Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

lunes, 12 de agosto de 2013

174.- Dios no hace basura

“Dios no hace basura”.
Este es el primer gran mensaje que las parejas que asisten al Fin de Semana de Encuentro Matrimonial reciben, increíblemente, con gran sorpresa que, una vez recuperado el aliento, encuentran y reconocen como el mensaje más tranquilizador que nunca antes nadie les había transmitido.
Cuando mi esposa y yo escuchamos, allá en un 12 de marzo de 1988 esta frase, cuando vivimos nuestro Fin de Semana, yo al menos no me podía creer que de la boca de un cura pudiera salir esta frase. Acostumbrado como estaba desde mi más tierna infancia a reconocerme un dechado de “mierda”, pecador empedernido, cuyas grandísimas culpas me obligaban a arrastrarme por el fango de mis vergüenzas hasta el confesionario y reconocer que era una hez total y absoluta, merecedor del fuego eterno y del desprecio de Dios, que uno de la casta sacerdotal me dijera absolutamente todo lo contrario, primero me pareció una burla; “estará de coña” –pensé-.
Luego, cuando la charla evolucionaba hasta darme los argumentos suficientes como para comprender que ese sentimiento y profundo complejo de culpa por el mero hecho de haber nacido, era una completa patraña sobre la que se basaba el fantástico negocio del miedo para mantener atenazadas a las conciencias, tanto por la casta sacerdotal, como por el conjunto de la sociedad, que le iba muy bien manejando las voluntades de las gentes por la vía incriminatoria y coercitiva, sentí cómo una losa de quinientas toneladas me  era retirada, quedando mi alma liberada del insufrible peso de las culpas.
El bello ejemplo que adornaba la charla, con el pasaje y canción de Aldonza y Don Quijote, del musical “El hombre de la Mancha”, terminó por hacerme comprender que Dios no veía en mí permanentemente el peso de mis culpas, sino la belleza de mi corazón, como Don Quijote no veía en Aldonza la fealdad de una ramera, sino a la dama de sus sueños, a Dulcinea. Que Aldonza era una ramera y yo un ser lleno de defectos, estaba fuera de toda duda, pero que a Don Quijote y a Dios, eso no era sustancial, y que más allá de esos defectos, brillaba con luz propia la dignidad que ambos (Don Quijote en Aldonza y Dios en mí) veían en su personaje, estaba también fuera de toda duda. Y todo era perdonado, ni los errores y faltas cometidos eran tenidos en cuenta.
Dios no lleva con nosotros una contabilidad de doble entrada.


 NOTA: El pasaje de Aldonza y Don Quijote, tal como se expresa en el Musical es una adaptación libre de la novela de Cervantes. Aldonza Lorenzo no era ramera de venta, y jamás se vieron ni cruzaron palabra en la novela del Quijote. El follón lo montó Sancho Panza para salir del paso al inicio de la segunda parte de la novela Don Quijote de la Mancha, al ver salir a tres aldeanas del Toboso, y decirle a su amo que unos magos encantadores las habían convertido (entre ellas a Aldonza) en gente soez y de baja ralea.

Esta precepción de uno mismo, debida a la educación recibida de una sociedad civil y religiosa, enferma y neurótica, nos hace vernos despreciables, tanto para Dios como para nuestra pareja; y lo que se pretende hacer ver con esta meditación de “Dios no hace basura”, es que para Dios y para nuestra pareja nosotros no somos nada de eso, Él y ella nos ve con ojos de amor y pasa por alto todos nuestros defectos, lo que se traduce en una actitud de amor incondicional. Cuando esa visión ¿idílica o real? se desvanece, y llega la desilusión, el amor, como acto de la voluntad ha de entrar en acción y demostrarnos a nosotros mismos que realmente amamos al otro por encima de todas las cosas.
Dios nos ama por encima de todas las cosas. Y Él nos pide también que amemos… por encima de todas las cosas.
Amar por encima de todas las cosas
El amor, para que realmente lo sea, ha de manifestarse “por encima de todas las cosas”, si no, es sólo un ejercicio de intereses creados. Si bien es verdad que en la pareja el amor ha de ser mutuamente correspondido para que goce de la estabilidad necesaria para el mutuo crecimiento, no obstante, la actitud de cualquiera de nosotros hacia el conjunto de las cosas creadas ha de manifestar un amor “por encima de todas las cosas”, es decir, más allá de los sentimientos negativos que pueda provocar en nosotros la desilusión de no ver en el otro o en los otros, lo que nosotros quisiéramos esperar.
Una tan torpe como torcida e interesada interpretación de las Escrituras por la que Dios está permanentemente enojado con nosotros, y no hace otra cosa que pensar cómo nos puede castigar por nuestras infidelidades, a pesar de la Pasión de Cristo y todo lo demás, ha convertido el mundo de las religiones en todo lo contrario que perseguían sus supuestos fundadores (si es que la idea de estos –y estoy pensando en Jesús de Nazareth concretamente-, fue la de fundar algo parecido a lo que hoy constituyen las organizaciones religiosas al uso). Nos han sumergido en un vertedero de porquería en la que nos sumergimos una y otra vez, cada vez que cometemos un “pecado” (la palabra del diccionario que más profundamente odio).
Se nos insta a amar a Dios sobre todas las cosas, sin saber muy bien qué significa eso, salvo que la cosa consista en estar permanentemente obsesionados por las cosas del templo (fanatismo), y al resto… “que les den”. Jamás comprendí un planteamiento así, salvo que el objetivo fuera estar bailando alrededor de las faldas de los curas y cumplir el expediente con alguna que otra obra de caridad, que siempre viene bien que haya pobres a las puertas de las iglesias para aplacar nuestras conciencias.
El problema de tomar conciencia
Caer en la cuenta de estas cosas supone entrar, como os compartí en la entrada anterior en una zona de mar arbolada, de tempestad y de oscuridad, donde todo lo que parecía estar claro y obedientemente aceptado con las enseñanzas de los curas, de pronto, no tiene dónde poder sustentarse.
El cura que dijo la homilía este pasado domingo (11 de agosto de 2013), hacía un ingenuo símil de la vida del cristiano, como si de una lucha titánica contra el enemigo se tratara, y la comparaba con un partido de fútbol, aprovechando que la semana que viene empieza –eso dicen- la temporada de fútbol,  entre un equipo de tercera (nosotros) y uno de primera división, el maligno (Satanás), con un portero en nuestro equipo (Jesucristo), capaz de defender nuestra portería. La cosa se enredó poco a poco hasta casi la Champion, para concluir que esto de la vida del católico va en saber cómo va a quedar al final el partido si con victoria nuestra o del “enemigo”.  Vuelta a lo mismo, goles marcados (haber) contra goles encajados (debe), es decir, doble contabilidad de debe y haber, de pecados contra Gracia acumulada. Si la cosa queda en tablas, pues al purgatorio hasta el fin de los días, más aburridos que una mona en el cementerio mientras purgamos no sé de qué forma nuestros goles encajados. Si nos han marcado más goles que nosotros, pues al puto infierno, pero no ahora cuando muramos físicamente, que nos aburriremos en el cementerio, sino tras el juicio final, vaya usted a saber dentro de cuántos cientos o miles de años y mientras tanto, más aburridos que escuchando una partida de ajedrez por la radio, en el cementerio. Y si vencemos, pues al Cielo a tocar el arpa, no sin antes purgar los goles que nos han marcado en el purgatorio.
Yo creí que tras el Concilio a los de la púrpura se les iluminaría algo (sólo un poquito al menos) la sesera, pero va a ser que no, pues ayer, día 11 de agosto de 2013, el cura de marras, cargadito de razón, nos explicó lo mismo que el venerado padre Ripalda, allá por 1618 (creo recordar).
Darte cuenta de que esto tiene la misma validez espiritual que los cuentos de Caperucita Roja pues qué quieres que te diga, como poco te desencanta, hasta que terminas con un profundo cabreo.
Dios no hace basura, pero te obligan a meterte en ella.
¿Cómo se puede salir del cubo de la basura, del vertedero de mierda donde nos han sumergido?
En mi experiencia personal me he visto  obligado a desvincularme de la mayoría del adoctrinamiento católico, hasta no saber muy bien qué soy, si es que soy algo, que ya no lo sé. Por eso digo que finalmente me he convertido en un cristiano en modo nativo. Abrazo el Evangelio y nada más. No quiero saber nada más desde el punto de vista doctrinal, porque me lía, me enreda, me hace comulgar con ruedas de molino y atenta contra mi inteligencia como ser humano (como tener que aceptar que las serpientes hablan que da gusto), pero sobre todo, me encapsula el espíritu y encarcela de un modo tan atenazante, que me impide volar, y me impide evolucionar espiritualmente y aprender, pues todo consiste en seguir ciegamente las indicaciones del cura, como los jugadores de fútbol han de seguir las pautas de su entrenador, mientras la disciplina doctrinal te obliga a acercarte al confesionario sintiéndote un cubo de basura putrefacta. Y además te obliga a que nada que no sea lo que diga el cura pueda ser verdad, sólo ellos tienen su exclusiva. Cualquier otra religión o corriente filosófica o cultural tiene un valor igual a cero, o peor aún, tomarla en consideración te pone en grave riesgo de condenación. Así que aceptar la doctrina católica es cuestión de vida o muerte como afirmó (y yo escuché con los ojos a cuadros) hace poco más de un año el ínclito obispo de Alcalá de Henares el eminentísimo, reverendísimo, honorabilísimo y nunca bien ponderado Don Antonio Reig Pla.
Hasta que no te liberas de esta losa, no puedes iniciar el camino de la ascensión hacia Dios.
Como lean esto los curas me excomulgan fijo.
Vende todo lo que tienes, toma tu cruz y sígueme
Este es el auténtico giro copernicano de la vida. “Vende todo lo que tienes”, lo que te permite desembarazarte de la basura que te han echado encima.
Después de Jesús, las personas que realmente han sabido mostrarnos el camino, no han sido los legisladores eclesiásticos, obsesionados con las herejías, sino los místicos, los que realmente han vivido y experimentado el Camino hacia Dios (todos ellos por cierto, bajo sospecha de herejía).
“Vende todo lo que tienes”, abarca absolutamente todo lo que has conseguido atesorar, bien por tu esfuerzo, bien por haberte sido implantado por los chamanes y brujos de la tribu.
Ésta es mi oración. Timoteo, amigo mío, entregado por completo a la contemplación mística, renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales, a todo lo sensible y a lo inteligible. Despójate de todas las cosas que son y aún de las que no son y elévate así, cuanto puedas, hasta unirte en el no saber con aquel que está más allá de todo ser y de todo saber. Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y del todo, serás elevado en puro éxtasis hasta el Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia.
Vender todo lo que tienes va mucho más allá de repartir tu patrimonio económico con los pobres, sino lo que expresa (Pseudo) Dionisio Areopagita…: “renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales, a todo lo sensible y a lo inteligible”.
La misteriosa causa de todas las cosas no es elocuente, sino callada.
Deja a un lado los ritualismos de las cosas impuras, pero también de las puras.
Despréndete de las luces divinas y atísbate en las profundas Tinieblas  donde tiene realmente su morada Aquel que está más allá de todo ser.
En esto consiste el proceso de purificación, en desprenderse de todas las cosas percibidas y comprendidas por nuestra mente, porque todo eso que nosotros creemos que comprendemos, todo eso “no es Dios”, sino un burdo modelo tremendamente condicionado por elementos culturales, religiosos y contaminado de intereses ocultos como es el suculento “negocio del miedo”, esa “cuestión de vida o muerte” a la que queda reducida nuestra relación con Dios según los eminentísimos, reverendísimos, ilustrísimos, excelentísimos y monseñorísimos doctores eclesiásticos.
Entonces, es cuando libre el espíritu, y despojado de todo cuanto ve y es visto, penetra en las misteriosas Tinieblas del no-saber. Este fue el proceso de purificación al que Dios sometió a Moisés, antes de entrar en el Sancta sanctorum del Arca de la Alianza.
Allí, renunciado a todo lo que pueda la mente concebir, abismado totalmente en lo que no percibe ni comprende, se abandona por completo en Aquel que está más allá de todo ser. Allí, sin pertenecerte a tí mismo ni a nadie, renunciando a todo conocimiento, quedas unido por lo más noble de tu ser con Aquel que escapa a todo conocimiento.
Cuanto más se acerca el alma a las divinas Tinieblas, las palabras se vuelven inútiles, de modo que sólo es en el estado contemplativo, en perfecto silencio, como se puede experimentar a Dios. Por eso Dios es simplemente “inefable” (del que no se puede decir, “fablar” nada que salga de nuestra mente y articulen nuestros labios).
Teología negativa
Dionisio utiliza para descartar, lo que denomina Teología negativa, es decir, hemos de comenzar, para “vender todo lo que tenemos”, por desprendernos de aquello que “no es Dios”.
Decimos, pues, que Dios, la Causa universal está por encima de todo lo creado. No carece de esencia, ni de vida, ni de razón, ni de inteligencia. No tiene cuerpo, ni figura, ni cualidad, ni cantidad, ni peso. No está en ningún lugar. Ni la vista ni el tacto la perciben. Ni siente ni la alcanzan los sentidos. No sufre desorden ni perturbación procedente de pasiones terrenas. Que los acontecimientos sensibles no la esclavizan ni la reducen a la impotencia. No necesita luz. No experimenta mutación, ni corrupción, ni decaimiento. No se le añade ser, ni haber, ni cosa alguna que caiga bajo el dominio de los sentidos.
Dios no es nada que caiga bajo el dominio ni de la mente ni de los sentidos.
Dios es simplemente “consciencia universal”, y esto por poder siquiera intuir algo de Aquello que no se puede ni describir ni definir.
Y si somos imagen y semejanza suya, es absurdo pensar que Dios pueda hacernos basura.
Dionisio Areopagita (teólogo y místico bizantino que vivió en el Siglo VI, también conocido como pseudo Dionisio,  para diferenciarlo del que aparece en Hechos 17,34), en su pequeña obra Teología Mística, sienta las bases de lo que posteriormente maestros como Eckhart, Tauler, el anónimo autor inglés de “la nube del desconocer” y los místicos españoles, desarrollaron en sus escritos vivenciales.
De alguna forma, aporta todo el sentido a la frase de Jesús “vende todo lo que tienes”, y con ello, “libérate de toda la porquería que te han echado encima”, que en realidad no es tanto la que te hayas echado tú encima, sino la que te han arrojado tras tantos años sumido en el miedo.
La primera mierda que nos echaron encima desde bien pequeños fue el miedo y el complejo de culpa. En el momento en que nos podamos liberar de ere pánico infernal, podremos empezar a caminar. Pero esto implica “vender todo lo que nos han dado”, además de todo lo que “hemos adquirido”.
Liberados así de todo conocimiento absurdo podremos dejar libre nuestro cerebro para interaccionar con nuestra consciencia, y nuestra consciencia con Dios, para finalmente comprender que absolutamente nada nos separa de Él ni de los demás, salvo la triste imagen que nos hemos forjado (o nos han obligado a forjarnos) de nosotros mismos.
La liberación del alma















Los estudios que los neurofisiólogos vienen realizando en el intento de poder ubicar anatómicamente en qué lugar del cerebro reside nuestra conciencia, o lo que nos permite tomar conciencia del “yo”, de nosotros mismos, están resultando ser un perfecto fracaso.
Aunque pueda parecer extraño, el “yo”, nuestra propia conciencia es uno de los mayores intangibles del ser humano. No aparece por ninguna parte, ni se ve en radiografías, ni en TAC, ni en resonancias magnéticas, ni en potenciales evocados, ni ninguna otra forma de visualización bien por imagen bien por signos vitales. No hay un núcleo cerebral como el fórnix, el cuerpo mamilar, el putamen o la amígdala donde los científicos hayan identificado la sede del “yo”. La cosa pinta fea, porque no hay consenso a día de hoy. En un artículo reciente, publicado en Investigación y Ciencia1, el gran reto consiste en la determinación de los CNC, Correlatos Neuronales de la Conciencia, es decir, la actividad cerebral que corresponde a una experiencia subjetiva. Para uno de los autores, Koch, un grupo de neuronas de regiones cerebrales concretas se activan de modo específico. Para el otro autor, Greenfield, el cerebro se sincroniza en asambleas coordinadas de neuronas que a continuación deshacen el sindicato. Y como ellos, otros autores plantean alternativas diversas. Es decir, no sabemos si en algún momento se logrará identificar física y bioquímicamente el “yo”.  Lo cierto es que el “yo” que “yo” conozco no aparece, pero se comporta como si existiera de verdad… “como si…”. Como dice Fidel Delgado, el “yo” es como un círculo de fuego creado al hacer girar con el brazo una tea ardiendo, que desaparece en el momento que dejamos de girarla.
[1]  Christof Koch, Susan Greenfield. Cómo surge la conciencia. Investigación y Ciencia, Dic. 2007, pag 50
Si esto es así, otras investigaciones relacionadas con “Experiencias cercanas a la muerte”, apuntan a la posibilidad de que la consciencia, acaso se mueva en otro contexto del tiempo y del espacio, hasta llegar a ser algo real, aunque no material, de modo que la mente, la que reside en nuestro cerebro, acaso no sea la generadora de la consciencia, sino su receptor. Es decir, el cerebro es como órgano receptor de una conciencia que vive y vivirá con independencia del cuerpo en el que reside ahora. Esto explicaría la inmortalidad. Por eso, que la carne resucite como se afirma en el Credo católico, resulta ser en el mejor de los casos un valor añadido (por cierto bastante increíble, sobre todo para los incinerados) sin demasiado interés en el devenir del alma.
Lógicamente a la Ciencia le resulta bastante incómodo rendirse a esta evidencia, y trata de justificar el túnel, la luz y la visión de la estancia desde el techo de la habitación como sobreestímulos de los diferentes lóbulos cerebrales producidos por la anoxia y demás trastornos derivados de la parada cardíaca, pero ninguna de estas explicaciones tiene consistencia.
El hecho cierto es que las experiencias cercanas a la muerte están corroboradas con miles de testimonios, de modo que no se pueden rebatir. Son un hecho, como un hecho es que la consciencia humana sobrevive a la parada sistémica total del organismo o muerte clínica.
Que el cerebro sea por tanto no el generador sino el receptor de la consciencia, plantea un fabuloso campo de posibilidades, como el que Jesús nos propone de “venderlo todo”, es decir, despojarnos de todas las falsas imágenes y conceptos que nos han inyectado en nuestra memoria y nosotros mismos hemos elaborado sobre todo lo que existe, incluso sobre Dios, para dejar nuestro cerebro, nuestra mente como receptor espiritual limpio de impurezas para que la consciencia, nuestro auténtico “yo”, fluya, se exprese, y a través de ella, Dios se manifieste con toda su realidad.
Visto así, se puede ver con relativa claridad que el proceso de venta, al que hemos de añadir el no menos importante de “tomar nuestra cruz”, es decir, soportar y sobrellevar todos los imponderables que nos afectan, incluido el más importante “nosotros mismos”, nuestra insufrible torpeza y necedad, supone efectuar la travesía del desierto.
Hemos visto en las entradas 171 (Zona de niebla). 172 (Zona de oscuridad) y 173 (La Tempestad), las diferentes inclemencias a las que hemos de ser sometido en nuestro proceso de purificación. Todo ello, nada más lejos de un plácido paseo por bosques frondosos y praderas hermosas, llenas “de colores” o mares cálidos y bañados por la brisa. No es época de luces sino de sombras y tempestades, por eso es imprescindible confiar el timón de nuestra nave a Aquel que se sabe el Camino, y tener fe ciega.
Pero de todas las condiciones meteorológicas, la que más desgasta, la que más puede llegar a exasperar es la travesía del desierto, o en nuestro símil marinero, cruzar una zona oceánica de calma chicha y sol abrasador, donde el viento a penas levanta una leve onda en nuestras velas.  El barco parece que no navega, porque nuestras velas están desinfladas, pero lo que no sabemos es que por debajo, las corrientes oceánicas termohalinas nos transportan imperceptiblemente a nuestro destino sin hacer nosotros nada, salvo esperar pacientemente.
A este viaje estamos todos invitados, hasta los fanáticos, siempre que sepan deshacerse de su fanatismo, el mayor lastre que uno pueda imaginar.

*

miércoles, 31 de julio de 2013

173.- La tempestad





-Ves, el hielo se extiende hasta donde se pierde la vista, no hay hierba ni matorral. La fuerza del viento ha arreciado. Nieve y tempestad. Mal tiempo para la caza. Sin embargo, tenemos que salir a buscar comida a diario.

-¿Por qué ha de haber tormentas que nos impiden encontrar la carne para alimentar a nuestros hijos? Los cazadores llegaron hace una hora sin encontrar nada. ¿Por qué?

-Mis niños permanecen acurrucados ateridos de frío, protegidos tan sólo con esta manta. ¿Por qué?

-Mi hermana está en ese catre enferma, sin posibilidad de que la vea un curandero o uno de vuestros médicos. Se morirá entes de una semana ¿por qué? ¿Por qué ha de padecer dolores y sufrir esa pobre mujer que no ha hecho mal a nadie?

- Tampoco tú puedes responder a la pregunta de por qué es así la vida. Y así debe ser. Nuestras costumbres proceden de la vida, y están encauzadas cara a la vida. No hallamos explicación ni creemos en esto o en aquello. La respuesta está en lo que acabo de mostrarte. Tenemos miedo… mucho miedo. Por eso nuestros antepasados aprendieron a defenderse con todas aquellas armas y medidas que encontraron, y desarrollaron habilidades y costumbres que se han transmitido a través de generaciones enteras, hasta nosotros. No comprendemos muy bien el por qué de muchas de ellas, pero  las observamos para poder vivir en paz.

- Sin embargo, y a pesar de nuestros angacoqs (chamanes), nuestro saber es tan escaso, que tenemos miedo de todo.

Kurt Seeberger

Mil dioses y un Cielo



Tenemos miedo de todo



Con este párrafo que es parte de la cita que inserté en la entrada anterior, comienzo la presente, porque quiero expresar que la vida, además de estar envuelta en zona de niebla y oscuridad, sufre un permanente estado de agitación, de turbulencias; donde realmente tenemos miedo de todo.

Lo que solemos hacer los humanos es exorcizar ese miedo a base de crearnos recursos para vivir asegurados, donde tengamos todos los riesgos previstos.

Pero esto es pura fantasía.

La vida da miedo, y una, por no decir la fundamental, tarea a la que nos enfrentamos los humanos para madurar, es conseguir gestionar ese miedo.

De la misma forma que una de las mejores frases de Buda es esta que dice “el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional”, hay otra, que no se si es de él, y que escuché en la reciente película “After Earth”, del actor Will Smith y su hijo, que dice: “el riesgo es real, pero el miedo es una opción”.

Y sí es cierto, vivimos en un mundo peligroso, lleno de incertidumbres y de peligros, pero el miedo es la actitud con la que afrontamos ese riesgo.

Tres tipos de miedo

Como habitualmente planteo estas cosas en el blog, mis postulados no tienen valor postal desde un punto de vista académico, sino tan sólo desde la propia experiencia, que es personal y no directamente extrapolable a terceros, salvo que alguno se sienta identificado. Ni compito, ni quiero competir con los sabios doctores que saben mucho más que yo de estas cuestiones, “porque tienen estudios”, que yo no tengo. Pero si planteo estas cosas desde lo que yo personalmente he experimentado y experimento; desde mi propia experiencia.

Dicho esto, sobre todo para los que seáis estrictos y ortodoxos católicos, en la vida existen tres tipos fundamentales de miedos, el primero sobre los riesgos e incertidumbres que nos plantea la vida diaria. El segundo es el miedo es el que genera nuestros particulares sentimientos de culpa en relación al pecado, y el tercero es el miedo trascendente, el que plantea lo que pudiera haber en el más allá, lo que la Iglesia denomina “novísimos”, íntimamente relacionado con los sentimientos de culpabilidad debido a nuestras grandísimas culpas.

Para afrontar el primer tipo, necesitamos una buena dosis de inteligencia, de entendimiento, para tener bajo control nuestro sufrimiento y nuestro miedo, haciendo de ellos una opción, y no algo inevitable.

Para afrontar el segundo tenemos que neutralizar nuestros complejos de culpabilidad, salvo que tengan base real, y no por habérnoslos sido inyectado en lo más profundo de nuestras conciencias por la vía de la educación, en este caso religiosa.

Para afrontar el tercero, necesitamos una buena dosis de fe, dado que aquí la inteligencia supone un estorbo y lo complica todo.

Definición útil de inteligencia

Hay muchas definiciones de inteligencia, aunque siempre se ha entendido como la capacidad de pensar, aprender y comprender. Propongo esta última que creo, es muy buena y sorprendente:

“La inteligencia es la capacidad de manejar y gestionar la incertidumbre”.

Esta definición, que no sé de quién es, pero está en la base de la moderna “inteligencia emocional” de Daniel Goleman, permite comprender por qué las preocupaciones y los miedos de una persona deficiente o de pocas luces son mucho mayores que las de una persona razonablemente inteligente (y astuta) como un político. Saber manejar la incertidumbre significa no sólo saber escenificar las situaciones, comprender las causas del proceso de desarrollo del problema y sus consecuencias; imaginar las diferentes alternativas de solución y sus correspondientes repercusiones a corto, medio y largo plazo, sino poseer un al menos relativo control sobre los resortes que permiten tomar decisiones. Cuando se posee esto, uno puede triangular su posición respecto del mundo que le rodea, y saber perfectamente donde está y a dónde ha de ir. Y si tiene restricciones a la decisión, al menos sabe cuáles son y hasta dónde alcanza su responsabilidad en todo el problema. Esto tranquiliza al menos y te permite mediante puntos de referencia absolutos, conocer tu posición relativa respecto de todo lo demás. Esto minimiza extraordinariamente la incertidumbre y con ello su manifestación subjetiva, el miedo, el desasosiego y la preocupación. Y en el extremo, si la cosa sale mal y se cosecha un fracaso, la percepción subjetiva estará filtrada por el razonamiento que permite poner las cosas en su sitio y calibrar tu nivel de responsabilidad y de inocencia. Y la vida sigue. Pero si no se tiene esta capacidad, o uno se ofusca en exceso, las cosas pierden su evidencia y surgen en nosotros multitud de fantasmas, los molinos se convierten en gigantes y nos montamos una película de la de Dios. Lo real se distorsiona en fantasías obsesiones y distorsiones de la percepción con lo que nos montamos un mundo paralelo con pocas conexiones con lo real. Desconectamos de la realidad y juzgamos lo que pasa según el guión de la película de terror que nos hemos montado. Nos sentimos perseguidos, cuando no es así; nos sentimos subestimados, cuando no es así; nos sentimos despreciados, cuando no; nos sentimos no válidos, cuando no. Y nos defendemos… este es un hijo puta, cuando no; el otro es un mal nacido, cuando no… Etc.

En suma, todo se cuece en nuestro interior, y en nuestra capacidad de metabolizar los “inputs” que nos llegan continuamente.

Según la Teoría del comportamiento, los seres humanos estamos enredados en un bucle afectivo, “siento – pienso – me comporto” Y ese comportamiento puede atenuar o reavivar el sentimiento que me produce la situación.

Pero entre el siento y me comporto, el “pensamiento” que incorporamos puede ser objetivo o subjetivo. En el pensamiento subjetivo fundamentalmente emitimos juicios de valor que tratan de exculparnos y echar las culpas a otros. En el pensamiento objetivo (muy raro, por cierto) de lo que se trata es de saber qué necesidades tenemos nosotros mismos al descubierto.

Ahora bien, todas estas reflexiones no dejan de ser “toreo de salón” por muy compungidos que estemos por nuestros fracasos e incertidumbres cuando la realidad supera todas nuestras expectativas de terror ante noticias como las que he escuchado ahora mismo, 25 de julio, sobre el descarrilamiento del tren de alta velocidad Madrid-Santiago de Compostela, en el que hasta el momento han muerto 72 pasajeros.

En estas circunstancias, ¿quién no clama al Cielo y le pregunta al mismo Dios “por qué”?

Saber gestionar todo esto, mis fracasos, mis miedos y mis tragedias –o las de los demás-, o no, es la diferencia de enfrentarnos a la vida preparados o desprotegidos.

Es la diferencia entre afrontar una tempestad en medio del mar teniendo preparado el buque “a son de mar”, o sin haber tomado las debidas medidas de seguridad para enfrentarnos a la tormenta.

Preparar el buque a son de mar


Cuando yo era médico naval y pertenecía a la tripulación del buque en el que navegué durante un par de años, me tocó navegar en toda condición de tiempo en la mar. Recuerdo que cuando tocaba atravesar una zona de tempestad, por megafonía escuchábamos la voz del oficial de guardia en el puente que decía: “Martín Álvarez (nombre del buque), preparar el buque a son de mar”. A la orden, cada cual tenía que acudir a su destino, yo a mi enfermería, y trincar todo para que los objetos no salieran despedidos a cada envite de las olas, porque se avecinaba atravesar lo que llamamos “un maretón”, una zona de marejada, mar gruesa o incluso mar arbolada, y esos barcos se movían y cimbreaban que daba miedo.

Mutatis mutandi, preparar nuestra nave “a son de mar”, supone preparar todos nuestros recursos psicológicos y espirituales para recibir los envites de la vida, que cuando nos dice “aquí estoy yo”, raro es el guapo que en el extremo “no se caga en los pantalones” cuando la realidad nos enseña sus dientes y nos pone a prueba en todas nuestras capacidades para campear el temporal.

Abordemos primero los temporales que nos plantea la vida de aquí abajo.

Para afrontar los envites de la vida diaria, los psicólogos que saben mucho, porque tienen muchos estudios, se presentan ante la sociedad como consumados especialistas en eso del apoyo psicológico a las víctimas y familiares, como lo deben estar haciendo en estos momentos que escribo estas líneas en el accidente ferroviario de Santiago de Compostela (que por cierto se produce justo el día de la festividad del santo patrón).

Se habla en estos casos de adversidades, de conceptos como “la pérdida de control o de autoestima”, de la nostalgia tóxica o recuerdos del pasado que nos atenazan y condicionan nuestro vivir; la falta de control personal, las actitudes destructivas, la falta de responsabilidad, y de cómo todas estas debilidades se pueden aprender a afrontar con lo que se denomina “resiliencia”, concepto extraído de la ingeniería y de la Física, que refiere a la capacidad de resistencia de los materiales al impacto y su capacidad de recuperar la forma original. Extrapolado el término a lo psicológico la resiliencia es la capacidad de reacción humana ante la adversidad.

En un seminario al que asistí hace unos meses sobre el tema, la ponente, la mexicana Rosa Argentina Rivas, apuntaba las actitudes y habilidades personales que hacían de una persona alguien con buena resiliencia. Refería diez más una características. Las diez primeras suponían capacidades humanas: 1.- saber comunicarnos, 2.- mejorar la autoestima, 3.- la autonomía, 4.- la responsabilidad, 5.- el sentido del humor, 6.- la inteligencia, 7.- saber perdonar, 8.- la madurez, 9.- saber prestar apoyo social o empatía, y 10.- una buena dosis de optimismo.

La decimo primera, o la décima más uno, era la espiritualidad. Separo este último, porque la espiritualidad supone el arma definitiva para afrontar los miedos tanto de esta vida, como de la trascendencia y del más allá.

Las diez capacidades se pueden mejorar leyendo, reflexionando, practicando, haciendo caso al psicólogo a lo largo de las interminables sesiones de psicoterapia, etc. Los humanos no sabemos de lo que el ser humano es capaz si se lo propone.

La espiritualidad es como habitualmente se dice, “harina de otro costal”.

La espiritualidad

Quiero traer aquí a colación unos ramilletes de un precioso libro de Krisnamurty, “A los pies del Maestro”, libro que leí a mi temprana edad de 17 años, tras un viaje a San Francisco en 1973, y que me regalaron los Hare Krisna. Este libro me abrió la mente a algo que no fuera exclusivamente la ortodoxia católica. Me indujo la peligrosa manía de pensar, y de darme cuenta de que había “algo más”, más allá de los límites marcados por en cura de la parroquia.

Krisnamurty indicaba que para afrontar el sendero de la espiritualidad, eran necesarios cuatro requisitos: el discernimiento, la ausencia de deseo, la recta conducta y el Amor. De estos requisitos, extraigo unas cuantas frases, por si al lector le atrajera leer más, para que te des cuenta de que todos los místicos apuntan básicamente a la misma espiritualidad.

Sobre el discernimiento, se expresa en estos términos:

El primero de estos requisitos es el discernimiento; por lo cual entendemos, generalmente, la facultad de distinguir entre lo real y lo irreal, que conduce a los hombres a entrar en el Sendero.

Estudia profundamente las leyes de la naturaleza y cuando las hayas conocido adapta tu vida a ellas, empleando siempre la razón y el sentido común.

Debes distinguir entre lo importante y lo no importante. Firme como una roca cuando se trate de la rectitud o de la maldad, cede siempre en las cosas que no tengan importancia. Porque habrás de ser siempre afable y bondadoso, razonable y condescendiente; dejando a otros la misma plena libertad que a ti te es necesaria.

Sobre la ausencia de deseo

Hay muchas personas para quienes la "Carencia de deseos", es una cualidad difícil de adquirir, por que sienten que sus deseos SON su ser mismo; que si los deseos que les son peculiares, si sus agrados y desagrados fuesen eliminados, nada de sí mismos quedaría.

Pero estos son solamente los que no han visto al Maestro; a la luz de Su sacra presencia, todo deseo se extingue, excepto el de ser como Él.

Sin embargo, antes de tener la alegría de encontrarlo frente a frente, podrás conseguir la ausencia de deseo si así lo quieres.

Sobre la recta conducta.

El Maestro especifica así las seis reglas de Conducta que son especialmente requeridas:

 1-Dominio de sí mismo por lo que atañe a la mente.

 2-Dominio de sí en la Acción.

 3-Tolerancia.
 4-Contentamiento y alegría.

 5-Finalidad única.

 6-Confianza.

Con frecuencia se la interpreta como un intenso deseo por la liberación de la rueda de nacimientos y muertes, y por la unión con Dios. Pero tal interpretación da cabida al egoísmo y expresa sólo parte de su significado.

Y sobre el Amor

De todas las cualidades requeridas, la más importante es el AMOR, porque si el amor está suficientemente desarrollado en un ser, le obliga a adquirir todas las demás; y todas ellas, sin amor, jamás serían suficientes.

No es tanto deseo como VOLUNTAD, resolución, determinación. Para que produzca su resultado, esta resolución deberá compenetrar tu naturaleza entera, de suerte que no quede lugar para cualquier otro sentimiento.

Efectivamente, es la Voluntad de ser uno con Dios, no para escapar del cansancio y sufrimiento, sino a fin de poder actuar con Él y como Él a causa de tu profundo amor por Él.



Rosa Rivas, en el seminario que asistí, apuntaba cómo con independencia de la religión que profese cada uno, la vivencia de la espiritualidad exige la de una serie de valores, que son los siguientes:

Primero la oración o meditación.

Segundo el desapego.

Tercero vivir la ética.

Cuarto cultivar la sabiduría.

Quinto aprender a amar.

Sexto la esperanza lúcida.

Y séptimo, la fe o relación con lo trascendente.

Y no se necesitan los ritos, que sólo son signos externos de una espiritualidad profunda, pero que sin esta, no tienen ningún sentido por sí mismos.

El pecado y los novísimos


Pasamos ahora a las tempestades espirituales que provocan las incertidumbres trascendentes, sobre el espinoso tema del pecado y sus consecuencias más allá de la muerte, y donde las religiones suelen hincar la gran mordida del miedo en sus feligreses, para mantenernos bien sujetos y dentro del rebaño.

Todo lo relacionado con el pecado supone (al menos en mi experiencia), lo más parecido a una película de terror. La doctrina católica plantea un escenario en el que la probabilidad de que los humanos pequemos mortalmente es virtualmente del 100% en algún momento de nuestra vida. Si no tenemos un cura a mano para confesarnos y nos sorprende la muerte, de nada nos sirve ni la muerte de Cristo, ni la redención, ni el bautismo, ni la confirmación, ni las misas, ni nada. Estamos condenados al fuego eterno. En este sentido el catecismo de Pio V (Ripalda y Astate) y el moderno de Juan Pablo II, dicen lo mismo, sólo que éste con un lenguaje más actual.

Yo casi con seguridad que según el código canónico, debo estar perfectamente condenado, porque de seguro que he cometido faltas, según el referido código que son pecados mortales. La simple vida matrimonial, si uno no acepta cargarse de hijos, casi te obliga a poner medios de control los cuales, prácticamente todos suponen cometer pecados mortales en la pareja.

Según este planteamiento, Dios amarnos nos amará, pero si no nos confesamos con un cura, y no morimos en gracia de Dios, Houston, tenemos un grave problema.

El planteamiento eclesiástico, en mi dudoso entendimiento de las cosas, cuestiona comportamientos inherentes a la propia naturaleza humana, porque hay muchas actitudes que muestran que somos débiles, lleno de faltas y de torpezas, y esas debilidades se consideran pecaminosas.

¿Cuántas de las pobres víctimas mortales del accidente de Santiago se habrán salvado, es decir, habrán muerto sin pecado mortal? No lo sé y me da pavor imaginármelo, si nos atenemos a las exigencias eclesiásticas. ¿De qué sirven nuestras oraciones para aquellos fallecidos que ya están quemándose en el fuego eterno?

Un planteamiento de vida así es demoledor. Y sin embargo, si uno lee el catecismo católico, la cuestión es que no tiene vuelta de hoja. Es el tema de los novísimos.

Cada vez que abordo el tema de los novísimos en la fe católica se me ponen los pelos como escarpias. Regresan viejos temas aterradores que nos dejaban ateridos de pánico a los pobres catecúmenos de los años sesenta. Es además un tema que ha neurotizado a multitud de generaciones educadas a la antigua usanza preconciliar, donde el objetivo en la vida es “no pecar”, pero no en el sentido de no matar, no cometer adulterio o no provocar masacres genocidas, sino evitar a toda costa pensamientos impuros, tratar de no cargarse de hijos (gravísimo problema para las parejas católicas), la maledicencia, etc.

Y la cuestión no es que sea una aberración luchar contra todo esto, sino el concepto “castigo eterno”, infierno. La infinitud, la eternidad es algo incomprensible para la mente humana y el terror que se infunde con un castigo “para siempre” es tan desolador, que lejos de estimular hacer el bien, resulta ser paralizante, frustrante y sobre todo “contranatura”.

La fe católica, como los grandes palacios medievales tiene dos caras. Una amable que promete el Cielo para los que cumplen la ley de Dios, y el reverso tenebroso, equivalente a las mazmorras y cámaras de tortura, que promete aterradores y eternos suplicios para los que no cumplen la divina Ley.

El problema es que se juzga con el mismo rasero al que comete un sólo pecado mortal, por ejemplo, usar preservativo incluso dentro del matrimonio, como al que vive enriquecido gracias al tráfico de drogas.

Os comparto una experiencia que viví hace algunos años y que reavivó esta profunda herida con la Iglesia. Bien es verdad que este tema lo tenía bastante olvidado, y la Iglesia en los encuentros mediáticos del Papa no los menciona, porque sería de un efecto social muy negativo para la feligresía. Pero ahí está agazapado. No lo expresan claramente, pero tampoco dicen taxativamente que la otra vida no es tan terrorífica.

No sé, pero a mí, que me considero débil y limitado me tiene bastante preocupado. Aunque desde que escuché en el Fin de Semana de Encuentro Matrimonial “Dios no hace basura”, empecé a creer que Dios es bastante más misericordioso de lo que nos habían enseñado.

Pues resulta que va a ser que no. Al menos esto es lo que dice la Virgen de Fátima a través de Lucía.

El tema se me reabrió durante el V Encuentro Internacional de la Familia, allá en julio de 2006 en Valencia.

Me produjo tal impacto emocional, que decidí plantear abiertamente la cuestión a mis amigos sacerdotes.

Les escribí el siguiente mensaje, con una carta en la que les expliqué el problema que me suscitó la lectura del opúsculo de Lucía sobre las revelaciones de Fátima.

Queridos amigos sacerdotes…

En aquella hora del Rosario en la playa de la Malvarosa me sucedió algo que ya creía haber olvidado.

Cayó en mis manos una propaganda sobre la Virgen de Fátima que tenía un opúsculo sobre las declaraciones de Lucía. Es un opúsculo titulado “El mensaje de Fátima”, “habla Lucía”, editado en 1997 con censura eclesiástica.

Durante la hora y media de espera antes del Rosario, me dediqué a leer completamente el folletito. A medida que lo iba leyendo, comenzaban a regresar a mi memoria los viejos fantasmas que atenazaron mi niñez y juventud, de un modo progresivamente violento; hasta generar en mí no sé si indignación, si estupor, si renovado pánico. En cualquier caso, la lectura del texto generó en mí un auténtico sentimiento de “terror”.

No podía creer que “otra vez”, la tradicional dialéctica utilizada por la Iglesia de terror al infierno, volviese a difundirse de nuevo entre los creyentes.

A modo de ejemplo, reflejo literalmente los siguientes fragmentos del texto:

De la primera aparición:


-Pregunté entonces: ¿Yo iré al cielo?, - preguntó Lucía a la Señora-.
-"Si irás"
-¿Y Jacinta?
-"ira también"
-¿Y Francisco?
-"También ira, pero tiene que rezar antes muchos rosarios"

Entonces me acordé de dos amigas de mi hermana que habían muerto hacia poco.
-¿Está María de las Nieves en el cielo?
-"Sí, está"
-¿y Amelia? de 18 ó 20 años
-"estará en el purgatorio hasta el fin del mundo".

Y de la tercera aparición:


Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevada por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor.

Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:

-"Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzara otra peor".

Me pregunto qué habrá podido hacer el pequeño Francisco para estar amenazado de pasar varios cientos de años en el purgatorio a sus doce añitos, más o menos, salvo que se líe a rezar tres rosarios diarios como poco. Y la otra pobre Amelia, a sus 18 años, para quedarse el ese enigmático lugar cientos, miles, o millones de años, hasta el fin del mundo, o del Planeta…, vaya usted a saber.

Demonios, infiernos, sufrimientos eternos y horribles…  Todo el cortejo de imaginarios que han salpicado las creencias de aterrorizados católicos como método disuasorio empleado desde tiempos inmemoriales por la Iglesia para evitar la comisión de pecados. Es decir, mientras en los grandes encuentros mediáticos del Papa se proclama la misericordia del Señor, como en las J.M.J. como la actual en Río de Janeiro, por otro lado Fátima advierte que como “te muevas un pelo, no sales en la foto celestial”. Y no por cometer genocidios ni crímenes de lesa humanidad, sino pecados tan ridículos como faltar sin justificación a misa un domingo, o unos malos pensamientos, o tocamientos, o usar el preservativo, como método de planificación familiar para no cargarte de hijos. Etc.

Desde pequeño esta ambigüedad de la doctrina me ha atormentado. Cómo es posible que Dios nos ame como  “abba” a sus hijitos pequeños y por otro lado un mal pensamiento o faltar a misa un domingo fuera motivo de condenación eterna. Es como si te condenaran al corredor de la muerte tanto por cometer el atentado del 11-M como por robar un Chupachups de una tienda de frutos secos. Aunque creo que el castigo divino no tiene comparación por ser eterno. Al menos eso interpretábamos los pobres catecúmenos allá por los años sesenta al estudiar el catecismo Ripalda (que creía superado, pero veo que no), que a la vista de las revelaciones de Fátima no iba demasiado descaminado respecto de la justicia divina.

¿Qué he hecho para sobrevivir? Olvidar esta aterradora imagen de Dios y de la eternidad, y entender que “no es posible semejante barbaridad escatológica”. Que Dios no puede hacer una basura tan despreciable como nuestros pobres corazones. Lo que no implica que el pecado quede sin castigo. Etc. Etc. Es decir, he vivido tratando de ser una buena persona, y esperar a qué Dios no sea demasiado severo contra mis debilidades y limitaciones, que no “grandísimas culpas” cometidas con dolo,  alevosía y ensañamiento como se me obliga a reconocer en el “yo pecador”.

Bueno, pues resulta las palabras de la Virgen de Fátima, por lo que cuenta Lucía, son verdad. A poco que te desvíes de la senda del Rosario te arriesgas, como poco, a pasarte una prolongada temporada en el purgatorio (cientos o miles de años sufriendo no sé qué tormento, con la única esperanza de que al final serás salvo… ¡menos mal!).

Y los salmos proclaman “dichoso el que teme al Señor”, es decir, el que vive aterrorizado por la sola ida de morir sin estado de Gracia porque el castigo es indescriptible e inimaginable, tanto si es temporal como eterno.

Perdonad, queridos sacerdotes, pero yo no he podido ni puedo soportar esta permanente amenaza a mi integridad como persona y como ser inmortal que soy. He luchado durante los últimos treinta años por borrar esta lúgubre imagen de mis novísimos, porque me es imposible vivir en la permanente angustia de una condenación eterna por el hecho de caer en debilidades inherentes, por otra parte a mi naturaleza humana, de la que no puedo deshacerme, aunque trate cada mañana de luchar para crecer, aprender y ser cada día mejor.

Si esta visión escatológica del ser humano es la que sostiene la Iglesia Católica, lo siento pero percibo como mucho más natural la visión oriental basada en la reencarnación, donde el hombre tiene un largo camino que recorrer hacia Dios, a través de una sucesión de vidas en este mundo y periodos en el plano espiritual donde aprender es un horizonte continuo.

Yo creía que en estos últimos años esta visión aterradora del futuro del ser humano se había suavizado bastante, entre otras cosas porque es el mensaje que “parece se da” urbi et orbi. Pero estos textos marianos como el de Fátima, con censura eclesiástica de 1997, afirman todo lo contrario. Al Cielo a través del terror al infierno, no incitando a hacer el bien, sino a no hacer el mal y a mortificarse con latigazos, silicios y castigos corporales de corte medieval (a los que también hace referencia el opúsculo de Lucía) para dominar el demonio que llevamos dentro, y etc, etc.

Si esto es cierto, yo no puedo vivir así, sintiéndome en el corredor de la muerte. Si lo que escribe Lucía, la Iglesia lo acepta como cierto, como palabras salidas de la boca de la Virgen María, yo no puedo vivir así.

No tengáis miedo… dice el Señor.



Jn. 14, 27 Os dejo la paz, mi propia paz. Una paz que no es la que el mundo da. No estéis angustiados, no tengáis miedo.

No tengo miedo, estoy aterrorizado. Parece mentira, ¿verdad? Pues a la luz de lo que he leído, vuelvo a tener miedo, porque soy un ser humano cansado de confesarme y reconocer debilidades y defectos por los que según Fátima debo estar irremisiblemente condenado al fuego eterno. Pero si el pobre pastorcillo Francisco casi se eterniza en el purgatorio, imaginaos yo!!! Y cualquier otro ser humano en este Planeta a poco que tenga un par de defectos y debilidades humanas. Y os aseguro que no he matado, robado, injuriado, desobedecido, violado, ni agredido a nadie en mi vida. O al menos no soy consciente de ello. Y cuando he ofendido a alguien he tratado de pedirle perdón, antes de presentar mi ofrenda ante el altar

Todo esto, así contado suena a chiste, casi es ridículo que tengamos este discurso en 2006. Pero tratándose de la eternidad no tiene ni pizca de gracia.

Yo no tengo miedo de que me caigan 30 años de cárcel por saltarme un semáforo rojo. Sé que me pueden poner una multa o quitarme puntos del carné de conducir, pero en ningún caso me puede caer 30 años de cárcel.

El otro día vi un documento en Power Point sobre cómo los musulmanes castigaban a un niño de doce años por robar una pieza de fruta de un mercado (tendría hambre el pobre), aplastándole el brazo con la rueda de un camión. ¡Qué salvajada! Exclamamos los civilizados cristianos occidentales. Pues lo siento, las declaraciones de la Virgen de Fátima me parecen mucho más salvajes, tal y como se expresan en el documento escrito por Lucía, testigo directo de las apariciones.

Y ahora viene vuestra interpretación, la exégesis y hermenéutica eclesiástica combinada para explicar que “si  pero no”, “no pero sí”, “ni sí ni no”, “depende”, “es el lenguaje de la época”, para salir airosos de una pregunta tremenda que os hago a vosotros, sacerdotes católicos, y para la que sé no tenéis respuesta.

¿Son ciertas las palabras de la Virgen que os he referido?

Si es que sí, entonces creo honestamente que por una razón u otra, el 99% de católicos lo tenemos bastante crudo, pues vivimos en el corredor de la muerte casi con seguridad a tenor del código moral que plantea Fátima -salvo que nos pasemos el día entero rezando rosarios-, por el hecho de ser seres humanos llenos de debilidades inherentes a nuestra naturaleza, al defecto de fábrica con el que hemos nacido todos. Y no quiero ni pensar en el resto de la Humanidad.

Si es que no (que creo es lo más probable), entonces la Iglesia Católica está sosteniendo una gran mentira.

Y no veo posible ninguna media tinta, queridos amigos.

O sí o no. No vale un no pero sí, un sí pero no, un ni sí ni no…, como la Iglesia acostumbra a resbalarse como una anguila de cuestiones comprometidas.

Y argumentar la respuesta con texto teológico de quinientas páginas no vale para el común de los mortales.

Yo creo que al final, por simple higiene mental y espiritual, al común de la gente estos temas les importan un carajo, salvo personas santísimas que sepan cumplir perfectamente el código de Fátima o mortales como yo que tratamos de ver inútilmente una coherencia lógica en el sistema de creencias que nos han enseñado, y/o tienen la puñetera manía de pensar, defecto imperdonable para un buen creyente.

Termino.

Quisiera, desearía no sentir lo que siento, ni expresar lo que expreso, y centrarme exclusivamente en el mensaje de amor, paz y esperanza que el Papa Benedicto XVI nos ha transmitido en el V Encuentro Mundial de las familias, y que Juan Pablo II no se cansaba de lanzar, pero la lectura del secreto de Fátima el viernes por la noche me ha relanzado a mis cincuenta años (¡!) a los peores años de mi infancia, cuando no pasaba semana que no me confesara de los mismos pecados veniales y mortales que un chiquillo de once años ¿puede cometer?, ni día que no rezara el rosario con mi madre para purgar mis atrocidades, como las del pobre Francisco (por las que era según la Virgen merecedor de pasarse unos cuantos cientos de años en el purgatorio).

Hasta que dije “¡basta ya!”. Y dejé de rezar el rosario y de confesarme. Ya ni me acuerdo cuando fue la última vez que me confesé hace ya muchos años.

No podía, no puedo vivir así, sintiéndome permanentemente amenazado en el corredor de la muerte. Y esto me plantea un serio problema de fe, que yo creía superado cuando leí y escuché “Dios no hace basura”. Esta fue mi Redención  (gracias a la que derramé muchas lágrimas a Dios y a vosotros –sacerdotes y parejas de Encuentro Matrimonial- de agradecimiento y transformé mis miedos en esperanza), a la que la Virgen de Fátima parece negarse. No sé si la Virgen del Carmen o la de Guadalupe pensarán lo mismo o serán más condescendientes con las debilidades humanas, vaya usted a saber.

Y más allá de todo esto, amo profundamente a María de Nazareth. Os lo aseguro.

Qué el Cielo me juzgue en la hora de mi muerte.

Como veis, la reflexión que os expongo parece sacada de un debate trentino o decimonónico. Me parece tan ridículo hablar de estas cosas, pero ahí está el folletito de la Virgen de Fátima… Con estos temas está en juego la eternidad de la gente, y la mía personalmente ¿Qué hacemos? ¿Ni caso? ¿De verdad que ni caso? ¿Empezamos a darle las escatológicas, teológicas y hermenéuticas vueltas para que al final lo que es no sea y lo que no es, sea? ¿Soy un extremista intransigente con las creencias? ¿Soy un pecador que pretendo justificarme? ¿Estaré perdiendo mi fe con estas cosas? O como me decía un buen amigo mío “no pienses Alfonso, que te va a castigar Dios…”

Sé que os pongo en un incómodo compromiso que sin vuestras hermenéuticas armas no podéis responder.

La respuesta de los sacerdotes a quien escribí fue un amable encogimiento de hombros, en definitiva un no sabe, no contesta, concluyendo en un “Dios es Amor”, como la primera encíclica de Ratzinger. Un ni sí ni no, sino todo lo contrario. Es decir, que lo que pone el catecismo, es decir, lo que dice Fátima es cierto.

Esta es, para mí y en mi experiencia, la gran tempestad en mi Vida interior.

Para un católico al que le da por pensar en todo esto, el tema es simplemente terrorífico; porque es muy difícil zafarse del moldeado que a uno le hacen en su más tierna infancia.

Luego uno descubre cosas interesantes, como por ejemplo que en el Antiguo Testamento, Yaveh se venga de los humanos, no con el fuego eterno, sino con matanzas “de proporciones bíblicas”, como habitualmente se dice. Que los israelitas se ponen a adorar a Baal, pues mueren como castigo en una batalla contra los filisteos noventa mil (pongo por caso). O manda el diluvio, o azufre del cielo, o la división de lenguas, pero Yaveh, que yo sepa no envió a nadie al infierno, al fuego eterno. Esto es una novedad ni siquiera neotestamentaria, sino de la doctrina de la Iglesia.

Lógicamente algo hará Dios con los que han convertido esta vida en un infierno (que haberlos haylos y muchos), pero de ahí a que el destino sea sí o sí el fuego eterno… ¿quién lo sabe?

Teresa de Jesús, cuando recibió la visión del infierno, que relata en el capítulo 32 del “libro de la vida”, efectivamente vio un escenario demoledor y asqueroso, pero… “no vio a nadie en él”. Yo al menos lo he leído y no refiere en él criatura alguna.

Conclusión

Para poner tu nave a son de mar, y saber soportar los terribles envites de las incertidumbres que plantea la vida presente y la futura, sólo cabe una opción. La fe, es decir, Confiar en Aquel que es imposible lleve cuenta de todas tus debilidades.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿Quién podrá resistir?, pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto. (Salmo 129, 3)

El modelo doctrinal estándar de la Iglesia ha tratado de envasar al vacío el mensaje de Jesús. A través de un destilado doctrinal de dos mil años, los padres de la Iglesia han tratado de racionalizar y codificar para las gentes sencillas (el común de las gentes), lo que nos quiso transmitir Jesús de Nazareth. Y el elaborado es un código doctrinal que lo tiene todo, la esperanza de la Gloria y el terror de las mazmorras infernales. Y en medio nosotros, pobres mortales, que no tenemos nada que hacer si no tenemos un cura al lado capaz de lavar nuestros repugnantes delitos, tales como usar un preservativo, o tener un mal pensamiento.

Este tema es para mí, y para mucha gente obsesivo, y me malicio que es o puede ser al menos en parte, fuente de la principal diáspora que sufre la Iglesia católica en la actualidad. Porque este planteamiento como el expuesto por Fátima, simplemente no puede ser verdad, porque excluye simplemente a toda la Humanidad. Lo pone dificilísimo para los creyentes católicos, imaginémonos cómo lo tendrán de crudo los cristianos separados, y por supuesto los no cristianos. Este planteamiento literal condena al 99% de la humanidad al infierno.

Y ahora viene la Gran Paradoja.

Si Dios sabía esto, por qué se tomó la molestia de crearnos, para al final, su Creación terminar en un completo y absoluto desastre. Porque si no lo sabía, entonces no estamos hablando de Dios.

La respuesta canónica, o como se llame, tomada con pinzas para las cejas es lo del libre albedrío.

La única forma de liberarse de esta tempestad es simplemente olvidarte de ella, olvidar los terrores infernales y plantarle cara a la vida con la confianza de que Él te guiará afrontando todas las dificultades, ganando barlovento, navegando a fil de roda, afrontando peligros y adversidades, y teniendo plena confianza en Dios, en Jesús, y en todo ese mundo sutil que nos acoge con amor y no con odio ni venganza demoníaca, aceptar todo lo que nos pueda suceder en esta vida, viviendo como personas de buena voluntad y sincero corazón.

¿Que tienes debilidades y pecados? Por supuesto. El que esté libre que tire la primera piedra, pero una cosa es afrontar el proceso de rehabilitación moral con la alegría del Padre que te acoje, que con el pánico de que como no lo hagas, como no te portes bien, ese mismo Padre misericordioso, te puede mandar al carajo infernal por un solo mal pensamiento justo antes de morir sin confesarte.

Respecto de los seres humanos que realmente viven haciendo daño a los demás, nadie es capaz ni tiene el derecho a juzgar qué tiene Dios deparado para ellos. Que si pecados mortales o veniales… ¿Y tú qué sabrás, necio?

Creemos saber y conocer el comportamiento de Dios. Imbéciles, idiotas, ingenuos, soberbios, altaneros, déspotas manipuladores de conciencias.

Bastantes dramas y adversidades nos regala la vida, para que también tengamos que estar obsesionados por un “quítame allá esas pajas”.

La paz del alma jamás puede venir aceptando tamaña versión de los hechos infernales. No pueden pretender incrementar el Pueblo de Dios amenazando con los terrores de Fátima a las pobres ovejas.

La clave de todo se llama confianza.

“Si ante una adversidad la aceptas como lo mejor que te puede pasar, entonces, y sólo entonces, podrás afirmar que tienes algo de fe”, dice Consuelo Martín.

Esto significa que la fe consiste en confiar en que, te suceda lo que te suceda, todo tiene un sentido, un para qué; que ahora no comprendes, pero que guardándolo en tu corazón, en algún momento podrás comprender. Porque tienes plena confianza de que Él te guía por cañadas oscuras, pero también te conduce hacia fuentes tranquilas y verdes pastos.

Pero no puedes estar obsesionado con los abismos infernales, porque el miedo terrible sólo consigue paralizarte. No puedes revisar al caer la noche, cuántos pecados mortales has cometido hoy, como recomienda el catecismo Ripalda, porque la angustia, el pánico que esta obsesión provoca te paraliza, te atrofia, y sólo te permite demenciarte y en el extremo fanatizarte y obligarte a confesar tus terroríficos pecados casi todos los días.

Lo cual es absurdo.

Vive la vida con la alegría del perdón por tus debilidades, como también tú sabrás perdonar las debilidades de los demás, y no con el pánico infernal que destroza las conciencias.

Sólo reconoce que tienes un serio problema si consideras que tú estás contribuyendo con tu actitud de vida a que este mundo sea un infierno.

Pero si eres una persona de buena voluntad y sincero corazón, ¡¡adelante!!, pon tu barco proa a la tempestad, a fil de roda, ganando barlovento, que la mano que te guía, te sacará de la mar enorme, para conducirte hacia mares de suave brisa y vientos favorables.