Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

jueves, 2 de diciembre de 2010

41.- De vacas, lagartijas y demás ...l (segunda parte)




NOTA: Para entender esta entrada hay que leer la entrada 40, que es la primera parte.
Continuación de la Entrada 40.
 
La teoría del agujero en el “yo”

Digamos que todas nuestras cuitas, desventuras y sinsabores de la vida están causadas por el hecho de nacer todos con un importante defecto de fábrica.

En el centro del corazón del Yo existe un agujero que arrastramos toda nuestra vida y que parece ser el origen de todas las incoherencias cuyo origen se denomina “idiotez”.

La palabra idiota se toma como sinónimo de imbécil, tonto, gilipollas, anormal y cualquier otra denominación aplicable a una persona con pocas luces.

Pero la palabra “idiota” viene del griego (idio (propio) > idiotez) que era el término por el cual los antiguos griegos llamaban a los ciudadanos que, como tales, poseían derechos, pero que no se ocupaban de la política de su polis, es decir, personas aisladas que ignoraban los asuntos públicos, sin nada que ofrecer a los demás y obsesionados por las pequeñeces de su casa y sus intereses privados.

Nuestros asuntos domésticos nos mantienen permanentemente ocupados, y ni siquiera esos asuntos sabemos gestionarlos adecuadamente. El cómo ando yo con lo mío supone la clave de cómo y con qué prisma enfoco el resto de asuntos a mi alrededor.


Yo y mis asuntos conforman un círculo vicioso del que a duras penas sabemos salir, si es que alguna vez lo hacemos.


Pero si queremos escapar de ese sin vivir en un viaje hacia ninguna parte, hemos de tomar el camino de la expansión de la consciencia.


La consciencia se expande cuando abre sus puertas en dos sentidos, hacia el mundo exterior, donde habitan sus hermanos los hombres, y hacia lo sublime.


Hablamos de adentrarnos en el terreno de la contemplación.

Estamos hablando de tres niveles del Amor. El amor a lo mío, o amor propio; el amor a los míos, a la familia, al grupo, a mis prójimos; y el Amor al Todo,  a Dios.

Este es un esquema de la Trinidad. El amor propio, del padre; el amor al hijo, y todos envueltos en el mismo aliento.


Pero el Amor es el mismo, con diferentes manifestaciones.
 

La Ley de fuerzas antagónicas

El problema del amor humano es, que es inmaduro, está mediatizado por los instintos de supervivencia que le vienen de los cerebros primitivos con los que tiene que convivir.

Pero no deberíamos entender esa inmadurez como un defecto,  como una culpa, como reza el Salmo 40 “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”. Entendámonos, ese agujero es la fuente de nuestras desgracias, pero también a él le debemos nuestra supervivencia.

Esta reflexión de Fidel, me llevó, durante su explicación, a recordar uno de los principios sistémicos que más me han atraído, el antagonismo de fuerzas.

En la mente humana, como en todo el Universo rige la Ley de Fuerzas Antagónicas, o tercera Ley de Newton . En el Universo a una fuerza siempre se opone la contraria, de modo que en su equilibrio, la Naturaleza encuentra la estabilidad, y en su desequilibrio, la evolución o la involución (o enfermedad).

Así hablamos de fuerzas de atracción y repulsión, sistema simpático y parasimpático, fuerzas de aceleración y de rozamiento, el principio físico de acción – reacción, empuje y resistencia, peso y sustentación, etc. En suma, ya lo dice el Tao, es el Yin y el Yang. Es la imagen del comienzo de esta entrada, un mandala con el Yin y el Yang en el centro.

En nuestra relación con los demás se manifiestan dos fuerzas antagónicas, la de pertenencia y la de autonomía. Por la primera, nos sentimos impulsados a pertenecer al grupo, a la tribu, a la comunidad, y así no sentirnos solos y sentir seguridad y cercanía. En el otro extremo sentimos también la irresistible fuerza de afianzar nuestra personalidad, nuestro “yo”, de ser autónomos, de poder decidir, de ser dueños de nosotros mismos, y así no fusionarnos completamente con el conjunto.

Pero aunque parezcan contrarias, opuestas, irreconciliables, en el fondo todas las fuerzas antagónicas, que todas juntas dan estabilidad al Cosmos, forman parte del Todo. Todas las fuerzas físicas conforman la Unidad del Uni-Verso (Un Todo girando al unísono Uni – Versus: que gira).

Podemos expandir el concepto al mundo sutil, donde el todo se convierte en el Todo.

El Amor en sus tres componentes, en el fondo es, se manifiesta como un equilibrio estable de impulsos de donación, a mí mismo, a los míos y al Todo.

El problema estriba en el desequilibrio de los tres vectores del Amor.

Los miedos, inseguridades y desconfianzas que nos genera el mundo en el que nos vamos incorporando a medida que salimos de la cubierta protectora de nuestros padres, nos hace primero de todo mantenernos en permanente alerta, casi al nivel de la supervivencia. Nuestra inmadurez nos impulsa a buscar la compensación de nuestra angustia a través de las “ofertas del mercado”. Las hay de todo tipo, sobre todo consumistas, consumistas de diversión, de vías de escape, de soluciones mágicas, de creencias en lo más diverso. Pero el agujero del “yo” no es posible taparlo con ningún tratamiento paliativo.

De todas las reacciones de alerta, la que genera una reacción más instintiva es el miedo. Es estas circunstancias, todo nuestro ser reacciona como reacciona un bebé. Inclusive el miedo de la madre a ver, por ejemplo su familia deshecha, hace que se aferre a su bebé como tabla de salvación para ella. En el extremo, todas nuestras reacciones instintivas de ataque y defensa, están elaboradas para tapar el agujero de nuestro “yo”.

Y cuando nos hacemos mayores y pasamos a la edad de la ancianidad, nos sobreviene el síndrome de Saturno, por el que nos volvemos posesivos y exigentes con nuestros hijos, como un retorno a la infancia, sólo que nuestros hijos, ya mayores no disponen de occitocina suficiente en sus venas para cuidarnos de la misma forma que los padres cuidan de sus hijos pequeños. Y sobreviene un tremendo conflicto familiar, que se apodera de millones de familias, haciendo muy difícil la convivencia.

Para explicar este proceso involutivo de la consciencia, tenemos que volver a la Neurofisiología y la Endocrinología, para entender que lo que sucede es una progresiva deprivación hormonal y sobre todo una progresiva disminución de la capacidad del telencéfalo de neutralizar y mantener bajo control los instintos primarios que emergen del protoencéfalo y los núcleos reticulares.

De la lagartija y sus asuntos


Surge de nuevo la lagartija, convertida en un lagarto bastante enojado y fuera de control. Por ahí se explica el extraño comportamiento de las parejas de ancianos que, habiendo sido, en su caso, matrimonios, si no ejemplares, por lo menos que supieron mantener la convivencia sin llegar a la separación, ahora, con setenta, ochenta o más años, se vuelven intransigentes entre sí, y terminan por no aguantarse. Algunos llegan a la violencia de género (y ya hay más de un caso, incluso de asesinatos).

La lagartija convertida en cocodrilo o similar.

Cuando el miedo prevalece, nos gobierna la lagartija. No tenemos tiempo para más.

Si recordamos los orígenes de la Humanidad, acaso el deseo de superación del miedo instintivo es lo que ha podido sacarnos de esta situación.

Me acordé entonces de la mítica novela (luego película de Arthur Clark – Stanley Kubrick), 2001 una odisea en el espacio y del monolito que centra el argumento tanto de 2001 como de 2010.

¿Qué era el monolito?




Más o menos podría ser el “alucinador universal”.
Fidel nos representó el alucinador de una manera más simpática, con un lápiz que era a la vez ventilador y que cuando se encendía, se activaban unas luces en una de las dos aspas tal que al girar generaban unas circunferencias a modo de luces estroboscópicas, que dejan a la lagartija literalmente “alucinando en colores”.

Con el monolito (o con el alucinador estroboscópico) hemos podido salir de vivir para sólo combatir el miedo, hasta casi viajar por las estrellas.


El poder de alucinación que tenemos es casi ilimitado. Y las capacidades del entorno en que vivimos para hacerlo, también son casi ilimitadas. Por cierto, quien iba a decir que las dimensiones del monolito de Clarck, 1x4x9 son exactamente las que tienen las cintas de video VHS.

 
Así pues, a la lagartija que llevamos todos dentro la solemos alucinar, y así mantenerla entretenida, o calmada, o apaciguada, o tranquila (como el chupete de un niño). Por cierto, de las alucinaciones mejor elaboradas está el enamoramiento (calificada como estupidez transitoria por Ortega), pero que de verdad hace posible que al final, surja el amor auténtico, la entrega entre la pareja, hasta convertirse en un símbolo sagrado del Amor con mayúsculas.

Con las alucinaciones, la lagartija está simplemente distraída. Nunca se ríe, aunque la risa y la distensión las interpreta como “no hay peligro”.

Durante la exposición de Fidel, entre risas y comentarios aparentemente intrascendentes, subyacía un tema extremadamente serio. O por lo menos a mí me lo pareció. Y es que nos pasamos toda nuestra vida reproduciendo exactamente el proceso evolutivo de los vertebrados.

Como recién nacidos y lactantes, nuestro comportamiento absolutamente primario es el de una lagartija (domina el protoencéfalo). El bebé está gobernado por reacciones primarias de supervivencia, hasta que poco a poco, comienza a ver en la figura de la madre alguien en la que depositar su incipiente capacidad de confianza.

Poco a poco comienza a relacionarse con sus más allegados, fundamental-mente su madre, y también su padre (si le queda tiempo después de llegar del trabajo), y sus hermanos pequeños, en su caso.

Así, poco a poco comienza a emerger y a activarse la segunda capa de su cerebro, el mesencéfalo, que le permite establecer incipientes relaciones interpersonales hasta empezar a sentirse miembro del grupo. Aparece la sonrisa en su rostro, y a transmitir los primeros mensajes tipo “abba, mamma”, etc. Pero cuando tiene hambre o está cagado, su lagartija protesta y se expresa de una forma tremendamente eficaz, llorando o berreando.

Y por último, comienza el largo proceso de aprendizaje.

Aquí se me ocurre que es un buen momento para revisar la entrada nº 24 (El sueño del Planeta) y 25 (El derecho a poder pensar), pues lo que somos no es lo que quisiéramos ser, sino en una grandísima proporción, el resultado del modelado que de nosotros han hecho durante todo nuestro proceso educativo.


Volviendo a lo de la lagartija, al cencerro y a las gafas extrovertidas


Por cierto, gracias a nuestra lagartija, que no se anda con bromas, estamos vivos, porque de ella depende nuestro instinto de supervivencia.

Gracias a ella, llegamos a la edad madura y podemos dedicarnos a filosofar (como ahora). Es como decía mi madre, que en paz descanse, que a los niños los salva “San Rorro”, es decir, “Santa Lagartija del Niño Jesús”

El problema que tenemos es la creencia de que nuestro desarrollo personal consiste en sabernos mover con desparpajo en este mundo, valernos por nosotros mismos, ascender en lo profesional por la escala de Peter, hasta lograr nuestro más alto grado de incompetencia, transmitir a nuestros hijos lo aprendido, vivir lo más confortablemente, y no tocarnos los cojones unos a otros demasiado, para que la lagartija que llevamos dentro no salte cada dos por tres, porque se pone muy violenta, y eso es un incordio.

Es decir, se nos inculca la vocación de saber tapar nuestro propio agujero, hasta conseguir que te reconozcan tu valía.


Es decir, el objetivo en la vida es “ser un perfecto idiota”, en el sentido etimológico de la palabra (persona que se dedica, con increíble maestría, a sus propios asuntos, y como valor añadido, algo deja para los demás, y así es reconocida y valorada por la colectividad).
 

Con este enfoque, se diferencia claramente “Yo” de “Tú”, de “Nosotros”, de “ellos”, etc, o sea, las seis personas gramaticales, que quede claro. Esta compartimentación yo – tú – él – nosotros – vosotros – ellos, es la antítesis del principio universal de Unidad. Todos somos Uno… en Él, como sostenía el Maestro Eckhart ante la Inquisición, y por ello le condenaron.

En esto radica la gran alucinación, transmitida de generación en generación con el Sueño del Planeta. Que yo soy yo, y tú eres tú, etc., pasa de ser una expresión gramatical para entendernos en la vida cotidiana, a un convencimiento metafísico profundo, basado en el origen en la actitud instintiva de satisfacción de necesidades primarias de nuestra lagartija: “mi casa, teléfono, comida, etc.…” En suma “yo, mis cosas, mis necesidades y deseos”, frente a “tus/sus cosas, tus/sus necesidades, tus/sus deseos”.

El “yo” es como el pecado original. Y no es tanto la propia identidad, como creer que “yo” soy algo independiente, toti potencial y separado del resto de la Creación. Esa creencia, ese sentirnos autosuficientes y separados del resto, pero sobre todo, sentirnos como algo independiente del Todo, de Dios, está en la base de lo que se ha dado en llamar “pecado original”, que se transmite de generación en generación, mediante el sueño del Planeta, y que se define como “soberbia”.



Este es un aserto trascendental, para que todo este discurso no se quede en pura filosofía, sino que tenga impronta en nuestra vida espiritual, y en el caso de los cristianos, pueda asociarse biunívocamente a la teoría bíblica del pecado original, habitualmente contada con la alegoría de la manzana puñetera, la serpiente y Eva que se deja engañar, y demás.


Esta autoalucinación puede ser tan fuerte que llega en el extremo creernos dueños de nuestro destino e incluso a convertirnos en kamikazes.

En el mundo de hoy, la alucinación de hacernos absolutamente responsables de nosotros mismos se plasma en la obsesión enfermiza por la seguridad presente y futura. Así, el concepto “aseguramiento” es algo que nos obsesiona. Cualquier cosa que compremos ha de estar mínimamente garantizada y asegurada. Nuestra salud, nuestro trabajo, nuestra casa, nuestra jubilación, nuestro coche, nuestra casa, nuestro ordenador, los equipos y herramientas con las que trabajamos, nuestros viajes. Absolutamente todo tiene que estar garantizado y asegurado, y pagamos por ello; nos resulta claramente coste - oportuno. Nos hemos convertidos en personas con una enfermiza aversión al riesgo. Lo que aprovecha la industria de la seguridad para vendernos todo habido y por haber en materia de idem.
 

Por eso, nos cuesta tanto entregarnos a la Providencia, y cuando escuchamos, o decimos “danos hoy nuestro pan de cada día”, algo nos chirria, como si no nos lo creyéramos; es decir, dejar a la Providencia que cada día tenga su afán, sin preocuparnos sobre qué comeré o beberé mañana, cada día su trozo -al uso y costumbre de los pajarillos del campo, que confían en su Padre Celestial-, cuando vivimos en un mundo donde impera la planificación estratégica y la programación operativa, para que nada quede al azar, es algo impensable para una mente racional.

La vida es como conducir de noche. No vemos el paisaje, sólo vemos los treinta metros como mucho que alcanzan los faros de cruce, y los cien que en ocasiones proyectan las largas. En estas circunstancias imaginarnos la luz del Sol, ya quisiéramos; y confiar en que el Sol nos alumbra y guía, como que suena a chiste. No podemos vivir de fantasías.

Nos han enseñado, por nuestro bien, a ser prudentes, previsores, planificadores, a forjarnos un porvenir, a saber calibrar nuestras fuerzas, a prever contingencias para el viaje, dejar lo menos posible a la improvisación. Nos han enseñado la moraleja del cuento de la cigarra y la hormiga; las virtudes de la segunda y lo desastroso del comportamiento de la primera, que en el pecado llevó su penitencia. Así, de esta guisa, como para confiar en nuestro Padre Celestial…

No hay nada de malo en todo esto. Es más, la prudencia es una de las cuatro virtudes cardinales. Lo contrario es ser un bala, un ligero de cascos, un atolondrado, un inconsciente.

Con este armamentario mental, vivir como los lirios del campo es lo más parecido a una gilipollez.

Con esta explicación, Fidel nos situó (o me situó a mí, pues cada uno vive estas experiencias a su manera), como diría Carl Sagan, justo en el borde del Océano Cósmico. Con esta frase Sagan se refería al momento actual en el que la Humanidad se encuentra a un paso de dar el salto a las estrellas, y Fidel, para mí se refiere a encontrarnos a un paso de dar un salto cuali-cuantitativo hacia otra dimensión, donde el Yo, y su pensamiento, han de ceder paso al Todo.

Es un salto a otra dimensión, la de la Consciencia con mayúscula.

Utilidad didáctica del sufrimiento


Cuando creyéndote alguien, te haces la ilusión de que sabes y controlas, y llegas a ser lo suficientemente estúpido como para creer que el mundo es “según tú”, no ha de tardar mucho en que la vida se te muestre con suficiente crudeza como para hacerte ver que todo es una ilusión, haciéndote vivir situaciones que ni entiendes ni puedes controlar. En el fondo, volviendo al símil del cerebro encajonado, el alucinador nos hace creer que el mundo es lo que ven nuestros ojos y lo que tocan nuestras manos. Non plus ultra. Y además, ni salimos de la caja, ni queremos salir, porque nos sentimos cómodos en nuestro pequeño mundo, donde el alucinador nos hace sentir seguros y la lagartija tumbada al sol.

Creo que el sufrimiento tiene un alto componente didáctico. Esto no va de que Dios sea un sádico que le gusta hacer sufrir a sus criaturas, sino que son sus criaturas las que se lo montan de modo tal, que el coeficiente de elasticidad que se permiten es casi igual a cero (tolerancia cero), siendo de modo tal que cualquier cosa que no salga a su gusto es, en una primera derivada una contrariedad, en una segunda derivada un desagradable contratiempo y en una tercera, una tragedia. Y el grado de distorsión es tal, que hay gilipollas que consideran una tragedia que se les pierda el bolígrafo, o un pendiente. Porque son “idiotas esféricos”, les mires por donde les mires.

Cuando alguien tiene su nivel de egocentrismo (o de idiocia) tan elevado, cualquier contratiempo les hace sufrir. Lo pasan fatal.
Hasta que te das cuenta, como Katie Byron, que la clave está en aceptar las cosas tal cual son. Según cuenta esta mujer, una mañana tras años de estar sumida en una profunda depresión y de pensar obsesivamente en el suicidio, se sintió invadida por un estado de dicha absoluta. Lo que se despertó en Katie fue un proceso silencioso de interrogación personal que la condujo a acabar con su sufrimiento. Amar la vida tal cual es, sin pretender amoldarla a sus criterios. Desde entonces nada cambió a su alrededor, cambió ella y su forma de ver la vida.  Saltó a otra dimensión del continuo espacio tiempo .

Sufrir es la forma que ha ideado la vida para hacernos ver que las cosas son como son y no como queremos que sea. Es como el dolor, que nos anuncia que algo va mal en nuestro interior. El sufrimiento es subjetivo y nos anuncia que algo va mal, en nuestro interior, en nuestra alma, en nuestro espíritu. Y el grado de sufrimiento es directamente proporcional a nuestra rigidez mental y falta de aceptación de la realidad.

“No puedo entender cómo Dios permite el mal en el mundo” – dicen los necios-.

No entiendo la Existencia, la Lógica de Dios, deberíamos decir.

No entiendo la Lógica de un Dios que llama “bienaventurados” a los que sufren… porque serán consolados, deberíamos reconocer.
¿Qué significa ser consolado? ¿Qué es la consolación? En el sentido teresiano de la palabra, el consuelo de Dios sobreviene tras la superación de la sequedad del espíritu, tras la travesía del desierto, de la Noche del sentido, o aún más, de la Noche oscura del Alma.


Pero esto es un tema a abordar más allá del borde del Océano de Dios, un borde que aún no hemos atravesado.


Antes de llegar al borde


De todos los alucinadores que en el mundo han sido, el más efectivo para embelesar, tanto a la lagartija, como a la vaca del cencerro como al intelectual con sus gafas, es el Pensamiento.

El alucinador estroboscópico al lado del pensamiento humano es un juego de niños.

El pensamiento es un perfecto fabricante de sueños, que te permiten montar la fantasía  de la vida diaria. Pero el pensamiento encierra en sí mismo la mentira (pensar – miento). Asumiendo la tesis sistémica de que a lo más que podemos alcanzar los humanos con los dispositivos sensoriales e intelectuales de los que estamos dotados es a la elaboración de modelos mentales de realidad, hay que decir que cualquier modelo es la representación mental, gráfica o formal (con expresión matemática) de un sistema o escenario real.
Cuando la alucinación intelectual desaparece, y la realidad se muestra con toda su crudeza, haciéndonos ver que hay muchas otras variables que no habíamos incorporado al modelo, y que lo que nos habíamos montado era un reduccionismo grosero, una película de indios, más o menos a nuestro gusto, sobreviene el “dis – gusto”, la “des – ilusión”, la decepción, y en el extremo, el sufrimiento en mayor o menos medida, como hemos visto antes.

Pero la alucinación mental es la mejor de las tretas inventadas por la Providencia para imaginarnos que puede haber detrás del horizonte oceánico. Cómo sino, se las hubiera apañado el propio Jesús de Nazareth para explicar a sus coetáneos del pueblo de Israel (y a nosotros) lo que era el Reino de los Cielos, sino hubiera acudido a las parábolas o símiles de la vida diaria. Al fin y al cabo las parábolas son un “el Reino de los Cielos es como si…”, es decir, modelos de Realidad (con mayúscula).

Pero sirven, funcionan. Son licencias para explicar lo incomprensible por supra racional. La alucinación da sentido a lo incomprensible antes de alcanzar la lucidez.

La resbaladiza sede del "yo"


Para entendernos, Fidel nos formuló un modelo de nosotros mismos como un organismo compuesto de subsistemas y órganos especializados, encapsulados en un continente (piel), gestionado por “yo”. Todo lo firma “yo”. Yo hago, yo digo, yo tengo, etc.
Pero el yo no aparece por ninguna parte, no hay un núcleo cerebral como el fórnix, el cuerpo mamilar, el putamen o la amígdala donde los científicos hayan identificado la sede del “yo”.

La cosa pinta chunga, porque no hay consenso a día de hoy. En un artículo que leí hace tres años, publicado en Investigación y Ciencia , el gran reto consiste en la determinación de los CNC, Correlatos Neuronales de la Conciencia, es decir, la actividad cerebral que corresponde a una experiencia subjetiva. Para Koch, uno de los autores, un grupo de neuronas de regiones cerebrales concretas se activan de modo específico. Para Greenfield, el otro autor, el cerebro se sincroniza en asambleas coordinadas de neuronas que a continuación deshacen el sindicato. Y como ellos, otros autores plantean alternativas diversas.

Es decir, no sabemos si en algún momento se logrará identificar física y bioquímicamente el “yo”.  Lo cierto es que el “yo” que “yo” conozco no aparece, pero se comporta como si existiera de verdad… “como si…”

¿Será acaso el yo un modelo de la Consciencia Real, para entendernos en esta vida? ¿Algo tan fugaz como el ascua del malabarista (foto del comienzo de la entrada 40)?



Nosotros mismos somos nuestra alucinación fundamental, que sólo descansa y deja descansar al cuerpo durante el Sueño.
Pero tenemos voluntad de aprender, de crecer, de buscar. Es un atributo esencial del ser humano, es el “espíritu de la colina” de Hurbert Reeves, en su delicioso libro “La historia más bella del mundo”. Y poco a poco, también podemos imaginarnos un mundo diferente. Somos capaces de reconocer que tenemos un cuerpo que hemos de cuidar, que en el fondo somos una maravilla. Y somos capaces de dejar que el propio cuerpo se manifieste.

Y somos capaces de dar un giro copernicano y reconocer que podemos pasar de un cuerpo a nuestro servicio de “yo”, a un “yo” que respeta el cuerpo que le ha sido dado.

Son actitudes posibles, que suponen una progresiva expansión de la consciencia.

Es pasar de la tiranía del yo a una actitud sencilla y responsable.

Pero esto supone reconocer que la vida no es nuestra, sino que nos ha sido dada.

Y nuestro cuerpo no es nuestro, sino que es el soporte físico que nos ha sido dado para permanecer en este Planeta temporalmente.
 

Y nuestro “yo” es un artilugio temporal que nos ha sido dado para movernos por la cotidianeidad.

Pero Fidel advierte con cuidado en creernos que podemos transmutar gracias al tercer ojo y demás chakras astrales y convertirnos en transpersonales y demás esperpentos ambidiestros y bicóncavos. Porque casi peor es el pensamiento trans personal y ultra iluminado como el concreto de la vida diaria; al menos éste toca suelo. Porque el otro, el súper yo transmutado y superferolítico elaborado por el pensamiento puede hacernos elaborar sueños dianéticos y transplanetarios que lo flipas…, hasta hacernos creer que venimos de Ganímedes. Todo muy SciFi y súper zen que “alucinas en Agfavisión”.

… Que si fantasía es el “yo” de la vida diaria, el otro yo super transmutado es una perfecta quimera.
 

En el borde del Océano de Dios

El camino de superación del “yo”, no es otro que la contemplación.

En la contemplación el “yo” sobra, el pensamiento sobra.

“Si no os hacéis como niños”. Esto supone volver a establecer, primero de todo un diálogo armónico con nuestro cuerpo; no considerarlo ni instrumento de placer, ni objeto de castigo y penitencia, sino el soporte físico de nuestra vida en La Tierra, y en segundo lugar, sencillamente como el templo del Espíritu Santo; eso dijo Jesús de Nazareth. Es el regreso a la inocencia, para que realmente el Todo se fusione con nuestro Yo Real.

Esto no es ni más ni menos que “el Amor de lo propio”.

Es el camino intermedio, la vía hacia el umbral, hasta situarnos “delante de la Puerta, esperando” .

“Servir fluye del Amor maduro”

Servir está arriba, en la cumbre evolutiva de la persona.

Es el servicio a los demás el que expande la consciencia. Mientras se vive para uno mismo, no hay nada que hacer. Así que “servir” viene de subir, no de ser un pringado. Y además ha de fluir, no vale extraer, sonsacar, obligar, verse obligado a nada, por imposición externa. O sale de dentro, o surge de la motivación personal, o no estamos hablando de servir, sino de esclavitud, de servilismo.

Y así volvemos al gráfico inicial:

Tras conseguir tapar mínimamente tus agujeros, mantener a tu lagartija y tu cencerro tranquilos, y haber sido lo suficientemente maduro como para enfocar la luz de tu inteligencia un poco hacia tus adentros, el “yo” estaría en disposición de expandir su capacidad de amar hacia sus paisanos, y así reducir poco a poco el grado de idiotez que nos han inculcado (acaso sin querer, a través de nuestra educación).

Los códigos de conducta, las reglas de compromiso que nos marcan las religiones, creo que va de eso, de salir tímidamente de nosotros hacia los demás, bajo criterio de mínimos. Y es así en tanto que el estímulo que suele darse a la gente para que no nos matemos unos a otros a base de cuchilladas verbales y físicas es la amenaza del castigo. El Amor de verdad es expansivo como el gas, no hay quien lo detenga, no necesita normas de coacción.

El problema es que no se puede servir a dos señores.
No puedo servir a mi propio egoísmo, y a la vez servir a los demás. Pero sí que el Gran Amor empieza por el Amor a lo propio, a lo que nos ha sido dado.

“Lo que nos ha sido dado”. Esa es la cuestión, ser conscientes de que lo nuestro no lo hemos adquirido o comprado nosotros con nuestro esfuerzo; no podemos hacer uso de lo nuestro a nuestro antojo. Nos ha sido dado para cumplir una misión, que desde luego dista mucho de consistir en un buen trabajo, un buen sueldo, una buena casa, un buen coche y la posibilidad de unas vacaciones de cine.

El Amor a lo propio es el primer paso para la expansión de la consciencia. Es ser consciente, “darse cuenta” de que tenemos un tesoro en nuestras manos que no nos pertenece. Se nos ha dado en fideicomiso, de acuerdo con un contrato, la vida, a favor del fideicomitente (o sea Yo), y de terceros el Mundo, el Todo. Porque todos somos uno.

Así pues, Fidel nos dispuso para abordar la primera gran reflexión, “el amor a lo propio”. Para ello no hay métodos complicados. Estos métodos los compra el “yo” para lucirse ante los demás, para que vean cuántas asanas sabe hacer, y cosas así.

El esquema es bien simple:

Lo propio, nuestro organismo, queda sentado en una silla.

El “yo”, que se cree autónomo e independiente, pero ni está separado ni es independiente.

Hay que asentar bien los pies en el suelo, conectados con la Tierra, confiadamente, echados en sus brazos, sintiendo la energía procedente de su interior. Todos los chakras orientados a la Tierra para regenerarse.

Ahora nos centramos en la columna para conectar con lo alto. El arriba es inconmensurable, pero hemos de estar dirigidos hacia lo alto. Hemos de ser conscientes de que en esta actitud, tanto física como espiritual, estamos suspendidos entre el Cielo y la Tierra, que nuestro organismo no es nuestro, sino que nos ha sido dado desde lo Alto para asentarnos temporalmente en la Tierra.
Con las manos apoyadas en las rodillas, con los ojos cerrados, comenzamos a inclinarnos hacia delante, y nos preguntamos ¿A qué me tengo yo que animar? ¿Qué he de hacer? ¿Cómo he de vivir? Hacer silencio interior y esperar respuesta.

A veces, con una imagen o una frase vienen todas las respuestas.

Pasado un tiempo prudencial, cada cual el suyo, volvemos a la posición inicial y ahora nos inclinamos hacia atrás, buscando el respaldo de la silla. Nos abandonamos y nos apoyamos en él. ¿Qué tengo que dejar pasar? ¿Qué he de retirar de mi vida? Y a esperar respuesta.


Pasado un tiempo prudencial, volvemos al centro, extendemos la mano derecha y nos preguntamos ¿Qué tengo pendiente de acabar? La mano diestra, regida por el hemisferio izquierdo, lógico, nos indicará las cosas pendientes. Recordemos que “si vas a entregar una ofrenda ante el altar y te acuerdas que tienes una deuda pendiente con tu hermano…”. Y esperar respuesta.

Finalmente, preguntamos con la mano izquierda extendida, y nos pregun-tamos sobre nuestras emociones, sobre nuestra inteligencia emocional ¿Con qué tengo yo que conectar, empatizar? ¿Cómo he de abordar mis sentimientos, mis necesidades afectivas? Y esperar respuesta.

Escuchando las respuestas, hay que aceptar las cosas, poniendo las manos juntas en el bajo vientre.

Y aceptar.

Hágase tu voluntad.

Recuerdo que en mis tiempos de catecúmeno, cuando la Iglesia aún estaba en la era preconciliar, se nos decía (los mismos que nos amenazaban con el infierno por un quítate allá esas pajas), que en último extremo, teníamos que escuchar la voz de nuestra conciencia, que era sencillamente la voz de Dios que nos hablaba en lo más íntimo de nosotros.

Después de comprometerte con las manos en el útero de tu ser, hemos de transmitirlo a los demás, de modo que sea comprensible. Y como decía la Madre Teresa, “vivid así, más no prediquéis, a no ser que os pregunten”.

El testimonio de vida es el mensaje más afectivo del amor.

No digas que amas, ama.

No hay edad para aceptar el reto. Porque esta actitud de escucha, no es decisión nuestra, se nos ofrece; la cuestión es poner el oído y aceptar. Dios llama a cualquier edad. Es probable que nuestro caso nos consideremos ya sobrepasados. Acaso estemos en la edad de Abram y Sara, que viviendo en la comunidad humana de Ur de Caldea, donde era costumbre ofrecer sacrificios, incluso humanos a los dioses, Dios le proporcionó un hijo y le mandó salir de su tierra ya anciano para fundar un pueblo inmenso, allá al final de la era de Tauro, comienzo de la de Aries. Aceptó el sacrificio de su hijo Isaac, para comprender que a partir de entonces, Dios no quería sacrificios humanos, sino el sacrificio de la voluntad.

Amar no es un sentimiento, es un acto de decisión.

Eso se nos pide, eso se nos ofrece.

Epílogo

Con este ejercicio concluyó el seminario de Fidel.

Esta ha sido de las veces que he tenido la sensación de que se dejó algo en la recámara, pero quizás por falta de tiempo, o porque vio que no era el momento oportuno, no abordó todo lo que había pensado.


Aquel seminario fue para mí extremadamente importante, porque a medida que pasa el tiempo, acumulas vivencias, lecturas y reflexiones, la capacidad asociativa aumenta, y te das cuenta de que poco a poco, el sendero se va perfilando nítidamente.


De lo vivido, en mi sentir y vivir, el significado profundo que tiene la expansión de la consciencia supone un camino hacia el silencio de la mente, del “yo”, para permitir que Él, el tercer corazón, te inunde. No es que uno se expanda hacia él, sino que Él ocupe todos los rincones de tu ser. Se trata de que el Todo se convierta en parte inseparable de nuestra propia naturaleza. Que Él y “yo” seamos uno. Que Él pueda ver a través de mis ojos, tocar a través de mis manos, escuchar a través de mis oídos y caminar a través de mis pies, y sentir a través de mi corazón.

Un sacerdote que fue profesor mío en ICADE, jesuita, nos decía que el auténtico sentido de la Resurrección era que Jesús estaba presente en medio de nosotros “con toda su realidad”.

Que en nuestro interior experimentemos esta Presencia, podría llamarse Contemplación.

La extinción del “yo” es una forma literaria de aceptar que sin Él no existe forma de salir de los confines de nuestra vida cotidiana, del Confinador, donde se cuecen todos nuestros males y alegrías, nuestras fobias y filias, nuestra salud y enfermedad.

Consuelo Martín, ya me he referido a ella en otras ocasiones, indica que la actitud que hemos de tener es la de situarnos delante de la Puerta y esperar, al estilo del postulante a monje en los lamasterios del Tibet. “Llamad y se os abrirá”. Hay que estar delante de la puerta y esperar; no intentemos abrir, pues la puerta se abre por el otro lado. Esto requiere paciencia, para darnos cuenta de que no tenemos nada que hacer en el proceso de la Sabiduría, que es algo producido en lo más profundo de nosotros, de lo que la persona, el “yo”, no se entera. No se entera de que lo que abre la puerta es mi verdadera identidad, no una tercera persona, ni siquiera Dios. Porque lo que en realidad soy, es incomprensible para los alcances de mi pensamiento. El tiempo de espera es indeterminado. Puede depender de nuestra actitud, de nuestra disponibilidad a vaciarnos, al desapego, como predica Krisnamurti, a ser capaces de aceptar “no tener donde reclinar la cabeza”.

Ya se verá.

Lo sorprendente de todo este aprendizaje del espíritu es lo increíblemente alineados que están todos los sistemas de pensamiento, o religiones, o filosofías de la vida. Lo que Juan de la Cruz escribe en su Subida al Monte Carmelo, o en la Noche oscura, o el Camino del Zen, de Alan Watts, o el árbol del Yoga de Iyhengar, o el Tao te Kin de Lao Tse, o Consuelo Martín enseña en el arte de la contemplación, es en esencia exactamente lo mismo.

Hay un camino ascético, que requiere el trabajo, la disponibilidad, la apertura y el esfuerzo de la persona encapsulada en su “yo”, para salir de él. La ascesis supone el esfuerzo de limpiar el espíritu de las adherencias materiales. Es la Noche activa, donde uno se lo curra para caminar (o eso cree). En terminología cristiana equivale a purgar nuestros pecados y defectos, hacer penitencia y todo eso, siempre amparados por la Oración. En terminología oriental se traduce en los caminos del Yoga, en el adiestramiento del cuerpo y de la mente, o en las diferentes técnicas de meditación y cultura del cuerpo.

Y hay un camino místico (misterioso) donde la Puerta se abre, el alma iluminada ya no es ella, sino Él quien la gobierna. Es la Noche del espíritu, donde es Él el que vive en ti, hasta “hacerte perfecto, como Él es perfecto”.

Ascética y mística; meditación e iluminación. Se podrá expresar con diferentes denominaciones, pero el camino es el mismo. El Reino, el Nirvana.

Fidel nos situó en aquel seminario en el borde del Océano de Dios. Dependerá de la actitud de cada cual, cuan lejos o cerca estemos de la Puerta, delante de la cual debemos esperar, y del destino.

En esta situación, estamos (o podemos estar) ante un horizonte lleno de posibilidades. Y el adviento o tiempo de espera, podría ser (en el caso de los cristianos) una oportunidad para ver lo que es para el común de las gentes una preparación tradicional de la Navidad, un tomar conciencia de que el nacimiento de Jesús puede ser para nosotros, lejos de una conmemoración de algo que pasó hace 2000 años, envuelta de turrones, polvorones y décimos de lotería, el renacimiento de nuestro ser.


Y para los no cristianos, pudiera ser una oportunidad para ver la figura de Jesús como algo más que la cabeza fundadora de una religión en concreto, sino la manifestación de Dios a los hombres.



*

No hay comentarios:

Publicar un comentario