Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

martes, 21 de diciembre de 2010

49.- Fiat voluntas tua: “Sí, hágase en mi…”


 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.
Lc 1, 38

Este pasaje de la anunciación refleja la respuesta a la llamada, al “Fíat Lux”.

Literalmente supone el comienzo de la gran odisea de la Redención, con la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de María. Pero también en tus propias entrañas.

Para eso, para que la Redención pueda ser una realidad en ti, has de ser virgen y mujer, lo hemos visto anteriormente. Virgen significa estar vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no eras, y mujer significa que puedes concebir y fructificar. “Una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa” (Lc 10,38). Eckhart toma el pasaje de Marta y María en una versión en latín donde Marta es referida como “mujer y virgen”. Y el hecho es que lo acoge en su casa, como virgen y como mujer.

Lo atemporal


Los humanos, todos nosotros, incondicionales idólatras del dios del tiempo, Cronos (Saturno para los romanos), interpretamos estos pasajes, y en general, todo el proceso de la Redención, en clave temporal, como no podía ser de otra forma en seres sujetos al tiempo, a la Historia. La anunciación, la encarnación, el nacimiento de Jesús, su vida, su palabra, su pasión y su resurrección, fueron acontecimientos que sucedieron, que pasaron, que ya han sido, y de lo que queda el recuerdo vivo en nuestros corazones, que tratamos de mantener presentes a través de las ceremonias religiosas, para que no se nos olvide, en un calendario litúrgico que comienza todos los años allá a finales de noviembre con el adviento, termina con Cristo Rey, y repasa “aquellos sucesos” que cambiaron la Historia de la Humanidad para siempre.

Gracias a aquellos sucesos, nosotros ahora nos beneficiamos de estar redimidos, nos contaron en la catequesis.

Parece “magia potagia”, que dirían algunos, aunque “ma non tanto”, si tenemos en cuenta que a poco que te despistes en el pecar, la redención de poco te sirve si te pilla la muerte con el paso cambiado.

Casi nadie cae en la cuenta de que en la vida espiritual, el tiempo no existe, es simplemente “Presente”. Dios no es el que fue o el que será; es “el que Es”, ahora y siempre. Pero siempre no es mañana, ni el mañana ni el pasado existen. Sólo existe el ahora.
 Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»
Ex. 3, 14

Así que “el que Es” ahora, no le dijo a María (que también), voy a encarnarme en ti, sino que nos lo dice a cada uno de nosotros que, escuchando la llamada y siendo consciente de ella “Fíat Lux”, aceptamos el “hágase en mí según tu palabra”, Fiat voluntas tua.

Quiero morar en ti, quiero encarnarme en ti, quiero habitar en ti. Quiero reproducir la Redención en ti, particularmente en ti. Esta es la propuesta que Dios nos hace en la llamada, Fíat Lux. Y nuestra respuesta no puede ser otra que “Fíat voluntas tua”, o volvernos tristes a nuestros asuntos, y a lo sumo conservar una religión de mínimos.

Si los cristianos entendiéramos el Evangelio en clave de Presente, aquí y ahora, comprenderíamos cada uno de los pasajes, no como algo que sucedió, sino como algo que nos sucede a cada uno de nosotros, aquí y ahora. Caeríamos en la cuenta de que las palabras de Jesús no son un código de consejos para portarnos bien, ni sus obras fenómenos asombrosos, ni su pasión y muerte el gran estropicio que los pérfidos judíos le hicieron, gracias a lo que curiosamente hemos sido salvados, ni su resurrección otro fenómeno asombroso, gracias a lo cual Cristo lleva viviendo resucitado exactamente 1977 años (o 1984 si tenemos el desfase de Dionisio el Exiguo). El Evangelio no tendría sentido, si no se reprodujera en cada uno de nosotros. Sería algo así como la epopeya de Gilgamesh, o la de Jasón y el vellocino de oro.

Jesús de Nazareth fue el hombre, el Avatar, el paradigma en el que se materializó la Encarnación de Dios, en María. Ese Jesús resucitado, es el Cristo que se encarna en todo aquel que acepta y proclama el “hágase en mí según tu palabra”.

Que todos estos párrafos pasen de ser simples figuras literarias a algo real, pasa por el hecho trascendental de tomar conciencia plena de nosotros mismos, de que el alma despierte y nuestro “yo apañao para esta vida confinada” calle, para ser conscientes de que Dios habita en nosotros.

Y para ser conscientes de que Él habita en nosotros, tenemos que dejar de buscar fuera de nosotros, para buscar (es un decir), dentro de nosotros, en el abismo de nuestro interior.

De lo exterior a lo interior

Pero nos han enseñado e indicado que hay que buscarlo fuera. Los cristianos estamos convencidos que para encontrarnos con el Señor tenemos que ir al templo y ponernos delante del sagrario. Es como ponía un reclamo en forma de adhesivo de coche que decía: “Jesús está en el sagrario, visítale”. Y es verdad que está en el sagrario, pero es mucho más cierto que está dentro de nuestro corazón. De hecho, si no fuera así, si no estuviera en nuestro corazón, que estuviera en el sagrario, sería pura anécdota sin ningún tipo de interés ni valor.
Jesús le dice [a la mujer samaritana]: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre».
Jn 4, 21

Así le habló Jesús a la samaritana, indicando que a Dios ya no se le adorará en los templos, sino en espíritu y en verdad, siendo nuestro corazón el único y auténtico templo de Dios. El sagrario… allí esta Jesús. Los lugares santos… están bien. Hacer peregrinaciones a Santiago o a Lourdes, está bien, pero estos esfuerzos físicos serían sólo actos físicos sin valor postal alguno si en realidad no peregrináramos al interior de nuestro corazón, que es donde auténticamente habita Dios. Adorar la custodia con el Santísimo Sacramento y rezar el Pange lingua, está bien, pero de nada servirá si al acercarnos al primer ser humano que se cruce con nosotros por la calle después de adorar al Santísimo, no nos arrodilláramos ante él de corazón y reconociéramos que él, el primer transeúnte, alberga un sagrario vivo (aunque él no lo sepa, que será lo más seguro).

Pero si lo hacemos, nos daremos cuenta de que Dios siempre está dentro de nosotros, que no es un espectro que cual fantasma, entra en nuestro cuerpo astral y se adueña de nuestro ser. Es nuestro ser. Siempre lo ha sido, porque “somos su misma esencia”. Lo que sucede es simplemente que nuestro “yo” se ha olvidado de esta realidad, al estar permanentemente ocupado con las cosas del Confinador, en los arrabales del Castillo Interior, y mantener el alma dormida.
Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»  Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.»
Gen 3, 9-10

Cuando vivimos imbuidos de nuestro “yo apañao”, nos asusta la desnudez del alma, tenemos miedo de nuestra propia debilidad, así que, número uno, tratamos de escondernos de Dios, y número dos, nos vestimos de todo lo que podemos encontrar (todos nuestros “mis”, todas las cosas de nuestra vida), para así sentirnos ¿seguros?.., ¿potenciando la autoestima? En esto, algo en nuestro interior nos genera sentimientos de culpa cada vez que hacemos un estropicio (pecado lo llaman los judeo cristianos), así que tratamos de anestesiar nuestra conciencia, acallándola con todas las cosas de este mundo, hasta olvidarnos de que existe. Organizamos nuestro reino, donde mandamos nosotros, “yo”, y ejecutamos nuestra voluntad.

“Tuve miedo y me escondí”. Y desde entonces no me he vuelto a encontrar a mí mismo.

El Advenimiento

El tiempo de Adviento es simplemente “la odisea de María en estado puro”. Vivir el adviento como un embarazo, donde tras el “Sí incondicional” a Dios, para que reine en nuestro corazón, esperamos pacientemente la maduración de ese “sí”, hasta su eclosión en la Noche de Navidad. Es como la fase de eclipse, durante la cual llegamos a ser consciente de lo que supone decir “Sí” a la llamada.
Es por tanto una etapa de esperanza, de “buena esperanza”, como les decimos a las embarazadas; unas semanas en las que interiorizamos profundamente esa llamada.

No puedo explicar más esto, porque ni la mente, ni el lenguaje humanos tienen capacidad para expresar ese estado de espera, de serena y emocionada espera.

Estas semanas previas al 25 de Diciembre suponen una renovación de esa interiorización. Es la evocación del tránsito de una vida de fe basada en el Antiguo Testamento al Nuevo. Pero sucede en cualquier momento del año, y digo más, de la vida.

En realidad este proceso de iluminación, de llamada, respondido con ese “Sí, hágase en mí según tu palabra” es un momento único en la vida de una persona. El que ha sentido esto le queda marcado para siempre. Es como el primer amor, el momento del primer beso, del “si quiero”, del primer acto de amor con la persona amada, jamás se olvida, y jamás se puede repetir. Es único e irrepetible.

Aquel que lo haya experimentado, sabe perfectamente de qué estoy hablando. Aquel que no, se lo puede más o menos imaginar, haciendo comparación con algún momento maravillosamente trascendental de su vida, pero ni de lejos con nada ni imaginado ni vivido.
Porque Dios dentro de mí es simplemente “otra cosa”, más allá de este mundo.

Yo lo experimenté de pequeño. Con mis nueve años lo sentí, lo experimenté, y juro que jamás lo he olvidado. He experimentado en ocasiones posteriores otras vivencias, similares, sobre todo tras el júbilo de la reconciliación tras la caída, tras largos periodos de tibieza, tras el convencimiento maduro de mi camino, pero nada, absolutamente nada como aquel 24 de Mayo de 1965.
Por eso, abundar en detalles no tiene mucho más sentido. Simplemente consiste en meditar los pasajes de María desde la anunciación hasta el nacimiento, porque es justamente eso lo que el alma experimenta entre el Fíat lux y el Fiat voluntas tua del nacimiento, de la hierofanía dentro del corazón humano.

Y todo lo demás, toda la parafernalia navideña, tanto religiosa como festiva es simplemente “valor añadido”, guirnaldas y arbolitos de navidad incluidos.

Cristianismo a dos velocidades

Siguiendo con los argumentos esgrimidos en la entrada anterior, 48.- La Medicina del Alma en el Antiguo Testamento, el cristianismo, tradicionalmente se ha vivido en la Iglesia bajo dos modalidades. La primera ha sido y es la convencional, la que viven el común de la feligresía (misa dominical, confesión anual y no putear demasiado al vecino). Religión de mínimos, de joven rico.

La segunda ha sido y es la de aquellos que han sentido la llamada y ha respondido “sí”. A este reducido grupo se les ofrece la alternativa de la vida consagrada, bien por la vía del Orden sacerdotal, bien por la de los votos de la vida en comunidad en una orden o congregación religiosa, pudiendo ser estas últimas de clausura o no.

A lo largo de los dos mil años, la expresión de la vida “entregada a Dios” ha sido esta, la de la vida consagrada. La práctica totalidad de los santos de la Iglesia, me refiero a los oficiales, los canonizados, han sido personas consagradas, porque la vida laica, la vida secular transcurre entre las hogueras de las vanidades, con demasiadas tentaciones como para que el alma despierte de su letargo.

Es por eso, que el cristianismo de mínimos, veterotestamentario, por así decir, ha sido una solución de compromiso que, creo yo, no ha tenido más remedio la Iglesia que adoptar, para mantener, más o menos, a las ovejas en el redil, aunque fuera un redil significativamente laxo respecto de las exigencias de Jesús.

La Iglesia no ha tenido otra que “aceptar pulpo como animal de compañía”, es decir, aceptar una vida de fe tan ridícula, tan sincera como ingenua. No ha tenido otra que aceptar en casa a miles de millones de jóvenes ricos, con la esperanza de que al menos tengan una oportunidad de salvarse de ellos mismos, apelando a la misericordia de Dios.

Y además esto se ha convertido en una cuestión de estado. Me refiero al estado civil. La vida consagrada exige el celibato, es decir, el voto de castidad. La soltería católica, por otra parte, tiene vedada la vida sexual también, así que sólo queda o la vida célibe (consagrada o no), o la vida marital.

San Pablo, dentro de las múltiples exhortaciones que hace sobre el matrimonio, tiene un par de pasajes un tanto polémicos al respecto de la virginidad, aafirmando sin ambages que la prefiere aunque no es pecado el matrimonio. En 1 Cor 7. 1-34. Donde admite que el casado está dividido entre las preocupaciones de la casa, mientras que los célibes están liberados de todo eso para dedicarse íntegramente al Señor.
1 En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre abstenerse de mujer. 2 No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido.
27 ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿No estás unido a mujer? No la busques. 28 Más, si te casas, no pecas. Y, si la joven se casa, no peca. Pero todos ellos tendrán su tribulación en la carne, que yo quisiera evitaros. 29 Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen.
32 Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. 33 El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; 34 está por tanto dividido.

Sin embargo, en aquella época, en la que los ministros de la Iglesia podían estar casados, San Pablo admite esta condición en los epíscopos. En 1 Timoteo 3:
1 Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de epíscopo, desea una noble función. 2 Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, 3 ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero,

En suma, la vida de casado ha sido tradicionalmente considerada en este aspecto como un cristianismo de segunda categoría, sometido a la concupiscencia de la carne, canalizada mediante el mandato de “creced y multiplicaos”.

Visión postconciliar

Esta visión de las cosas induce a pensar que la Iglesia católica, desde sus orígenes ha estado constituida por sus profesionales miembros, es decir por los ministros del orden sacerdotal y por los religiosos y religiosas. El resto, la feligresía, ha sido considerada por estos como un sujeto pasivo, como el rebaño a pastorear, y que bajo ningún concepto tenía por qué meterse en las cosas de la Iglesia, de sus mayores, dado que ni sabía, ni tenía por qué saber. Esta es una interpretación acaso tendenciosa de las cosas, quizás no intencionada y desde luego no doctrinal, pero a la postre sentida por observadores externos.

Lumen gentium, primera de las constituciones conciliares, impresiona de ser la primera vez en la Historia que la Iglesia considera a los laicos como sujetos activos, con derecho a participar en la vida de la comunidad. Como constitución dogmática proclama la función participativa de los laicos, y da un salto bastante significativo desde una pastoral tradicional, donde son los curas y los obispos los encargados de dirigir y trabajar para la Iglesia, y hacia los fieles, como meros administradores de sacramentos, a una pastoral participativa, donde curas y laicos conforman una nueva comunidad asociativa en donde se reconoce el papel de estos últimos. Por otra parte, es la primera vez que la Iglesia reconoce a la familia como Iglesia doméstica, y con ello, empieza a considerar el matrimonio como algo más que una solución contra la concupiscencia.

De la mano de esta innovadora actitud, uno de los pilares, creo yo, del “aggiornamento”, bien es verdad que posteriormente ensombrecida con encíclicas como la Humanae vitae, que aborda el espinoso asunto de la planificación familiar, la Iglesia ha tratado de relanzar el movimiento laical, entre otras cosas con la creación de diversos movimientos orientados a los laicos, tales como Comunión y liberación, Cursillos de Cristiandad, Carismáticos, Oasis, Focolares, El Camino neocatecumenal, Movimiento familiar cristiano, Encuentro Matrimonial y un largo etc.

Con estas iniciativas, la Iglesia católica ha tratado de elevar a los laicos, por cierto, la inmensa mayoría de los católicos, a la categoría de cristianos neotestamentarios (por así decir), un ofrecimiento a que los millones de cristianos obligados por su estado civil a vivir como jóvenes ricos, sin tener que abandonar ese estado civil, puedan aspirar a una vida espiritual profunda y plena.

Esta situación, sin embargo está salpicadas de contrastes, pues vivimos una retracción de las “vocaciones” al sacerdocio y la vida consagrada que lleva décadas bloqueando las entradas a esta condición, minorando el número de sacerdotes y religiosos, y amenazando con una sequía jamás imaginada de personas consagradas. No queda otra, que contar con los laicos. Nosotros en Honduras hemos celebrado la liturgia de la palabra, oficiada por laicos, porque vivíamos en una zona con catorce templos, y tan sólo dos sacerdotes.

Muchas veces las crisis, las tremendas crisis han sido el germen de nuevas etapas de las que la comunidad sale reforzada, una vez superada la tormenta.

Estamos en el momento de los laicos. La Iglesia católica no puede depender de los curas y religiosos, porque cada vez hay menos. Terminarán siendo una minoría escasa de consagrados, que o se sienten arropados por consagrados laicos, o la Iglesia no tiene buen futuro.

Laicos consagrados


¿Qué es un laico consagrado?

Simplemente alguien que ha dicho “sí, hágase en mí según tu palabra”.
Es un alma que acepta la condición de enferma y novia prometida al amado.
Es un alma que acepta para su curación la intervención del Médico del Alma.
Es un alma que acepta el sagrado embarazo de su Señor en lo más íntimo de su ser.
Es un alma que espera impaciente el momento del nacimiento de su Señor en su corazón.

Esto no es una proclama poética, porque por otro lado, tal y como dice Karl Ranner:

“El cristiano del futuro o será un místico, alguien que ha experimentado “algo”, o no será nada”

Quiero hacer referencia aquí a un texto de Vittorio messori sobre esta realidad. La titula “Los eremitas hoy viven en la ciudad”

Dice así:
Su número crece cada día. Pasan su vida en oración, no temen la pobreza y rechazan cualquier jerarquía. Su fuerza está en contradecir el espíritu del tiempo. La Iglesia ha decidido reintegrarles en el Derecho Canónico. Lo que no quieren es, justamente, ser noticia. Buscan el silencio y la discreción. Su puerta permanecerá cerrada para quien se acerque como periodista, o simplemente como curioso. Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, pero no tendría acceso alguno a sus escondrijos si violase la promesa de no dar nombres ni direcciones. De todos modos, si alguien quiere buscar su rastro, que no los busque en lugares inhóspitos: es mucho más probable que los encuentre en las buhardillas de los centros metropolitanos. Me refiero a los eremitas. Han regresado por la puerta grande, su número crece cada año, aunque pocos lo saben, como es obvio, dado su empeño en pasar desapercibidos. La Iglesia, en cambio, sí sabe de ellos, y ha decidido volverles a dar un sitio dentro de su estructura, pues el Código de Derecho Canónico de 1917 los había ignorado. No por hostilidad, sino porque parecía que formaban parte de una página cristiana, larga y gloriosa, pero definitivamente cerrada.Una página que se inició cuando en Oriente miles de creyentes huyeron al desierto o a las montañas: grutas y chozas se llenaron de solitarios que luchaban tanto contra leones y serpientes como contra diablos tentadores. La fama de sus ayunos, de las penitencias, del silencio ininterrumpido provocaba la afluencia de discípulos, y con frecuencia el solitario se veía obligado a acogerlos, creando –a veces contra su voluntad– una comunidad a la que dar una regla. También fue éste el destino de quien en Occidente iba a ser el origen de la forma de monacato que marcaría los siglos siguientes beneficiosamente. Benito de Nursia empezó como eremita pero su misma fama de santidad le sacó de la cueva y le forzó a transformarse en maestro y legislador de cenobios.La Edad Media se llenó de eremitas, muchos de los cuales encontraban su sustento guardando cementerios, puentes o santuarios. El declive comenzó con el Concilio de Trento, que desconfió de los anacoretas porque eran incontrolables, y concluyó en el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa que persiguió a estos «parásitos asociales» a los que también consideraba «fanáticos oscurantistas». En el siglo XIX el eremita quedará relegado a ser casi un personaje de novela romántica, al estilo Conde de Montecristo. Dentro de la Iglesia, la vocación a la soledad había quedado canalizada desde hacía tiempo a través de órdenes religiosas como las de los cartujos o los camaldulenses, en las que el aislamiento va unido con la comunión con los hermanos en la oración y en la conversación. Se decía que el silencio de Código eclesiástico de 1917 era significativo: ya no quedan anacoretas, fuera su regulación. Y en cambio, esta vocación –rara, pero insuprimible– desde luego no había desaparecido, sino que se incubaba bajo las cenizas, de modo que el nuevo Código publicado en 1983 ha tenido que levantar acta. En el segundo inciso del canon 603, la Iglesia reconoce oficialmente a los ermitaños como «consagrados» si «mediante voto u otro vínculo sagrado, profesan públicamente los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad, obediencia) en manos del Obispo diocesano», y si el mismo Ordinario del lugar les aprueba una regla que ellos mismos hayan redactado. Una legislación light, con requisitos mínimos, pero tal y como es obligado para una elección de vida inspirada por la obediencia a la Iglesia y a la lectura más rigurosa del Evangelio a la vez que por la libertad y la autonomía de los hijos de Dios que siguen una vocación particular y del todo personal.

Estamos pues ante una nueva comunidad de cristianos anónimos, que trabajan en todo tipo de profesiones, y que constituyen una comunidad anónima, abierta al Espíritu, que ha sabido decir “Sí” a la llamada, y que acepta y desea vivir su vida literalmente a imagen y semejanza de Jesús de Nazareth.

Cuántos y quiénes son. No lo sabemos, nadie lo sabe, porque no se precisa un certificado oficial, sino simplemente un “sí, hágase”, Fiat voluntas tua”, proclamado en la intimidad del corazón.

Esta es la gente que junto con otras muchas como ella en los cuatro puntos cardinales de diferentes culturas y religiones puede formar la comunidad de Todos los Santos de Dios. La nueva Humanidad. La nueva Iglesia, la nueva Comunidad.

No habrá ninguna organización detrás, ningún movimiento con estatutos ni reglas, porque el único estatuto y la única regla será el Amor.


Y por sus frutos les conoceréis…

… porque tuve hambre y me disteis de comer.

*

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