Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

sábado, 15 de enero de 2011

65.- Los trabajos del hortelano


Aquellos que pueden hablar de la Oración por experiencia, y no por conocimientos adquiridos por estudios, saben de qué va este negocio de orar. Saben que no consiste en rezar jaculatorias elaboradas, que va mucho más allá de encomendarse al santo o virgen de su devoción, y que es un proceso, un camino que supone toda la vida.

Por otra parte, la Oración no es una práctica religiosa, que se realiza en determinados momentos, aunque bien es verdad, que la Oración exige momentos o ratos de dejar todo lo que se esté haciendo, recogerse en lo más íntimo y hacer silencio interior para poder escuchar el sentido de la vida, los mensajes sin palabras que nuestro Padre, “Adonai”, como le llamaba Jesús, nos entrega. Y también es verdad que la Oración debe ser además comunitaria, y por tanto, requiere algún tipo de estructura de celebración, como es el caso de la celebración de la Eucaristía.

Pero la Oración como modelo de vida va mucho más allá de las simples prácticas religiosas. En realidad estas son un escalón previo, el cual, una vez superado, ya no es demasiado importante, aunque sí necesario para el cultivo de la vida en comunidad y la manifestación exotérica de nuestra fe. Es todo un modelo de vida, es un nuevo paradigma muy difícil de lograr adquirir, porque supone que en nuestro interior se ha de producir una brutal colisión entre nuestro paradigma de vida convencional, según nuestra naturaleza humana y la aspiración de nuestro espíritu a una vida trascendente. Es pasar de “la vida según yo” a “la vida según Él”.

Voy a explicar brevemente el recorrido por el que solemos pasar los que hemos decidido enfrentarnos a este cambio de paradigma, aunque los resultados no siempre son demasiado buenos, porque las tentaciones de asumir nosotros nuestro destino son muy fuertes. Es más, cuando uno vive en un mundo en el que el mensaje clarísimo de la Sociedad es “tú eres dueño de tu destino”, y la megatendencia social es a revalorizar la autoestima, que venga un tal Jesús de Nazareth a decirnos “hasta los pelos de tu cabeza están contados” y “niégate a ti mismo”, esto no casa en absoluto con el paradigma del mundo, que es el que absolutamente todos seguimos, desde que salimos de fábrica, y al que tenemos que renunciar para abrazar el paradigma del espíritu.

Desengáñate, esto es de locos, y en este mundo, este planteamiento de vida no tiene el menor sentido, porque te deja como “oveja en medio de lobos”. Aparentemente desarmado contra toda la artillería mundana, que al verte así, irá contra ti y te aplastará.

Todo esto Jesús lo sabe y es consciente de ello. Por eso, al final, no tuvo otra opción de dejarse apresar, encajar la descomunal ofensa de su muerte y, no obstante, perdonarnos a todos, porque no sabemos lo que hacemos al vivir de este modo. No había otra opción.

La colisión de paradigmas que Jesús provocó, en aquella época, fue absolutamente descomunal. Por eso no pudo soportar el peso del acoso y al final tuvo que dejarse matar. De la misma forma, en Roma, la colisión que los primeros cristianos provocaron en el Imperio fue igualmente descomunal, por eso fueron perseguidos, como lo fue el Maestro. Sólo cuando tras la astuta maniobra de Constantino de proclamar el Cristianismo religión oficial del Imperio, los cristianos dejaron de ser perseguidos. Si no puedes con tu enemigo, únete a él; no porque te convezcan sus argumentos, sino para que no te moleste en tus pretensiones de seguir dominando el mundo; es más, incluso puede que se convierta en una poderosa arma de expansión imperial, y de control de las gentes..., pensaría el Emperador. Realmente, el día que la Iglesia “triunfó” y el Papa se convirtió en el líder espiritual de los emperadores y de todo el Imperio, ese día comenzó el declive del cristianismo. La Iglesia ha pretendido llevarse bien con el mundo de los poderosos, de los políticos, hasta que llegó a convertirse, al menos en su aparato de gestión, en su misma esencia (a lo mejor, no ha habido otra forma de que las cosas sucedan). Y desde entonces, algo hay en la Iglesia que chirría, y que obliga a los que buscan a Jesús en sus vidas íntimas a optar por estilos de vida alejados del mundo, porque en el mundo, ni siquiera practicando la religión, es posible seguir a Jesús. Mientras los papas y cardenales participan en las intrigas políticas para mantener su cuota en el reparto de la tarta del poder terrenal, el seguidor auténtico de Jesús tiene que recluirse en un monasterio y simplemente optar por una vida alejada del mundanal ruido; e incluso es hasta visto con recelo por los miembros de la casta sacerdotal.

Es por eso que realmente optar por la vida de Oración va mucho más allá de lo que comporta la simple y rutinaria práctica religiosa.

Si aún con todo, te sigue picando el gusanillo de lo que es esto del estilo de vida de Oración porque acaso sientas algo dentro de ti que no sabes lo que es, pero que te impulsa a investigar en qué consiste vivir en Oración, porque acaso supones que el abandono al Padre te dará la seguridad de que Él guiará tus pasos, entonces, continua leyendo. Si no, es el momento de regresar a tus asuntos, como el joven rico; y que te vaya bonito.

La vida de Oración es el camino de la contemplación, de ver sin juzgar, de amar lo que es, de aceptar la realidad como voluntad de Dios, no de un modo resignado, algo así como “qué se le va a hacer, estará de Dios”, como decían nuestras abuelas, sino de un modo activo. Dios, Adonai, nos habla por medio de los hechos, y no solo los agradables, sino por medio de los reveses que nos da la vida. Qué significan esos reveses, qué quiere decirnos Adonai con ellos, es algo que pone a prueba nuestra fe. Cuando tenemos un revés, algo que nos sale mal, lo vemos así, según nuestros planes particulares, pero cuando esos reveses se “contemplan”, no como un hecho consumado, voluntad de Dios, sino como una señal, un indicio, un mensaje, ante el cual Dios te pide que estés en alerta y reacciones según la fuerza interior que siempre te acompaña, entonces ese revés, ese fracaso, se convierte en una fuerza impetuosa que puede cambiar el mundo, o al menos “tu mundo”, tu pequeño mundo, a ti mismo.

Contemplación


Dice Consuelo Martín en su libro “El arte de la contemplación”:

La contemplación es un estado del ser, ni fácil, ni difícil de alcanzar.
Es simplemente sencillo, si supiéramos cuál es su fundamento.
Consiste en atravesar la barrera del silencio y escuchar.
Contemplar es vivir el presente eterno, vivir el momento que nos ha sido dado, bastándole cada día su afán, aceptando humildemente la gracia de disponer del pan de cada día.
Contemplar es no estar encadenado ni a experiencias del pasado, ni a proyectos de futuro.
Contemplar es simplemente ver sin emitir juicios, ni razonamientos, ni elaborar modelos mentales para tratar de comprender.
Contemplar es observar sin emitir criterios de realidad.
Contemplar es ver sin influir en lo observado, sin elaborar fantasías.
Contemplar supone amar lo que es.
Contemplar es ver la vida como vemos caer las hojas de los árboles.
Contemplar supone renunciar al uso del pensamiento para dejar entrar en nuestro interior a Aquel que da soporte a nuestra existencia, por el que somos, nos movemos y existimos.


Nuestra auténtica relación con Dios no se basa en súplicas y oraciones a Alguien que está allí arriba, en los Cielos, sino que está aquí abajo, en nuestro más profundo interior. Tan profundo que acaso no nos hemos enterado que está tan íntimamente unido a nosotros, que somos su misma esencia. Nuestra relación auténtica con el Señor es la relación de la esposa con su Amado.
Esto puede que suene raro, sobre todo a los hombres. Esta idea de Meister Eckhart, está referida al alma humana. En general los místicos, y la Biblia, suelen asociar el alma al género femenino.
Ya he referido en anteriores ocasiones cómo la relación del Alma con Dios tiene un fuerte componente de relación amado con amada, en clave relación hombre – mujer. El Cantar de los Cantares, es un precioso poema en el que se relata la relación del alma con Dios, como la relación de una esposa con su amado.
2 ¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores; 3 mejores al olfato tus perfumes; ungüento derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas.
4 Llévame en pos de ti: ¡Corramos! El Rey me ha introducido en sus mansiones; por ti exultaremos y nos alegraremos. Evocaremos tus amores más que el vino; ¡con qué razón eres amado!

Quiero traer ahora a colación este fragmento del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz en el que relata las lamentaciones de la amada que siente cómo su amado parece haberla abandonado.

Cántico Espiritual 1-5

ESPOSA

1

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste
habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.

2

Pastores, los que fuerdes

allá por las majadas, al otero

si por ventura vierdes

aquel que yo más quiero

decidle que adolezco, peno y muero.

3

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras.

PREGUNTA A LAS CRIATURAS
4
¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras

de flores esmaltado!

decid si por vosotros ha pasado.

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

5
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de hermosura.

La Noche Oscura. 
Estrofa Nº 8.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.   

Este es uno de los monumentos más sublimes de la poesía mística que jamás se haya escrito.

Estos poemas, el Cántico espiritual y la Noche Oscura, son la forma más clara de expresar la íntima relación del alma con Dios, como la de una esposa enamorada de su Amado, que no hace otra cosa que “contemplar” su rostro en todas las manifestaciones de la vida, pues Él está presente en absolutamente todos los momentos de su existencia. Es vivir en presencia permanente de Él.

Virgen significa estar vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no eras, y mujer significa que puedes concebir y fructificar.
“Una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa” (Lc 10,38). Eckhart toma el pasaje de Marta y María en una versión de la Biblia donde Marta es referida como “mujer y virgen”. Y el hecho es que lo acoge en su casa, como virgen y como mujer.

Esta es la esencia de la vida, Dios en ti, tan íntimamente en ti, que sois una misma esencia. Somos su misma esencia.

Lo peor que puede pasar es que no lo sepamos, no lo experimentemos, como describe Jesús en el pasaje de la perla escondida en la casa (o el dracma). La dueña de la casa no sabía que la había perdido en su propio hogar. Y allí estaba; siempre estuvo allí.

Los trabajos del hortelano

Santa Teresa, en su autobiografía (el libro de la vida), pone un símil respecto de lo que es la vida de Oración, con los trabajos de un hortelano en su huerta.

Establece cuatro grados de oración. El mental, el recogimiento, la quietud y la unión con Dios.

Previo a estos cuatro grados, está la oración vocal, que es la que practica el común de las gentes con las oraciones predefinidas y escritas por terceros, y que repetimos en los actos litúrgicos. Sólo hay dos oraciones que se libran de lo que Larrañaga denomina “jaculatorismo”, el Padre Nuestro y el Ave María. Con todo, como se rezan a todas horas y en todo momento, también ellas se convierten en una jaculatoria rezada de modo rutinario, sin saber ni ser conscientes de lo que decimos.

El primer grado de Oración es mental lo asemeja a un trabajador de la huerta (nuestra alma), que tiene que sacar agua de un profundo pozo con gran esfuerzo. Son los trabajos de la oración mental y discursiva, la que todos hacemos con nuestros rezos a plegarias. 

El Padre Ignacio Larrañaga, en estos inicios recomienda diversos métodos:

Primera forma: Lectura rezada.

Arranca del modo de oración vocal. Se toma una Oración escrita, como los salmo. Pero no se lee de corrido, ni de memoria, sino que ha de leerse despacio, muy despacio. Es una modalidad fácil y muy eficaz para dar los primeros pasos.

Segunda forma: Lectura meditada.

Se trata de la lectura de un libro cuidadosamente seleccionado. La Biblia es la mejor elección. No es recomendable el sistema de abrir al azar la Biblia, sino seleccionar el tema a meditar. Siempre se ha de leer despacio.

Tercera forma: Oración auditiva.

Tomar una expresión fuerte que te llene el alma, como por ejemplo “mi Dios, mi Todo”, o “Señor, ten piedad de mí”. Comienza a pronunciarla, trata de asumir vivencialmente el contenido. Es muy similar, por no decir lo mismo que los mantras orientales, que se pueden repetir una y otra vez indefinidamente.

Cuarta forma: Oración escrita.

Se trata de escribir aquello que quieras decirle al Señor. Es escribirle una carta. Para momentos de angustia, puede ser la mejor forma de expresarle a Dios tus sentimientos de angustia y de temor.

El segundo grado de Oración es de recogimiento,
donde el hortelano saca el agua con arcaduces, con bastante más facilidad, aunque no está exenta de largos periodos de aridez.

Quinta forma: Oración visual.

Se trata de tomar una imagen plástica de un paisaje o de la vida de Jesús, que te motive a elevar tu espíritu, que te motive fuertes sensaciones de paz, de plenitud, de sosiego, de fortaleza. Lo importante es que te diga mucho. Aquí comienza el silencio interior. 

Sexta forma: Oración de abandono.

Es la actitud más genuinamente evangélica, y la que infunde más paz. “No hay mejor calmante que suavice mejor las penas de la vida que un “yo me abandono a ti”. Es necesario hacer silencio interior, sosegar la mente. Es como un lanzarnos al vacío en la confianza de que Él nos acogerá en sus brazos.

El tercer grado de oración es la Oración de quietud
donde el hortelano saca agua tendida del río.

Séptima forma: Oración de acogida.

Es una actitud de salir yo de mí, para dejar que Él entre en mí. Se trata de sentir esa inspiración del Espíritu de Dios dentro de mí. Se trata de sentir, no como una emoción, un sentimiento, sino como el de “percibir”. La vida de Oración no consiste en experimentar emociones, sino de experimentar vivencias, cuyos sentimientos no son precisamente los deseados.

Octava forma: Oración de elevación.

Es la actitud digamos que, inversa a la Oración de acogida. El yo sale hacia el Tú. Hay un movimiento de salida de uno mismo hacia el otro, hacia el Esposo.

Y el cuarto grado de Oración es el de unión
, o simplemente espera que la lluvia empape la huerta. Son los desposorios espirituales, que se alcanzan mediante el tránsito de las noches oscuras que canta San Juan de la Cruz.

Novena forma: Oración de contemplación.

Este es el objetivo final de la vida de Oración, entrar en los terrenos de la Oración contemplativa. Si las anteriores modalidades se podían elegir como método de Oración, la contemplación ya no es ningún método, sino un estado del alma, una presencia total y absoluta de Dios en uno mismo. De modo que no somos nosotros los que podemos decir “hoy voy a hacer contemplación, y mañana haré Oración de acogida”.  La contemplación es un don de Dios que llega cuando llega, tras la actitud del alma de vaciado total de sí misma.

Oración comunitaria.

Muestra las siguientes características: es espontánea, en voz alta, ante los demás. Y algo muy importante que recalca Larrañaga, que los orantes comunitarios hayan cultivado previamente la relación personal con Dios. Debe evitarse el “jaculatorismo”, con frases cortas y estereotipadas, formales, dichas de memoria. Ha de orarse de forma verdaderamente espontánea, de dentro a dentro, como si estuviéramos sólo Dios y yo. Saber que el Espíritu se expresa a través de su boca. Debe haber sinceridad y veracidad, y una Oración auténticamente compartida.

Así que ahora, os sugerimos que aquel que quiera, exprese con sus propias palabras lo que ha experimentado durante estos minutos de simple recogimiento y silencio interior.   

Referencias:
Sta. Teresa de Jesús. El Libro de la vida, Obras completas. BAC. Madrid 1990
San Juan de la Cruz. Cántico espiritual. Obras completas.. Ed. De espiritualidad, Madrid 1988.
Ignacio Larrañaga. Muéstrame tu rostro. Paulinas 1978.
Ignacio Larrañaga. Encuentro. Manual de Talleres de Oración y vida.


Lo que te sugiero es recogerte durante unos diez minutos, e imaginar con la mente callada, en silencio nuestra relación con Dios, como una esposa perdidamente enamorada de su amado.
Imagínates cuando estabas en tu mejor romance con tu amado (o amada) de aquí, en la tierra, no tanto la escena, sino el éxtasis afectivo que experimentasteis o habéis experimentado; u os pudierais imaginar. 
Siente, experimenta el abrazo de Alguien que te envuelve, que te rodea con sus brazos, y déjate  estremecer con su sola figura, y déjate vestir de su hermosura.

La Paz contigo.
*

martes, 11 de enero de 2011

64.- Mateo 6


¿Habéis leído Mateo 6?

Pocos pasajes del Evangelio son tan esclarecedores de la lógica de Dios como este capítulo de Mateo. En mi experiencia personal, Jesús en este capítulo sienta las bases de lo que para mí supone mi experiencia de fe más íntima, la mística, el acceso profundo a la Vida Interior.

La mística trata de lo que está “allí, (aquí), en lo escondido”, donde Dios habita, que no es otra cosa que mi propio ser, nuestro propio ser, mi Yo Real, nuestro Yo Real, nuestra alma, nuestra conciencia.

Está bien, es justo y necesario alabar a Dios en comunidad, mediante celebraciones litúrgicas, y oración colectiva; pero eso, que es la manifestación del sentir de la Comunidad conforma breves instantes de nuestra vida. El resto del tiempo, vivimos con nosotros mismos. 

Hay gente que no soporta la soledad, que no soporta el silencio, y tiene que buscar la compañía de otros para huir de ese abismo insoldable que supone “lo secreto”, “lo escondido”, en una palabra, encontrarse consigo mismo.
Jesús de un modo explícito nos anima al anonimato, a que no se entere la mano izquierda de lo que hace la derecha; a no hacer las cosas con ánimo de recibir reconocimiento, que no vayamos trompeteando cuando demos limosna.

Al orar, nos invita a que seamos simples y no elaboremos discursos pomposos y largas retahílas, sino simplemente mirarle, contemplarle con la ternura que un niño mira a su padre bueno, santificar su nombre no con alabanzas estentóreas, sino con nuestra propia vida; poniéndole en todo lo que hagamos, reconociendo su voluntad en todo lo que nos suceda; fiándonos de Él como los lirios del campo, que ni tejen ni hilan, o las aves del campo que saben que Dios las alimenta; viviendo el presente, el afán de cada día; sabiendo perdonar las ofensas, pues así, y sólo así,  seremos perdonados; rogándole, nos ayude a no caer en la tentación de creernos “los reyes del mambo”, y que nos libre del mal.
Si nos damos cuenta, en esta sencilla oración se sustentan las condiciones necesarias para vivir en Presencia de Dios permanente, pues si hacemos realidad en nosotros estas humildes frases, ya no seremos nosotros los que vivamos, sino Él, el que viva en nosotros.

Y de esta forma se llega realmente al final de nuestra búsqueda; bañados, saciados por esa agua que no volverá a darnos más sed. Porque la otra agua del pozo de Jacob, al que acudía diariamente la samaritana a por agua con su cántaro, lo constituyen absolutamente todas las cosas de nuestra vida, esos tesoros amontonados en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen, nuestras posesiones, nuestros títulos, nuestros conocimientos, nuestras aspiraciones, en suma, todo lo que no es Él, lo que nos alucina diariamente con las luces de neón que conforman nuestro pequeño mundo.

Mateo 6 es una invitación a experimentar lo que Eckard Tole expresa como “saber morir antes de morir, para comprobar que la muerte no existe”. Es negarnos a nosotros mismos, vender lo que tenemos, tomar nuestra cruz, aceptar nuestras circunstancias y seguirle.

¿Negarme a mí mismo? 

Tú, cuando te miras al espejo ¿qué ves?

¿Eres tú? ¿O acaso no serás lo que tu pensamiento ha elaborado sobre ti? Desde que nacemos, vamos adquiriendo arquetipos de comportamiento, unos espontáneos, derivados de nuestra personalidad genéticamente impresa, pero también inducidos por el proceso educativo, por nuestros padres, el colegio, nuestros pares, nuestras comunidades y en general, el mundo que nos rodea. Lo hemos visto en anteriores entradas del blog.

¿Realmente el que ves en el espejo eres tú, o lo que tu pensamiento y los que te rodean han elaborado sobre ti? 

Os aseguro que yo me hecho esta pregunta muchas veces, y la respuesta para mí no ha sido fácil, porque siendo sincero conmigo mismo, reconozco que durante muchos años, inconscientemente he presentado una imagen de mí, que no se puede decir haya sido falsa, sino distorsionada, para poder ser aceptado por los demás, y sobre todo, una imagen que yo terminé creyéndome, en el sentido de creer que yo era dueño de mí mismo, de mi destino. ¡Iluso!
¿Qué es el pecado original? ¿El sello del maligno o el producto de creerte que tú eres lo que ves en el espejo y así te dejas guiar por esa máscara ficticia, por esa “armadura oxidada por el tiempo”? Llámalo como quieras.

Ese no eres tú. Ese no era yo, y de eso me empecé a dar cuenta hace unos cuantos años años, en una pascua vivida en un pueblo de Jaén llamado El Centenillo y luego al recorrer el Camino de Santiago junto con Paloma, y experimentar cómo el Camino vivido desde lo más profundo de mi ser, se expresó como el Sacramento de mi propia vida, como Camino de perfección (Ver página sobre el Camino de Santiago en este blog). Así me di cuenta que mi imagen en el espejo era como la visera de la armadura que ocultaba mi auténtico rostro inmortal. Nuestro rostro inmortal está tan escondido, tan profundamente anclado dentro de nosotros, que sólo callando el pensamiento, o como lo denomina Santa Teresa, “la loca de la casa”, es posible entrar en contacto con nuestra verdadera identidad.

Por eso, el Maestro nos dice que evitemos rezar como los fariseos, con grandes aspavientos en los templos (esto dicho sin ánimo de criticar las celebraciones comunitarias); así, entra en tu aposento, apaga la luz, siéntate cómodo, cierra los ojos, haz callar a tu mente, que en estos asuntos es un desagradable estorbo; haz silencio exterior e interior, y atrévete a contemplar la inmensidad que se despliega ante los ojos de tu alma, el inmenso Océano de Dios.

Como método, al cerrar los ojos y los oídos del cuerpo, se abren los ojos y los oídos del alma, es decir, tus auténticos ojos y tus auténticos oídos, y al acallar el pensamiento, la consciencia comienza a expresarse y puedes comenzar a ver más allá de las cosas. Cuando estás en silencio en la oscuridad de tu aposento, una extraña paz, que sólo procede del único que puede proceder, inunda todo tu ser, de modo que cuando el pensamiento protesta porque le tienes con la boca cerrada y se escapa una idea, experimentas una desagradable sensación, como cuando estás en el cine, concentrado en la acción de la película, y alguien empieza a cuchichear alto. Te dan ganas de tirarle la botella de agua o la bolsa de palomitas para que se calle. Pues eso pasa cuando tu mente trata de incordiarte con pensamientos ridículos e inoportunos en ese momento.

Pero no trates de luchar contra este incordio, simplemente déjale que venga y se vaya, pero no le prestes atención, como vienen y se van las olas del mar en la playa, o cómo ves caer las hojas de los árboles.

A este tipo de oración, la tradición cristiana la denomina “oración contemplativa”. Parece sólo propia de los santos de elevada virtud, pero es en sí misma casi insultantemente sencilla, de modo tal que por eso mismo, hay que desaprender muchas cosas para centrarnos en esa actitud, que lo es al principio durante el rato de oración, para con el tiempo terminar siendo una actitud ante la propia vida. Como dice Jesús, “si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt. 18. 3). Porque sólo un niño es capaz de contemplar simplemente, sin juzgar, sin cuestionarse, sin criticar, sin poner en duda, y además mirar con ilusión.

Cuando aprendes a vivir así, te das cuenta de que la realidad auténtica no es la que ven tus ojos y tus oídos del cuerpo, sino la que percibes cuando liberado del pesado macuto de “todo lo que tienes”, ligero ya de equipaje, eres capaz de ver la vida a través de tu conciencia, con los ojos del alma, donde Dios habita. Un proverbio judío dice que “la vida no es como es, sino como eres tú”. Es decir, lo que tú crees que es cierto, para ti es cierto. Porque lo que vemos no es la Realidad, sino nuestro particular modelo de realidad que nos hemos elaborado. La gente no es mala, tú la ves mala… y así influyes para hacerla mala. Y al revés. La gente no es buena, tú la ves buena, y puedes influir para hacerla buena. Todo depende.

Un sabio maestro zen utilizaba para ilustrar esa idea un símil muy gráfico: lo que llamamos "realidad" es análogo a una proyección de cine. La pantalla es Dios, el Ser eterno, y la película el mundo que habitualmente consideramos como real (el de nuestra vida cotidiana): mientras dura la proyección, la pantalla no se ve, pero ella es el soporte sobre el que aparecen las imágenes y sin ella no sería posible ver nada. Del mismo modo, nada de lo que sucede en la película afecta al soporte; las escenas con agua no pueden mojarla y las llamas no pueden quemarla. 

Dios es la pantalla, que las imágenes de la vida diaria ocultan. 

Si eres capaz de descubrir la pantalla y comprendes que todo lo que sucede es gracia a que Dios sostiene nuestro pequeño mundo (con multas de tráfico y enfermedades de nuestros hijos incluidas), entonces sí puedes decir que estás empezando a vivir en presencia de Dios.

Y empiezas a ser consciente de muchas cosas.

Entre otras, entiendes qué significa tener experiencia de fe, que no es creer en la existencia de Dios, eso no es negociable, sino en fiarte de Él, y entregarle los mandos de tu vida, rendir tu nave a Dios.

Experimentar esto no tiene que suponer que haya grandes cambios en tu vida cotidiana; no son necesarias caídas del caballo como San Pablo, no tiene por qué haber experiencias fuertes, truenos en el cielo o vientos huracanados. Tu vida puede cambiar lentamente, poco a poco, y la noche oscura, el sufrimiento, el miedo, dejar paso un buen día (como tantos otros) a la luz de Dios.

La palabra latina “Dios” viene en el origen de una raíz indoeuropea muy antigua, “dey”, que significa día, luz. Ver entrada 60.- Ideas sobre la divina Realidad.
“La lámpara del cuerpo es el ojo”, continua Jesús en Mateo 6. “Si tu ojo está sano, todo tu ser está luminoso.”  ¿A qué ojo creéis que se refiere Jesús?
Si consigues dejar que Dios mismo vea a través de tu pupila, todo tú serás luz del mundo. Porque habrás aprendido a ver la Vida según la lógica de Dios, a ver más allá de las cosas. Y entonces eres consciente de que “absolutamente todo lo que sucede a tu alrededor tiene sentido”.  Descubres qué necios son aquellos que se hacen la clásica preguntan de “por qué Dios permite el mal en el mundo”.
“Y tu Padre que ve lo secreto, te recompensará”

Y un buen día, igual que muchos otros, te darás cuenta de que ya nada será como antes, porque lo que está “allí, en lo escondido”, habrá salido a la luz, una luz puesta sobre el candelero, para que brille a todos los que están en la casa.
Unos puede que hayamos experimentado esto durante algún retiro, otros lo podemos haber experimentado un buen día, tras un largo caminar por el desierto de las interminables llanuras castellanas, o por las oscuras espesuras de los montes y corredoiras gallegas de nuestra vida de fe representada en ese Camino de Santiago. Otros puede que aún estemos deseando que ese día llegue. Y otros no sabemos hasta qué punto Dios nos está esperando allí, en la morada más escondida de nuestro “Castillo interior”.

No sabría decir cuándo me di cuenta de todo esto. Simplemente fue, sucedió.
Así habló Jesús en el Sermón de la Montaña, que Mateo refleja en los capítulos 5, 6 y 7.

En general se suele ver el Sermón como el primero de las alocuciones de Jesús porque está al comienzo del evangelio de Mateo. Pero a juzgar por la cantidad de gente reunida a su alrededor, no parece probable, pues más parece estar ubicado bastantes meses o un año o más posterior al inicio de su predicación. El significado de su posición en el texto tiene más sentido en tanto manifestación general de su mensaje. En estos tres capítulos, Jesús expone su visión de la existencia, plantea el giro copernicano en la relación del hombre con Dios y de Dios con el hombre.

Por eso, vamos a arrancar aquí o relativo a la Oración, y en concreto con Mateo 6, exposición insuperable de la vida de Oración, de la Senda de la Vida Interior.

Que la paz esté contigo.

63.- Colisión de paradigmas



¿Qué pasaría si una fuerza incontenible chocara contra una barrera insuperable?
¿Qué pasaría si dos planetas chocasen?
¿Qué pasaría si dos paradigmas absolutos entraran en colisión?

Existe en el ser humano un paradigma que ha regido su vida desde sus orígenes. La lucha por la vida, por la supervivencia, y todo lo que ello supone y a lo que obliga.

Jesús de Nazareth plantea un nuevo paradigma. Vivir para amar, la donación total de uno mismo, la entrega total a los demás, hasta perder la propia vida. El que quiera ganar su vida la perderá.

¿Qué pasaría si el paradigma basado en la lucha por la propia vida choca frontalmente con el paradigma de la donación total?

Este fue y es el drama de Jesús de Nazareth en el mundo… Y el nuestro.

Introducción

En otro día, viendo el comportamiento de las palomas en el parque, me daba cuenta de que todo el sistema motor de los animales está orientado a poder desplazar al individuo al lugar adecuado para cubrir sus necesidades, bien sean estas las de conseguir comida, bebida, cobijo del frío, del calor o para el apareamiento. Mantener un sistema biológico, una unidad de Carbono requiere un elevado consumo de materia, energía e información.

Los humanos, con independencia de que en un momento determinado el Creador hubiera insuflado a los primeros individuos de nuestra especie, el alma, como unidades de Carbono, procedemos del mundo animal, en el que rige la despiadada ley del más fuerte, el más rápido, el más sagaz y el que es más capaz de adaptarse a nuevas circunstancias y entornos.

Es así, que por instinto natural tratamos de cubrir el cúmulo de necesidades que vemos o sentimos al descubierto.

Para reflexionar sobre todo lo que encierran nuestros más arcanos rincones de nuestro cerebro y de nuestra alma, he recuperado del baúl de los libros olvidados, un librito que editó Bruguera en 1972, “Mil dioses y un Cielo”, de Kurt Seeberger. Es un libro descatalogado ya, pero para mí es muy completo y permite comprender cómo se instauró en el ser humano el pensamiento  religioso.

El hilo conductor de la obra es el hallazgo casual en Oroville, California, a 120 Km al Noreste de San Francisco, en 1911 de un hombre indio, procedente de las montañas cercanas. Ni él, ni ninguno de los miembros de su tribu ni de sus antepasados había tenido contacto con la civilización. A todos los efectos, por la forma de comportarse y por los utensilios que usaba, era un ser humano que había vivido en la Edad de Piedra. Los antropólogos le han definido como el último nativo americano el cual, jamás antes ni él ni su tribu había entrado en contacto con la civilización occidental. Estrictamente se podría decir que realizó un viaje en el tiempo desde la Edad de Piedra hasta el momento actual (más o menos, comienzos del Siglo XX).

El comportamiento de ese fósil viviente (nacido en 1860 y fallecido en 1916), demostró a los científicos cómo fue el despertar de la Humanidad, y en definitiva, por qué es así nuestra visión del mundo y el comportamiento humano. Pero fundamentalmente nos permitió comprender por qué creemos en Dios.

Moonwatcher


Hace 600.000 años que la Tierra entró en su última (hasta el momento) Era geológica, la Era Cuaternaria.  Fue una era glacial, entre los -600.000 y -10.000 años  AC. En cuatro ocasiones el Planeta desplegó inmensas masas de nieve y hielos que cubrieron prácticamente la mitad del globo. Fueron las épocas glaciares de “Günz” (600.000 – 550.000), “Mindel” (480.000 – 420.000), “Riss” (230.000 – 180.000) y “Würn” (120.000 – 10.000). Los nombres proceden de cuatro arroyos alpinos, dados por los geólogos Penck y Bruckner a principios del Siglo XX.

Que este haya sido el comportamiento del clima en el albor de la Humanidad, tiene un interés fundamental, pues es el clima es uno de los  agentes más decisivos (por no decir el que más) en la dinámica de la historia mundial. Los antiguos movimientos de poblaciones sólo se comprenden por los efectos de los cambios climáticos.

En las épocas glaciares, con -22ºC en Enero y 5ºC en Julio, no permitían la formación de grandes masas de bosques. El paisaje europeo sería similar al de las estepas rusas actuales. Ese sería, probablemente el mundo que vio nacer al ser humano.

Desde luego, nada más lejos de un Paraíso Terrenal, como primer hogar del ser humano. Tundras heladas, escasez absoluta de alimentos vegetales y una lucha denodada con los animales para, primero, no ser devorados por ellos y segundo, cazarlos para poder sobrevivir.  El hombre, fisiológicamente un herbívoro, tuvo que convertirse en omnívoro y cazar, para no morir de hambre.

Para ello, para tanto defenderse de las fieras y de las inclemencias del tiempo, como para poder comer y sobrevivir, comenzó a aprender a fabricar útiles con lo más duro y elemental que pudo encontrar, la piedra y la madera. Así entró en lo que hoy denominamos la Edad de Piedra.

La Edad de Piedra, subdividida en tres periodos, Paleolítico (600.000 – 10.000), Mesolítico (10.000 – 5.000 AC) y Neolítico (5000 – 1.700 AC), constituye la aurora de la Humanidad, el sexto día de la Creación.

El Paleolítico concluye, más o menos, con el final de la última glaciación. Es en este periodo cuando habitó Moonwatcher, el homínido de la novela de Arthur Clark, 2001 una odisea en el Espacio, obligado a desarrollar su capacidad de pensar entre la crudeza de las nieves y los hielos, y el infierno de los tórridos periodos interglaciares.

La vida de Moonwatcher dependía en exclusiva casi, de los animales, si conseguía no ser devorado por ellos, y además, matarlos para poder comer. Y los animales no se entregaban por propia voluntad, pues al olfatear su presencia, huían para ponerse a salvo de este nuevo y despiadado depredador.

La rapidez era su éxito, y también la fuerza, pero sobre todo, la astucia. De tal forma que es prácticamente seguro que la aparición de la inteligencia humana surgió como forma de sobrevivir a un mundo situado en las antípodas del mítico paraíso terrenal.

Moonwatcher y los suyos se las tuvo que ver con animales mucho mayores que ellos, con imponentes armas de defensa y de ataque, tales como los tigres dientes de sable, los mamuts, los lobos, las panteras, osos cavernarios, bisontes, rinocerontes velludos, etc. El oso cavernario era la imponente figura del Rey de la Tierra, con el que ninguna otra criatura podía medir sus fuerzas. De no haber desarrollado Moonwatcher su capacidad de pensar, el ser humano se habría extinguido sin remisión. Es por tanto que sería un tremendo error imaginarse la Edad de Piedra como un idílico paraíso de total armonía del hombre con la Naturaleza. Fue un larguísimo y cruel escenario de lucha por la supervivencia, de extremada dureza, donde “vivir” significaba “querer sobrevivir”.

Cómo fue posible que el hombre sobreviviera a esos arcanos y despiadados milenios, sólo se explica por el desarrollo del arma más poderosa jamás conocida por la Naturaleza, la inteligencia. Sólo con los puños no se puede matar a un oso, pero sí con la cabeza, con el cerebro.

El cerebro se convierte en herramienta y arma. Esta herramienta y arma le ha permitido superar todos los desafíos, hasta erigirse en el campeón de la Creación, en este Planeta.

Moonwatcher al blandir los fémures de los animales muertos y ver que en su mano tenía el poder de golpear con fuerza, se acordó del monolito que surgió de repente a la entrada de su cueva, y pensó por primera vez.

Pensar significa en etimología alemana, “hacer que algo aparezca”.

Percibir significa “captar mediante los órganos sensoriales”. Moonwatcher percibía por sus sentidos, y ese cúmulo de estímulos sensoriales comenzaron a ir, no al protoencéfalo reptiliano que dispara reacciones instintivas, o al mesencéfalo que despliega el conjunto de reacciones, también instintivas, aunque más elaboradas, de protección del grupo, sino a una nueva e incipiente capa externa, el telencéfalo, donde a velocidad vertiginosa comenzaron a establecerse millones de asociaciones dendríticas interneuronales, una compleja red, un telar mágico que permitió el desarrollo de la capacidad asociativa, entre los recuerdos almacenados en la primitiva memoria, y los nuevos estímulos. Las posibles alternativas en la toma de decisiones crecieron a velocidad logarítmica. De este modo el Moonwatcher comenzó a “saber” y “evaluar” amenazas y oportunidades, aprendió a averiguar a qué se enfrentaba en cada momento.

La percepción, asociada al pensamiento permite reconocer, proporciona la noción de la realidad. Konrad Lorenz definió así a esta nueva herramienta del ser humano, que le permitió salir del reino de los instintos, “aparato de visión mundial”.

Lo dado a conocer mediante la percepción y el proceso asociativo permite destacar el objeto percibido, como “reconocido”, y así “aparece ante nuestros ojos y nuestra mente”. Sale a la luz.

El pensamiento, por tanto, permite sacar las cosas de la oscuridad del desconocimiento. Así, Moonwatcher pudo avanzar en la oscuridad, sacando poco a poco las cosas a la luz de su emergente inteligencia, y así luchar contra el caos, es decir, aprendió a “predecir”, a saber qué iba a ocurrir si un determinado acontecimiento seguía un proceso concreto, y cuáles podían ser las rutas alternativas y evaluar los riesgos y oportunidades.

De repente se dio cuenta de que “podía dominar el horizonte”. Al erguirse sobre sus patas traseras y subir a una colina, su vista era capaz de ver y comprender el escenario ante sus ojos, hasta donde permitía el horizonte. Aprendió a ver de lejos, a otear,  ver allí una manada de corzos, allá un lobo y a cuyá un riachuelo donde aprovisionarse de agua. En un instante fue capaz de comprender dónde estaba, la situación de riesgo y oportunidad, y a establecer un “plan de acción”, un método o “camino hacia la meta”.

Se produjeron, además en Moonwatcher, dos cambios anatómicos más, que le permitieron abandonar el reino de los instintos para entrar en el de la inteligencia. Por una parte, la evolución de la mano prensil, al liberar sus extremidades superiores de la función de marcha. Por otra, el desarrollo de la visión frontal estereoscópica, lo que le permitía (como ya hacían sus congéneres arbóreos y prehomínidos, el chimpancé, por ejemplo), medir distancias con gran exactitud, aunque perdía ángulo de visión.

Todo esto hizo, según Lorenz que el homo pasara a ser sapiens:

1.- Idea central del espacio, procedente de la facultad de trepar con mano prensil, y así calcular distancias y establecer situación.
2.- Pasar de ser un animal especializado en una sola función, por razón de sus habilidades físicas, a ser un animal no especializado físicamente pero con capacidad multipropósito ilimitada, en base a su capacidad de pensar y asociar.
3.- Liberación de los instintos. Control de las emociones mediante el razonamiento de la situación y cálculo de posibles alternativas.

Con estos tres elementos fundamentales, llegamos al momento culmen en el que Monwatcher toma conciencia de sí mismo. Descubre a “yo” frente al entorno que le rodea. Y se pregunta “¿qué hago “yo” aquí?”.

Es el nacimiento de la conciencia del “yo”.

Ishi

Así Moonwatcher se convirtió en Ishi, un ser inteligente orientado a “objetivo final” y con conciencia de sí mismo.

Ishi (sus antepasados) desarrollaron los métodos de supervivencia. Tuvo que desarrollar métodos para hallar, descubrir, reconocer y planificar estrategias y tácticas de caza.

Ishi, el hombre salvaje de Oroville, enseñó a los científicos sus técnicas aprendidas desde tiempos inmemoriales, y desde luego que no actuaba al azar. Actuaba con premeditación y con extremada astucia. Su método era de “objetivo final”, matar al animal. Sabía lo que quería y cómo lograrlo. De otra forma habría muerto de hambre. Y es que el pensamiento es la herramienta del ser humano, la única que tiene, para mantenerse con vida, él y su familia.
La fotografía de 1914 es de Ishi, perteneciente a la tribu de los Yana.
Cuando piensa, oye y percibe con la vista y el olfato, y el gusto, el hombre se da cuenta de que en su cabeza residen sus principales capacidades, tanto a nivel de percepción como de pensamiento. Si además sube a una colina para otear al horizonte, se da cuenta de que “arriba” se domina más que en el llano o en el valle. Así surge un concepto básico, “arriba y abajo”. Cuanto más arriba, más claridad, más perspec
tiva y más amplitud, aunque se pierden los detalles. Cuanto más abajo, más oscuridad, menos perspectiva, menos capacidad de dominar el entorno, pero más capacidad de ver el detalle. De hecho, la civilización no surgirá en las profundidades de la selva, sino en los amplios horizontes de las praderas y sabanas, y en las orillas del mar. No es casualidad que los pueblos dominados por los mitos, vean en las profundidades de la selva, las más peligrosas amenazas.
Arriba, Ishi ve el cielo y la luz del sol. Abajo ve las cuevas, y la oscuridad del mundo en tinieblas.

Así Ishi aprendió a diseñar estrategias y tácticas de objetivo final, pero necesitaba aprender a analizar y comprender cómo y por qué sucedían las cosas, para poder aprovecharse de unas cosas y neutralizar los peligros de otras. Necesitaba aprender a explicar los fenómenos. Lorenz afirma que el pensamiento intencionado, de objetivo final, de poco sirve sin el pensamiento causal. Y viceversa, de nada serviría comprender, si no buscáramos nada, si no tuviéramos una finalidad.

Es en este ámbito del pensamiento donde a Ishi le costaba más trabajo llegar. El detalle al que podía llegar mediante la observación era demasiado primario. Por qué crecían las plantas era comprendido en la medida en que veía que hacía falta agua, luego en algo el agua era necesario para el crecimiento de las plantas, y un determinado tipo de tierra. Y hasta ahí llega, pero no puede comprender el mecanismo íntimo del crecimiento. Y así con todo.
Como esto le ocurría con casi todo lo que quería comprender, el más allá de la explicación lo tenía que resolver de alguna forma, todo antes de concluir con un frustrante “no sé”.
Como no era capaz de descubrir las causas últimas, empezó a reconocer las causas últimas como fuerzas ocultas que actuaban a voluntad, estableciendo un mundo cíclico, estacional. A estas fuerzas les puso voluntad y nombre. De modo que las “causas” en la Edad de Piedra no son cosas o fuerzas, sino seres causantes o responsables de algo.

Nosotros

Después de Ishi, vino la civilización y todas esas cosas, pero en el fondo, las reacciones primitivas del ser humano siguen siendo las mismas. Y la necesidad de satisfacer todas y cada una de las necesidades primarias y afectivas, tampoco han cambiado demasiado.

El sentido de los mitos es en todas las culturas responder a la eterna pregunta, ¿qué sentido tiene la vida? Se trata de hacer visibles a los causantes de los días y las cosas, y sobre todo comprender por qué, tanto más cuanto la vida en los orígenes de las comunidades humanas fue lo más alejado de un paraíso. Fue violenta, peligrosa, complicada. El objetivo de cada mañana de aquellos hombres era sobrevivir y poder llegar a la noche para contarlo. Cuando surgió la conciencia, verdadera prueba fehaciente de humanidad, el hombre necesitaba comprender por qué estaba allí, y sobre todo, qué sentido tenía la vida, escondido deseo de saber a dónde nos conduce.

Al surgir en el mundo, el hombre se encuentra con varios ejes de coordenadas. El primero y más comprensible es el compuesto por los cuatro puntos cardinales, el plano horizontal. El segundo es la flecha del tiempo, pasado, presente y futuro, y el tercero es el vertical, arriba y abajo. Arriba lo excelso, la luz, abajo lo impuro, la oscuridad. Coronar la montaña es un éxito que la naturaleza recompensa con un espléndido panorama, te sientes el rey del mundo. Caer en una sima es sinónimo de fracaso, de accidente, de tragedia, donde reina la oscuridad y el miedo. Luego en el hombre desde que tiene conciencia de sí mismo, siente una tendencia innata a elevarse. Aquí abajo no se encuentra bien, necesita liberarse de miedos, de ataduras. Así las soteriologías trazan un vector liberador, que va elevando al ser humano sobre las cosas, hasta conducirle a una nueva realidad eternamente estable en un escenario estable, firme, duradero, infinito, el firmamento. Conocer, comprender, seguir ese vector, supone elevarse, “oriri” en latín, de donde viene el término Oriente (por donde el Sol se eleva sobre la Tierra), y orientarse “guiarse por la salida del Sol”, gracias a la luz que nos llega de las alturas.

Los mitos de las culturas primitivas muestran cómo existe una coincidencia casi total en reconocer que existe un Cielo eterno, inaccesible para el hombre, hacia donde el espíritu humano desea elevarse, y multitud de dioses, de deidades (cortes celestiales) que interviene el lo cotidiano de la vida de los hombres, fundamentalmente como manipuladores de los fenómenos meteorológicos que tanto pueden alimentar con buenas cosechas a las comunidades humanas, como arrasarlas del modo más violento imaginable con terremotos, volcanes, huracanes e inundaciones.

Una educación tendenciosa por parte de los educadores religiosos nos han hecho despreciar todas estas culturas y sus mitos, catalogándolos de dioses falsos y a sus seguidores de idólatras. A estas culturas con un Cielo y mil dioses se las califica de “politeístas”, donde el Sol era considerado el dios principal. En Egipto y en América Central, el sol es sinónimo del ojo de Dios, el “ojo de Ra”.

Por el contrario, las grandes religiones del Padre Abram se denominan “monoteístas”, porque reconocen a un único dios.

Pero si uno lo piensa bien, el escenario es el mismo. Dios único (Cielo único), y debajo de Él multitud de seres espirituales que hacen la vida propicia o la estropean, ángeles y demonios, vírgenes y santos maestros. La evangelización cristiana del Imperio romano cambió Júpiter por Jesucristo, pero no tuvo más remedio que cambiar los diosecillos domésticos, lares y penates (que eran a los que los habitantes de las aldeas acudían para protegerse de las inclemencias del tiempo. Jesucristo, como Júpiter era el dios de los emperadores, ahora de los papas), por vírgenes, ángeles y santos de su devoción. Ellos sí estaban cercanos e intercedían ante Jesucristo y en ocasiones ante el mismísimo Dios.

Y entre el hombre y Dios (el Cielo), un camino lleno de avatares, que se origina en una tierra donde la oscuridad y el día conviven, donde se sufre y se padece, y donde la luz es el punto de destino. Una luz que está alta, muy alta. Y a falta de poder volar, la única forma de acercarse siquiera simbólicamente a las alturas, es subir la Montaña sagrada.

La deidad siempre ha estado situada en lugares inaccesibles. Las altas montañas son las moradas de los dioses. En Grecia el monte Olimpo es la morada de los dioses, para los judíos, es el monte Sinaí, donde Iahveh entregó las Tablas. Para los babilonios los zigurats representan la montaña sagrada. El Aconcagua, el Everest, y cualquier singular montaña puede ser y es morada de Dios o de los dioses. O el Monte Tabor, el Monte Carmelo, los lejanos lugares de peregrinación, Santiago de Compostela, Roma, Jerusalem, La Meca, etc. Sitios lejanos, elevados donde cuesta mucho sacrificio llegar.

Y nosotros somos así, como lo han sido todas las civilizaciones y todas las culturas. Así está amueblada nuestra mente y nuestro corazón. Sólo los elegidos han sabido darse cuenta de la autentica Divina Realidad.


Colisión de paradigmas

La predicación de Juan el Bautista estaba orientada más o menos bajo estos principios, aunque su originalidad residía en que ya apuntaba, intuía, barruntaba (sin saber muy cómo ni de qué manera) la inminencia de un gran cambio (aunque permanentemente confundido por las gentes con la liberación política de Israel, del yugo de roma), de un vuelco total de paradigma teológico, el aportado con Jesús de Nazareth. Es por ello, el bautismo de Jesús el primer episodio de ese cambio total de paradigma, que comienza con esa proclamación “este es mi Hijo muy amado, escuchadle”.

Pero algo hay en el corazón del hombre que le hace reticente a los cambios, aunque por razones de supervivencia se ve abocado a tener que afrontarlos. Es como cuando despertamos por las mañanas; qué bien se está en la camita, arropado por las sábanas y la manta… quince minutos más, por favor. Pero no podemos estar así todo el día; mal que nos pese, tenemos que levantarnos, entre otras cosas porque el hambre nos impulsa a desayunar, o las obligaciones a tener que salir a trabajar. Es decir, hay una inercia en nosotros que nos incita a seguir como estamos, enfrentada a un deseo también poderoso a evolucionar.

Y en esas estamos.

Es por ello, que los comienzos en la vida de Oración, o se abordan desde la borrachera del vino del entusiasmo, del embalamiento emocional, o difícilmente podemos vencer, al menos inicialmente el choque brutal de paradigmas entre nuestra vida cotidiana (con práctica religiosa incluida), y la vida de fe decidida a seguir al Maestro. Lo veíamos cuando abordé la entrada 43, experiencias de choque. Estas experiencias son como un buen lingotazo de ron antes de saltar al vacío, porque no hay arrestos de hacerlo en nuestro sano juicio. Es tanto lo que tenemos que dejar atrás, que parece cosa de locos.

Soluciones de compromiso


Es por eso, que en el fondo no queda más remedio que estimular a las gentes a que practiquen una religión de mínimos, de compromiso, de cumplo y miento. En el fondo la Iglesia católica es sabia (los inconformistas nos obcecamos con cosas que son imposibles, y no acertamos a reconocer que si las cosas son como son es por una muy buena razón), y comprende que no hay más cera que la que arde. Ella conoce muy bien la naturaleza humana, y sabe que no se puede sacar de donde no hay. Y el común de las gentes, bastante hace con mantenerse apaciguada y viviendo en una razonable paz social, encomendándose al santo o virgen de su devoción para sus cuitas y frecuentando la iglesia los domingos. Si es lo que decía Monseñor, frecuentar los sacramentos y hacer buenas obras.

En este punto, creo que es procedente reflexionar en la diferencia entre culpa y delito. La culpa es un desaguisado cometido, digamos sin ánimo de hacer mal, aunque se haga, o por denegación de auxilio o por imprudencia. Es una acción reprobable de tipo “culposo”; de alguna forma se comete sin intención explícita de hacer daño. El delito es una acción punible cometida a sabiendas de que se va a hacer daño. En términos legales recibe el calificativo de “acto doloso”, con dolo, a sabiendas, con plena conciencia del daño que se va a infringir.

Por sentido común, las culpas son malas obras pero que tienen un carácter atenuante, el derivado de la ausencia de mala fe. Por el contrario el delito tiene carácter agravante, ya que va acompañado de mala intención.

Pues bien, hasta donde uno puede comprobar, los códigos morales de la religión mantienen el criterio general de que “el que la hace la paga”, bien sea con culpa o con dolo. Y las penitencias han de ser proporcionales a la culpa o al daño causado. Ojo por ojo y diente por diente. Y así, al menos a mí me enseñaron en el catecismo toda la gradación de los pecados, veniales, veniales deliberados (con poco dolo) y mortales (con mucho dolo, o no). Así el perdón y la penitencia debían ser proporcionales, y hasta que no purguemos nuestros pecados, bien aquí o bien en el purgatorio (que no sabemos lo que es pero dicen que se pasa malamente), no podemos entrar en el Paraíso. Pero si cometemos un solo pecado mortal y morimos, se acabó, nos condenamos por toda la eternidad.

Todo esto entra dentro del paradigma estándar, el que se ha desarrollado en la mente de los hombres desde Moonwatcher hasta nosotros.

Jesús de Nazareth viene a anunciar “otra cosa totalmente distinta”. Aunque leamos todos los días o los domingos el Evangelio de la misa, lo que refleja Jesús en el Evangelio y las prácticas religiosas del común de las gentes no tienen nada que ver. Las prácticas están más próximas, mucho más próximas a la mentalidad veterotestamentaria, la de Juan el Bautista, que a la mentalidad de Jesús.

La ideología de Jesús es el fundamento de la Mística, del Camino de Perfección, camino que no se deciden recorrer salvo un muy reducido número de seguidores de Jesús. Y todavía más, es un camino erizado de dificultades y de la incomprensión del común de las gentes, que te tachan de enajenado, de pirado (hasta tú terminas por creértelo), y de los propios sacerdotes, a los que les sobrepasa los planteamientos de las almas que experimentan a Dios de la forma que lo experimentó Jesús, y cómo nos lo enseñó.

Lo de muchos son los llamados (a una religión convencional) y pocos los elegidos (a una fe absoluta) es literalmente cierto.

La Paz esté contigo.

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lunes, 10 de enero de 2011

62.- El sentido de la vida oculta


Nada dicen los Evangelios respecto de los treinta años de vida oculta de Jesús de Nazareth. Se entiende que fue una época de crecimiento en sabiduría y edad, bajo la autoridad de sus padres. A falta de cualquier otra referencia, se supone que ejerció el oficio de su padre, la carpintería y demás trabajos manuales, albañilería, labores del campo, etc. Es decir, nos podemos quedar con que durante los veinte años de adolescencia y juventud, Jesús no se diferenció en nada respecto de sus pares en Nazareth, excepto por el incidente del Templo en Jerusalem, donde se perdió y fue encontrado conversando con los doctores de la ley.

No hay noticia ni de que hubiera cursado estudios teológicos en las escuelas al respecto, las Bet ha-Midrash, escuelas superiores donde se impartían estudios sobre la Ley.

Sin embargo, a poco que recapacitemos, estos veinte años fueron trascendentales en la vida de Jesús. Dicen los teólogos que este fue el tiempo que Él necesitó para darse cuenta realmente de quién era y de cuál era su misión en este mundo.

La imagen que tenemos el común de las gentes de Él, y creo que es la misma que difunde la Iglesia, es la de que se sabía el guión de la película desde que tuvo uso de razón.

En Cursillos de Cristiandad, se reafirma ese halo de misterio. No se sabe nada a ciencia cierta. Se hace un elogio de la “cotidianeidad”, en el sentido de que realmente, la vida de los seres humanos transcurre en el 95% (por poner un porcentaje muy elevado) bajo la disciplina de la vida cotidiana. Levantarse, desayunar, trabajar o estudiar, comer, descansar, despejarse dando un paseo, cenar, acostarse y mañana, vuelta a empezar la rutina de todos los días. Al no haber más referencias, se concluye que esta fue la vida que llevó Jesús en su adolescencia y juventud. Y con su actitud obediente y sencilla, santifica esa cotidianeidad en la que fluye la vida de casi todos nosotros, todos los días. Es una forma de verlo, y de santificar nuestra propia vida en nuestro pequeño mundo, Sin pretender hacer grandes cosas, estamos glirificando a Dios con nuestras vidas de todos los días.

Camino de Perfección

No es esta la conclusión a la que uno llega al leer a Ignacio Larrañaga. En su libro “El Pobre de Nazareth”. Sin minorar esta faceta de vida cotidiana de Jesús, Larrañaga resalta la trascendental importancia de estos años, como los años de formación espiritual de un hombre, Jesús, el hijo de María y de José, que en base a una singular actitud espiritual, es capaz de ir profundizando poco a poco en los abismos de la relación íntima con Dios.

Su soltería, también tuvo que causar sorpresa ante los suyos. No era normal que un hombre permaneciera soltero; era casi inconcebible. Por otro lado, Jesús da la impresión de que era un joven solitario, dado al retiro en soledad, en el desierto. En otras palabras, podemos casi afirmar con total seguridad que Jesús fue esencialmente un místico, una persona que practicó la oración hasta sus últimas consecuencias; que caminó por el sendero de la perfección hasta la fusión total con Dios. Es esta faceta de su vida, la dedicada a la oración personal, íntima con Dios, por donde Él terminó por comprender su extraordinaria misión mesiánica.

Jesús progresaba en estatura y en Gracia ante  Dios y ante los hombres (Lc 2, 52). Esto indica que siguió un proceso de maduración, como no podía ser de otra manera. Esto le hace humano, íntimamente humano. Y es su relación con Dios, cada vez más íntima, cada vez más intensa, hasta el punto de fundirse absolutamente con Él, lo que le confiere esa presencia divina y ese convencimiento sobre la misión que debía acometer llegado el momento. Todo esto dicho con sumo cuidado, pues lejos de mí la necia idea de tocar un ápice los fundamentos del dogma católico respecto de la dual naturaleza humana y divina de Jesús.

Pero sin entrar en detalles doctrinales, una cosa sí que es esencial, el descubrimiento de Dios Padre. Larrañaga indica cómo Jesús, como todo buen israelita, vivió durante su infancia y adolescencia, su relación con Dios, dentro del contexto teológico del pueblo judío, Yahveh, Dios Absoluto, trascendente, Eterno. Es así, que la idea de Dios Padre fue un descubrimiento de Jesús, en función de una especialísima relación de intimidad, más allá de la que se podía establecer a través de los ritos sagrados al uso.  Nadie antes de Él en Israel, ni el mayor de los profetas, experimentó semejante relación de intimidad con Dios, como Jesús.

Jesús hombre, fue el primero que experimentó la subida al Monte Carmelo y la Noche Oscura, hasta su encuentro total y absoluto con el Padre. Sus veinte años de vida oculta fueron su “camino de perfección”, hasta tratar con Dios como el Padre más querido y amante de la tierra. Dios pasa de ser el Formidable del Sinaí, para convertirse en “papaíto”, “Adonai”, Padre querido.

En algún momento de los muchos que se mantuvo en Oración, refiere Larrañaga, Jesús entró en total intimidad, el quietud absoluta, el posesión, en Eternidad. Un baño inconmensurable de ternura inundó su espíritu, hasta llegar al total convencimiento de que Dios no era el Temible del Sinaí. Es cuando Jesús es totalmente consciente de que a partir de ese momento, de que Él y el Padre son Uno, una misma esencia, un mismo ser y con ese descubrimiento, también la relación del hombre con Dios cambiará radicalmente. El principal de los mandamientos pasará de ser “amarás a Dios sobre todas las cosas” a “dejarse amar por Dios, sobre todas las cosas”. No eres tú el que ama, es Dios el que te ama a ti. Sólo tienes que dejarte amar por Él.

El encuentro con el Bautista
En el otro extremo, estaba Juan, el Bautista, que siguiendo la tradición, exigía a las gentes como forma de preparación ante la llegada del Mesías, la conversión. “Arrepentíos, arrepentíos, haced penitencia, lamentaos de vuestros pecados”. Estamos a las puertas de la justicia definitiva. Ya está el hacha puesta en la raíz de los árboles, y el que no de buen fruto, será cortado y arrojado al fuego.(Mt 2, 10)

Una visión ciertamente veterotestamentaria, a la antigua usanza, por la que la gente debía arrepentirse bajo amenaza de, nada menos, que de morir cortado de raíz y arrojado al fuego.

Las dos versiones de Dios, la de Juan y la de Jesús, eran opuestas. Juan fue el último de los antiguos profetas, que tuvo la revelación de comprender que la Historia daría un cambio radical con Aquel, de quien no era digno de atarle las correas de las sandalias. Era pasar del hacha al bálsamo. Del arrepentimiento y la penitencia, bajo amenaza frente el perdón por misericordia, por amor incondicional; la necesidad de reconocerse culpable frente al alivio de sentirse perdonado; el lenguaje del látigo frente al  lenguaje de la comprensión y la misericordia. “El pecado merece el castigo”, frente a “el pecado merece el perdón”.

Este es el sentido de la redención, una amnistía universal, internacional, la reconciliación de Dios con los hombres. Fue un “acepto pulpo como animal de compañía” para con los hombres, un “perdónales Padre, porque no saben lo que hacen, ni conocen las consecuencias de sus actos”. Es el perdón de un Padre, ante las travesuras de sus hijos, así le diera la tentación de arrancarles las orejas de cuajo por la que han armado.

Este cambio de rumbo en la relación del hombre con Dios, y de Dios con el ser humano, hizo temblar hasta los cimientos de la cultura, tradición y teología de aquel pueblo, tanto como que la única forma de soportar semejante terremoto descomunal fue, arrojando al profeta del mundo de los vivos. Era demasiado para poder soportarlo. El cambio de modelo mental y teológico era de tal magnitud, que resultó de todo punto imposible que pudiera ser asimilado en una sociedad como la judía anclada en tradiciones atávicas, con decenas de siglos de antigüedad.

Cuando la tradición se convierte en algo sagrado e inmutable, la capacidad de poder evolucionar desaparece, para dar paso al fundamentalismo y al fanatismo religioso.

Cuando los fundamentos de la fe se mezclan con las creencias fruto de tradiciones heredadas de generación en generación, el árbol de la fe queda completamente esclerosado, de modo que agarrotado en sus tradiciones, es incapaz de dar siquiera un paso al frente, y la única forma de defenderse de las amenazas es tratando por todos los medios de eliminarlas. Eso fue lo que sucedió. El judaísmo por una parte, y el Imperio por otra, no podían consentir semejante revolución ideológica.

El camino recorrido por Jesús en su vida oculta puede ser el mismo que el Alma humana tiene que recorrer si quiere salir al encuentro de su Creador. Mientras el alma viva atemorizada por el miedo al castigo y vea en Dios la figura del Formidable del Sinaí, estará viviendo en el Antiguo Testamento. Sólo cuando el Alma vislumbra a Dios como Padre (y no basta con saberlo, sino con experimentarlo), y es capaz de llamarle “Adonai”, es cuando puede dar el salto al Amor y a la misericordia. La misericordia que Dios tiene con ella; la misma que ella ha de tener para con los demás.

La Paz esté contigo.

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jueves, 6 de enero de 2011

61.- La lógica de Dios



A estas alturas del blog, ante este título, “la lógica de Dios”, uno puede imaginarse cosas rarísimas. Si Dios es inaccesible a la mente humana, ¿cómo podemos siquiera imaginar cómo sería la lógica de Dios?

Afortunadamente, todo lo que es de inaccesible por su esencia, lo es de accesible, por su eco, por sus efectos en la vida humana. Y sus efectos en la vida humana no es otro que el Amor. Todo lo que podemos experimentar, vivir, sentir, que tenga una mínima aproximación a lo que podríamos suponer es el Amor, supone  experimentar, vivir, sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.

Lo que un niño experimenta al estar acurrucado en los brazos de su madre o de su padre, eso es Amor, eso es Dios en él. No hacen falta elevados tratados de teología dogmática para sentir, experimentar, vivir esto. Por eso, si no nos hacemos como niños, capaces de volver a experimentar el estremecimiento que experimenta un tiernito en brazos de sus padres, no lograremos entrar, experimentar el Reino de los Cielos.

Por tanto, no nos hagamos pajas mentales, porque la lógica de Dios no es otra que la lógica del Amor. Porque Dios es Amor, y además es para los humanos, su mejor invento. Tanto es así, que la lógica de Dios es la lógica que le llevó a crear el Edén, el Paraíso Terrenal, Su sueño para el hombre y la mujer. Les creó con ese objetivo. Luego la cosa se torció, como ya sabemos. Es lo que representa el pintor El Bosco, en el Jardín de las delicias.

Lo de ser una persona casada, como es mi caso, tiene en esta ocasión sus ventajas. Aunque los curas saben de todas estas cosas, sin embargo, no lidiar en casa con una persona con la que te has comprometido, y con la prole que has engendrado, pues tiene sus ventajas pero también les impide un conocimiento muy importante sobre los asuntos del Amor, y en no pocas ocasiones patinan al dar consejos en el confesionario, porque hablan sin una experiencia personal sobre lo que no conocen, que son los misterios del amor humano conyugal, que resulta ser (y reconocido por la Iglesia), sacramento del amor de Dios a los hombres. Así ama Dios a los humanos, como el amor de los esposos. Por algo Teresa de Jesús habla de la perfección como el matrimonio espiritual de Dios y el alma.

Resulta un lamentable desengaño creer estar inmensamente enamorado/a, te casas, para luego caer del guindo y ver que él/ella también hace y tiene sus necesidades como tú. Y este tipo de desengaños, los curas no lo pueden vivir en sus carnes, ni quedan hijos por medio tras una separación o un divorcio. Pero el sendero que recorremos ambos, casados y consagrados, en lo relativo al amor, es decir, a la lógica de Dios, es bastante paralelo.

En la entrada 31.- Puertas de emergencia, al hablar de la quinta puerta de salida del Confinador, refiero cómo Platón definió el amor bajo tres atributos, el eros, la filias y el agapé. Estos tres atributos y una profunda reflexión lo podemos encontrar en la primera carta encíclica del Papa Benedicto XVI, “Deus charitas est” (Dios es amor).


Recordemos una cosa, Desde antiguo, Dios ha asimilado, ha comparado su amor a los seres humanos con el propio amor humano y carnal. El Cantar de los Cantares es una sorprendente loa al Amor, que Dios expresa como sí del amor de los esposos se tratara. Y es que, toda la Sagrada escritura es un símbolo que expresa el amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros; y qué mejor ejemplo de su amor, como el que dos esposos se tienen el uno al otro.

1 Cantar de los cantares, de Salomón.
2 ¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores;
3 mejores al olfato tus perfumes; ungüento derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas.
4 Llévame en pos de ti: ¡Corramos! El Rey me ha introducido en sus mansiones; por ti exultaremos y nos alegraremos. Evocaremos tus amores más que el vino; ¡con qué razón eres amado!
5 Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Quedar, como los pabellones de Salmá.
6 No os fijéis en que estoy morena: es que el sol me ha quemado. Los hijos de mi madre se airaron contra mí; me pusieron a guardar las viñas, ¡mi propia viña no la había guardado!
Cantar de los cantares 1, 1-6


Otro tanto expresan nuestros místicos cristianos Teresa y Juan de la Cruz, al expresar sus experiencias con Dios, como la relación de la esposa (el alma) con el Amado.

Eros o sexualidad


El “eros” procede, tiene su origen, en la parte más instintiva del cerebro humano, y corresponde a la sexualidad desde lo más fisiológico y genital. En nosotros habita el instinto de supervivencia y de conservación de la especie. Es un pool tan primario, tan arcano, tan profundo, que no lo podemos reprimir fácilmente. De este modo, cuando se produce el acuerdo entrambos, el deseo sexual se expresa con una gradación bastante amplia de explosividad. Es lo que Ortega y Gasset denomina “embalamiento emocional”. Esto, afectiva y genitalmente lo experimenta la pareja, pero también lo experimenta afectivamente la persona que se entrega de lleno a Dios.

El embalamiento emocional obsesiona y te domina, y prende la pasión. Ortega denomina a este estado con un calificativo un poco despectivo, una época de estupidez transitoria, en el que el pool emocional domina todas nuestras obras, y todos nuestros pensamientos. Podemos creernos que eso es el amor verdadero, cuando sólo es la espoleta que desencadena todo el proceso de instauración del amor. Es un acontecimiento tan inconsciente como efímero. Todos aquellos que basan sus decisiones sólo en función del arrebato afectivo que produce el enamoramiento, están bajo el riesgo de la posterior desilusión.

La carga erótica es la que predomina; por tanto lo que se siente es fundamentalmente los efectos de la revolución neuroquímica del embalamiento emocional. Esto es cosa de los neuropéptidos, en concreto intervienen la occitocina y la vasopresina, hormonas ambas de crear sensaciones de excitación y placer, así como elevadas cantidades de endorfinas (que actúan como un fuerte anestésico natural). Decimos esto porque, un enamorado “colocado” presenta sobreactivadas las mismas áreas cerebrales que los adictos a drogas estimulantes como la cocaína o las anfetaminas. Todo esto es la expresión neuroquímica de los instintos primarios que revolucionan nuestra sexualidad en su faceta más instintiva, la genitalidad.

La pasión sexual eleva las concentraciones en sangre de testosterona y estrógenos, hormonas que provocan niveles elevados de excitación, así como de deseo irreprimible de satisfacer el instinto sexual. Si la pareja se deja llevar de este embalamiento puede que, creyendo que se aman desesperadamente, cometan las mayores insensateces, en aras de satisfacer lo que es únicamente puro instinto sexual.

La traducción espiritual de este comportamiento es el embalamiento espiritual, eso de que parece que vas en volandas y que estás siendo transportado al séptimo Cielo en brazos de los ángeles. Esto es la lógica de Dios. Te infunde estos sentimientos exuberantes, porque de otra forma, la gran decisión de dejarlo todo sería aún más difícil de tomar, pero todavía más dolorosa aún de continuar. Y es importante que deje en el corazón esa impronta (que luego nos hará mucha falta recordar) de ese amor juvenil.

1 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: 2 Ve y grita a los oídos de Jerusalén: Así dice Yahveh: De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada.
Jer. 2, 1-2


Dicho así, parece que todo esto es una ilusión tan falsa como efímera, cuando en realidad es lo más maravilloso que puede experimentar el ser humano. Es un destello de Iluminación, el resplandor de Dios por un instante eterno, que vivido en el extremo, la pareja quisiera que no amaneciera; podrían morir así, y el alma quisiera no bajar del Monte Tabor, porque también podría morir así. Es toda la vida en un instante. El problema es que es un instante, o una época demasiado corta como para poder basar toda la vida en esa pasión. Es la llamada de la Naturaleza y del Espíritu al Amor más íntimo y entregado. Pero sólo eso, la llamada, absolutamente imprescindible para lo que vendrá después, el Amor.

Lee con algo de atención estos dos poemas. El de la izquierda se titula “Tu intimidad”. No he conseguido averiguar de quién es, pero como poema amoroso, no está nada mal. Expresa una pasión que raya el éxtasis amoroso. El poema de la derecha es un fragmento del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Salvando la diferencia de estilos, el primero contemporáneo y el segundo del siglo XVII, por lo demás, podrían intencambiarse, porque básicamente dicen lo mismo, una intansa pasión amorosa. El primero es la que experimentan dos amantes, el segundo es la que experimenta el alma ante Dios, el Esposo. ¿Alguna diferencia expresiva?


La expresión plástica es tan sugerente como esta:
 


Es el éxtasis amoroso visto desde dos perspectivas aparentemente antagónicas, pero que encierran la misma carga emocional, aunque pueda parecer irreverente mezclar las dos escenas. Bien es verdad que el éxtasis de Santa Teresa en un extremo sobrenatural, pero en términos generales, en los primeros tiempos, el alma recibe tantos favores del cielo, está tan entusiasmada con su nueva aventura, que si bien lo que experimenta no exactamente esta sublime experiencia, sí que, desde luego, se siente embalada, va que vuela. Se siente enamorada de Dios. Pero todo es puro sentimiento. Como no puede ser de otra forma en una persona sin experiencia previa de Dios.

Si pasado el despertar del amor, la relación de la pareja, o la relación con Dios, sólo se mantiene sobre la base del poder del “eros”, lo que se ha producido no ha sido amor, sino simple y puro deseo genital, tan efímero como amargo en la pareja, y un deseo exclusivamente afectivo en la relación espiritual con Dios. Esto no tiene visos de ir por buen camino.

Por cierto, los orientales, los budistas y demás, que de esto también saben y bastante, llaman a este tipo de amor, “amor afectivo”, el basado en los sentimientos primarios del ser humano, que es con lo que comenzamos el gran negocio de la vida, por si no nos hemos enterado. La atracción sexual hace que uno se sienta bien con su pareja, goce de su presencia, a parte de la excitación sexual que le produce su presencia. Pasamos buenos ratos juntos, me caes bien, hay química entre nosotros. Lo mismito siente el alma hacia Dios en los primeros tiempos; hay química entre Dios y yo, nos caemos bien, me gusta estar a Tu lado. Es un amor afectivo, donde lo que predomina (en ambos casos, es la sensualidad, la tormenta sentimental).

Pero lejos de ser un error o un signo de inmadurez, es un paso necesario en esa maduración, forma parte del Plan de Dios en nuestras vidas, forma parte del “Fíat voluntas tua”. No hay otra forma de atraer al alma hacia posteriores etapas donde se van a exigir mayores sacrificios.

El Eros o amor afectivo, basado en los sentimientos, es lo que podríamos denominar “Primera vía de presencia”. Así lo denomina Encuentro Matrimonial. En esta primera vía, como dice San Juan de la Cruz, la memoria, los recuerdos de esas experiencias amorosas que rayan en lo sublime, por la gran carga emocional que se experimenta, se va convirtiendo paulatinamente en esperanza. Pasamos de una potencia del alma a una virtud teologal. La primera.

Logramos saber así que “Dios nos ama”, que nuestro amado/a nos ama.
¡Me quiere! Decimos maravillados.

Philias o amistad


El segundo atributo del amor, la “filias” o amistad, suele aparecer simultáneamente al “eros”. La “philias” procede del sistema límbico, del cerebro de los mamíferos, según la estructura triuna de Paul Mclean que ya vimos al hablar de zoológico mental (Entradas 40 y 41). La “philias” se manifiesta en amistad, o deseo de pertenencia, de formar un núcleo de convivencia, de compartir vida y descendencia. La amistad forma comunidad, manifestada en el deseo de compartir experiencias, recuerdos, aficiones, proyectos en común. La amistad propicia la comunicación, especialmente el diálogo, y canaliza las emociones. Toda la afectividad fluye en este nivel. La amistad convierte el simple instinto genital en una sexualidad vivida como afectividad corporal. En el caso de la pareja, no solo se desea la penetración, sino las caricias, las palabras de afecto, la sonrisa, la cercanía, la expresividad manifiesta de aceptación.

Por otro lado, la philias es el atributo más extendido del amor entre los seres humanos, porque es el que permite establecer relaciones de empatía (identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro) y simpatía (inclinación afectiva entre personas, generalmente espontánea y mutua). Las relaciones humanas en condición de normalidad discurren desde la philias, con un mayor o menor grado de proximidad afectiva. Es la philias, la que hace que este mundo sea habitable. Es una cualidad plenamente humana, que haciéndose consciente, adorna al ser humano con una de sus más encantadoras cualidades, dado que le permite establecer una familia, cuidar de los hijos, defender su entorno y organizar la convivencia. En esto se manifiesta también la lógica de Dios.

Los orientales denominan a este tipo de amor, “amor estimativo”, donde mi relación contigo ya no es solo porque estoy a gusto a tu lado, porque me mola, hay química entre nosotros, sino que empiezo a quererte, “porque me haces feliz”

Yo te quiero porque me haces feliz. Es decir, te necesito, te deseo, porque soy feliz a tu lado. Esto es muy humano y razonable, pero siempre tendrá un componente posesivo, un componente interesado, apego lo llaman. Y por supuesto que una pareja se ama así. Quién puede negar esto. Pero este componente posesivo, a la larga generará una fuente tremenda de intransigencia y de exigencia, que termina en la típica expresión de los esposos que viven un conflicto. Es que tú, porque tú. Tú nunca, tú siempre. Fuente de reproches continua es esta actitud de un amor que se base en la exigencia de que el otro me haga feliz a mí.

Aquí tenemos que reflexionar sobre dos cosas muy importantes, la primera “gozar”, la segunda “sentir algo parecido a la felicidad”. Pasamos, tanto en la relación de pareja como en la relación con Dios de sentir gozo, de disfrutar, casi de divertirnos, a experimentar algo parecido a la felicidad. Aunque puedan sonar a parecidos, no tienen nada que ver, porque mientras lo primero es excitante, e-mociona (mueve, “mociona” hacia afuera “e”), la felicidad tiene un atributo constante e invariable, que es “la paz interior”, la serenidad, el sosiego, la quietud. La afectividad del amor erótico es emocional, es sentimental, y los sentimientos (muy útiles para muchas cosas), suponen, como el pensamiento, un incómodo estorbo para nuestro crecimiento en el Amor. Son bastante volubles, se comportan como veletas, que apuntan según cambie la dirección del viento, y nos zarandean de un lado para otro. Si nos dejamos llevar por ellos, seremos como un barco sin timón, que navegará en la dirección que en cada momento sople el viento.

Teresa de Jesús lo explica en sus moradas cuartas, que voy a tratar de resumir:

[4] Es importante aquí comenzar a diferenciar las diferentes sensaciones que provoca la Vida Interior. Teresa es muy clara en este sentido al diferenciar lo que es contento de lo que es gusto o consolación.
Los contentos se adquieren con la meditación y ruegos a Dios, que proceden de nuestro deseo natural. Aunque Dios nos da a entender que no podemos nada sin Él, como quiera que estas devociones son premio a nuestro esfuerzo, nos da contento habernos empleado de tal guisa. Este tipo de sentimiento de alegría es similar a lo que nos provocan otras circunstancias agradables en la vida, tales como ganar hacienda, encontrarnos con un buen amigo tras mucho tiempo de ausencia, la curación de una enfermedad, etc. De igual forma, los “contentos” en la oración son similares a “estotros”, que no son malos, pues comienzan en nosotros y acaban en el Señor.
[5] Los “gustos” o consolaciones comienzan en Dios y acaban en el natural, en nosotros. Vienen de Él y provocan una extraña paz interior, no comparable con nada grato en este mundo. No es ningún tipo de sentimiento. Es casi una dulce pena o una triste alegría. Nadie que no lo haya experimentado se lo puede imaginar.
[6] Los contentos no ensanchan el corazón, antes bien, excitan la propia alegría, hasta el extremo de “llorar de alegría”. Es una alegría agitada, excitada, pasional. Vivir el contento termina con el quebranto de la cabeza.
Todo es obra del pensamiento, de la reflexión y de la meditación. Las almas experimentadas en meditación y acostumbrados a “contentos”, deben seguir ejercitándose en ella hasta que Dios diga “basta”.
Resumido de las Moradas del Castillo interior de Teresa de Jesús.
 Moradas cuartas, capítulo primero (Ver la página "las moradas del Castillo interior", en este blog)



Al comenzar a amar a mi pareja, o a amar a Dios, porque me hace feliz, significa que estoy comenzando a apreciar la auténtica atmósfera interior, donde Dios habita, en mi alma y entre nosotros, que es en el sosiego de una vida emocionalmente tranquila, en la quietud, en la paz absoluta. Y eso me reconforta. Pero…, en el momento que esa sensación de paz desaparece o se atenúa por algún revés, por alguna discusión entre esposos, por un no “sentir” a Dios, entonces, reaparecen los sentimientos de cabreo, indignación, porque nos llegamos a creer en el derecho de que el otro, el Otro, nos haga feliz. Si no es así, surgen los reproches entre los esposos y los reproches a Dios. Pasamos del romance que experimentamos cuando “todo va bien”, a la desilusión.

Aquí es donde surge el principal problema que Dios con su lógica incomprensible para nosotros, tiene que tratar de solucionar, problema que es fruto del esplendor de lo que es sólo una ilusión.

Una ilusión es definida por la Real Academia de la Lengua bajo tres acepciones, y las tres son aplicables al caso.

1. Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.
2. Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.
3. Viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc.

Efectivamente, la ilusión es el sentimiento que se experimenta al entablar una relación interpersonal con la otra persona, o con Dios,  por la que uno se siente atraído, y comprueba que es correspondido. Esto hace surgir la complacencia hacia esa persona, o hacia Dios y genera esperanza de que esa relación pueda ir a más. Hasta ahí bien. “Pero…” no se puede ignorar la primera de las acepciones que es la que tiene más y peores consecuencias. En nuestro caso, creer que se ama a alguien con quien se ha establecido una relación de empatía, y además nos atrae físicamente por tener ciertos encantos anatómicos que nos estimulan y despiertan nuestras fantasías sexuales, es correr el riesgo de sufrir un tremendo desengaño, tanto más desagradable cuanto más ilusión (en el sentido de “esperanza”) teníamos hacia la persona hacia la que estábamos ilusionados (en el sentido de “viva complacencia”). Lo mismo pasa en nuestra relación con Dios.

Amor y egoísmo son extremos antagónicos e incompatibles entre sí.


Esta afirmación, bajo ningún concepto es negociable. Si se duda de ella, podemos dejar este discurso.

Amor y egoísmo son fuerzas antagónicas que conviven en este mundo, como el trigo convive con la cizaña. Y así tiene que ser, aunque parezca un contrasentido, dada la naturaleza humana y su condición. Pero quede claro sin embargo, como dice Jesús de Nazareth, no es posible servir a dos señores, a Dios y al dinero; al Amor y al egoísmo.

Esta escisión total entre amor y egoísmo es lo que obliga a los esposos a recorrer el duro desierto del Diálogo.

Esta escisión entre amor y egoísmo es lo que obliga a Dios a someter al alma al desierto de la Oración basada en el silencio.


En la vida de pareja, y en la relación con Dios, la clave, según la lógica de Dios,  para superar estos problemas que la normal convivencia provoca, se basan en tres actitudes fundamentales:

La primera es la sinceridad con uno mismo.
La segunda es desarrollar la capacidad de escucha.
Y la tercera es la actitud de confiar en el otro.


Escucha y confianza son los dos pilares de la comunicación entre los dos, es decir, es la clave del “Diálogo”. En la relación del alma con Dios se llama “Oración”, sobre la que ya hemos apuntado algunas cosas en la entrada 58.- Sendas de Vida Interior.


El diálogo de pareja, y la Oración, se basan en tres pilares,
1.El encuentro con uno mismo, saber reconocer virtudes y defectos propios;
2.La escucha para saber captar los mensajes que, tanto la pareja, como Dios mismo nos están emitiendo continuamente;
3. Y la confianza en el otro, de un modo incondicional,

Sólo desde el diálogo de pareja, o desde la Oración, es cómo podemos escindir amor y egoísmo de nuestra vida, y así poder pasar al tercer estadio del Amor, la donación total.

Pero sepamos que este proceso de desierto en el diálogo y en la Oración puede empeñar toda nuestra vida. Y en este proceso puede que lleguemos a creernos abandonados de Dios, abandonados de nuestro ser amado, y llegar a cometer la tontería, trágica tontería, de tirar la toalla.

La philias o diálogo, es lo podríamos denominar, “segunda vía de presencia”.

En esta segunda etapa del Camino, el entendimiento poco a poco se va transformando en fe, con el ejercicio de la confianza. Una confianza por la que Dios nos obliga a caminar por cañadas oscuras, donde tenemos que dar continuamente ese “salto de fe”, y atrevernos a caminar, aún sin ver nada. Entramos ya en lo que San Juan de la Cruz denomina la “noche del sentido”, primero de un modo activo, haciendo nosotros un acto de fe; posteriormente de un modo pasivo, porque Dios cada vez más va tomando las riendas de nuestra vida. Del mismo modo, con nuestro esposo/a, la confianza paulatinamente se va robusteciendo, y los temores, con seguir estando ahí, poco a poco van dando paso a la tranquilidad de que “estamos en buenas manos”.

Confía, estás en buenas manos, las de un esposo/a que de ama, la de un Dios que te ama apasionadamente.
Logramos tomar conciencia profunda de que “Dios nos ama”, que nuestro amado/a nos ama.

Y poco a poco “te dejas amar por Él”, te dejas amar por él/ella.

Agapé o donación total


El tercero de los atributos del amor es el “agapé” o donación de uno mismo. Es lo que se denomina “caridad”. Es el atributo más elevado del amor, lo transforma en plenitud en humano, y hace que los otros dos atributos, el eros y la philias superen el estadio estrictamente genital y gregario, para transformarse en sexualidad y amistad profunda, pero sobre todo, abre el camino hacia el verdadero Amor, con mayúsculas.

El término caridad, que Pablo en 1 Corintios 13 expresa en lo que se podría denominar la Carta Magna del Amor, ha degenerado hacia un componente ciertamente despectivo o de beneficencia (ser caritativo supone hacer obras de caridad con los menesterosos que pordiosean un poco de caridad). Es decir, la palabra “caridad”, tanto en inglés como en español se ha convertido en la acción de aportar limosna. Y se sabe que esta acción caritativa se basa en el derecho imperfecto, que no obliga legalmente a hacer obras de caridad o misericordia. Así caridad se ha terminado asociándola a la acción de atender las necesidades de los pobres de solemnidad. Así que el concepto “amor” tiene que llenar todos los huecos del espectro, desde lo más carnal como es realizar el acto sexual (con afectividad o sin él, da lo mismo, al coito se le llama “hacer el amor”), hasta la entrega total hasta dar la vida por los demás, o la actitud contemplativa de los místicos. Por eso, vamos a referirnos aquí, al tercer estadio del Amor, como donación total o “Caridad”.

En esta tercera vía, Dios va transformando paulatinamente la tercera potencia del alma, la voluntad en Amor, un Amor incondicional.

El agapé, la caridad, es la donación y entrega de uno mismo al otro, a los demás, que en el fondo es lo mismo que a Dios mismo. Es una donación gratuita, en la que las barreras que separan el ámbito del “yo” de cada cual, se desvanecen, y te permiten ver el “todos somos Uno”, la unidad de corazón, sin renunciar a la propia identidad. Es un atributo de frontera entre lo puramente intelectual, aportado por la corteza cerebral, y la consciencia expandida del alma humana, aquella que es capaz de entrar en contacto con lo sutil, lo trascendente; aquello que es capaz de acceder a la contemplación de Dios.

Agapé supone amar al otro, a los demás “como Él nos ha amado”. Los cristianos tenemos como referencia del agapé la vida de Jesús de Nazareth o de María. Pero en general, son referentes de agapé todos aquellos seres humanos que han sabido entregarse a los demás de modo desinteresado. En el extremo, el matrimonio entre un hombre y una mujer, presidido por la entrega amorosa íntima y responsable del uno en el otro y al producto de ese amor, sus hijos, es el mejor ejemplo de Amor en su más alta expresión en el ser humano.

En estas etapas, como dice Santa Teresa, ya no somos nosotros los que trabajamos, porque aquí, o simplemente te dejas amar por el otro, o simplemente te dejas amar por Él, o tus esfuerzos ya de poco valen. Es un amor 100% dirigido al otro, de modo que tú te vacías completamente porque es el otro el que te llena plenamente, mientras es el otro el que se vacía y se deja llenar por ti.

Agapé significa en griego “comida fraternal”, donde la comida es compartida por los comensales, donde se comparte lo que se tiene entre todos. La expresión máxima que simboliza el agapé cristiano es la Eucaristía, donde Jesús mismo simboliza en el pan y el vino la donación total de sí mismo. Realmente si supiéramos ver en la celebración de la misa este símbolo, con otros ojos, nuestra visión de la práctica religiosa cambiaría radicalmente.

Pues bien, el amor de pareja o el amor a Dios comienza a tener visos de verosimilitud cuando aparece el atributo de agapé. Mientras sólo emerge en la relación interpersonal el eros (lo afectivo) y la philias (lo estimativo), estamos ante una relación básicamente dominada por el “yo”, por el “ego”, donde mi “yo” es diferente a tu “yo”, donde entrambos existe una barrera difícil de franquear, por la cual, a lo máximo que se llega es a un relativo compromiso, en esencia contractual entre la pareja o entre el creyente y su comunidad de fe, que en el mejor de los casos llega a un acuerdo en los términos de “yo gano, tu ganas”, o en el fondo en un “cumplo y miento”.

El agapé queda reflejado en el "amor oblativo" de los orientales, que es aquel en el que yo te amo para hacerte feliz a ti.

Porque el sentido de mi vida es tu felicidad.
¡Porque el sentido de mi vida es santificar Tu nombre, Señor!


Si la pareja es capaz de experimentar el amor en este grado, ha cruzado el umbral del Amor verdadero, porque este amor ya no se basa en el apego y en el deseo de poseer al otro, sino en el deseo de entregarse al otro. Es el nivel de amor que se basa en “vivir en presencia” permanente del uno en el otro. Es la Tercera vía de Presencia. Así, el auténtico amor a Dios consiste en su equivalente, “vivir en presencia permanente” de Dios. Esto es simplemente vivir en estado contemplativo.

En ambos casos.

Hay tantas similitudes entre la mística y el amor humano, que si no se experimenta realmente, nadie diría que es posible. Ambos en su realidad y en su proceso están impregnado de la lógica de Dios, o lo que Encuentro Matrimonial denomina en una de las charlas del Fin de Semana, “El Plan de Dios”.

Sin embargo, llegados a este punto, es donde el amor humano llega hasta donde puede llegar, que es la fusión de los esposos en un solo corazón. Te doy mi vida entera. (Podéis ver la Página “te doy mi vida entera” de este blog, donde se relata todo este proceso aplicado a la relación de pareja “Concierto para dos almas y un solo corazón”)

Pero en nuestra relación con Dios, todavía queda un camino casi infinito, es el salto a la Eternidad. Es la Noche oscura del alma. Digamos que es aquí donde el alma comienza a ser liberada de sus ataduras terrenales, y es transportada por el Amado hasta las más sublimes cotas de la perfección. Aquí la lógica de Dios entra en un terreno, para nosotros totalmente desconocido. Sólo los que lo experimentan pueden tomar conciencia de cómo es. No se puede explicar, aunque nuestros místicos han hecho una encomiable labor en tratar de describirlo, aunque sea mínimamente.

Una cosa es clara, aquí es donde el alma experimenta ese “morir, antes de morir, para comprobar que la muerte no existe”.

Aquí es donde el alma experimenta la Pasión del Calvario y la Resurrección.

Conclusión


Esta es la lógica de Dios, la incomprensible, la impredecible, la que no sabes por dónde te viene el aire, la que te desespera por sus silencios o la que te aterra por el riesgo de sufrir serios dramas y tragedias, que te hacen preguntarle ¿por qué me has abandonado?

El amor es la vivencia del ser humano; una vivencia que con los años le aporta la Sabiduría de la experiencia; una vivencia que da sentido a la existencia, que te hace sentir vivo, que te permite realmente descubrir a Dios dentro de ti y proclamar a los cuatro vientos “Santificado sea tu nombre”, “hágase tu voluntad”.

El Amor es la Lógica de Dios en tu vida, una revolución interior que es capaz de sacar del ser humano todo lo bueno que tiene dentro, que permite a la pareja regresar al paraíso terrenal. Porque ya no sentimos vergüenza, porque ya estamos totalmente desnudos el uno frente al otro sin ocultar nada; porque ya estamos los dos junto a Dios en el Paraíso, aquí en la Tierra.

Lo que desconcierta en Dios es algo parecido como cuando ves una película llena de flash back, de idas y venidas entre lo que ocurre, ocurrió y ocurrirá, de modo que te cuesta muchísimo enlazar todas las escenas para comprender el argumento y la secuencia de la trama, y sólo al final llegas a comprender de que iba el guión de la película. Con Dios nos pasa lo mismo, llegar a las cumbres de la espiritualidad es un durísimo camino de aprendizaje de uno mismo, donde las “bofetadas” pueden venir de cualquier parte y sin venir a cuento. Pero “todo tiene sentido”, Dios no da puntada sin hilo. Otra cosa es que lo comprendamos o lo aceptemos, pero Él sabe lo que hace aún cuando nos veamos en envueltos en situaciones difíciles de comprender y de aceptar.

Si alguno quiere un ejemplo de vida para más o menos saber de qué va esto, le invito a que medite sobre la vida de la pobre María de Nazareth, eche un vistazo a la entrada 44.- María, o lea los libros “La soledad de María”, “El Pobre de Nazareth y Muéstrame tu rostro”,  de Ignacio Larrañaga. 

Si creías, amigo, que la lógica de Dios era algo rebuscado, mira por donde, si estás casado, la puedes vivir en plenitud con tu esposa o esposo. Si eres una persona consagrada a Dios, ya ves cuál es el camino.

Este es un camino que tengo la osadía de explicar aquí (o al menos de tratar de hacerrlo)  en base a dos pilares, el primero, el vivencial, el que yo como esposo de mi amada esposa vivo todos los días tras treinta años de feliz matrimonio, y en paralelo, vivimos los dos con Dios y con los demás, los que nos necesitan (te doy mi vida entera, le digo a mi esposa; os damos nuestra vida entera, les decimos a nuestros hijos y a los que necesitan de nosotros). Porque todo queda en casa. El segundo, es por el magisterio de nuestros mejores místicos, San Juan de la Cruz, Santa Teresa e Ignacio Larrañaga. Además me baso en la pedagogía de Encuentro Matrimonial y en los místicos orientales, que también saben de estas cosas.

Y algo muy importante. De lo que nos sentimos mi esposa y yo orgullosos, no es de todo esto, de lo que hayamos podido hacer por nuestros méritos, sino de que Él actúa en nosotros, le hemos dejado hacer; somos tan sólo simples pinceles de un genial pintor. 

Nosotros somos lo que de nosotros queda en este mundo, que es bien poco. Y ese poco que queda, sabemos que lo puede echar todo a perder, pues hasta el mismo instante de nuestra muerte, no estamos a salvo de poder cagarla y dar al traste con todas nuestras esperanzas, porque nuestro "yo apañao", nos estará dando por saco hasta nuestro último aliento. De eso Dios es consciente, así que espero nos proteja de nosotros mismos, -no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal-.

Una cosa más. Desde que Jesús de Nazareth nos enseñó este negocio, el primer mandamiento no es amar a Dios sobre todas las cosas, sino dejar que Dios nos ame, y eso, sobre todas las cosas.
Así está mejor.


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