Quien haya leído la novela o visto la película
"Contact" de Karl Sagan, recordará cómo se recibió la señal de los
supuestos habitantes de Vega. Primero se captó en los radiotelescopios de Nuevo
México una secuencia interminable de números primos, que en rango de audio
sonaban como martillazos. Como esta cadena de datos, más allá de impresionar de
provenir de un origen inteligente, no tenía demasiado sentido, los
investigadores de la doctora Ellie Arroway (Jodie Foster en la película)
detectaron que había más información aplicando la técnica de polarización
modulada., y el resultado fue el visionario de una imagen borrosa de Hitler
inaugurando los Juegos Olímpicos de 1936. Un paso más en el rastreo de la señal
y los científicos del Proyecto Argos se toparon de súbito con secuencias de
paquetes de información de mil bits, sementados en páginas. Cientos de miles de
páginas que parecían ser elaboradas por los habitantes de Vega, pero carecían
de significado para nosotros. Toda la inmensa cantidad de información parecía
estar codificada, a la espera de que fuese desencriptada por alguna civilización extraterrestre.
Tras mucho examinar y aplicar códigos de
encriptación se descubrió que los ocho tomos de decenas de miles de páginas
parecían ser dibujos y diagramas de algún ingenio, una máquina, una nave o vaya
usted a saber. Hasta qué el excéntrico Peofesor Hadden, un magnate de la
informática afectado de cáncer, mostró a la doctora Arroway en su 727 privado
la solución, formando con cada seis páginas un cubo en el que los gráficos de
repente cobraban todo el significado. Y el hombre pudo construir "la
máquina".
Como este ejemplo, podríamos poner otros
muchos en donde lo que primero que se ve no es el auténtico significado del
mensaje que recibimos. La información entripada es el paradigma de que los
caracteres que podemos ver en el texto sin sentido alguno, llevan dentro la
semilla de un código o clave (la llave) capaz de transformarlo en información
clara y con significado. Pero la llave ha de tenerla, no el texto encriptado,
sino el receptor, donde el mensaje es la cerradura donde ha de introducirse la
llave que abra la puerta del mensaje para poder ver lo que este oculta tras sí.
La imagen, la idea que nosotros, los seres
humanos tenemos de Dios es como la de un mensaje encriptado, en al menos dos o
tres capas, con dos o tres claves de descodificación. El mensaje de Dios es tan
sutil, que si no disponemos de un procedimiento de descifrado, a penas podemos
intuir nada, no tiene ningún sentido, ningún significado. Tampoco ese mensaje
se materializa en nada concreto, en una relación casi mposible de comprender.
No es nada especial, ninguna luz cenit al, ninguna zarza ardiendo sin
consumiese. El mensaje de Dios es simplemente "todo lo que existe"
"Levantad la piedra y
allí me encontraréis, partid la madera y allí estoy",
dice el Evangelio de Tomás, en su versículo 30. O como dice un viejo proverbio
hindú, o cristiano, que para el caso es lo mismo, "si pones a Dios en todo lo que haces, se manifestará en todo lo que
acontece".
Es decir, Dios se muestra como la Realidad.
La primera clave de descifrado es la
interpretación racional de lo que vemos con nuestros sentidos y nuestra mente
procesa. Pero en este nivel de interpretación de la realidad, lo que el ser
humano consigue ver e interpretar es todo el mundo que le rodea, con sus luces
y sus sombras, con sus alegrías y penas, con sus venturas y desventuras, con
sus momentos de gozo y de amargura. De hecho, la primera imagen que el ser
humanó se forjo de Dios fue la Naturaleza y sus fuerzas, a veces tranquilas y
en otras ocasiones agitadas, capaces de devastar campos y poblados con lluvia,
viento, fuego y convulsiones de la tierra. Y por último, los efectos
devastadores de su propia intervención, la humana, en la naturaleza y en la
propia humanidad, a través de los conflictos las injusticias y las guerras.
Y allí esta Dios, manifestándose, eso si, sin
sentido alguno para nosotros, si aplicamos como clave de descifrado la mera
interpretación mental de los hechos y de los acontecimientos. Y así se llega al
ateísmo, a la convicción de que no existe más clave de interpretación que la
mente humana, con la que sólo podemos interpretar lo que perciben en modo
nativo nuestros sentidos, con los recursos de la inteligencia racional. No ver
a Dios, y por tanto aceptar que "Eso" no existe, es la consecuencia
lógica de este planteamiento. Además es un planteamiento de vida lícito y comprensible. Nada que objetar. Esto
es lo que hay, y el mensaje de la Realidad no contiene ninguna información
oculta, más allá de la que pudiera existir en los entresijos de la materia y de
la energía.
La segunda clave de descifrado es la que
aporta la religión, con sus creencias y rituales litúrgicos. Como se ha dicho
siempre, dado que la interpretación raccional de la realidad deja muchos cabos
sueltos sin explicación, nace la religión para dar una respuesta a esa
inquietud humana ante lo desconocido, que en la época del nacimiento de lo
religioso, era prácticamente todo. No existía interpretación científica de la
realidad, así que la clave de descifrado racional era tan débil, que no quedaba
otra que pasar a la segunda. El paso del tiempo y la evolución de la
inteligencia y de la civilización, amplió el poder y la capacidad de la clave
racional, disminuyendo el poder de la clave religiosa hasta convertirla casi en
un recuerdo de un pasado, que fue y ya no es, pero que se resiste a
desaparecer.
La tercera clave en realidad no tiene una
denominación concreta. No es de fabricación casera como las otras dos, es
decir, no nos la hemos montado los seres humanos con nuestras investigaciones
en el primer caso o nuestras elaboraciones doctrinales en el segundo. Nos viene
dada en lo más profundo de nuestra propia naturaleza, pero nosotros no podemos
acceder a ella, de la misma forma que aún teniendo un corazón o un pulmón,
nuestras manos no tienen acceso a nuestro interior como para poder tocar y ver
directamente nuestros propios órganos.
La tercera clave es algo que para poderla
utilizar necesitamos neutralizar las dos claves anteriores, porque nos llevan a
interpretaciones encorsetadas y ridículas de ese código impenetrable que es la
Realidad.
Digamos que las dos primeras claves nos llevan
a ver la secuencia de números primos, y el visionario de Hitler en los Juegos
Olímpicos. Y poco más. Con lo que a buen entendedor, pronto se llega a la
conclusión de que la vida es una broma de mal gusto, como diría Robert Brasillach.
El teólogo puede
dedicarse a la agradable tarea de describir la religión tal como ésta
descendió de los cielos, revestida de su pureza original. Al historiador, sin
embargo, le cabe una misión más deprimente, como lo es el descubrir la
inevitable mezcla de error y corrupción que ella adquirió durante su larga
residencia sobre la tierra, en medio de una raza de seres débiles y depravados.
EDWARD GIBBON Caída del Imperio Romano, XV
La Divina Realidad es
una intuición que inunda toda la Filosofía perenne, pero para acertar a
intuirla, el alma tiene que liberarse de todos los condicionantes humanos que
la obligan, a veces bajo amenaza, a ligarse a estructuras de pensamientos
aceptadas como inmutables, pero que no aportan a penas valor al hecho de tratar
de abrir los ojos y el corazón.
Realmente, para una
persona que como yo, lleva toda su vida tratando de vivir y transmitir esa
simple visión, de que lo único importante es “hacerse de nuevo niño”, volver a
nacer, dejar todo lo aprendido, y simplemente escuchar el mensaje de las
estrellas, unas estrellas que están simultáneamente en el infinito Universo
exterior y en el infinito Universo interior del espíritu, resulta
descorazonador ver cómo la inmensa mayoría de la gente mantiene imperturbable
su condición de joven rico, aferrada exclusivamente a sus prácticas religiosas
y a unas mínimas reglas de compromiso, voluntariamente ciegas ante la Realidad,
que al descubrirse, descubres que todo adquiere sentido, hasta los reveses y
tragedias de la vida.
Pero esa inconsciente
negativa a ver tiene su precio. El sufrimiento, incapaces de liberarnos
de él, nos sumergimos en un círculo vicioso que nos hace profundamente
infelices.
A veces la sencillez es
el más difícil de los caminos.
Si lo único que tenemos que hacer es simplemente escuchar...
No hay comentarios:
Publicar un comentario