice Konrad Lorenz, sería una buena medida de higiene mental prescindir de la personificación del mal, debido a que conduce, con demasiada facilidad, al tipo más peligroso de guerra: la guerra religiosa.
Si consiguiéramos convencernos de que el mal, del que rogamos a Dios nos libere, es el que sale de nosotros mismos…

Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. (Mc 7, 15)

Esta es una alusión, referida por otros evangelistas, que va en este sentido. No es malo lo que entra por la boca del hombre, sino lo que sale de ella. El Mal está en mí mismo, cuando le vuelvo la espalda a Dios. A partir de ese momento, yo me convierto en un arma letal para mis hermanos los hombres, porque puedo ser capaz de cometer los crímenes más atroces que nos podamos imaginar. Y si no es así. Si, no obstante creer que Dios en mi vida no cuenta, si amo a mis hermanos, si doy pan al que tiene hambre, si atiendo al que me necesita, entonces, aunque crea y me sienta ateo, Dios está dentro de mí, y actúa, quiera o no quiera, porque sus efectos en mi corazón, su Amor, salen fuera de mi, y se derrama en mis hermanos.



Por eso, ateo no es el que quiere serlo, sino el que puede serlo a base de renegar conscientemente de Dios, pero no de palabra, sino a través de sus obras, enfocadas exclusivamente en su propio egoísmo y ambición, provocando el daño con ensañamiento a los demás. Y esto incluso, acudiendo farisaicamente a misa y cumpliendo con los preceptos "supuestamente religiosos".


Por eso, "por sus obras les conoceréis".

Si no tengo amor

Si no tengo amor, puedo ensañarme con el otro hasta hacerle vomitar de dolor. 
Si no tengo amor, puedo comprar mercenarios para atacar aldeas indefensas, puedo montar el lucrativo negocio de la droga o la prostitución. 
Si no tengo amor, puedo intrigar en mi empresa para que me nombren a mí, jefe de sección antes que fulanito que sé, es mejor que yo y se lo merece. 
Si no tengo amor, puedo llegar a la conclusión de que la vida humana vale menos que un teléfono móvil hasta disparar a su propietario si no me lo da.

Y así, etc, etc, etc.

Es decir, ...

Si no tengo amor, yo soy la personificación del Mal con mayúsculas en este mundo. 
Porque si no tengo amor, Dios no cuenta en mi vida, y estoy perdido,

Tan simple como eso, en mayor o menor escala; depende de la mala …stia que se me ponga.

Si no tengo amor, estoy perdido, estoy condenado a vivir en el infierno de vida que yo solito he creado a mi alrededor, para mí y para los que tengan la desgracia de verse obligados a convivir conmigo y los que tengan la mala suerte de cruzarse en mi camino. Y al morir, a lo único que tengo derecho es a seguir viviendo de la forma que he vivido, en otro plano de la realidad, es decir, en el infierno, en mi infierno, hasta que me de la puñetera gana de darme cuenta de lo imbécil y mala persona que he sido, es decir, hasta que me dé cuenta de que lo único que he hecho ha sido dilapidar mi hacienda, para terminar rebozarme en el barro con los cerdos por unas cuantas algarrobas, hasta que se me ocurra decidir volver a la casa de mi Padre.


Pasar de “señorita yo no he sido, ha sido fulanito”, es decir, de echarle la culpa a Lucifer, a “soy responsable de mi vida”, y de lo que voy a hacer con ella, supone un salto cuántico espectacular. Porque acto seguido de tomar conciencia de esa responsabilidad, viene la lucidez de comprender que sólo si vivo el amor, puedo empezar a cambiar las cosas.

 
Cada uno de nosotros somos cada uno de los millones de puntos de luz de esta esfera de luz. Lo que vemos es una lámpara de salón formada por un foco central y miles de fibras de vidrio, que conforman la esfera. Si nos creemos tan chulos como para despreciar la fibra que nos une con la Luz central, nuestro punto de luz deja de alumbrar, y contribuirá decididamente a bloquear la luz en el mundo, quedando nosotros también a oscuras.

Si aceptamos que formamos parte del Todo, de donde emana la Luz Universal, la gente verá en nosotros el reflejo de la Luz, y seremos testigos de esa luz que lo baña todo.
Líbranos del mal, no es otra cosa que rogarle a nuestro Padre celestial, que nos libre de nosotros, de nuestro reino raquítico, egoísta, ególatra, ambicioso y necio. Líbrame de mí, Señor, de mis tonterías, de mis creencias, de mis imaginaciones, de mis fantasmas, de mis escrúpulos, de mis aprehensiones, de mis miedos atávicos, así hayan sido inyectados en mi adoctrinamiento infantil.

Líbrame Señor de todo aquello que me bloquea, que me atenaza en el pánico cerval a los terrores infernales.

Sálvame, Señor de las estupideces que he tenido que soportar escuchar durante tantos años de creencias absurdas, que me han impedido volar hacia ti.
Amigo. Esto es una oferta, que sólo tú puedes aceptar o rechazar. No te sientas obligado ni a aceptarla, ni a rechazarla. Sé tú mismo; siéntete en paz contigo, haz silencio, el tiempo que te haga falta, y espera la respuesta. Dios te va a querer igual, tanto si te lo montas a lo “combate contra lo diabólico” o a lo “si no tengo amor, nada soy”.

Por lo demás, ten ánimo, amigo, y considérate afortunado por haber nacido en los brazos de Dios, y descansa en su misericordia. ¿Cual será en la agonía tu balance? Ni tú ni nadie lo sabe. Nadie estuvo de los vivos en ese trance. Pero no te espante ese terror ancestral que te inyectaron, ante un Dios iracundo que de tal forma te inculcaron, que no te deja dormir. Ese Dios no existe. 

Queda apaciguado en brazos del Ser auténtico que te creó y que te ama infinitamente.

¡Qué suerte has tenido de nacer!

Escucha este precioso poema de Alberto Cortez. Lo dice todo.





La Paz esté contigo, porque ya sabes con estas sencillas frases que nos enseñó Jesús de Nazareth, cómo tienes que orar al Padre, qué pedirle y suplicarle.
Ya sabes cómo elevar tu espíritu a las alturas.

Amen

lunes, 31 de enero de 2011

74.- No nos dejes caer en la tentación

 
Cuadro de Salvador Dalí. Las tentaciones de San Antonio



Busqué mi alma, y no la pude ver.
Busqué a mi Dios, y me eludió.
Busqué a mi hermano, y encontré a los tres.
Elisabeth Kübler-Ross



La tradición cristiana suele interpretar esta frase del Padrenuestro,  como “no nos dejes caer en la tentación que nos pone el demonio a nuestro paso”. Si  un cristiano no quiere complicarse la vida, lo mejor que puede hacer es seguir tomando esta frase en este sentido literal, de que nos libre de las tentaciones del maligno, como Él, Jesús,  supo libarse cuando fue tentado tres veces en el desierto.

Para esta lectura no hace falta decir más. Se terminó. Recomendamos encarecidamente que para este viaje, recemos al Ángel de la guarda aquella oración que nos enseñaba nuestra mamá que decía: Ángel de la guarda, dulce compañía, no me dejes solo, ni de noche ni de día. Ángel de la guarda, dulce compañía, no me dejes solo, que me perdería.

Pero en el plan que propongo estas meditaciones del Padrenuestro, la cosa va de no centrarnos demasiado en que un ser diabólico está empeñado en hacernos caer, como en el hecho de lo que realmente provoca los desaguisados que solemos cometer los humanos al caer en las tentaciones.

Estamos totalmente centrados en la tradición cristiano – católica, en que tentación es lo mismo que inducción a pecar. Al fin y al cabo, tentación viene de tentar, y tentar de tocar, como cuando queremos llamar la atención de alguien le tocamos para que nos atienda y nos escuche, a fin de convencerle de algo… Pues lo mismo. Es decir, una tercera entidad, el maligno, nos tienta la ropa, nos llama la atención ante algo pecaminoso pero apetecible, para inducirnos a caer y cometer actos malos, es decir, pecados. Es como cuando a una persona entrada en carnes, que la pobre está a régimen de comidas, le “tentamos” con un pastelito para que se salte la dieta, y ella nos dice… “no me tientes, no me tientes”. Pues eso. Pero en vez de ser nosotros, es el maligno con ganas de hacer putadas.

Esta visión de las cosas parece que suele funcionar en las gentes que se lo toman en serio. El demonio, culpable de la tentación, y nosotros, pardillos, víctimas de sus malas artes para hacernos tropezar.

Como todo, al hablar de este escenario, estamos hablando de un modelo muy concreto  de funcionamiento del ser humano basado en un tercero que nos induce, como las malas compañías, que advertimos a nuestros hijos pequeños. Y es muy válido para el común de las gentes, además de estar bendecido por la autoridad religiosa. Qué más se puede pedir.

Pero propongo ir más allá de este escenario, para adentrarnos en nuestra intimidad, donde habitan una serie de personajes que nos tienen mareados. Hablamos de la lagartija, la vaca y demás zoológico mental, originadores de nuestros comportamientos instintivos (Ver entradas 40 y 41), y todos nuestros personajillos interiores, la sombra blanca, el mago,  el osito amoroso, el guerrero samurái, gruñón, etc. (Ver la entrada 42: equipaje para este mundo), que Fidel Delgado describe magistralmente en sus entretenidas y simpáticas conferencias.

Con todos estos personajes que están montados en nuestra chepa, y yo (Pocoyó), que me lo creo a pies juntillas, vamos que rebotamos a la hora de imputar las culpas de todos los desaguisados y tropezones que damos en la vida. No hace falta un demonio con cuernos y rabo para justificar nuestras tropelías, a no ser que a todo este zoológico interior, le denominemos Satanás.
Nuestro nivel de consciencia, de lucidez, es tan raquítico, que literalmente “caemos en la tentación” de sucumbir a todas las apetencias que todos estos personajillos que habitan nuestro cerebro nos puedan poner delante de nosotros. Pero ¿Quién pone la tentación a quién? ¿Un personajillo como por ejemplo “Gruñón”, más cabreado que una mona, que forma parte de mí, a mí? Es decir, yo me pongo a mí mismo las trampas, las tentaciones.

Yo, que soy lo que mi pensamiento ha elaborado sobre mí, soy el que me pongo delante de mis ojos las ocasiones para caer, para literalmente cagarla. Porque el problema en todo esto soy “yo”, el yo que se cree individuo, separado del resto de la Creación, por la barrera que levanta la enfermedad denominada egolatría, o pecado original.

Creerme separado del Todo, hace que me sienta dueño de mi todo (pequeño), de mi mundo, donde hago y deshago a voluntad, a mi voluntad, a mis deseos.

Creerme separado del Todo hace que “yo” me forje un modelo de cómo debo ser yo (yo según “yo”), de cómo debe ser el mundo (el mundo según “yo”), y de cómo debe ser Dios (Dios según “yo”)… que es para nota.

En el fondo introducir en este “camarote de los hermanos Marx” que es nuestro cerebro nada menos que al demonio, aparte de ser el acabose del caos, es en el fondo echarle la culpa a otro de lo que sólo nosotros somos responsables; como hizo Eva, cuando Yahveh le preguntó que por qué le había dado a Adán la manzana, y ella dijo que había sido la serpiente. “Señorita yo no he sido, ha sido fulanito”, como nos exculpábamos de parvulitos ante nuestra señorita profesora.

Como cuento para tiernos infantes, está bien. Pero para gente adulta y madura, se queda algo corto de miras. Porque en realidad, las tentaciones vienen de nuestra “atontación”, al creernos lo que no somos, pero creemos que somos, una entidad separada del Todo, separada del Eterno, al que le pedimos la herencia para hacer de nuestra capa un sayo, y hemos terminado como los gorrinos, atascados en un charco, llenos de barro y mierda hasta las orejas, y compitiendo con estos por unas cuantas algarrobas. Parábola del hijo pródigo.

En este estado de cosas, buscamos nuestra alma y no la encontramos, porque creemos que lo que vemos en el espejo cuando nos miramos, ese soy “yo”. Buscamos a Dios, y ya, ni te cuento las chorradas que podemos llegar a imaginar sobre Él, y que encima tenemos el atrevimiento y la osadía de escribirlas en sesudos tratados de Teología. Y como para más inri, tenemos levantada en torno a nosotros una barrera que nos separa del mundo exterior, con quienes sólo establecemos conexiones para incorporar materia energía e información, como cualquier unidad de Carbono (véase “ser vivo”), resulta que aislados en nuestro pequeño mundo, qué más da que hagamos culpable de nuestras culpas al demonio, a la serpiente o a quien se nos ponga por delante, cuando lo que realmente sucede es que vivimos “atontados” viviendo una ilusión forjada por nuestro pensamiento, por cierto inyectado en muy gran parte por la educación recibida.

Sólo cuando logramos salir de nuestra idiotez, de nuestra tontuna, y caemos en la cuenta de que nada de lo que sucede es obra nuestra, que hasta los pelos de nuestra cabeza están contados, que ninguno de nosotros es capaz de añadir un codo a su estatura a fuerza de discursos (de pensar), que no se mueve una sola hoja de un árbol sin que nuestro Padre Celestial lo consienta (Mt Cap. 5 y Cap. 6); cuando caemos en la cuenta de todo esto y de que realmente formamos parte indivisible del Todo, de que formamos parte inseparable de la Divina Realidad, aunque nos resistamos a ello como gato panza arriba, entonces, y sólo entonces, lograremos salir de la influencia de nuestras propias tentaciones.

Así que no nos dejes caer en la tentación, en el fondo se transforma en “no nos dejes caer en nuestra idiotez, en nuestra tontuna, en nuestra soberbia de creernos dueños de nosotros mismos”, es decir… “en la tentación”.

Esta lectura de los acontecimientos puede que sea algo heterodoxa o muy heterodoxa respecto de la “doctrina”. El que prefiera lo del demonio y la tentación a base de puyazos con el tridente…, pues, él mismo con su mecanismo. Pero, realmente sólo cuando descubres en el prójimo que tienes al lado a alguien con el que formas una misma entidad, integrada en el Todo, compartiendo la misma esencia que el Padre Celestial, siendo todos Uno en Él, entonces y sólo entonces, eres capaz de descubrir tu verdadera entidad, tu verdadera naturaleza, unida de un modo indivisible a Dios, a la Divina Realidad, de la que sólo tu idiotez te ha separado, o te ha hecho creer que estabas separado.

No nos dejes caer en la tentación es, en realidad un “no nos dejes caer en la atontación”, en la soberana necedad de creernos lo que sólo la alucinación de nuestros sentidos nos hace creer lo que no somos.

Jesús de Nazareth, como hombre que era, también sufrió tentaciones, como revelan los Evangelios. Es cierto que aparece el demonio como artífice de las tentaciones. Fue tentado en los tres puntos débiles del ser humano, ambicionar saciar los apetitos (piedras en pan), el orgullo y vanagloria (caer del alero del templo sin tropezar a la vista de todos), y la ambición de Poder con mayúscula (visión de las riquezas de este mundo). No estuvo exento de estas tentaciones, como ninguno de nosotros lo estamos, porque en sus genes, como hombre, tenía esta debilidad, que supo superar, porque una fuerza interior mucho más poderosa que su propia debilidad, consiguió sobreponerle.

Como en anteriores entradas sobre el Padrenuestro, te invito, medites sobre esto en silencio, y espera respuesta. Si te convence más la idea de un demonio chinchándote, pues vale. Todo está admitido por la Organización, como dice Fidel Delgado.

La Paz sea contigo.

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viernes, 28 de enero de 2011

73.- Perdónanos...


Nuestras ofensas

Si en algo se diferencia la idea del Dios del Antiguo Testamento, del Dios de Jesús de Nazareth, es justamente en esta idea del perdón.

Yahveh  es un dios que demuestra a lo largo de muchos siglos, tener una paciencia infinita con su pueblo, con los seres humanos, pero también es descrito por los autores bíblicos como un dios que en determinados momentos, llegando a estar hasta los mismísimos, descarga toda su ira y violencia contra todo lo que se mueve, enviando todo tipo de males, diluvios universales, cataclismos, dispersión de lenguas, lluvias de fuego y azufre, las doce plagas, hacer vagar por el desierto a su pueblo hasta aburrir a las vacas, enviándoles al destierro, permitiendo la invasión de todo tipo de enemigos, hasta en la época de Jesús, la dominación romana.

Así que la idea de un dios castigador y que no deja pasar ni mijita, era una idea totalmente implantada en el hipotálamo de las gentes.

Incluso la predicación del precursor Juan iba en este sentido también, “arrepentíos”, porque el que se mueva no va a salir en la foto. Ya está el hacha en la base del árbol, y el que no de fruto, lo lleva chungo…

El mensaje de Jesús es en este sentido revolucionario, y enfrentado a la doctrina al uso. Es probable que, si como algunos autores refieren, Jesús comenzó su vida pública como discípulo de Juan, tuviese con el bautista, algo más que palabras, para hacerle ver que estaba predicando un mensaje trasnochado, que terminaría chocando violentamente con el mensaje de las bienaventuranzas.

De alguna forma, Jesús nos muestra a un Dios padre, profundamente conocedor, íntimamente conocedor del alma humana. Porque Dios no es solamente un Dios trascendente, creador, que está allá en los cielos, que necesita, para ser escuchado, hablar con voz estentórea, sino que habita el corazón del ser humano, que conoce los más íntimos entresijos, porque donde realmente habita es ahí, en nuestra séptima morada. Y por tanto nos conoce mucho mejor que nosotros mismos.

Una cosa curiosa. Al menos en la Biblia de Jerusalem, versión electrónica en PDF, que es la que estoy utilizando para extraer las citas, la palabra “Espíritu Santo”, como tal entidad no aparece ni una sola vez en el Antiguo Testamento, para ser la primera en el Evangelio de Mateo (Cap.1), a propósito de la referencia a la milagrosa concepción de María por obra del “Espíritu Santo”. En la sabiduría y en Isaías estas palabras aparecen un par de veces, pero en minúscula. No diría que en referencia explícita al Dios inmanente que habita en el corazón del ser humano.

Así que la idea de perdón es algo que Jesús proclama con persistente testarudez, machaconamente. Nuestro Padre es un Padre bueno, que sabe perdonar las debilidades de sus hijos, y que nos exhorta a que también nosotros sepamos perdonar. Es decir, es como si la clave del Reino de los Cielos no fuera la de ser inmaculados en el obrar, en no caer nunca, en ser la perfección absoluta, en ser justos e irreprochables, en vivir permanentemente en Gracia de Dios, en ser santos de los altares. Este puede que sea el ideal, el objetivo final, pero Jesús bien sabe que la ganadería que tiene que pastorear dista muchísimo de estar en ese estado beatífico. Muy por el contrario, sabe, porque nos conoce desde dentro, que fallamos más que una escopeta de feria. Y por eso, su mensaje, en núcleo de su filosofía de vida es “el perdón”, el “perdón de los pecados”, de las faltas, de las debilidades.

De la misma forma que a un enfermo no se le puede exigir que a partir de un determinado momento no vuelva a presentar los síntomas y signos de su enfermedad, si no es previamente sometido al proceso de tratamiento y corazón, de igual forma a un ser humano no se le puede exigir que no vuelva a pecar tras recibir del cura la absolución. Va a volver a hacerlo, porque lo lleva en sus genes; recordemos que nuestra enfermedad, la egolatría, es hereditaria, es una malformación congénita, y no se cura con tomar una píldora sanadora en el desayuno, comida y cena, durante una semana, o sea, rezando tres padrenuestros y cuatro avemarías.

Nuestro perdón de Dios, va a ir siempre acompañado de una penitencia…

Así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.


Esta es la condición, perdonar a los que nos ofenden, resolver nuestras cuitas con los demás, zanjar cuentas pendientes mediante la reconciliación. Es decir, la reconciliación con el hermano…

23 Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, 24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Mt 5, 23-24

Saber perdonar y saber pedir perdón. Porque sólo sobre la base del perdón, la convivencia es posible.

1 «No juzguéis, para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. (Mt 7, 1-2)

11 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! 12 «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. (Mt 7, 11-12)
Esta es, amigo mío, la Regla de Oro. Es universal, todas las religiones afirman lo mismo en términos muy similares. La referí nada más inaugurar este blog, en la entrada de bienvenida. Porque en el respeto de esta regla, radica la paz y la concordia entre los seres humanos, y en consecuencia la manifestación de Dios en la vida de los seres humanos. Porque Dios se manifiesta en todos aquellos que conviven en paz, que se respetan, que se aceptan tal cuales son, que saben perdonar y que saben pedir perdón. Porque todos sabemos que no somos perfectos y que fallamos más que una escopeta de feria.

Si no dejamos pasar ni una, ¿dónde puede encontrarse la armonía y la convivencia entre los humanos? Y si esto no se consigue, de qué sirve que sirve que nos inflemos a misas y rosarios.

Por eso, si sabemos que tenemos un asunto pendiente, que un vecino, conocido, hermano o alguien tiene algo contra nosotros, acudir a la iglesia a rezar no sirve de nada. Ni confesar los pecados sirve tampoco de nada, si en nuestro corazón conservamos resentimiento contra los que me han hecho daño, o somos nosotros los que lo hemos hecho.

Es sencillo de comprender, aunque difícil de aplicar. Pero sobre todo enrevesadísimo de codificar, como si la gestión de los pecados fuera similar a la justicia de los hombres.

Con esta premisa, “si perdonamos a los que nos ofenden”, nuestras debilidades, nuestras ofensas, también serán perdonadas.

Sólo hay un daño que no tiene perdón de Dios, el daño contra el Espíritu Santo, el escándalo, que hace o pone en riesgo de caer el alma de los demás. Mas vale atarse una rueda de molino al cuello y tirarse al mar.

6 Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar. Mt 18, 6

Y aún otra excepción, los mercaderes del templo, los cambistas, los banqueros, los únicos contra los que Jesús, manso y humilde de corazón, empleó la violencia física, porque han sido, son y serán los responsables de la miseria de los pobres de este mundo, porque personifican el poder del dinero, lo que es causa de la inmensa mayoría de los males de nuestro Planeta.

Por lo demás, perdonó incluso a los que le crucificaron.

Medita sobre esto. Es una propuesta. Y espera la respuesta.

La Paz esté contigo.

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