Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

martes, 9 de noviembre de 2010

35.- Fiat Lux: Uno sólo existe

Él se llama al gusto de cada uno. Uno sólo existe, que los sabios llaman con diferentes nombres. (Viejo proverbio Veda)

Dios, como buen Padre de todos los seres humanos, hace las cosas como mejor ha creído debe hacerlas. Y el hecho es que ante la tremenda biodiversidad de los seres humanos, en culturas, razas, lenguas, costumbres, climas y escenarios naturales, se ha mostrado a lo largo de los siglos de diferentes formas, y gusta de ser llamado de diferentes formas y de ser tratado según la idiosincrasia de cada pueblo, de cada nación.

La sexta y la séptima puerta no están demasiado alejadas entre sí.

La sexta puerta es la que nos enseñan desde niños, donde nuestros formadores nos introducen para, en comunidad, aprender a caminar en ese lento y largo camino que supone salir de nosotros mismos para encontrarnos con nuestro Creador.

En cada cultura, en cada nación, en cada raza y costumbre ancestral, la forma y diseño del camino que marca la sexta puerta, es diferente, es distinto. Las hierofanías, o manifestaciones divinas a los seres humanos, se viven de diferente forma, y se celebran también de diferente forma.

En todo esto, tiene un papel esencial la casta sacerdotal, el grupo de personas consagradas y formadas especialmente para guiar al pueblo en ese lento y largo caminar. Son personas avanzadas por formación y por actitud ante la vida. Son nuestros directores espirituales, que sabiamente nos guían por un camino ciertamente difícil y complejo.
De alguna forma se comportan como los aviones nodriza que tiran de los veleros de vuelo sin motor, para que podamos levantar un vuelo, que por nuestras propias fuerzas no sabríamos, ni tendríamos capacidad.

Es por eso, que la sexta puerta es tan necesaria como que sin ella, difícilmente un ser humano sería capaz de encontrar la auténtica puerta de salida, la séptima.

Digamos que es, o sirve de antesala, de preparación para el auténtico camino.
Es la que permite iniciarnos en la fe, en la fe del joven rico, la de aquel que centra todo en aprender dogmas, ritos y prácticas religiosas, así como se esfuerza en aplicar a su vida un código moral acorde con lo que habitualmente denominamos “Ley de Dios”.

En ese sentido funcionan las diferentes confesiones religiosas, como escuelas para el aprendizaje de la fe, pero sobre todo para vivir la fe en comunidad, sólo es imposible, y sabiamente guiados por nuestros educadores y pastores en esa fe que profesamos, con todas las peculiaridades que imprimen cada una de las confesiones religiosas, los católicos por un lado, los musulmanes por otro, los hindúes por otro y los budistas por otro, por poner ejemplos de todos conocidos.

Naves diferentes en un mismo Mar


 

Dentro de nuestras comunidades, es como si navegáramos tranquilamente guiados por nuestro comandante del barco en el que vamos andando la larga travesía de la vida.

Esto lo ilustra el sufismo (rama mística del Islam) con una bella alegoría, escrita por Niffari  el egipcio. 


Hay naves en el mar que transportan viajeros; son las confesiones religiosas, con sus dogmas y organizaciones. Las naves naufragan y sus restos (las tablas) se hunden; es decir, incluso las buenas obras que no llegan a la abnegación total y toda fe que no es el conocimiento unitivo de Dios. La liberación hacia la eternidad es el acto de lanzarse al mar, a riesgo, de poner en peligro la propia vida. Porque “el mar” es el Océano de Dios.

Las naves son organizaciones humanas creadas a partir de las directrices de sus fundadores. Pero como humanas, sufren muchos avatares a lo largo del tiempo. Hay épocas en las que son perseguidas, y otras en las que gozan de relativa tranquilidad; unas épocas disfrutan de esplendor y poderío, y otras en las que toca quedar en el ostracismo. Y como organizaciones humanas, bien es verdad que basadas en el amor a Dios (se llamen como se llamen), sufren la necesaria convivencia del trigo y la cizaña, donde las ovejas tienen que convivir en medio de lobos mimetizados con pieles de ovejas. Y esto es un continuo sufrir para las gentes sencillas.

Pero las cosas son así, y no vamos a discutir esto. Por eso hay  veces que naufragan o parecen naufragar.

En no pocas ocasiones, lo peor que les puede pasar a las organizaciones religiosas es salir triunfantes de la época de persecución, y de la noche a la mañana (más o menos), convertirse en las dueñas de los imperios, como le sucedió al cristianismo en tiempos de Constantino.

Es por eso, que cuando la sexta puerta, y el camino por el que transita, no da más de sí, hay determinados individuos que intuyen que aquí no se puede acabar el desafío, y siguen buscando por otras vías. Las naves naufragan y sus restos (las tablas) se hunden; es decir, incluso las buenas obras que no llegan a la abnegación total y toda fe que no es el conocimiento unitivo de Dios. Entonces no queda otra que lanzarse al mar.
Y ese lanzarse al mar, es ni más ni menos que encontrar la séptima puerta. Porque el mar es el Océano de Dios.

Uno sólo existe.

Navegar a bordo de las naves de las religiones nos hace creer que el mar por el que navegamos en nuestra nave nosotros, es diferente que el mar por el que navegan las otras naves; o que nuestra nave es más chuli que las otras. Tanto es así que en no pocas ocasiones las naves se lían a pepinazos, desplegando sangrientas batallas navales. La Historia de los humanos está salpicada de estos incidentes.

En cualquier caso, el océano es el mismo, el mar es único. Uno solo existe, que los sabios llaman con diferentes nombres, como dice el viejo proverbio veda.

Cuando nuestra nave hace aguas, o cuando vemos que no sabe a dónde va, puede que sólo quede una salida, tirarse al mar, lo que no deja de ser un atrevimiento, una idea de locos. Nadie en su sano juicio nos aplaudirá la idea, y la tripulación de la nave (o sea, la casta sacerdotal), mucho menos. Es igual que en el ejemplo del avión, lo más insensato es creer que en caso de emergencia, es preferible mantenerse sentados, porque esa es la mejor salida, cuando lo que el cuerpo te pide (eso es, el cuerpo), es salir pitando por una de las escotillas de emergencia.

 

Pues bien, supongamos que se nos ocurre tirarnos al agua, o quedarnos en nuestro asiento, es decir, introducirnos por la séptima puerta. 

Esto es, introducirnos en los terrenos de la espiritualidad pura, sin adornos, sin vestiduras.

Lo primero que uno ve cuando intenta adentrarse en los terrenos de la espiritualidad es que siente como pierde solidez el suelo que pisa. Dentro del barco de la fe que le enseñaron sus padres, se puede estar al menos tranquilo y seguro, si como el joven rico cumple con “la Ley y los profetas”. Pero el paso definitivo hacia la senda estrecha supone un salto en el vacío, un vacío donde no tendremos dónde reclinar la cabeza. Las seguridades eclesiásticas ya no funcionan, o al menos la seguridad que aportan no es tan evidente. Aquí ya no vale con ir a misa y rezar un rosario, o meditar en posición de loto y asistir a clases de yoga. Supone el abandono total en brazos de Alguien que sentimos nos ama, y dejarnos guiar por cañadas oscuras, a ciegas. Y eso pasa de basarse en una práctica tangible con ritos y ceremonias, para exigirte toda tu vida. Lo que haces, como dice Niffari, es tirarte al agua, cuestionándote ¿me ahogaré? Es el miedo de Pedro al tratar de caminar sobre las aguas como Jesús. Esto es muy importante, es ver como Jesús se acerca a ti, que estás cómodamente instalado en tu barca, y te dice, tírate al agua que caminarás como yo. Tú lo haces, pero como ya sabemos que eso es imposible, el miedo te hace hundirte... ¡sálvame que me hundo!



 

Y cosa curiosa, cuando estás en el agua palmoteando para no ahogarte, te encuentras que también hay otros del mismo barco o de otros, que también se han tirado. Han decidido hacer lo mismo.

Como todos los ejemplos, lo del mar y los barcos, o lo del avión y las puertas de emergencia,  no dejan de ser un símil más o menos ajustado, más o menos útiles para entendernos. La Séptima Puerta es simplemente una forma de hablar. Si a ti se te ocurre una que te venga mejor al pelo, que se dice, pues ánimo. Todos los símiles son un “como sí…”, para entendernos. Ya lo referí en una ocasión, hasta la Biblia es un "como sí...", para entendernos, un "a ver cómo le explico yo a estos de qué va el Reino de los Cielos", se diría a sí mismo Dios.


Lo que realmente importa no es la imagen plástica que nos ofrece el ejemplo, sino el trasfondo. Y el trasfondo no es otro que el hecho de que la séptima puerta es única y común para todos los seres humanos. Porque supone la relación directa del ser humano con su Creador, sin intermediarios, sin ceremonias, sin ritos ni prácticas religiosas concretas, por otro lado, totalmente necesarias para nuestra vida en comunidad.

La séptima puerta es Dios y yo. Sólo eso. 

La séptima puerta es la relación del Amado con la amada.

La sexta puerta es la Comunidad y su forma de organizarse para mantener una adecuada cohesión interna. Es la Iglesia y sus constituciones. Y como diría un muy buen amigo mío, así como un ejército existe porque existe otro (del cual ha de defenderse), o un Estado existe porque existe otro (porque si no sería absorbido por aquel), una Iglesia, una Comunidad existe, porque existe otra, porque los humanos nos organizamos en comunidades, porque estamos sujetos a las leyes de los sistemas, que obliga a reunirnos, a agruparnos en torno al concepto “organización” para que de ella emane una nueva entidad que nos de cohesión y nos haga sentir la pertenencia en torno a un objetivo final. 

Así, los humanos, en torno a lo religioso, nos hemos organizado desde tiempos inmemoriales en comunidades (en latín "eclesia"). Todas, si se basan en el camino hacia la divina realidad, tienen el mismo fin (aunque parezca que no). Pero están enraizadas en las costumbres, mitos y tradiciones de sus lugares de origen, donde su fundador vivió y les enseñó “el camino”.

Y así se escribe la historia.

Pero, cuando la séptima puerta es descubierta, es cuando uno cae en la cuenta "Fiat lux", de que en ese escenario que se abre ante nosotros, las diferencias de factura que se nos muestra en los escenarios de la sexta puerta, se desvanecen, y uno comprende que fiat lux, “Uno sólo existe”.

En ese punto de encuentro, que es el umbral de la séptima puerta, es cuando uno toma consciencia de la auténtica realidad del ser humano y de su Creador.
La prueba de que has conseguido vislumbrar la séptima puerta consiste en sentir que aún siendo tú católico, protestante, ortodoxo, musulmán, budista o monista advaita, eres consciente de que “nada” te separa de otros ajenos a tu comunidad religiosa, salvo las formas de expresión comunitaria. Porque para todos, Dios es uno, aunque cada cual le llame de diferente forma, e incluso le sienta de diferente forma. 


Todo lo que nos separa los unos de los otros, es factura humana, aunque venga del magisterio de las organizaciones religiosas.

Los puristas de la fe dirán que los dogmas son esenciales en todo esto. Así, si una persona no cree que Jesús es el Mesías, no tiene nada que hacer con los cristianos.

Yo leí una vez una frase que me hizo pensar…:

“La verdad une, la mentira separa”.

Si creer en Jesús como Mesías, o en Krisna como Avatar de Dios, de la forma que lo plantean la Iglesia católica o el hinduismo, es una fuente de separación entre los que caminan hacia Dios, algo no funciona en este planteamiento. Que sea fuente de separación entre los que buscan a Dios y los que lo ignoran, entra dentro de lo previsto,  casi que es lo suyo, pero de ninguna forma puede ser fuente de división entre un musulmán y un cristiano, o entre un hindú y un católico...


Bueno, sí lo es, si cada uno se queda en los confines de su religión organizada. Pero si dan el paso hacia la séptima puerta, puede que el concepto dogmático de “Mesías”, o de Avatar, pierda su trascendental importancia, para convertirse en una realidad, sin más; una realidad no dogmática, sino vivencial, si al leer el Evangelio, se reconoce en la figura de Jesús de Nazareth, a Aquel que muestra el camino directo hacia Dios, de la misma forma que se puede reconocer en las enseñanzas de Buda o de Lao Tse o del Corán o del Bhagavad Gita.

La importancia que tenga para ti Jesús o Buda o Lao-Tse, no debe ser una importancia apriorística, sino a posteriori, tras comenzar a vivir y experimentar sus enseñanzas.

Cuando se reconoce en las bienaventuranzas de Jesús, o en las siete verdades de Buda, el camino hacia la Divina Realidad, qué más darán los dogmas, cuando realmente se está siguiendo los pasos de los Maestros, y se está caminando por la senda estrecha que conduce a la unión íntima con el Creador.
Estamos ante el mismo caramelo con diferentes envoltorios. Quitados los envoltorios que hacen parecer que estamos ante diferentes caramelos, el caramelo es Uno.


En fondo de todo es el Amor.

Si algo, por muy sagrado que pueda parecerte, te separa del otro, ten por seguro que “hay algo raro”, "hay gato encerrado", algo no va bien. Y si eso, te incita a verlo como tu enemigo, entonces, “apaga y vámonos”. Dos personas que buscan a Dios, jamás pueden sentirse separadas por algo tan accesorio para el Amor, como los dogmas, los ritos y las creencias.

El Amor vivido en plenitud destruye todas estas barreras, hasta hacer ver a tu propio enemigo, como alguien a quien amar intensamente; hace que pongas la otra mejilla cuando alguien te abofetea.

El Amor no entiende de gilipolleces, y mucho menos si esas gilipolleces atizan el fuego de la discordia entre los seres humanos.

Filosofía perenne.

¿Cuál es el punto de encuentro de todos aquellos que han descubierto que existe una séptima puerta?

Existe un concepto algo vago, porque es todo menos un cuerpo de doctrina, que constituye el punto de encuentro de todos aquellos seres humanos que han descubierto la séptima puerta. Se denomina “Filosofía perenne”.



La noción de Filosofía perenne (en latín, philosophia perennis) sugiere la existencia de un conjunto universal de verdades y valores comunes a todos los pueblos y culturas. El término fue usado en primer lugar en el siglo XVI por Agostino Steuco en su libro titulado: De perenni philosophia libri X (1540), en el que la filosofía escolástica es vista como el pináculo de la sabiduría cristiana a la cual todas las demás corrientes filosóficas apuntan de una manera u otra. 

La idea fue posteriormente, y de forma magnífica, asumida por el filósofo y matemático alemán Gottfried Leibniz, quien la usó para designar la filosofía común y eterna que subyace tras todas las religiones y, en particular, tras las corrientes místicas dentro de ellas. Este término fue popularizado de forma más reciente por Aldous Huxley en su libro de 1945: La Filosofía Perenne. La expresión "filosofía perenne" también se ha usado como una traslación del concepto hindú de Sanatana Dharma, la "verdad o norma eterna e inmutable".


Así pues, en la Filosofía perenne, los humanos que sabemos de esa séptima puerta, podemos darnos la mano entre unos y otros, con independencia de qué “sexta puerta” podamos proceder, y en la que estemos, por razón de convivencia con nuestros semejantes, incardinados.

Los puritanos e integristas nos acusarán de sincretismo religioso, o de gnósticos, o de vaya usted a saber qué herejía. Pues que nos acusen. Qué se le va a hacer. Afortunadamente ya no existe el riesgo de ser quemado en la hoguera (que yo sepa).

En la Filosofía perenne caben las enseñanzas de Buda, cabe el Evangelio de Jesús, cabe el Tao te King, y cabe la subida al Monte Carmelo y la Noche Oscura de San Juan de la Cruz. Posiblemente no quepa el catecismo de la Iglesia católica (o sí, quién sabe). Pero sí cabe plenamente la Biblia.

Y solamente caminando por las sendas de la Vida Interior que abre la Séptima Puerta, el alma podrá constatar la validez real de todos estos libros sagrados, y de los Grandes Maestros que están detrás de ellos.

Lo demás son discusiones bizantinas, útiles tan sólo para que los exégetas y los hermeneutas no se aburran.

En el fondo todo depende de las restricciones que le pongamos a nuestra alma y a nuestro corazón; de la rigidez de pensamiento, de la ortodoxia que apliquemos a las cosas de Dios, y del tipo de jaula en el que confinemos el Amor.


¿Tenemos que dejar entonces nuestras comunidades de origen? Radicalmente no. Porque tenemos la responsabilidad de ser "Luz del mundo", para indicar la Séptima Puerta a aquellos que no la hayan encontrado. Yo me considero católico practicante (para entendernos), porque nací en el seno de una familia católica, y he crecido en la fe de mis mayores, y a mucha honra, y defenderé mi comunidad ante quien se ponga por delante. Pero eso no quita para que me sienta igualmente hermanado con mis hermanos de otras confesiones,, que busquen sinceramente a Dios, siempre que no se me pongan estúpidos con sus peculiaridades, esas que nos separan los unos de los otros. Y lo mismo digo con mis hermanos católicos, siempre que no se pongan estrechos con  nuestras peculiaridades doctrinales.


Por tanto, la Séptima Puerta es simplemente la invitación a entrar que Jesús le hace al joven rico. Nada de lo que practicaba el joven era malo, al contrario, pero le faltaba un pequeño detalle. Dejar todo, vaciarse de sí mismo, vender lo que tenía a los pobres, y desnudo de sí, entrar por la Séptima Puerta, donde la filosofía de vida que impera es la filosofía eterna, perenne, la que conduce directamente hacia Dios.

La Filosofía perenne es la filosofía de vida de “Todos los Santos de Dios”.




*

viernes, 5 de noviembre de 2010

34.- Paisajes interiores



Si eres aficionado a la música clásica, y te gusta Malher, te aconsejo encarecidamente que escuches la Sinfonía Nº 2 “Resurrección”, sobre todo el cuarto movimiento “Im tempo des scherzo” y el quinto “Langsam misterioso. Coral”. Yo tengo la versión de Kubelik con la Orquesta de la Radio Bávara; es muy buena. La fanfarria que lentamente se establece para adentrarse en el escenario íntimo del alma en las profundidades internas de su propio ser y su propio corazón es la que necesitamos atravesar para colocarnos delante de la séptima puerta, la que nos abre el camino hacia nuestros paisajes íntimos, a nosotros mismos, a la esencia más profunda de nuestro ser.
Por cierto, dice Wikipedia que fue la sinfonía preferida de Juan Pablo II

 
http://es.wikipedia.org/wiki/Sinfon%C3%ADa_n.%C2%BA_2_%28Mahler%29

 
Si pinchas en esta dirección web podrás escuchar el cuarto y quinto movimiento seguidos… Por favor, haz el intento de leer este tema mientras escuchas la sinfonía de Malher…

 
http://www.epdlp.com/clasica.php?id=648

Es… cómo te lo podría explicar… es un camino el que has de recorrer desde tu situación actual hasta llegar a la séptima puerta, que realmente está lleno de peligros y de incomodidades.

No sé si tendrás la suficiente edad como para haber disfrutado del simpático programa concurso de televisión “un dos, tres”, cuando los concursantes tenían que elegir entre varias puertas. Recuerdo aquel programa en el que tenían que elegir entre tres puertas que ponían las tres “CO…”. En una había una “CO…cina” totalmente amueblada; en el segundo había el clásico “CO…che”, y en la tercera había “CO…chambre”. Bueno, pues eligieron la puerta del “CO…chambre”.

Pues bien, hasta que te des cuenta de cuál es la auténtica puerta hacia tu plenitud, te toparás con las otras seis puertas, que en realidad no son malas. En el fondo, todos de alguna forma nos adentramos en todas ellas. Todos estudiamos para forjarnos un porvenir, todos solemos hacer algo de ejercicio, sobre todo cuando somos jóvenes, y tratamos de adquirir habilidades sociales, y nos enamoramos, y los que tenemos fe, compartimos con nuestras comunidades la misma ilusión y el mismo camino.

Pero todo esto lo vivimos durante los primeros cuatro movimientos de la Sinfonía Resurrección, especialmente durante el cuarto, que es bastante agitado. Porque la cosa no va a ser fácil. No lo es para nadie. Y los místicos avisan de que este no es un camino de rosas, ni mucho menos. Pero es el único camino.

¡Ay, si supiéramos ver en la Vida de Jesús de Nazareth su más íntimo significado!

Tan enredados hemos estado durante veinte siglos en temas doctrinales y litúrgicos, que a penas muy pocos se han dado cuenta de que el nacimiento, la vida y la muerte de Jesús de Nazareth es, a ver si te enteras, tu propia vida… pero tu propia vida interior, tus paisajes más íntimos, donde Él habita, quieras o no.

Tendrás que volver a nacer pobre, de una mujer y además virgen.
Tendrás que vivir en la humildad y en la cotidianeidad de las personas normales y corrientes durante prácticamente toda tu vida. Renunciar desde lo más profundo de tu ser a la fama y a las adulaciones de los que esperen algo de ti.
Tendrás que luchar contra tus propias debilidades.
Tendrás que hacer una y mil veces cuarenta días de desierto interior.
Tendrás que renunciar a prácticamente todo, vivir el desapego, el vaciado total de ti mismo.
Tendrás que  bautizarte en el Espíritu, es decir, cruzar el umbral de la séptima puerta.
Tendrás que ser testimonio de tu propio tesoro escondido que acabas de descubrir, y hacer discípulos que sin tú quererlo te seguirán, porque empezarás a ser “luz del mundo”.
Tendrás que caminar sobre las aguas.
Y harás callar tempestades.
Y curarás enfermos.
Y harás ver a los ciegos.
Y harás que los cojos recuperen sus piernas.
Y alimentarás a los hambrientos.
Y darás agua pura a los que padecen sed.
Y hasta resucitarás a los muertos.
Y serás manso y humilde de corazón.
Y serás misericordioso.
Y serás limpio de corazón.
Y trabajarás por la justicia.
Y serás pobre de espíritu.
Pero llorarás.
Y serás perseguido por Su causa.
Y finalmente padecerás y sufrirás bajo el poder de Poncio Pilatos.
Y te darán muerte; o al menos tratarán de hacerlo.
….. Pero finalmente…

 
¡¡Resucitarás!!

Ahora bien, fíjate que lo primero de todo es “volver a nacer en un pesebre, de una mujer y virgen”

Es decir. Tú, ahora eres tú. Te miras al espejo y te ves a ti. Y podrás decir que todo lo que he relacionado es lo que podrás hacer tú.


 
 Pues va a ser que no.

 

El que ves ahora, al mirarte al espejo es una pura ilusión de tu propio pensamiento.

Ese que ves reflejado es una simple máscara, relativamente útil para los asuntos de aquí abajo, pero absolutamente inútil para lo que te espera tras el umbral de la séptima puerta.

Así que todo el proceso ascético de “morti-ficacion” (mortis-facere), consiste en morir a ti mismo, en conseguir quitarte la máscara de ti mismo, de ti misma que ves en el espejo. Y eso va a doler, y va a costar. No va a ser fácil. Porque nada de lo que supuestamente vas a hacer, incluso hasta padecer bajo el poder de Poncio Pilatos, lo vas a hacer tú. Tú eres sólo un medio que Él empleará para manifestarse ante los hombres “con toda su realidad”. Si no lo entiendes, no te preocupes. Es más me preocuparía que lo entendieras ahora. Déjate llevar y no trates de entender. Recuerda que la cosa no consiste en ver para creer, sino en creer para ver.

Aquí radica un poco la diferencia entre las sendas de la Vida Interior y las técnicas de relajación y antiestress que nos ofrecen los neoeristas, como si en un plis plas, pasáramos de cómo somos nosotros ahora, a convertirnos en seres angelicales practicando las asanas que nos enseñan nuestros profesores de yoga.

Esto no va a ser ningún juego divertido.

Pero es, créeme, el único camino hacia tu Plenitud, hacia tu encuentro más íntimo con tu Creador, con el Padre que espera a su hijo pródigo todos los días con los brazos abiertos.

Nuestros grandes místicos describen los paisajes interiores básicamente de dos formas, la primera como un camino. Así lo describe San Juan de la Cruz en su magistral “Subida al Monte Carmelo”, o Santa Teresa de Jesús en su “Camino de perfección”. Pero también se describe como un proceso de interiorización hacia las más profundas moradas de nuestro castillo interior. En un símil, nos situamos ante una puerta que abre el paso a la “senda estrecha”, de la que habla Jesús, y por otro nos sitúa en los arrabales de nuestro propio castillo interior, del que, pásmate, desconocemos siquiera que existe. Así que el proceso no es de salir a ninguna parte, sino el de entrar a tus propios adentros, en tus más profundas honduras (lo que decíamos de la séptima puerta, en caso de emergencia, permanezcamos sentados en nuestro sitio, que es la mejor salida”).

Pero en cualquiera de los dos casos, hay una constante que se repite siempre, que es la absoluta necesidad de limpiar nuestro templo, de vaciarlo de absolutamente todo.

Abordaremos todas estas parábolas del Reino de los Cielos. Como camino interior, como castillo interior y como templo vacío.
Pero antes, vamos a comenzar por el principio, que decíamos.

Primero de todo toca nacer de nuevo, de una mujer y además virgen.

Con el debido respeto a los exégetas y hermeneutas que saben mucho más que yo de estas cosas, pues tienen estudios, me voy a atrever simplemente a narrar mi propia experiencia, tal y como la estoy viviendo.

No me quiero enredar en asuntos doctrinales, del que seguro saldría mal parado. Lo digo por si algún cura lee esto y se rasga las vestiduras.

Lo siento en el alma, pero no escribo nada que haya estudiado, sino que estoy viviendo y por otra parte corroborado con aquellos que sí tienen autoridad para describir lo que ellos a su vez experimentaron. Me refiero a mis maestros.

Mis maestros y mis fuentes son a estos efectos San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Meister Ekchart, Lao Tse, Buda y Krisnamurti, preferentemente; todos ellos como expositores de la filosofía perenne que ha tenido su clímax en el Evangelio de Jesús de Nazareth, que es Patrimonio de toda la Humanidad.

Y como se diría en terminología naval… “babor y estribor de guardia, listos para salir a la mar”.

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lunes, 1 de noviembre de 2010

33.- En memoria de todos los Santos de Dios

 





 

Hoy, 1 de Noviembre, es un día muy señalado para mí.

Es un día en el que nuestra amiga la muerte es la protagonista.

Cada cultura la trata de una forma diferente, pero en todos ellas, su sola mención nos provoca un escalofrío que recorre todos los centímetros de nuestra piel.
 
Pero además es el día de todos los santos de Dios. De “todos”.
Brindo por ellos.
Y para ello, os voy a explicar una bellísima historia, mezcla de la amargura de la muerte y de la esperanza del encuentro con el Espíritu Sagrado.


Escucha esta danza mientras lees: Ly-o-lay-ale-loya
http://www.youtube.com/watch?v=fMNMWZM1Jp8


Dejar caer el manto

El Sendero de Lágrimas (en inglés, Trail of Tears)   se refiere al traslado de los choctaw en 1831 y los cheroquis en 1838 al Oeste de los Estados Unidos. Como consecuencia de esta migración se estima que murieron unos 4.000 indios cherokees. En el idioma cherokee, este evento se designa como «Nunna daul Isunyi», que en español podría traducirse como «el camino donde nosotros lloramos».
El Trail of Tears fue el resultado de la aplicación del Tratado de New Echota, un acuerdo firmado según provisiones del Acta de Remoción India de 1830, que intercambiaba territorios amerindios en el este por otros al oeste del río Mississipi, pero que nunca fue aceptado por los dirigentes elegidos por la tribu ni por la mayoría del pueblo cheroqui. A pesar de ello, el presidente Martin Van Buren hizo que se cumpliera, enviando tropas federales para reunir a unos 17.000 cheroquis en campamentos antes de ser enviados al Oeste. La mayoría de las muertes ocurrieron por enfermedad en esos campos. Después de reunirlos, las Fuerzas Armadas de EE.UU. jugaron un papel limitado en el viaje en sí, siendo la Nación Cherokee quien tomó la supervisión de la mayor parte de la emigración.
Los Cherokees no fueron los únicos nativos americanos a quienes se forzó a emigrar en esos años, y por ello la frase Trail of Tears a veces es usada para referirse a eventos similares sufridos por otros pueblos indígenas, especialmente por las Cinco Tribus Civilizadas. De hecho, la propia frase puede que se hubiese originado como descripción para el traslado de la Nación Choctaw.

 
Pues bien, los indios Cherokees refieren el hecho de morir como el momento de “dejar caer el manto”. Así explicaba Águila Blanca, el gran jefe de los 17.000 indios Cherokees deportados desde Carolina del Sur hasta la margen Oeste del Mississippi, a un niño de once años, “Pequeño dedo”, cómo su madre, “Estrella Silenciosa” dejó caer suavemente su manto, cuando la neumonía que sufría por el frío polar de aquel nefasto invierno de 1835 le arrebató la vida,  y cómo sus lágrimas, derramadas al caer en tierra, se desecaban, y la sal, que representa el espíritu era arrastrada por la lluvia hasta los ríos que van a parar al Océano, donde el Espíritu Sagrado, que en él habita las acoge en su seno.

 
Este poético relato de Grian, titulado “El sendero de las lágrimas” es una muestra de cómo una vida profundamente espiritual es capaz de verle sentido al sufrimiento, y esperanza al incuestionable hecho de morir.

 
Nuestra visceral aversión occidental al riesgo nos aferra a la obsesión de asegurarlo todo, la casa, el coche, los electrodomésticos, la salud, la propia vida… por si acaso.

 
La Eternidad no se puede asegurar, ni con dinero, ni con rituales religiosos.
La Eternidad es un cara a cara con Dios, un “yo” ante el abismo que nos asusta como el que se enfrenta ante lo desconocido. Sólo si aprendemos durante esta vida a morir a nosotros mismos para aceptar dejarnos amar por Él, soltar los mandos de nuestra nave y “confiar” en Aquel del que recibimos la vida eterna, la muerte se transformará de miedo a la noche, a la esperanza de un nuevo amanecer.

 
La vida humana es un amplio ciclo de nacimiento, crecimiento, madurez, envejecimiento y muerte. Hay una diferencia abismal entre aceptarlo y aceptarlo; entre aceptarlo con la mente, a aceptarlo con el corazón, con el hondón del ser, con nuestro espíritu, con el alma consciente.

 
El secreto de la paz interior ante el principal de nuestros eventos que es el tránsito a la Vida con mayúsculas, comienza con aprender a aceptar la caída de las hojas de los árboles. Aceptar que todo pasa, ver a Dios en todo lo que nos suceda y suceda; aprender a que nada permanece, como afirma Heráclito, sino sólo Él, y nosotros con Él. Aceptar vender lo que tenemos, aceptar nuestra cruz y seguirle.

 
En este “saber ver lo que sucede” se incluye el aprender a no juzgar, a no emitir juicios de valor, a sacarnos primero nuestra viga del ojo para después y en su caso sugerir que nuestro hermano se saque la brizna del suyo. Aprender a dejar nuestra ofrenda en el altar para irnos a reconciliarnos con quienes tenemos cuentas de conciencia. Aprender a no juzgar, para no ser juzgados.
De esta forma, contemplando la vida tal cual, aprendiendo a amar “lo que es”, ¿quién dijo miedo a un Padre que nos espera con los brazos abiertos? Porque así, el Juicio final (auténtico terror de tantos y tantos cristianos), será simplemente el final de todos los juicios.

 
Los que hayan optado por el imperio del egoísmo, Dios obedeciendo su libertad, les dejará viviendo en el mismo infierno en el que convirtieron sus vidas y las de los demás que tuvieran la desgracia de conocerles. O algo así.

Como caen las hojas de los árboles


“Ver cómo caen las hojas de los árboles”…
 


Nos dice que estamos en otoño.
El otoño es una estación del año que invita a la melancolía al ver como inexorablemente el esplendor de la vida que explosionó en primavera y alcanzó su esplendor en verano, poco a poco va apagándose, los árboles pierden sus hojas, el frío se adueña del ambiente, las aves migratorias emprenden su viaje a zonas más cálidas del Planeta, los días acortan, la oscuridad de la noche va adueñándose de nuestros días, y la tristeza de lo que fue y ya no es nos embarga el corazón. Tanto más es esto cuanto sabemos que irremediablemente el frío intenso y las nieves cubrirán con la llegada del invierno toda la faz de nuestra tierra.
Y la vida parece apagarse, morir.

 
Si nuestra tristeza no es absoluta es porque sabemos que tras el invierno, la primavera volverá a adornar nuestra vida y la naturaleza volverá a brillar con todo su esplendor.

 
Aprender a ver, a contemplar “cómo caen las hojas de los árboles” es una preciosa imagen de lo que debería ser toda nuestra vida.
Podréis decir que es una imagen bastante triste de la existencia regodearnos en cómo se nos va la vida de las manos.

 
A los veinte años de edad, a los treinta a los cuarenta no se nos puede pedir tener esta actitud ante la vida, con lo mucho que nos queda por vivir. Que un anciano se lo vaya pensando, todavía, ¡¡pero un joven!! Es demasiado exigir esto a alguien que tiene toda la vida por delante.

Carpe diem

¡Carpe diem! Decimos. Vivamos el momento. Esta frase, acuñada por Horacio, poeta allá por el 65 AC nos anima a vivir el presente, a no malgastarlo, porque es lo único que tenemos. “La vida es lo que sucede mientras nos lamentamos por nuestro pasado y nos preocupamos por nuestro futuro”. Esta frase es atribuida a John Lennon, pero en realidad es de Jesús de Nazareth, “bástale a cada día su afán”.

 
Si bien el sentido positivo de estos mensajes es “vive el presente” porque es lo único que tienes, y deja el futuro a tu Padre que está en los Cielos, “como hacen los lirios del campo”, la adulteración de estas máximas es “vivamos que mañana moriremos” Es decir, aferrémonos a esta vida porque es lo que tenemos. No hay más cera que la que arde.

 
Efectivamente, a pesar de todas nuestras creencias y prácticas religiosas, vivimos “como si…” esta fuera la única vida que tenemos. Porque es la única que conocemos.

 
El vértigo ante la Eternidad

 
El infinito, la eternidad, la trascendencia del ser es algo inconmensurable, que rompe todas las reglas, todas las doctrinas, todos los sistemas de pensamientos y todas las liturgias. 


 
 

Cuando el ser humano se enfrenta realmente ante la eternidad, es en el trance de la muerte. Hasta entonces, podemos pensar, reflexionar, ver cómo otros seres humanos mueren; unos más allegados, otros conocidos y otros, simples estadísticas de las tragedias jaleadas por los medios de comunicación.
Hasta entonces, los humanos podemos llegar a creer que dominamos nuestro destino, que nuestras prácticas religiosas se comportan como nuestro seguro de trascendencia. Pero cuando llega el momento, resulta que puede que todo se derrumbe como un frágil castillo de naipes, por muy sólida que hayamos considerado que es nuestra fe. 

 
En el momento de la muerte, tonterías las justas. Si la fe que afirmamos tener está tan sólo sostenida por una más o menos estructurada práctica religiosa, puede que de repente nos encontremos ante un abismo con una sensación de vértigo jamás imaginada.

 
En el mundo de lo tangible, solemos tener la creencia de que “esto está controlado”. La Ciencia casi lo explica todo, y la Medicina, “casi” lo cura todo. Las ciencias positivas y la filosofía y psicología social nos han dado la falsa sensación de ser los dueños de nuestra vida. Doctrinas filosóficas como la teoría del superhombre de Nietzsche, nos han hecho creer capaces de todo lo que nos propongamos. La alimentación exagerada de la autoestima nos está dando la falsa sensación de totipotencialidad sin necesidad de un Dios al que acudir. Huelga explicar las consecuencias que ello está provocando.
Pero, inmersos en esta falsa sensación de superpoder personal, lo que no ha podido pasar al terreno de las ciencias positivas ha sido el mundo de lo sutil, de lo trascendente, de lo eterno. Ahí ha habido teorías para todos los gustos, y ahí ha sido donde las religiones han forjado todo un sistema dogmático que han ofrecido a sus seguidores explicación sobre lo que hay después de la vida terrenal.

 
Pues bien, si algo hay extremadamente cercano al ser humano y que está rodeado de autentico temor porque nos sitúa en la frontera entre el mundo material y el “otro”, es la muerte.

 
La muerte está considerada en Occidente, a pesar de la fe cristiana, como un suceso horrible, el fin, la aniquilación, la destrucción de la vida, tanto que la Medicina busca como objetivo final la propia inmortalidad física. La muerte es uno de los cuatro jinetes de la Apocalipsis.  Aunque bien es verdad que en general, las grandes religiones monoteístas proclaman la vida eterna, ésta ha estado muy centrada en el riesgo cierto de, si no obedecemos las reglas y normas de moral dictadas por el Magisterio, el riesgo de toparnos con el espantoso infierno es bastante probable. No sé si el temor a la muerte (porque es pánico lo que tenemos) lo es por el trance doloroso del óbito, o por lo que nos espera al morir en pecado mortal, por no saber qué será de nosotros, si aprobaremos o no el Examen Final. Es el dilema entre un Padre bueno o un Juez implacable.

 
El problema, por tanto es extremadamente serio, como para tomárselo a broma. Pues la base de todos los sentimientos que nos genera el hecho de morir es el miedo a, realmente no saber qué hay detrás del umbral, aunque recitemos el Credo todos los domingos en misa.

 
La diferencia entre abordar la muerte con serenidad o con miedo depende de hasta qué punto nos creemos lo que decimos que creemos.
Se nos despiertan todas las alarmas, y desde lo más profundo de nosotros, todo nuestro ser se revuelve ante el hecho de la aniquilación de lo que creemos, hemos sido hasta ahora.

 
Se muere nuestro yo. Me muero “yo”. Pero ¿quién soy yo?

Me llamo “yo”

Aunque no os lo creáis, este es el quid de la cuestión. Quién soy yo. Quién es ese que veo ante el espejo. ¿Un cuerpo mortal, una mente que se pregunta sobre sí misma, un espíritu callado?

 
Hace 2500 años que los grandes pensadores, entre ellos Gaitama Sidharta Buda, se dieron cuenta de que “yo soy lo que mi pensamiento ha elaborado sobre mí”. Desde entonces sostienen esta misma afirmación. Ese yo es como el simpático muñeco de guiñol, del que Fidel Delgado suele hacer una semejanza a cómo somos nosotros, (somos "yo", pero poco, y que me creo puedo hace lo que quiero, cuando no tengo ni idea de que estoy unido al brazo que me da la vida y el movimiento.


Y hace 2000 años el Maestro Jesús nos dijo que somos ramas de una Vid que nos da la vida. La rama se puede creer que es ella la que vive y da fruto. Es categóricamente lo que todos creemos en el fondo cuando en realidad todo depende de la savia que recibe de la Vid, quiera o no.


Cuando el joven rico dijo a Jesús que él ya cumplía la ley y los mandamientos, le dijo en lenguaje actual, más o menos esto:


“Maestro, yo voy a misa todos los domingos y fiestas de guardar, yo confieso mis pecados cada tres meses, yo rezo por la mañana y por la noche mis oraciones, yo pongo una equis en la declaración de la Renta, yo no robo, trato de no hace daño, de honrar a mis padres, de educar a mis hijos, rezo el rosario de vez en cuando, no digo palabrotas ni veo revistas guarras”.
“Muy bien, chavalote. Fenómeno –le respondió Jesús-. Pero te falta un pequeño detalle…
“¿Cuál, Maestro?” –contesta el joven asombrado-.
Simplemente, deja de ser tú, y renuncia a todas tus riquezas, admite tu cruz y me sigues. Ah, y que sepas que no tendrás dónde reclinar la cabeza”.
El joven, que tenía un “yo”, con todos sus “mis”, bastante apañao, se acongojó y dijo “jopé, cualquiera deja todo lo que he conseguido con mi esfuerzo y con el sudor de mi frente (mis títulos, mi casa, mi coche, mis acciones del banco, mis éxitos profesionales, mis, mis, mis) a cambio de no tener dónde reclinar la cabeza. El Maestro está como una chota”. Y se fue con su “yo apañao” y todos sus “mis”.

 
Pero resulta que cuando uno se enfrenta a la muerte se da cuenta por primera y lamentablemente última vez en su corta vida de que su “yo apañao” no le sirve para cruzar el umbral, que aquí se queda, que se “acabó la vaina”.
Posible el Maestro tenía razón.

Saber vivir el morir


Se puede describir lo anteriormente dicho y sus consecuencias con esta forma gráfica de escribir la frase “saber vivir el morir”. Creer en el hecho de que el hombre es algo más que cuerpo y mente, radica la inconmensurable diferencia entre saber vivir el proceso de la muerte como un tránsito en un fluir continuo de la vida desde un estadio de vida física a vida espiritual, “V”, o como el fin de todo, “M”.
Esta es otra de las grandes lecciones que he recibido de mi gran maestro Fidel Delgado Mateo.







La “V” describe la vida como una fase de nacimiento, entrada en el mundo físico para progresivamente experimentar el proceso ascendente paulatino en dirección hacia la inevitable salida de este mundo, de modo pausado (con preparación psicológica y espiritual), hasta salir.
La “M” describe la vida como una montaña rusa de subidas y bajadas, dominada por la constante del Miedo. Miedo a vivir y miedo a morir, bien por los temores proyectados por las reglas impuestas por la tribu e incrementados por nuestro particular imaginarium. Miedo al fin y al cabo.
Para una cantidad inimaginable de seres humanos, el motor de la vida es el miedo. 

 
La vida se escribe para millones de personas con “M” de miedo y de muerte, a pesar de la promesa de una vida eterna, y que nadie tiene en el fondo claro que existan garantías de morir en gracia de Dios, condición sinequanon para entrar en el Reino de los Cielos. Y esa “M” es como un muñeco de cuerda al que todos los días se la damos para recibir nuestra dosis de susto diario, que nos mantiene despiertos y vigilantes, porque no sabemos ni el día ni la hora.

Para saltar de la “M” a la “V”, para saber vivir la muerte, el alma tiene que estar despierta, ha de tomar conciencia de sí misma. En este sentido, la vida de fe ofrece algo más que el puro ritualismo de las prácticas religiosas (no basta con considerarse “católico practicante” ¿qué será eso?). Una vida reducida en ir a misa los domingos y no putear demasiado al vecino no es suficiente para encaminarnos hacia la senda de Dios.
La muerte nos enfrenta de bruces con el abismo insoldable del Océano de Dios. Sólo el que haya tenido en vida experiencia personal de Dios puede enfrentarse a la muerte con la serenidad de alguien que sabe hacia dónde se encamina, que hay Alguien esperándole “al otro lado” con los brazos abiertos.
El Maestro tenía razón: “vende todo lo que tienes, toma tu cruz y me sigues”.
Esto es morir a uno mismo. “El que quiera ganar su vida la perderá, y el que la pierda, la ganará”.

 
 «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.  El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí.  El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.  Mateo 11.

Son tantos los pasajes del Evangelio que nos están diciendo que tenemos que saber morir antes de morir para comprobar que la muerte no existe, que posiblemente ni nos hemos dado cuenta.

 
“Saber morir antes de morir, para comprender que la muerte no existe”

 
Esta frase de Eckhart Tolle, y todo el Evangelio de Jesús nos dan un mensaje clarísimo. Tenemos que experimentar la muerte de nosotros mismos, antes de morir. Este es el fundamento de la séptima puerta.


Esto puede parecer un contrasentido, una aberración, una rayada mental, pero no es ni más ni menos que “la senda estrecha”, entrar por la séptima puerta,  que tanto fastidia a los que estamos llenos de nuestras cosas de mi “yo” de “mis” riquezas. Es la senda de la “morti-ficación”.

Preguntas sin respuestas

En un día como hoy, en el que la Iglesia católica celebra la fiesta de todos los santos, el cura nos decía en misa que estamos celebrando la memoria de aquellos santos, católicos por supuesto, anónimos, que son tal mogollón, que no caben en el santoral oficial.
En este punto, confieso que es donde se me plantean bastantes preguntas a los que la Iglesia católica no me ha dado respuestas; primero de todo porque simplemente plantearlas es ya de por sí religiosamente incorrecto, y se me puede poner en el disparadero de que se me niegue la comunión por el simple hecho de planteármelas. 


Pero en sus respuestas a mí, me va la vida.
 
Un día y no hace más que unos pocos meses escuché nada menos que de boca de un obispo la tristemente famosa frase “no hay salvación fuera de la Iglesia”. Me quedé de nuevo electrizado al despertárseme en mí los viejos fantasmas que me han aterrorizado en mi educación preconciliar.


Este hombre sin despeinarse, acaba de cargarse a las cuatro quintas partes de la Humanidad. Les niega la salvación a cinco mil millones de personas que o no son católicos, o sabiendo de la existencia de la Iglesia, han tenido la mala suerte de haber nacido en el seno de una sociedad que no es cristiana.

 
Otro día, cayó en mis manos un opúsculo editado en 1997, sobre las revelaciones de la Virgen de Fátima. No podía creer que “otra vez”, la tradicional dialéctica utilizada por la Iglesia de terror al infierno, volviese a difundirse de nuevo entre los creyentes. 

 
A modo de ejemplo, reflejo literalmente los siguientes fragmentos del texto, que se puede encontrar tal cual en esta dirección web:


http://www.mariavirgen.com.ar/apariciones/virgen_fatima.htm
 
De la primera aparición:

-Pregunté entonces: ¿Yo iré al cielo?, - preguntó Lucía a la Señora-.
-"Si irás"
-¿Y Jacinta?
-"ira también"
-¿Y Francisco?
-"También ira, pero tiene que rezar antes muchos rosarios"
Entonces me acordé de dos amigas de mi hermana que habían muerto hacia poco.
-¿Está María de las Nieves en el cielo?
-"Sí, está"
-¿y Amelia? de 18 ó 20 años
-"estará en el purgatorio hasta el fin del mundo".

 

Y de la tercera aparición:

Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevada por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor.
Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:


-"Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzara otra peor".
 
Me pregunto qué habrá podido hacer el pequeño Francisco para estar amenazado de pasar varios cientos de años en el purgatorio a sus doce añitos, más o menos, salvo que se líe a rezar tres rosarios diarios como poco. Y la otra pobre Amelia, a sus 18 años, para quedarse el ese enigmático lugar cientos, miles, o millones de años, hasta el fin del mundo, o del Planeta…, vaya usted a saber.

 
Demonios, infiernos, sufrimientos eternos y horribles…  Todo el cortejo de imaginarios que han salpicado las creencias de aterrorizados católicos como método disuasorio empleado desde tiempos inmemoriales por la Iglesia para evitar la comisión de pecados. Es decir, mientras en los grandes encuentros mediáticos del Papa se proclama la misericordia del Señor, por otro lado Fátima advierte que como “te muevas un pelo, no sales en la foto celestial”. Y no por cometer genocidios ni crímenes de lesa humanidad, sino pecados tan ridículos como faltar sin justificación a misa un domingo, o unos malos pensamientos, o tocamientos, o usar el preservativo, como método de planificación familiar para no cargarte de hijos. Etc. 

 
Desde pequeño esta ambigüedad de la doctrina me ha atormentado. Cómo es posible que Dios nos ame como  “abba” a sus hijitos pequeños y por otro lado un mal pensamiento o faltar a misa un domingo fuera motivo de condenación eterna. Es como si te condenaran al corredor de la muerte tanto por cometer el atentado del 11-M como por robar un Chupachups de una tienda de frutos secos. Aunque creo que el castigo divino no tiene comparación por ser eterno. Al menos eso interpretábamos los pobres catecúmenos allá por los años sesenta al estudiar el catecismo Ripalda (que creía superado, pero veo que no), que a la vista de las revelaciones de Fátima no iba demasiado descaminado respecto de la justicia divina.

 
¿Qué he hecho para sobrevivir? Olvidar esta aterradora imagen de Dios y de la eternidad, y entender que “no es posible semejante barbaridad escatológica”; que Dios no puede hacer una basura tan despreciable como nuestros pobres corazones. Lo que no implica que el pecado quede sin castigo. Es decir, he vivido tratando de ser una buena persona, y esperar a qué Dios no sea demasiado severo contra mis debilidades y limitaciones, que no “grandísimas culpas” cometidas con dolo,  alevosía y ensañamiento como se me obliga a reconocer en el “yo pecador”.

 
Bueno, pues resulta las palabras de la Virgen de Fátima, por lo que cuenta Lucía, son verdad. A poco que te desvíes de la senda del Rosario te arriesgas, como poco, a pasarte una prolongada temporada en el purgatorio (cientos o miles de años sufriendo no sé qué tipo de tormento, con la única esperanza de que al final serás salvo… ¡menos mal!).

 
Yo honestamente hablando, no puedo vivir así. Este tipo de extremos doctrinales, hacen de ellos una exigencia demasiado dura como para creer en ellos. Lo lamento muchísimo.



Estas son de esas cosas que hacen del dogma católico en algunos aspectos una prisión espiritual e intelectual, que obliga a asumir una serie de creencias que, realmente, no creo que aporten valor añadido al hecho de emprender el Camino de regreso a casa.


Mi maduración en la fe, me ha llevado paradógicamente a esta situación anímica, espiritual. Lejos de ser un piadoso católico, me he convertido en un rebelde ante un cuerpo doctrinal que en determinadas cosas es agobiante, no me deja respirar, y por otro, me ha hecho descubrir mis moradas internas, donde Dios habita. 

Madurar en mi camino por la sexta puerta de la Comunidad católica me ha dirigido directamente a la séptima, pero en la séptima puerta resulta que además de a los místicos cristianos como William Law, San Juan de la Cruz, Teresa de Jesús o Meister Eckhart, me he encontrado con Lao Tse, Sankara, Rumi o Buda.
 
Es por ello que cuando leo y medito los textos de Buda, o de Lao Tse, o el calvario de los Indios Cherokees, concluyo con un “no puede ser”. No puede ser que todos estos hombres y mujeres y sus seguidores que se cuentan por miles de millones, que han vivido honestamente, por el hecho de no haberse topado con la Iglesia católica, tengan que estar condenados al infierno.

 
Y si no es así, ruego encarecidamente a la Iglesia católica que lo explique de una puñetera vez y se desdiga de tantas erróneas consideraciones, que sólo aportan dudas y temores. Lógicamente, la respuesta será la callada.

 
Esto es lo que me ha convertido en un cristiano de frontera, católico practicante con un pie en el seno de la Iglesia católica, pero con el otro en los territorios de aquellos a los que la Iglesia llama infieles o paganos, y que les tiene vedado el Reino de los Cielos.

 
Tengo una especial simpatía por los Indios americanos. Me pregunto si en mis vidas anteriores, en alguna de ellas, fui uno de esos cherokees o sioux, que cabalgó por las anchas praderas a lomos de un veloz caballo. El hecho de la reencarnación no es algo que lo perciba como imposible; es más, me parece que es una forma de materializar ese purgatorio que nadie sabe explicar lo que es ni en qué consiste. ¿Qué pasa si esta vida que vivimos es nuestro proceso de purgar por las vidas anteriores en las que no nos portamos del todo bien? ¿Qué pasa si la reencarnación es un proceso continuo de perfeccionamiento interior? Tras leer casi todos los libros de Brian Weiss, reconozco la reencarnación como una seria posibilidad. No la afirmo, pero tampoco la niego.

 
El Espíritu de Dios, necesariamente tiene que cubrir toda la faz de la Tierra, y tiene que abrazar a todos los seres humanos sin excepción, a pesar de que esta no sea la doctrina oficial de la Iglesia católica, para la que tan sólo los católicos (y a haciendo un gran esfuerzo, el conjunto de los cristianos), tienen derecho a gozar de Dios.

 
Es por ello que este día tiene que ser realmente la fiesta de todos los Santos de Dios, sin excepción, y una motivación para desterrar los terrores de una fe tan sincera como ingenua.


*

domingo, 31 de octubre de 2010

32.- La Séptima Puerta



La séptima puerta es diferente a todas las demás. La séptima puerta, entre otras cosas no se puede identificar con ninguna escotilla de emergencia, ni hay que moverse del asiento para acceder a ella.

El rótulo de la séptima puerta, dice así:

“En caso de emergencia, permanezcan sentados, que es la mejor salida”.


 
Es decir, la séptima puerta es una puerta hacia el interior de uno mismo, no hacia el exterior del Confinador.

Las otras seis puertas, incluida la sexta que se refiere a la práctica religiosa convencional, son puertas supuestamente hacia el exterior de tu pequeño mundo, una huida de la situación que vives, pero en realidad no sales del Confinador; en el fondo sigues en él, porque todo lo exterior a nosotros forma parte del Confinador, porque simplemente forma parte de “todo lo que existe” regido por el continuo espacio-tiempo. 

La séptima puerta se abre a otra dimensión, fuera del tiempo y del espacio.

Se abre al desconocido mundo del interior de nosotros mismos.
Es la puerta hacia la Vida Interior, donde habita la Divina Realidad, sin que nosotros nos hayamos dado cuenta.

Si pensamos un poco, las seis salidas son salidas hacia afuera de nosotros, hacia “hacer”, hacia “practicar”, “entrenarnos”, “adquirir habilidades y conocimiento”, “celebrar actos de culto”. Son alternativas “exotéricas”, es decir, de nosotros hacia afuera, para buscar la solución afuera. Hago notar que el cuerpo físico que tratamos de mantener bello y joven está también fuera de nosotros, es la cubierta física, biológica que nos da el soporte físico para deambular por aquí, por el Confinador. Y las capacidades, conocimientos y habilidades, también son recursos para relacionarnos “hacia afuera”. Es “yo” frente a todo lo que me rodea, que es distinto de mí. Incluso la sexta puerta es vivida por el común de las gentes como una puerta hacia afuera, hacia un Dios que está ahí, en el templo, en el sagrario, en una imagen, en un santuario al que hay que peregrinar.

Fijémonos que tradicionalmente a los católicos se nos suele dividir en católicos practicantes y católicos no practicantes. Los primeros son en pocas palabras los bautizados (con partida de bautismo en mano), que van a misas los domingos. Los segundos son los bautizados que no van a misa. Y ya está; nos quedamos tan panchos. Los unos son los buenos y los segundos son los tibios y flojos en la piedad. Aquí está, creo yo, la razón de que el poeta musulmán tuviera razón al decir que los cristianos tenemos una fe tan sincera como ingenua. Inclusive, si uno es practicante de comunión diaria y al salir de la iglesia y bajar al arena del mundo está dispuestos a competir con la daga entre los dientes por un puñado de dólares, hace que lo que me advertía una persona muy querida (mi padre), “hijo, no te fíes de ese que es de comunión diaria”, puede que hasta tenga sentido.

Ser de comunión diaria es una rutina que puede ser expresión de la más elevada piedad, o de la más elevada hipocresía, según sea el interior de esa persona. "Por sus obras les conoceréis", no por sus prácticas religiosas. Y antes se atrapa a un mentiroso que a un cojo.

Si la vida de fe se reduce tan sólo a prácticas religiosas basada esencialmente en lo ritual, nos estaremos acercando peligrosamente al significado etimológico de “fanatismo”, que viene del latín “fanum”, templo, que significa, perteneciente al templo. Una excesiva avidez por lo ritual, sin Vida Interior, convierte la vida de fe en ceremonias huecas y vacías de contenido. Al fin y al cabo, el templo, por muy sagrado que sea, es tal sólo un edificio de piedra o ladrillo. La práctica religiosa basada principalmente en ritos, es la canalización de lo sagrado, por muy solemne que sean las ceremonias.

Llegará el día en que ni aquí ni en Jerusalem adoraréis al padre, sino en espíritu y en verdad, le dijo Jesús a la samaritana.

La séptima puerta, que es la que nos introduce directamente en la espiritualidad desnuda de todo, y  da sentido a todo lo demás, hasta al fitness y a las diversiones de fin de semana. 

La séptima puerta es la que da sentido a la propia Vida, y la que nos hace descubrir el sentido profundo que tiene la liturgia. 

La gran paradoja que sufrimos los que tratamos de buscar la verdad, radica en que el escenario que se nos muestra ante nuestros ojos es como un holograma, que según se mire, podemos ver una imagen u otra; del mismo modo, la educación y la tradición nos muestra una misma realidad pero con dos caras. A ver si me explico. La primera es la que literalmente se nos muestra en el proceso de aprendizaje, y que trata de transmitir a todo ciudadano que abre sus ojos de niño al mundo, de qué va esto. Y es más o menos como lo hemos descrito, los trajines de la vida diaria y los conocimientos necesarios para competir (honestamente) por un pedazo de pan o un puñado de dólares. “Fíat homo”. Hágase el hombre dentro de un Confinador vital.

Lo que no se nos dice es cómo salir de él, cómo trascender a él. Porque todo está diseñado para pasar nuestros días y nuestras horas dentro de él, lo mejor que se pueda.

Esto que viene a continuación es tremendamente importante:

La aventura de la séptima puerta sorprende nada más descubrir sus características, primero, porque así te desojes buscándola, no la vas a encontrar como podrías encontrar las otras seis. Segundo, si la descubres, sorprende descubrir dónde está, en ti mismo, en tu interior, en lo más profundo de tu ser; por lo que acceder a ella supone no moverte del sitio, 
seguir viviendo en el Confinador, que es donde el Creador te ha puesto mientras vivas esta vida física, donde has de permanecer, porque tienes una misión que cumplir. 
Luego la séptima puerta no supone ninguna huida de ninguna parte hacia ninguna parte; vas a seguir viviendo la vida que vives, en las mismas circunstancias que hasta ahora; entre otras cosas, tendrás que seguir pagando impuestos a Hacienda; se siente.

Tercero, sin que nada cambie en tu pequeño mundo (donde seguirás viviendo), la transformación interior que vas a experimentar es absolutamente indescriptible; el plano de la Realidad que se te abre ante tus ojos, es inimaginable.

Y como valor añadido a todo esto, descubrirás que muchas cosas que hasta ahora no tenían sentido, son tan evidentes que te preguntarás “cómo he sido tan ciego”.

Para que todo esto sea Real, el alma ha de experimentar la iluminación, una experiencia de la que se habla poco en la práctica religiosa convencional, porque para una fe ritual no es necesaria, pero para vivir la espiritualidad en plenitud, sí.

Esta es la base de la segunda parte de lo que pretendo exponer, “fiat lux”.

Recapitulación

1.- En resumen, en el fondo no se trata de salir de ninguna parte, sino de descubrir una Realidad dormida, "nosotros mismos", nuestra más íntima y profunda Realidad, donde Dios habita.

2.- Se nos ha dicho que hay que huir de este mundo . Unos lo ven desde el aspecto doctrinal (mundo, demonio y carne), enemigos del alma. Otros desde el aspecto utilitario de estar cansados de este trajín y escapar a unas vacaciones psicológicas con técnicas de descanso de la mente a base de mantras, técnicas de relax y música New Age, que te deja superlaxo. 

3.- Las supuestas alternativas de salida del Confinador  son de tres tipos, la primera alternativa se basa en la práctica de habilidades y adiestramiento basado en las capacidades estrictamente humanas. En torno a este adiestramiento, los occidentales hemos sido capaces de hasta desarrollar algo parecido a una religión sin Dios.

4.- La segunda y tercera alternativa, ambas entran en el ámbito de lo religioso, pues el objetivo de ambas es “religar”, volver a unir al ser humano con la divina realidad. Pero entre la segunda y la tercera hay serias diferencias.
 
5.- La segunda alternativa, que supone la sexta puerta, la vamos a denominar la vía “dogmático-litúrgica”. Se basa en abrazar una confesión religiosa concreta, el islam, el hinduismo, el sintoísmo, el catolicismo (o cualesquiera otras confesiones dentro de la esfera cristiana). Esta segunda alternativa se basa por una parte en aceptar una serie de dogmas, realizar una serie de prácticas religiosas y cómo no puede ser de otra manera, vivir dentro de una disciplina moral concreta. Estas tres asunciones están descritas en tres ramas de la teología, la teología dogmática, la teología litúrgica y la teología moral. Tomar esta alternativa supone la intervención imprescindible de los sacerdotes, como intermediarios entre Dios y los hombres, ya que a ellos se le encomienda la formación dogmática y moral, así como la administración y celebración de los actos litúrgicos, lo que está vedado al pueblo llano.

6.- La tercera alternativa, que supone la séptima puerta, consiste en tomar “la vía directa”, la que sitúa al ser humano, sea cual sea su procedencia étnica, cultural e incluso religiosa ante Dios, ante la Divina realidad. Es la vía “ascético-mística”. Está descrita por los místicos de todas las épocas, con independencia de la religión que profesen. Supone un punto de convergencia asombroso entre religiones, por lo demás, totalmente diferentes entre sí en las creencias y en las formas, si nos atenemos sólo al componente dogmático y litúrgico. Este hecho esencial en la Historia de la Humanidad, de que místicos de todas las épocas, al menos a través de sus escritos vivenciales, nos muestren que el camino directo hacia Dios es único y directo, nos aporta una luz, un rayo de esperanza, de que en algún momento, los seres humanos nos podríamos dar la mano, con independencia del hábito que vistiéramos nosotros y le intentemos poner al mismísimo Dios. Esta tercera alternativa, la desarrollan las teologías ascética y mística.

7.- Mientras la séptima puerta abre la vía directa, y permite que todos los seres humanos nos podamos dar la mano y caminar juntos hacia el Padre eterno, la sexta puerta abre una vía circunfleja, absolutamente condicionada por dogmas, creencias particulares, preceptos religiosos y prácticas rituales, que dividen y han dividido a la Humanidad en centenares de facciones mutuamente excluyentes, y habitualmente enemistadas unas con otras, al extremo de haber generado las guerras más sangrientas que el mundo ha tenido que sufrir y soportar. Mucho más se ha matado y masacrado en nombre de Dios que en nombre del diablo, no lo olvidemos.

Y ahora viene la pregunta del millón. ¿Para entrar por la séptima puerta, hace falta entrar primero por la sexta y darse una vuelta por los caminos que desde esa puerta se tienen que recorrer? ¿O un ser humano puede entrar directamente por la séptima?

En realidad sería lo mismo que se discutió en el Primer Concilio de Jerusalén, donde se planteaba a los gentiles la exigencia o no de que para ser cristianos, primero debían de circuncidarse para ser judíos y luego bautizarse, o directamente uno se bautizaba y listo.

La respuesta es complicada, porque si bien es verdad que realmente no es necesario entrar por la sexta para luego salir por la séptima puerta, la cuestión es que la posibilidad de que un ser humano encuentre la séptima puerta por sí mismo, por sí solo, es más bien remota, enredados, como estamos todos en nuestros asuntos de aquí abajo; y además, el mundo nos atrae hacia sus más sugerentes gilipolleces de una forma difícilmente eludibles.

Además, nadie puede caminar solo. Necesitamos una comunidad a la que pertenecer.
El problema es que, como los convoyes navales, que han de navegar a la velocidad del más lento de los buques para no deshacerse, las comunidades, en su conjunto, tienen que caminar a la velocidad del común de las gentes, que supone ir bastante despacio, y con criterio de mínimos.

En general lo que sucede es que, aquellos que por educación y tradición hemos abordado la sexta puerta de la religión y vivido en sus normas, pero en el proceso de maduración de la fe hemos tenido la increíble suerte de toparnos con personas profundamente espirituales que nos han indicado el camino de la séptima puerta, además de sentir esa inquietud interior que nos ha hecho tener todas nuestras potencias abiertas al infinito, nos damos cuenta de dónde está la auténtica salida del Confinador. Es entonces cuando toda la expresión exotérica religiosa (la litúrgica) se sitúa en el plano que le corresponde, adquiriendo pleno sentido y significado, pero dando paso a lo que  a partir de entonces va a adquirid plena importancia, la expresión esotérica, el camino que se abre tras la séptima puerta.

Con ninguna de las seis puertas primeras se sale realmente del Confinador. La sexta puerta te sitúa ante una serie de creencias y prácticas, pero dentro del Confinador, creencias, prácticas litúrgicas y un código de buenas costumbres, pero con tu espíritu anclado en el Confinador, con la esperanza de que algún día, después de la muerte, haya un premio o un castigo.

La séptima puerta es la única que te sitúa ante la auténtica salida de ti  mismo para encontrarte a Ti mismo, pero eso sí, a costa de “vender absolutamente todo lo que tenemos, dárselo a los pobres, tomar nuestra cruz, y seguir a Aquel que nos mostró esta puerta”, la séptima, no las otras seis. 

Las  seis primeras puertas son de factura humana. Son un apaño más o menos útil, bien para creernos los reyes del mambo (las cuatro primeras), bien para comenzar a vivir el amor hacia los demás (la quinta), bien para intuir la intervención de Dios en nuestras vidas (la sexta).
La séptima es de factura divina. 
Por eso, la séptima puerta es la única salida del Confinador.

Y ahora algo muy importante para seguir adelante:
El Confinador soy "yo" y todas mis cosas. Soy yo en mi pequeño mundo.
Salir de mi Confinador (que es diferente del tuyo que me lees), es vaciarme de mí mismo para dejar que mi templo vacío quede lleno de Aquel que me ha dado la existencia. Es morir a mi mismo para resucitar el alma que tengo dormida desde que me comí conscientemente la manzana que me hizo creer que yo podía valerme por mí mismo. Por eso el pecado original se transmite de generación en generación, porque es lo que te transmite el "Sueño del Planeta".

Los que hemos tenido la gran merced de descubrir esta séptima puerta, o mejor, se nos ha sido mostrada, en general seguimos acompañando a nuestras comunidades religiosas en su caminar por las vías establecidas en la sexta puerta, pero siendo conscientes de qué es lo que realmente tiene carta de naturaleza esencial para caminar hacia Dios, es decir, hacia nuestras más íntimas honduras. La sexta puerta dice que hay que caminar hacia allí arriba, hacia el Dios trascendente. La séptima puerta te dice que hemos de caminar hacia aquí, hacia lo más profundo de nuestro corazón, donde Dios habita, hacia el Dios inmanente.


Llegar al umbral de la séptima puerta es en el fondo el resultado de un proceso de maduración en la fe, que se produce al recorrer en comunidad los caminos que muestra la sexta puerta. Y al madurar y descubrir la séptima puerta, descubres algo que dijo nuestro Maestro Jesús, que todos los seres humanos (no sólo los católicos), somo uno. Porque o todos los seres humanos somo hijos de nuestro Padre celestial, o nadie lo es.

Yo no me atrevería a decir que los curas los domingos en misa de una no te dicen estas cosas. Si decir te las dicen, peeero... 

Hay que saber transmitir y hay que saber escuchar.

Y ni sabemos transmitir lo que decimos, ni escuchar lo que entra por nuestros oídos.

Para tomar conciencia de todo esto, la mente es un estorbo. No consiste en estudiar teología, sino en "desaprender" lo aprendido, quedarse desnudo de todo, de lo que sobra, de lo que adorna inútilmente toda nuestra vida.
En una palabra, volver a ser niño, como dice el Maestro Jesús, y volver a tener todos nuestros chakras abiertos, como dicen los maestros orientales, que en esto todos están de acuerdo.

En otras palabras, cruzar el umbral de la séptima puerta significa dejar nuestro templo vacío.

La llave de la Séptima Puerta tiene un nombre, por lo demás tan archiconocido como archidesconocido.

Se llama "Oración".




Vuelve a leer lo que leíste en la entrada 19 Sitúate en el umbral...
Porque orar es simplemente esto...
Imagínate…
En una noche oscura,
quedando ya tu alma sosegada,
sintiendo la hermosura,
con la mente callada,
de la infinita bóveda estrellada;
bañándote en la luz de las estrellas,
con todo tu ser abierto al infinito;
si percibes un estremecimiento...
ante la inmensidad total que te rodea,
al tomar conciencia de lo poco que tu ser y tu esencia constituyen,
ante el gran Universo que te cubre,
y un escalofrío recorre tu piel,
y las lágrimas brotan de tus ojos extasiados al contemplar tanta belleza,
lo creas o no, estás sintiendo en ese momento,
en ese instante eterno, el abrazo de Dios.

Él es mucho más que todo. Es tanto, que la mente resulta ser un estorbo para poder experimentar su presencia.

Ante tanta inmensidad, el alma sólo puede decir “Amén”, y callar, hacer silencio, y dejarse amar por la “Clara Luz en el vacío de la noche”.

Es Todo y lo demás, todo lo que existe, es nada.

Cuando esto sucede, cuando te sientes inundado de tanta belleza, abres los ojos y no ves nada, porque nada existe que no sea Él; porque no ves nada que no sea Él. Y las criaturas agachan la cabeza, y dando un paso atrás, dejan que Su Presencia se haga evidente en ti y en todo lo que te rodea; y tus ojos sólo ven el esplendor de una Luz ante la que el Sol queda totalmente eclipsado. Si has experimentado “eso”, has experimentado a Dios dentro de ti.

Si alguna vez has vivido algo así, aunque haya sido por un instante y casi ya ni te acuerdes, porque los asuntos de la vida cotidiana te absorben totalmente; si alguna vez sentiste algo así, te lo aseguro, experimentaste a Dios.

Y si experimentaste a Dios, aunque sólo fuera un instante, abriste los ojos a tu Vida Interior, y pudiste contemplar el camino hacia tu plenitud.


Mi más sincero agradecimiento a Fidel Delgado Mateo, buen amigo y mejor maestro de la vida, que nos enseñó a los que hemos tenido la suerte de conocerle, este precioso símil de las puertas de salida. 
 
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