Bienvenida

Hola, amig@.
Este es un blog dedicado a los caminos del ser humano hacia Dios. Soy cristiano, pero no pretendo dar una visión exclusivamente cristiana de estos temas.
Tampoco, y esto es muy importante, deseo que nadie tome lo que escribo como temas doctrinales. No imparto cátedra, líbreme Dios de algo que sólo está adjudicado a los sabios doctores con autoridad para impartir doctrina.
Lo mío es mi experiencia de vida y pensamiento, y lógicamente, puedo estar equivocado.
Dicho esto, y sin intención de cambiarle los esquemas a nadie, la pregunta que debes hacerte si quieres encontrar algo interesante en este blog es la siguiente:
"Si tengo y siento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
"Si no tengo o no experimento a Dios en mi vida, lo demás carece de importancia"
Si esta declaración va contigo, entonces, bienvenido seas.
Si no te dice nada, échale no obstante un vistazo; mal no creo que te haga, aunque sí puede que te haga rascarte la cabeza y plantearte cuestiones acaso "religiosamente incorrectas". Sobre todo ve a la entrada 19.- sitúate en el umbral
En cualquier caso, que la Paz esté contigo.
El título de blog "Todos los santos de Dios", afirma un convencimiento personal de que "todos los santos de Dios son todas aquellas personas de buena voluntad y sincero corazón, para los que Dios tiene sentido en su vida, aunque sean pecadores, aunque caigan una y otra vez, aunque incluso sean "ovejas perdidas de Dios", pero sienten algo dentro de sí que no saben lo que es, pero buscan el Camino de Regreso a Casa, con independencia de raza, nación y religión que pudieran profesar. Incluso aunque digan no creer. Si aman, y creen en la verdad, con todos sus defectos, forman la gran comunidad de Todos los Santos de Dios. Una Comunidad para los que Jesús de Nazareth vivió, murió y resucitó, aunque ni lo sepan, e incluso, ni lo crean.
Ya empezamos mal, desde el punto de vista doctrinal católico, pero no creo que esto a Dios le importe demasiado.

Si es la primera vez que entras, abre primero de todo la página "¿Quienes somos?, creo que te sorprenderás.
Luego consulta la página "Presentación del blog"
Y para navegar por las entradas de la página principal, vete mejos a la página "Índice", porque así encontrarás las entradas por orden de incorporación al blog.

Si, por otro lado, te interesa el pensamiento sistémico, te invito a que pases también a ver mi nuevo blog "HORIZONTE TEMPORAL", una visión sistémica del mundo para imaginar algo más allá de lo que pueden percibir nuestros sentidos.
Va de temas de aquí abajo, y de cómo plantearnos una forma holística de comprender los problemas que nos abruman en este mundo.

Correspondencia: alfonsoypaloma@gmail.com

martes, 21 de diciembre de 2010

49.- Fiat voluntas tua: “Sí, hágase en mi…”


 Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.
Lc 1, 38

Este pasaje de la anunciación refleja la respuesta a la llamada, al “Fíat Lux”.

Literalmente supone el comienzo de la gran odisea de la Redención, con la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de María. Pero también en tus propias entrañas.

Para eso, para que la Redención pueda ser una realidad en ti, has de ser virgen y mujer, lo hemos visto anteriormente. Virgen significa estar vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no eras, y mujer significa que puedes concebir y fructificar. “Una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa” (Lc 10,38). Eckhart toma el pasaje de Marta y María en una versión en latín donde Marta es referida como “mujer y virgen”. Y el hecho es que lo acoge en su casa, como virgen y como mujer.

Lo atemporal


Los humanos, todos nosotros, incondicionales idólatras del dios del tiempo, Cronos (Saturno para los romanos), interpretamos estos pasajes, y en general, todo el proceso de la Redención, en clave temporal, como no podía ser de otra forma en seres sujetos al tiempo, a la Historia. La anunciación, la encarnación, el nacimiento de Jesús, su vida, su palabra, su pasión y su resurrección, fueron acontecimientos que sucedieron, que pasaron, que ya han sido, y de lo que queda el recuerdo vivo en nuestros corazones, que tratamos de mantener presentes a través de las ceremonias religiosas, para que no se nos olvide, en un calendario litúrgico que comienza todos los años allá a finales de noviembre con el adviento, termina con Cristo Rey, y repasa “aquellos sucesos” que cambiaron la Historia de la Humanidad para siempre.

Gracias a aquellos sucesos, nosotros ahora nos beneficiamos de estar redimidos, nos contaron en la catequesis.

Parece “magia potagia”, que dirían algunos, aunque “ma non tanto”, si tenemos en cuenta que a poco que te despistes en el pecar, la redención de poco te sirve si te pilla la muerte con el paso cambiado.

Casi nadie cae en la cuenta de que en la vida espiritual, el tiempo no existe, es simplemente “Presente”. Dios no es el que fue o el que será; es “el que Es”, ahora y siempre. Pero siempre no es mañana, ni el mañana ni el pasado existen. Sólo existe el ahora.
 Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»
Ex. 3, 14

Así que “el que Es” ahora, no le dijo a María (que también), voy a encarnarme en ti, sino que nos lo dice a cada uno de nosotros que, escuchando la llamada y siendo consciente de ella “Fíat Lux”, aceptamos el “hágase en mí según tu palabra”, Fiat voluntas tua.

Quiero morar en ti, quiero encarnarme en ti, quiero habitar en ti. Quiero reproducir la Redención en ti, particularmente en ti. Esta es la propuesta que Dios nos hace en la llamada, Fíat Lux. Y nuestra respuesta no puede ser otra que “Fíat voluntas tua”, o volvernos tristes a nuestros asuntos, y a lo sumo conservar una religión de mínimos.

Si los cristianos entendiéramos el Evangelio en clave de Presente, aquí y ahora, comprenderíamos cada uno de los pasajes, no como algo que sucedió, sino como algo que nos sucede a cada uno de nosotros, aquí y ahora. Caeríamos en la cuenta de que las palabras de Jesús no son un código de consejos para portarnos bien, ni sus obras fenómenos asombrosos, ni su pasión y muerte el gran estropicio que los pérfidos judíos le hicieron, gracias a lo que curiosamente hemos sido salvados, ni su resurrección otro fenómeno asombroso, gracias a lo cual Cristo lleva viviendo resucitado exactamente 1977 años (o 1984 si tenemos el desfase de Dionisio el Exiguo). El Evangelio no tendría sentido, si no se reprodujera en cada uno de nosotros. Sería algo así como la epopeya de Gilgamesh, o la de Jasón y el vellocino de oro.

Jesús de Nazareth fue el hombre, el Avatar, el paradigma en el que se materializó la Encarnación de Dios, en María. Ese Jesús resucitado, es el Cristo que se encarna en todo aquel que acepta y proclama el “hágase en mí según tu palabra”.

Que todos estos párrafos pasen de ser simples figuras literarias a algo real, pasa por el hecho trascendental de tomar conciencia plena de nosotros mismos, de que el alma despierte y nuestro “yo apañao para esta vida confinada” calle, para ser conscientes de que Dios habita en nosotros.

Y para ser conscientes de que Él habita en nosotros, tenemos que dejar de buscar fuera de nosotros, para buscar (es un decir), dentro de nosotros, en el abismo de nuestro interior.

De lo exterior a lo interior

Pero nos han enseñado e indicado que hay que buscarlo fuera. Los cristianos estamos convencidos que para encontrarnos con el Señor tenemos que ir al templo y ponernos delante del sagrario. Es como ponía un reclamo en forma de adhesivo de coche que decía: “Jesús está en el sagrario, visítale”. Y es verdad que está en el sagrario, pero es mucho más cierto que está dentro de nuestro corazón. De hecho, si no fuera así, si no estuviera en nuestro corazón, que estuviera en el sagrario, sería pura anécdota sin ningún tipo de interés ni valor.
Jesús le dice [a la mujer samaritana]: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre».
Jn 4, 21

Así le habló Jesús a la samaritana, indicando que a Dios ya no se le adorará en los templos, sino en espíritu y en verdad, siendo nuestro corazón el único y auténtico templo de Dios. El sagrario… allí esta Jesús. Los lugares santos… están bien. Hacer peregrinaciones a Santiago o a Lourdes, está bien, pero estos esfuerzos físicos serían sólo actos físicos sin valor postal alguno si en realidad no peregrináramos al interior de nuestro corazón, que es donde auténticamente habita Dios. Adorar la custodia con el Santísimo Sacramento y rezar el Pange lingua, está bien, pero de nada servirá si al acercarnos al primer ser humano que se cruce con nosotros por la calle después de adorar al Santísimo, no nos arrodilláramos ante él de corazón y reconociéramos que él, el primer transeúnte, alberga un sagrario vivo (aunque él no lo sepa, que será lo más seguro).

Pero si lo hacemos, nos daremos cuenta de que Dios siempre está dentro de nosotros, que no es un espectro que cual fantasma, entra en nuestro cuerpo astral y se adueña de nuestro ser. Es nuestro ser. Siempre lo ha sido, porque “somos su misma esencia”. Lo que sucede es simplemente que nuestro “yo” se ha olvidado de esta realidad, al estar permanentemente ocupado con las cosas del Confinador, en los arrabales del Castillo Interior, y mantener el alma dormida.
Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»  Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.»
Gen 3, 9-10

Cuando vivimos imbuidos de nuestro “yo apañao”, nos asusta la desnudez del alma, tenemos miedo de nuestra propia debilidad, así que, número uno, tratamos de escondernos de Dios, y número dos, nos vestimos de todo lo que podemos encontrar (todos nuestros “mis”, todas las cosas de nuestra vida), para así sentirnos ¿seguros?.., ¿potenciando la autoestima? En esto, algo en nuestro interior nos genera sentimientos de culpa cada vez que hacemos un estropicio (pecado lo llaman los judeo cristianos), así que tratamos de anestesiar nuestra conciencia, acallándola con todas las cosas de este mundo, hasta olvidarnos de que existe. Organizamos nuestro reino, donde mandamos nosotros, “yo”, y ejecutamos nuestra voluntad.

“Tuve miedo y me escondí”. Y desde entonces no me he vuelto a encontrar a mí mismo.

El Advenimiento

El tiempo de Adviento es simplemente “la odisea de María en estado puro”. Vivir el adviento como un embarazo, donde tras el “Sí incondicional” a Dios, para que reine en nuestro corazón, esperamos pacientemente la maduración de ese “sí”, hasta su eclosión en la Noche de Navidad. Es como la fase de eclipse, durante la cual llegamos a ser consciente de lo que supone decir “Sí” a la llamada.
Es por tanto una etapa de esperanza, de “buena esperanza”, como les decimos a las embarazadas; unas semanas en las que interiorizamos profundamente esa llamada.

No puedo explicar más esto, porque ni la mente, ni el lenguaje humanos tienen capacidad para expresar ese estado de espera, de serena y emocionada espera.

Estas semanas previas al 25 de Diciembre suponen una renovación de esa interiorización. Es la evocación del tránsito de una vida de fe basada en el Antiguo Testamento al Nuevo. Pero sucede en cualquier momento del año, y digo más, de la vida.

En realidad este proceso de iluminación, de llamada, respondido con ese “Sí, hágase en mí según tu palabra” es un momento único en la vida de una persona. El que ha sentido esto le queda marcado para siempre. Es como el primer amor, el momento del primer beso, del “si quiero”, del primer acto de amor con la persona amada, jamás se olvida, y jamás se puede repetir. Es único e irrepetible.

Aquel que lo haya experimentado, sabe perfectamente de qué estoy hablando. Aquel que no, se lo puede más o menos imaginar, haciendo comparación con algún momento maravillosamente trascendental de su vida, pero ni de lejos con nada ni imaginado ni vivido.
Porque Dios dentro de mí es simplemente “otra cosa”, más allá de este mundo.

Yo lo experimenté de pequeño. Con mis nueve años lo sentí, lo experimenté, y juro que jamás lo he olvidado. He experimentado en ocasiones posteriores otras vivencias, similares, sobre todo tras el júbilo de la reconciliación tras la caída, tras largos periodos de tibieza, tras el convencimiento maduro de mi camino, pero nada, absolutamente nada como aquel 24 de Mayo de 1965.
Por eso, abundar en detalles no tiene mucho más sentido. Simplemente consiste en meditar los pasajes de María desde la anunciación hasta el nacimiento, porque es justamente eso lo que el alma experimenta entre el Fíat lux y el Fiat voluntas tua del nacimiento, de la hierofanía dentro del corazón humano.

Y todo lo demás, toda la parafernalia navideña, tanto religiosa como festiva es simplemente “valor añadido”, guirnaldas y arbolitos de navidad incluidos.

Cristianismo a dos velocidades

Siguiendo con los argumentos esgrimidos en la entrada anterior, 48.- La Medicina del Alma en el Antiguo Testamento, el cristianismo, tradicionalmente se ha vivido en la Iglesia bajo dos modalidades. La primera ha sido y es la convencional, la que viven el común de la feligresía (misa dominical, confesión anual y no putear demasiado al vecino). Religión de mínimos, de joven rico.

La segunda ha sido y es la de aquellos que han sentido la llamada y ha respondido “sí”. A este reducido grupo se les ofrece la alternativa de la vida consagrada, bien por la vía del Orden sacerdotal, bien por la de los votos de la vida en comunidad en una orden o congregación religiosa, pudiendo ser estas últimas de clausura o no.

A lo largo de los dos mil años, la expresión de la vida “entregada a Dios” ha sido esta, la de la vida consagrada. La práctica totalidad de los santos de la Iglesia, me refiero a los oficiales, los canonizados, han sido personas consagradas, porque la vida laica, la vida secular transcurre entre las hogueras de las vanidades, con demasiadas tentaciones como para que el alma despierte de su letargo.

Es por eso, que el cristianismo de mínimos, veterotestamentario, por así decir, ha sido una solución de compromiso que, creo yo, no ha tenido más remedio la Iglesia que adoptar, para mantener, más o menos, a las ovejas en el redil, aunque fuera un redil significativamente laxo respecto de las exigencias de Jesús.

La Iglesia no ha tenido otra que “aceptar pulpo como animal de compañía”, es decir, aceptar una vida de fe tan ridícula, tan sincera como ingenua. No ha tenido otra que aceptar en casa a miles de millones de jóvenes ricos, con la esperanza de que al menos tengan una oportunidad de salvarse de ellos mismos, apelando a la misericordia de Dios.

Y además esto se ha convertido en una cuestión de estado. Me refiero al estado civil. La vida consagrada exige el celibato, es decir, el voto de castidad. La soltería católica, por otra parte, tiene vedada la vida sexual también, así que sólo queda o la vida célibe (consagrada o no), o la vida marital.

San Pablo, dentro de las múltiples exhortaciones que hace sobre el matrimonio, tiene un par de pasajes un tanto polémicos al respecto de la virginidad, aafirmando sin ambages que la prefiere aunque no es pecado el matrimonio. En 1 Cor 7. 1-34. Donde admite que el casado está dividido entre las preocupaciones de la casa, mientras que los célibes están liberados de todo eso para dedicarse íntegramente al Señor.
1 En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre abstenerse de mujer. 2 No obstante, por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido.
27 ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿No estás unido a mujer? No la busques. 28 Más, si te casas, no pecas. Y, si la joven se casa, no peca. Pero todos ellos tendrán su tribulación en la carne, que yo quisiera evitaros. 29 Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen.
32 Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. 33 El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; 34 está por tanto dividido.

Sin embargo, en aquella época, en la que los ministros de la Iglesia podían estar casados, San Pablo admite esta condición en los epíscopos. En 1 Timoteo 3:
1 Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de epíscopo, desea una noble función. 2 Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, 3 ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero,

En suma, la vida de casado ha sido tradicionalmente considerada en este aspecto como un cristianismo de segunda categoría, sometido a la concupiscencia de la carne, canalizada mediante el mandato de “creced y multiplicaos”.

Visión postconciliar

Esta visión de las cosas induce a pensar que la Iglesia católica, desde sus orígenes ha estado constituida por sus profesionales miembros, es decir por los ministros del orden sacerdotal y por los religiosos y religiosas. El resto, la feligresía, ha sido considerada por estos como un sujeto pasivo, como el rebaño a pastorear, y que bajo ningún concepto tenía por qué meterse en las cosas de la Iglesia, de sus mayores, dado que ni sabía, ni tenía por qué saber. Esta es una interpretación acaso tendenciosa de las cosas, quizás no intencionada y desde luego no doctrinal, pero a la postre sentida por observadores externos.

Lumen gentium, primera de las constituciones conciliares, impresiona de ser la primera vez en la Historia que la Iglesia considera a los laicos como sujetos activos, con derecho a participar en la vida de la comunidad. Como constitución dogmática proclama la función participativa de los laicos, y da un salto bastante significativo desde una pastoral tradicional, donde son los curas y los obispos los encargados de dirigir y trabajar para la Iglesia, y hacia los fieles, como meros administradores de sacramentos, a una pastoral participativa, donde curas y laicos conforman una nueva comunidad asociativa en donde se reconoce el papel de estos últimos. Por otra parte, es la primera vez que la Iglesia reconoce a la familia como Iglesia doméstica, y con ello, empieza a considerar el matrimonio como algo más que una solución contra la concupiscencia.

De la mano de esta innovadora actitud, uno de los pilares, creo yo, del “aggiornamento”, bien es verdad que posteriormente ensombrecida con encíclicas como la Humanae vitae, que aborda el espinoso asunto de la planificación familiar, la Iglesia ha tratado de relanzar el movimiento laical, entre otras cosas con la creación de diversos movimientos orientados a los laicos, tales como Comunión y liberación, Cursillos de Cristiandad, Carismáticos, Oasis, Focolares, El Camino neocatecumenal, Movimiento familiar cristiano, Encuentro Matrimonial y un largo etc.

Con estas iniciativas, la Iglesia católica ha tratado de elevar a los laicos, por cierto, la inmensa mayoría de los católicos, a la categoría de cristianos neotestamentarios (por así decir), un ofrecimiento a que los millones de cristianos obligados por su estado civil a vivir como jóvenes ricos, sin tener que abandonar ese estado civil, puedan aspirar a una vida espiritual profunda y plena.

Esta situación, sin embargo está salpicadas de contrastes, pues vivimos una retracción de las “vocaciones” al sacerdocio y la vida consagrada que lleva décadas bloqueando las entradas a esta condición, minorando el número de sacerdotes y religiosos, y amenazando con una sequía jamás imaginada de personas consagradas. No queda otra, que contar con los laicos. Nosotros en Honduras hemos celebrado la liturgia de la palabra, oficiada por laicos, porque vivíamos en una zona con catorce templos, y tan sólo dos sacerdotes.

Muchas veces las crisis, las tremendas crisis han sido el germen de nuevas etapas de las que la comunidad sale reforzada, una vez superada la tormenta.

Estamos en el momento de los laicos. La Iglesia católica no puede depender de los curas y religiosos, porque cada vez hay menos. Terminarán siendo una minoría escasa de consagrados, que o se sienten arropados por consagrados laicos, o la Iglesia no tiene buen futuro.

Laicos consagrados


¿Qué es un laico consagrado?

Simplemente alguien que ha dicho “sí, hágase en mí según tu palabra”.
Es un alma que acepta la condición de enferma y novia prometida al amado.
Es un alma que acepta para su curación la intervención del Médico del Alma.
Es un alma que acepta el sagrado embarazo de su Señor en lo más íntimo de su ser.
Es un alma que espera impaciente el momento del nacimiento de su Señor en su corazón.

Esto no es una proclama poética, porque por otro lado, tal y como dice Karl Ranner:

“El cristiano del futuro o será un místico, alguien que ha experimentado “algo”, o no será nada”

Quiero hacer referencia aquí a un texto de Vittorio messori sobre esta realidad. La titula “Los eremitas hoy viven en la ciudad”

Dice así:
Su número crece cada día. Pasan su vida en oración, no temen la pobreza y rechazan cualquier jerarquía. Su fuerza está en contradecir el espíritu del tiempo. La Iglesia ha decidido reintegrarles en el Derecho Canónico. Lo que no quieren es, justamente, ser noticia. Buscan el silencio y la discreción. Su puerta permanecerá cerrada para quien se acerque como periodista, o simplemente como curioso. Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, pero no tendría acceso alguno a sus escondrijos si violase la promesa de no dar nombres ni direcciones. De todos modos, si alguien quiere buscar su rastro, que no los busque en lugares inhóspitos: es mucho más probable que los encuentre en las buhardillas de los centros metropolitanos. Me refiero a los eremitas. Han regresado por la puerta grande, su número crece cada año, aunque pocos lo saben, como es obvio, dado su empeño en pasar desapercibidos. La Iglesia, en cambio, sí sabe de ellos, y ha decidido volverles a dar un sitio dentro de su estructura, pues el Código de Derecho Canónico de 1917 los había ignorado. No por hostilidad, sino porque parecía que formaban parte de una página cristiana, larga y gloriosa, pero definitivamente cerrada.Una página que se inició cuando en Oriente miles de creyentes huyeron al desierto o a las montañas: grutas y chozas se llenaron de solitarios que luchaban tanto contra leones y serpientes como contra diablos tentadores. La fama de sus ayunos, de las penitencias, del silencio ininterrumpido provocaba la afluencia de discípulos, y con frecuencia el solitario se veía obligado a acogerlos, creando –a veces contra su voluntad– una comunidad a la que dar una regla. También fue éste el destino de quien en Occidente iba a ser el origen de la forma de monacato que marcaría los siglos siguientes beneficiosamente. Benito de Nursia empezó como eremita pero su misma fama de santidad le sacó de la cueva y le forzó a transformarse en maestro y legislador de cenobios.La Edad Media se llenó de eremitas, muchos de los cuales encontraban su sustento guardando cementerios, puentes o santuarios. El declive comenzó con el Concilio de Trento, que desconfió de los anacoretas porque eran incontrolables, y concluyó en el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa que persiguió a estos «parásitos asociales» a los que también consideraba «fanáticos oscurantistas». En el siglo XIX el eremita quedará relegado a ser casi un personaje de novela romántica, al estilo Conde de Montecristo. Dentro de la Iglesia, la vocación a la soledad había quedado canalizada desde hacía tiempo a través de órdenes religiosas como las de los cartujos o los camaldulenses, en las que el aislamiento va unido con la comunión con los hermanos en la oración y en la conversación. Se decía que el silencio de Código eclesiástico de 1917 era significativo: ya no quedan anacoretas, fuera su regulación. Y en cambio, esta vocación –rara, pero insuprimible– desde luego no había desaparecido, sino que se incubaba bajo las cenizas, de modo que el nuevo Código publicado en 1983 ha tenido que levantar acta. En el segundo inciso del canon 603, la Iglesia reconoce oficialmente a los ermitaños como «consagrados» si «mediante voto u otro vínculo sagrado, profesan públicamente los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad, obediencia) en manos del Obispo diocesano», y si el mismo Ordinario del lugar les aprueba una regla que ellos mismos hayan redactado. Una legislación light, con requisitos mínimos, pero tal y como es obligado para una elección de vida inspirada por la obediencia a la Iglesia y a la lectura más rigurosa del Evangelio a la vez que por la libertad y la autonomía de los hijos de Dios que siguen una vocación particular y del todo personal.

Estamos pues ante una nueva comunidad de cristianos anónimos, que trabajan en todo tipo de profesiones, y que constituyen una comunidad anónima, abierta al Espíritu, que ha sabido decir “Sí” a la llamada, y que acepta y desea vivir su vida literalmente a imagen y semejanza de Jesús de Nazareth.

Cuántos y quiénes son. No lo sabemos, nadie lo sabe, porque no se precisa un certificado oficial, sino simplemente un “sí, hágase”, Fiat voluntas tua”, proclamado en la intimidad del corazón.

Esta es la gente que junto con otras muchas como ella en los cuatro puntos cardinales de diferentes culturas y religiones puede formar la comunidad de Todos los Santos de Dios. La nueva Humanidad. La nueva Iglesia, la nueva Comunidad.

No habrá ninguna organización detrás, ningún movimiento con estatutos ni reglas, porque el único estatuto y la única regla será el Amor.


Y por sus frutos les conoceréis…

… porque tuve hambre y me disteis de comer.

*

domingo, 19 de diciembre de 2010

48.- La Medicina del Alma en el Antiguo testamento


“No hay nadie que, habiendo descendido a lo más hondo de sí mismo, no encuentre allí la presencia oscura de una Realidad suprema. Es, está, y quien ha descendido sabe que es y está” (Sedir. Los siete jardines místicos)

La persona que ha experimentado en lo más profundo de sí la presencia de Dios, ya no le tienen que contar nada, porque ha vivido al Todo. Ya no es necesario estudiar o leer, o que otros le digan, o que le prediquen, o que le digan que tiene que hacer esto o aquello. Su vida ya ha sido iluminada, aunque haya sido por un instante por la luz de la Verdad. Ya no hay autoridad religiosa que supere en Verdad y Realidad lo que ella haya podido vivir. Nadie le tiene que decir que Dios le ama, porque ya lo ha experimentado, hasta el punto de comprender, que lo único que ha de hacer es dejarse amar por Él.
 

Vuelvo a ponerte aquí, querido amigo, el fragmento con el que comenzaba la entrada 19.- “Sitúate ante el umbral”

Imagínate…
En una noche oscura,
quedando ya tu alma sosegada,
sintiendo la hermosura,
con la mente callada,
de la infinita bóveda estrellada;
bañándote en la luz de las estrellas,
con todo tu ser abierto al infinito;
si percibes un estremecimiento...
ante la inmensidad total que te rodea,
al tomar conciencia de lo poco que tu ser y tu esencia constituyen,
ante el gran Universo que te cubre,
y un escalofrío recorre tu piel,
y las lágrimas brotan de tus ojos extasiados al contemplar tanta belleza,
lo creas o no, estás sintiendo en ese momento,
en ese instante eterno, el abrazo de Dios.

Él es mucho más que todo. Es tanto, que la mente resulta ser un estorbo para poder experimentar su presencia.
Ante tanta inmensidad, el alma sólo puede decir “Amén”, y callar, hacer silencio, y dejarse amar por la “Clara Luz en el vacío de la noche”.
Es Todo y lo demás, todo lo que existe, es nada.

 

Si alguna vez has vivido algo así, aunque haya sido por un instante y casi ya ni te acuerdes, porque los asuntos de la vida cotidiana te absorben totalmente; si alguna vez sentiste algo así, te lo aseguro, experimentaste a Dios.

Amigo, ¿cómo te ha parecido el texto de la entrada anterior, la 47, sobre la Egolatría, y más especialmente en el epígrafe donde hablo de cómo la literalidad nos puede conducir a una interpretación absurda de los textos sagrados, si acaso la has leído? Fuerte, ¿verdad? Te pido perdón por ello. Pero este desagradable asombro es, probablemente, el que todos experimentamos en nuestra infancia cuando nos dicen que los niños no vienen de París, y que los Reyes Magos o Santa Claus son los padres. Y es el mismo desagradable asombro que experimenté yo cuando me di cuenta de que era absolutamente imposible que Dios, tan sólo se hubiera ocupado del pueblo judío, dejando al margen de su protección al 99% de la Humanidad, y etc, etc. Pero cuando consigues superar el asombro de la ingenuidad, que es el único camino de que tu fe pueda iniciar el camino de la madurez, es entonces cuando consigues realmente encontrarle sentido profundo y real a la historia de la Salvación, porque es entonces cuando ves que la Biblia, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo es en realidad tu propia historia, y describe paso a paso, las etapas de tu existencia, desde tus orígenes hasta la entrada en el Banquete Celestial. No es que puedas aplicar tal o cual pasaje a ti en un momento dado, eres tú mismo, es tu propia vida.

Te doy mi palabra que desde que descubrí esta profunda realidad, es desde el momento que en la Biblia he encontrado la auténtica Palabra de Dios, dirigida a mí, personalmente a mí. Y decir a mí, es decirte a ti y a todos nosotros.
Y una vez más esto no se lo tengo que agradecer al cura que da la misa de una, porque él y todos como él, me siguen diciendo que los niños vienen de París y que los Reyes Magos son reales. Se lo debo, una vez más a mi gran maestro San Juan de la Cruz, pues al leer la Subida al Monte Carmelo y la Noche Oscura (cuyo resumen lo puedes encontrar en la página 7 de este blog, que está en la barra roja del inicio), de un modo soberbio refleja la historia del alma en su camino hacia Dios con multitud de citas de la Biblia, que parecen estar escritas directamente para mí.

Ignacio Larrañaga usa esta misma pedagogía en los Talleres de Oración y Vida, para mí la iniciativa actual más inteligente en su orientación a enseñar a las gentes a orar.

La tendencia que tenemos todos a interpretar literalmente las escrituras, se debe a que estamos permanentemente incluyendo la variable tiempo en los asuntos del Espíritu, cuando todavía no nos hemos dado cuenta de que Tiempo y Eternidad son incompatibles, antagónicos. Los asuntos del Alma son asuntos de Eternidad, donde el tiempo no existe, o simplemente es un lejano recuerdo de la vida física.

Es por eso que nuestra desagradable sensación al leer el epígrafe sobre la “literalidad” de la entrada anterior se debe única y exclusivamente a nuestra empedernida idolatría a Chronos, al Tiempo. Sólo si no estamos apegados al tiempo es cuando podremos liberarnos de sus ataduras, para poder volar a las grandes alturas de Dios, o descender a las grandes honduras de nuestra Alma.

Y como se dice, que los extremos se tocan hasta llegar a ser lo mismo, las Alturas de Dios y las Honduras del Alma, se tocan hasta ser en realidad una misma cosa, una misma Realidad.

Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento representa tu vida antes de estar situado ante el umbral de tu propia Redención. Tienes noticias de Dios, te enseñan en catequesis la doctrina de la fe, y te inculcan la necesidad de realizar un conjunto de prácticas religiosas para honrar a Dios, a base de rituales y sacrificios. Te dan un conjunto de normas morales que cumplir (los Diez Mandamientos), y una serie de rituales que practicar periódicamente (los Sacramentos). Es el remedio convencional a tu enfermedad espiritual, aquella que el Génesis te indica que naces con ella, porque va impresa genéticamente en tu propia naturaleza humana dual, física y espiritual. Y desde el principio se te anuncia que Dios está contigo, y que si tu naturaleza mortal te hizo caer (Eva), tu naturaleza espiritual (María) recibirá de lo Alto la fuerza suficiente para decir “Sí, hágase en mí”.

Y a lo largo de los libros históricos te explican la naturaleza de esa enfermedad, y cómo a causa de esa enfermedad, te has convertido en esclavo de tus propias pasiones, una y otra vez, y cómo estas pasiones te sumergen una y otra vez en un sufrimiento extremo (Diluvio, Sodoma y Gomorra, Babel, la esclavitud en Egipto, el destierro de Babilonia), que Dios consiente y permite, para que puedas aprender las consecuencias de tus obras. Así mismo, una y otra vez Dios te invita al arrepentimiento, te da la mano, te indica el camino, que no es precisamente un camino de rosas, sino el camino del desierto (sal de tu Tierra, sal de Egipto).

Así que en nuestra vida normal, continuamente tomamos conciencia de que sólo hay dos alternativas, o dejarnos abandonar a nuestras pasiones (Ur, Egipto, Babilonia), donde toda felicidad es un simple y fugaz destello seguido de la amargura de una existencia dominada por el cáncer espiritual que nos carcome y nos mata, o aceptamos el desafío de la travesía del desierto.

Y aún en el desierto, desfallecemos, renegamos, nos sublevamos y añoramos nuestra pasada vida como esclavos.

Nos conducen sabios maestros como Moisés, Josué, David, Salomón, los profetas,  (o Buda, Lao Tse, Sankara, Mahoma, Águila Blanca, Krisnamurty, Gandhi, etc.), de quienes podemos aprender grandes enseñanzas para este camino difícil del sacrificio que supone luchar contra nuestras pasiones y pecados. Y también tenemos a sabios doctores de la Iglesia, nuestros pastores, tantos y tantos  Papas, obispos y sacerdotes que como directores espirituales, nos han dado y nos siguen aportando grandes consejos para nuestra vida de piedad.

Pero todo esto es “Antiguo Testamento”, porque todo se basa en una promesa, en la promesa del Mesías, incluso las doctrinas de la Iglesia se basan en la promesa, no de la primera venida, que sucedió hace 2000 años (recordemos lo del culto a Chronos), sino de una segunda venida que sucederá “al final de los tiempos” (milenarismo puro).

Y mientras tanto, seguimos conservando una imagen de Dios que se enfada por nuestras fechorías y debilidades. El propio Juan el Bautista, predicaba nuestro arrepentimiento con argumentos amenazantes, “Ya está el hacha en la base del árbol”

 Decía, pues, a la gente que acudía para ser bautizada por él: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, frutos dignos de conversión, y no andéis diciendo en vuestro interior: “Tenemos por padre a Abraham”; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Y ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.» La gente le preguntaba: «Pues ¿qué debemos hacer?» Y él les respondía: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.» Vinieron también publicanos a bautizarse, y le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» El les dijo: «No exijáis más de lo que os está fijado.» Preguntáronle también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» El les dijo: «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra soldada.» (Lc 3, 7-14)

Esta imagen de Dios castigador, sujeto por nosotros a la ley de la proporcionalidad, tanto hiciste, tanto debes y tanto pagarás, si cabe con las penas del infierno, es la triste imagen que la Iglesia católica ha transmitido, no sé si queriendo o sin querer, a lo largo de los siglos, sometiendo a los asustados feligreses a un código penal terrorífico, por los que verse obligados a cumplir los preceptos de la Iglesia por la vía coercitiva de las penas del infierno y en plan un poco más suave, del purgatorio, y advirtiéndoles que fuera de ella no hay salvación que valga. Y el que sacaba los pies del plato desde el punto de vista doctrinal, se le amenazaba no tanto con el infierno (que también), sino la hoguera de la Inquisición, era la amenaza que pesaba sobre sus cabezas.

¿Tiene algo que ver el Evangelio con todo esto?

El Antiguo Testamento no concluyó con el nacimiento histórico de Cristo, porque no es un periodo histórico de un pueblo como el judío.

El Antiguo Testamento es un Estado del Alma en el que la persona, ciertamente adoctrinada en lo religioso, ve como única vía de salvarse de las penas del infierno obedecer sin rechistar a un código litúrgico impuesto por la casta sacerdotal junto con otro código moral de carácter principalmente retroactivo (“no hacer el mal”).

Esta es la religión, la fe del joven rico, que es la que practica, en su caso, la mayoría de los cristianos, hasta que se aburren y lo dejan, cayendo en escepticismo, un escepticismo que surge cuando uno se malicia que ni los niños vienen de París, y los Reyes Magos son los padres, o bien se ponen orejas de burro para no cuestionarse nada.

Pero en todo este trayecto, en todo este estado del Alma, Jesús, del que nos hemos aprendido las verdades del catecismo, todo hay que decirlo, es tan sólo una lejana intuición, incluso para muchos de los cristianos de misa y comunión diaria, salvo que hayan experimentado en la intimidad la presencia incuestionable del “médico del Alma”.

La Medicina del Alma veterotestamentaria es  la que se basa en los trabajos y esfuerzos de uno mismo, y en los rezos y súplicas de ayuda a Dios para que nos eche una manita. Supone decidirse a salir de Ur, o de Egipto, o de Babilonia, para adentrarse en el desierto. Supone  de un modo consciente aceptar nuestra condición de enfermos, que así no podemos seguir, y que hemos de someternos a una disciplina de vida que nos permita ser mejores personas, dejar de hacer putadas a los demás, porque además del riesgo que corremos de que nos castigue la justicia humana con multas o con cárcel, lo que nos espera más allá de la muerte, bien por la vía del purgatorio/infierno, o por la vía del karma, no impresiona de ser nada agradable.

Supone practicar los Proverbios de la Biblia o las máximas de Confucio, es decir, respetar y practicar un código de buenas costumbres, que hagan esta vida un poco más respirable.  Y supone la práctica de ritos y liturgias mediante las cuales nos relacionamos con un Dios que vive en los templos y al que hay que visitar en el templo, y más concretamente en el Sagrario. Las catedrales, cuanto más grandes y más altas, mejor.

En resumen, consiste en practicar los sacramentos y hacer buenas obras, como nos aconsejaba Monseñor como preparación para la Navidad en este tiempo de adviento.

Y así, un año tras otro, teniendo como único objetivo no pecar mortalmente, y si lo hacemos, confesarnos a la mayor brevedad posible, no sea que muramos sin la Gracia de Dios, y ya se sabe que eso amenaza de ser bastante chungo.

¡Cuántas veces el ángel me decía:
Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!


¡Y cuántas, hermosura soberana:
Mañana le abriremos—respondía--,
para lo mismo responder mañana!


Reconozco que para mí, darme cuenta de que los cristianos en su mayoría, vivimos una fe a la antigua usanza, según la filosofía de vida del Antiguo Testamento, ha sido un contrasentido, una razón de la sin razón, que hacía peligrar la propia fe en Jesucristo. Pero esto es lo que a los cristianos que abandonan y se alejan de la practica tradicional, les sucede; que no le ven sentido a algo que “en realidad”, es cierto que no lo tiene.

Mañana te abriremos -respondemos-, para lo mismo responder mañana. Si hay más días que longanizas.

En el Viejo Testamento, los cristianos vivimos una religión de mínimos, tratamos nuestra enfermedad espiritual de modo a lo sumo, sintomático. Es como la antigua medicina, basada en métodos empíricos, sobre la creencia de que las causas de las enfermedades eran los humores y el desequilibrio entre ellos. Así la melancolía, se denominaba así cuando se creía que era debida a un exceso de humor negro (bilis negra: “melanos” negra – “cholia” bilis), antes de saberse que era debido a un trastorno del eje hipotálamo-hipofisario, y de la secreción de serotonina – dopamina. Así que ante creencias infundadas, tratamientos a lo sumo sintomáticos y no etiológicos, como calentar la bilis, hacer penitencia, exorcismos y demás remedios medievales.

Y en esto trabajos de Sísifo transcurren nuestras vidas, entre un querer y no poder, entre un desear un mañana mejor de paz y bienestar, unas cuantas prácticas religiosas para cumplir con los preceptos preceptivos, y una vida de tentaciones que nos hacen entristecernos cuando de vez en cuando alguien o un determinado acontecimiento nos muestra la alternativa, porque ¡tenemos tantas riquezas!

Mañana te abriremos –respondemos-, para lo mismo responder mañana.

Y así transcurren nuestros días y nuestras horas, inmersos en nuestro Antiguo Testamento particular, aún si practicamos la misa dominical.

¿Qué hay entonces de Jesucristo?
¿Dónde está Jesús de Nazareth?

Para los cristianos del Antiguo Testamento, Jesús de Nazareth es tan sólo una promesa, pero no es una realidad. No todavía.

El Médico del Alma, todavía no ha entrado en escena. Sigue siendo un personaje histórico al que se le recuerda con ritos y liturgias, en espera de que vuelva a venir una segunda vez. El Alma sigue dormida, en un sueño profundo estrechamente vigilado por nuestro "yo", que para nada va a consentir que despierte, porque supondría su fin (el fin del "yo").

El Médico del Alma, todas las navidades, continuamente llama a la puerta de los corazones enfermos de egolatría, pero sólo un reducido porcentaje de llamados es capaz de aceptar su entrada y someterse al único tratamiento posible. Son los elegidos, los Santos de Dios.

El tratamiento etiológico de la egolatría (o Síndrome de Adán y Eva, o pecado original), que el Médico del Alma aplica en los corazones enfermos y destrozados por sí mismos, requiere cinco etapas sucesivas, a saber: nacimiento – vida – pasión – muerte y resurrección.

El resultado, la salud del Alma se denomina “Redención”, o Salvación; valen los dos términos.

Pero para que el tratamiento pueda ser aplicado por el Médico del Alma, hacen falta dos condiciones. 


La primera es saber decir “Sí, hágase”. 

La segunda es “dejar actuar al Médico del Alma” directamente sobre nuestro ser. Dejarnos amar por Él.

"... como Yo os he amado". ¿Te suena?

El Nuevo Mandamiento que nos permite cruzar el umbral del Nuevo Testamento y abandonar el Viejo no es Amar a Dios sobre todas las cosas, sino "dejarnos amar por Él, y eso sobre todas las cosas".

No hay que hacer nada, para que nada quede sin hacer.


*

sábado, 18 de diciembre de 2010

47.- Egolatría o Síndrome de Adán y Eva



Vamos a describir nuestra débil  naturaleza en términos clínicos, como si se tratara de una enfermedad denominada “egolatría” o relación inversamente proporcional entre el tamaño de mi ego y mi valor como ser humano, como persona; el Síndrome de Adán y Eva, enfermedad congénita, trasmitida por nuestro genotipo y potenciada por el fenotipo, es decir, el medio ambiente donde somos educados y crecemos hasta hacernos adultos. Vamos e estudiar  sus síntomas, sus causas originales, su diagnóstico y su tratamiento. No deja de ser una parábola del misterio de la naturaleza del ser humano, pero creo que puede valer.

Sintomatología de la “egolatría” o Síndrome de Adán y Eva

“Si yo quiero ser bueno, pero es que no me sale…”


-Niño malo-



Esta frase, dicha por un chaval, por cierto más malo que la quina, de seis añitos, suena tierna y te dan ganas de darle un achuchón, no sin antes haberle arrancado las orejas de un tirón como reprimenda al desaguisado que hubiera montado.



Por cierto a este niño yo le conocí cuando yo tenía su misma edad, en Peña Redondela, Collado Villalba, en la Sierra de Madrid, en un verano, el del 1961, yo con cinco años y él con uno más, que se metía conmigo y no me dejaba en paz. Mi mamá, harta de él, no hacía más que quejarse a la suya, y cuando le pedíamos explicaciones de por qué se metía conmigo, eso es lo que respondía, muy apretado él… “es que no me sale”.



¿Será verdad?



¿Será verdad que los seres humanos queremos ser buenos, solemos tener buena voluntad, pero es que no nos sale?



Está claro que somos pecadores empedernidos, y que, como afirma James Lovelock, el padre de la teoría de Gaia, incluso con nuestra mejor intención, cuando nos enfrentamos a problemas muy complejos, estamos perdidos, la fastidiamos prácticamente siempre. Los problemas yatrógenos (los que originamos nosotros mismos al querer solucionar las cosas) son casi diría yo que los más frecuentes. Queremos resolver algo, y desde nuestro pensamiento lineal, que no ve más allá de un proceso causa efecto de dos pasos a lo sumo, y desde nuestro síndrome del corto plazo, por el que sólo atacamos los síntomas a corto pero no las soluciones a largo, lo único que hacemos es fastidiarla. De estos las familias, empresas y los gobiernos de los países, tienen ejemplos todos los días

Esto por parte de la gente de buena fe, que somos la mayoría. Luego están los que van por la vida con auténtica mala fe, puteando al personal a base de bien; a base de (como dice Krishnamurty), maledicencia, maleficencia –crueldad-, y superstición (creencia disfrazada de conocimiento).



Tan malos somos, que desde los orígenes de la Civilización, los seres humanos nos hemos tenido que proteger para garantizar mínimamente la convivencia, con códigos legales. El primero del que se tiene noticia es el código de Ur-Nammu, de Caldea (la tierra de Abrám) datado en 2050 AdC, aunque el más famoso fue el de Hamurabi, de 1692 AdC, en la antigua Mesopotamia, que supuso un salto espectacular como norma de convivencia, promulgando su ley basada en el “ojo por ojo y diente por diente”. Y es que hasta entonces la ley era vida por ojo y vida por diente, es decir, no me digas qué  bonitos ojos tengo, que te atravieso con mi sable y te corto la cabeza. Y para hacer ver a la gente lo importante que era la Ley, en el antiguo Imperio Persa, que estaba subdividido por provincias o satrapías, cuando moría un sátrapa o gobernador, antes de elegir el rey al siguiente, dejaba a la provincia durante varios días, quizás semanas, sin gobernador, para que la gente supiera “lo que vale un peine” y pidiera a gritos un nuevo sátrapa que impusiera la ley y el orden.



Tan malos somos, que no nos han dolido prendas desenvainar las espadas y resolver a base de guerras y de saqueos nuestras diferencias con nuestros vecinos. Así que desde que el hombre es hombre, venimos sufriendo en nuestras propias carnes la mala leche que llevamos dentro, puteándonos a base de bien unos a otros, tanto desde nuestra “bona fides”, fastidiándola con toda nuestra buena fe, o desde nuestra “mala fides”, siendo crueles, tendenciosos, egoístas y avasalladores con los demás.



Sin llegar al nivel de la sangre, por el que nos matamos unos a otros “en un quítame allá esas pajas”, “por un quítame allá esas pajas” , en el terreno de la pacífica convivencia se desarrolla como hongos todo un sistema de putaditas, que como zancudos o mosquitos trompeteros, no hacen más que picarnos y no nos dejan vivir en paz.



(Esta expresión coloquial, “por un quítame allá esas pajas”, es todavía muy utilizada en el léxico popular de nuestro idioma, es sinónimo de brevedad en la realización de un acto o en la finalización de un trabajo determinado, pues viene a indicar la facilidad con la que puede o ha podido realizarse. Análoga a esta locución, aunque con diferente sentido, es la expresada en la forma “por un quítame allá esas pajas” que viene a significar la escasa importancia de un hecho acaecido por una causa baladí, sin fundamento ni razón alguna provoca una tormenta o un conflicto)



De todo esto podríamos dar ejemplos en nuestra vida diaria, todos los días. Frutos del egoísmo, de la soberbia, de la “mala follá”, diariamente nos tocamos unos a otros las narices con murmuraciones, broncas, desafíos absurdos del tipo “a ver quién mea más lejos”, etc.



De la misma forma que para evitar los grandes males los humanos nos hemos protegido con las leyes, para evitar los males menores (que sumados llegan a ser grandes), los humanos hemos desarrollado los códigos de convivencia entre personas, también denominados códigos éticos. La Ética, desde el punto de vista filosófico define qué es bueno o correcto, frente a lo que es malo o incorrecto, desde el nivel llano de la convivencia, de la manera de ser de los humanos. Se basa en cuatro principios (ver entrada de bienvenida al blog), la no maledicencia (no hacer daño), la beneficencia (hacer el bien), la ecuanimidad (ser justos en el reparto de los bienes) y la libertad de acción (respetar la autonomía de los demás).



El respeto de las normas legales y de las normas éticas ofrece un pequeño pero importante matiz. La Ley se basa en el derecho perfecto, es decir, en su el obligado cumplimiento, so pena de ser multado o ir a la cárcel. La ética se basa en el derecho imperfecto, es decir, que el no cumplimiento de las normas éticas no es constitutivo ni de falta ni de delito, por lo que la justicia no irá contra nosotros, aunque las consecuencias sociales y de convivencia se ven a las claras. Por atracar un banco puedo ir a la cárcel, pero por criticar a sus espaldas a una persona y ponerla de vuelta y media nadie me puede denunciar, aunque el daño moral y el descrédito sean importantes. Por cierto que esto lo hacemos todos, todos los días, y además con saña, es probable que sea éste nuestro mayor pecado “este es un mal nacido”, “aquel es un indolente”, el otro es un “borracho y un comilón”, así que entre mal nacidos e indolentes, para nosotros poca gente hay buena, según parece… Ya lo decía Pascal en uno de sus pensamientos, “si una persona supiera lo que sus amigos dicen de él a sus espaldas, no habría dos amigos en el mundo”.



Y es que como en general todos estamos hechos del mismo paño, y nos herimos unos a otros, por el efecto acción reacción, si una persona me hace daño de una forma o de otra, yo respondo, al menos hablando mal de ella, y si me vuelve a hacer daño, como no sea yo un santo varón, terminaré respondiéndole primero con un exabrupto, y a la tercera con una reacción similar, y yo también caeré en la tentación de hacerle otra putada. Y así nos va, que al final Hamurabi tiene razón, sea nuestro límite el “ojo por ojo” pero no más, que parece ser una ley natural de los humanos para no superar el límite de la barbarie.



Entre ética y moral no existe en principio diferencia alguna, desde el punto de vista filosófico, pero desde el momento que pasó el vocablo del griego al latín, la Iglesia católica se apropió el término para referirse a las normas de comportamiento de carácter religioso. Así, mientras la ética no tiene acepción de creencia religiosa, la moral suele estar referida a las normas de conducta según un sistema religioso concreto. De esta forma, la ética tiene visos de ser universal, y se podría denominar una ley natural, mientras que la moral es en sí misma una érica condicionada a un conjunto de normas de conducta, muy asociadas a un dogma religioso y a las costumbres de la tribu o sociedad que la profesa, así la moral católica tiene diferencias muy significativas respecto de la moral islámica, y esta de la judía y esta de la hinduista, por poner ejemplos, porque se enraízan en creencias y tradiciones, donde lo que es bueno y agradable a Dios en una moral, es deleznable (sorprendente al mismo Dios) en otra, por ejemplo la poligamia (agrada a Alá y deleznable para el Dios católico).



Pues bien, hemos hecho un planteamiento general del problema sobre cómo somos, es decir, las manifestaciones externas, los signos y síntomas de nuestra enfermedad hereditaria que vamos a denominar (por hacerlo de alguna forma que nos entendamos) egolatría exacerbada o “Síndrome de Adán y Eva”. La cuestión ahora es examinar con cierto detalle, por qué somos así.


Etiología del Síndrome, o por qué somos así

Responder a esta pregunta no es fácil, porque estamos ante un misterio tan tremendo, como para la Física constituye la fuerza de la gravedad. La Gravedad es una fuerza que el hombre conoce perfectamente. Por la mecánica celeste de Newton, hemos aprendido a saber cómo se comporta la Gravedad, hasta el punto de que sabemos lanzar vehículos espaciales al cosmos y dirigirlos a cualquier punto del sistema Solar, y más allá, y hacerles llegar a sus destino con precisión milimétrica, y en ocasiones, hasta volver a la Tierra con tripulantes a bordo. Pero ¿qué es la Gravedad? Por qué se atraen los cuerpos celestes es algo que vaya usted a saber, porque a día de hoy no se ha podido detectar nada físico (partícula u onda) que relacione un cuerpo celeste con otro y genere y justifique un efecto de atracción directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. Esperemos que la mecánica cuántica y Teoría del campo unificado lo terminen por fraguar, aunque parece que ni siquiera la Teoría M va a ser capaz de ello.



Pues bien, sabemos cómo somos y qué efectos tiene nuestro comportamiento, pero lo de por qué somos así tiene las más variopintas interpretaciones.



Para ser un poco rigurosos y no caer en el discurso tendencioso, vamos a sistematizar un poco los planteamientos.



Básicamente en todo esto hay dos interpretaciones, a día de hoy, hasta ahora, incompatibles entre sí. La primera es la interpretación somática y la segunda es la interpretación esotérica. Y luego, dentro de esta última, cada sistema de creencias se lo monta a su manera. La cuestión es, una vez que examinemos ambas interpretaciones, tratar de llegar a una teoría unificada que dé sentido tanto a lo somático como a lo sutil, y nos deje razonablemente tranquilos sobre nuestro pasado, y sobre todo, nos dé luz sobre nuestro futuro.

La cosa no va a ser fácil.



#1 Teoría somática


Llamemos teoría somática la que explica cómo somos desde la Evolución y la fisiología, lo que no deja de ser importante, y tendríamos que tomárnoslo algo en serio, porque nuestro sistema vegetativo, nuestros neurotransmisores y nuestros neuro-péptidos están ahí, y sí o sí, son el soporte físico y el vehículo de nuestras emociones. Desde la teoría somática, el por qué de nuestro comportamiento se explica por las tres capas del encéfalo, que conviven y son fruto de una evolución biológica de 600 millones de años. Esto lo hemos revisado en anteriores entradas, la 40 y 41 (sobre vacas, lagartijas y demás fauna cerebral), y en la entrada anterior al dibujar sucintamente el Síndrome de Adán y Eva.



Empecemos por el protoencéfalo o paleocortex (el reino de nuestra lagartija), con estructuras tales como el tálamo, hipotálamo, hipófisis y amígdala cerebelosa, donde residen las reacciones instintivas que regulan las reacciones de ataque y defensa, unidas a todo el sistema endocrino, muy ligado a estas estructuras que lo regulan sobre la base del vertido a la sangre de neuro péptidos tales como la ACTH, la FSH, la TSH y la somatostatina.



Sigamos por el mesencéfalo o estructura media que se desarrolló considerablemente con las aves y los mamíferos y que permitió que los animales no sólo supieran atacar y defenderse, sino cuidar de sus crías y tener “¿conciencia?” de familia y prole. (Hablamos del reino de nuestra vaca pastando apaciblemente).



Y terminemos por el telencéfalo, neocortex o corteza cerebral que es lo que caracteriza a los humanos, a su capacidad de aprender (aunque también las aves y mamíferos tienen alguna capacidad de aprender), de comprender, de imaginar y de amar, aunque también de odiar.



Visto así, la cosa no tiene mayor secreto. Somos el fruto de la Evolución y nuestra vida se desarrolla entre el Cielo (que imaginamos) y la Tierra (de la que procedemos). El gran paso adelante del ser humano es que puede imaginar un objetivo de vida mejor. Es capaz de comprender que no es bueno hacer daño y que es bueno tener una actitud positiva y cooperadora. Pero se ve atrapado entre sus ilusiones y sus realidades.



Todo esto se explica sin tener que acudir a terceros agentes maléficos ajenos a nosotros.



En conclusión, la Ciencia da explicación al por qué somos así. No hay nada raro en ello, y además da esperanza de que mediante el esfuerzo personal y la voluntad, sepamos mejorar nuestro comportamiento a través del refinamiento y mejora del lóbulo frontal, que nos posibilita el control de todo nuestro ser, donde reside la voluntad.



Extendernos más en la teoría somática supone entrar en detalles sobre la anatomía y la fisiología, lo que abundaría en detalles anatomo fisiológicos, que no aportan en este discurso demasiado valor añadido.



Sin embargo, antes de pasar a la teoría espiritual, no quiero dejar de hacer referencia del planteamiento sistémico.



Las leyes sistémicas permiten comprender nuestra interacción con el entorno y cómo, fruto de esa interacción, se generan arquetipos de comportamiento sobre la base de bucles de retroalimentación, reforzadores o compensadores, entrelazados entre sí. Estas leyes explican cómo la vida y el universo está diseñado sobre la base de la estabilidad general entre fuerzas antagónicas y cómo las oscilaciones naturales se producen por el predominio alternativo de ellas, y cómo la una no puede existir sin la otra.



En suma, la teoría sistémica explica la trama de la vida, acudiendo al diseño de modelos formales, muchas veces bajando al extremo de la formulación matemática. Estos modelos, conjuntamente con los modelos físicos de la mecánica clásica, de la mecánicas relativistas (para lo macro) y de la mecánica cuántica (para lo subatómico) ofrecen una casi completa representación formal del mundo visible.

Y todo tiene explicación, al nivel de comprender por qué somos así.



Y esta explicación tiene dos lecturas, la primera comprendiendo cómo se comporta la fisiología y la mente humana en condiciones normales. Porque en situación de estabilidad suceden también acontecimientos que los sentimos como buenos o como adversos. Pero en el otro extremo está la patología, las inestabilidades que generan comportamientos anormales, excesivos, inhibidos, lo que provoca inestabilidades en el sistema de relaciones humanas que pueden conducir incluso a la extrema violencia con atributos de gran crueldad y ensañamiento, con figuras patológicas como son los psicópatas y los sociópatas. Pero todo esto, lo normal y lo que entra dentro de los valores normales de convivencia (que no es la paz absoluta, sino el día a día con sus problemas y sus recompensas), hasta lo patológico que entra dentro de la histeria colectiva y las tragedias (el hombre lobo para el hombre) e incluso la guerra, es explicable desde un enfoque evolutivo, fisiológico y psicológico. No hay fantasmas ni fuerzas ajenas a nosotros mismos que nos impulsen a hacer el mal. Son las fuerzas de la Creación impresas en nuestro interior las que condicionan nuestro comportamiento. Esto nos imprime una importante tasa de responsabilidad desde nosotros mismos, y también nos da una gran Esperanza de que mañana, la Humanidad podría ser mejor, porque también desde los niveles somáticos y mentales los fisiólogos y psicólogos han puesto en evidencia la ingente capacidad que tiene el ser humano de forjar su propio destino y mejorar sus capacidades.



Esta es la razón por la que muchos científicos son agnósticos o incluso ateos, porque casi nada de lo comprensible queda fuera del alcance de la Ciencia. Al menos aparentemente.



#2.- Teoría esotérica


La teoría esotérica se enfrenta a los problemas humanos desde otra perspectiva completamente diferente. No se plantea el por qué los humanos hacemos cosas buenas o malas, no se plantea el por qué de los actos buenos o malos, sino en sus causas últimas desde la idea de el Bien y el Mal.



El Bien produce actos buenos. El Mal produce actos malos, todo según nuestra particular percepción de los hechos.



Total, según esta versión, los humanos estamos en el extremo motivados por dos poderosas fuerzas antagónicas, el Bien (que procede de Dios) y el Mal (que procede del Maligno).



Este planteamiento es general de todas las religiones oficiales.



El origen de este escenario supone que en el principio de los tiempos, “algo salió mal”, dentro de la corte celestial, algunos ángeles se pusieron chulos y se creyeron tan guapos y listos como Dios. Y se enfrentaron a Él, de modo que Dios les expulsó del Paraíso. Algo así como un “golpe de estado en el Cielo afortunadamente frustrado”. Peeero… siempre hay un pero, al ser expulsados del Cielo, fueron desterrados al Averno. El Averno era el nombre antiguo que se le daba, tanto por griegos como por romanos, a un cráter cerca de Cumas (primera colonia griega en Italia), Campania. Se creía que era la entrada al inframundo. Posteriormente, la palabra pasó a ser simplemente un nombre alternativo para el infierno.



Pues bien, con este relato, los humanos nos imaginamos que en el más allá, desde tiempos inmemoriales se viene librando una descomunal, sin par y desigual batalla entre el Bien y el Mal, donde Dios y sus ángeles vienen librando una desaforada guerra contra Lucifer y sus huestes que, suponemos, al final (pero sólo al final) Dios saldrá victorioso, el Mal definitivamente derrotado, y suponemos extinguido, exterminado, masacrado, laminado, muerto, fulminado, o simplemente desterrado a un lugar de donde no será posible volver y a donde irán condenadas todas las almas que se hayan aliado con el Mal, etc.; de modo que ya no será posible una nueva guerra y en el Cielo reinará definitivamente la paz para toda la eternidad.



Esta imagen del Bien y del Mal la tenemos tan profundamente grabada en nuestra mente, que en cualquier imaginario religioso, social y tradicional, no se concibe la cosa de otra forma. Todos los días, a todas horas, esta imagen es la que se nos representa. La literatura y el cine son un medio fantástico para reforzar esta idea. Drácula y sus vampiros, héroes que luchan contra la bestia del 666, fantasmas de ultratumba reclutados por el mariscal de Leviatán, embrujadas contra el Averno, etc.



La imaginación humana, jaleada por las penurias y las adversidades, se hace constantemente preguntas como estas:



Si Dios es bueno, ¿de dónde surgió el mal? ¿Por qué creó Dios al hombre capaz de pecar? Y, en todo caso, ¿por qué fue tentado el hombre? ¿Es el mal coeterno con el bien? ¿Hay quizá dos deidades, como afirma el Zoroastrismo, que son eternas, una buena y otra mala, en eterna lucha entre sí? En todo caso, si el mal tuvo un origen, en la caída de Lucifer o Satanás, ¿qué produjo esta caída? ¿Qué es lo que originó su caída y la primera entrada de mal en la creación de Dios? Y si es así, ¿por qué Dios lo permitió?

Se pueden añadir algunas preguntas más. También: ¿Por qué decidió Dios crear? ¿Acaso Dios se encontraba en soledad? O como diría Stephen Hawking, ¿Por qué el Universo se tomó la molestia de existir?



Y voy a transcribir literalmente la interpretación que da la Iglesia Evangélica al problema a través de una documentación colocada en Internet:



Esto nos lleva a considerar los siguientes puntos: 
http://www.sedin.org/propesp/origenml.htm


1) Dios, en su Tri-Personalidad en un solo Ser, está totalmente autosatisfecho. No precisa de ningún ser fuera de Sí mismo para gozar de un grado infinito de amor, comunicación y comunión, por cuanto las Personas que subsisten en el seno de la única Deidad gozan de una tripartita satisfacción de amor y de comunión entre sí. Dios «no estaba solo», y más aun, su gozo y comunión eran plenamente satisfactorias en el seno de la Deidad (cp. Juan 1:1; 17:5).

2) La decisión divina de crear fue, así, totalmente libre, fruto de una voluntad divina no condicionada por ninguna clase de necesidad. Él, el Infinito Personal Absoluto, quiso crear muchos seres, necesariamente finitos, pero a Su imagen y semejanza, para que tuvieran relación y comunión con Él. Cosa hecha posible también al dotarlos con el don del lenguaje, un reflejo de la naturaleza misma eterna de la Deidad (Juan 1:1).

3) Como ya se ha indicado más arriba, era totalmente necesario que las criaturas, angélicas o humanas, poseyeran la capacidad de amar. Pero la genuina capacidad de amar exige, por su misma naturaleza, que sea un acto libre. Una libre adhesión. No olvidemos que en el caso del amor del ser creado hacia el Creador no se trata de un amor de igual a igual, sino del amor de un ser contingente y dependiente hacia el Creador absoluto y autoexistente.

4) Pasemos al hecho mismo de la Caída. El Mal no debe ser considerado como una entidad positiva, como ya se ha indicado más arriba. No. Se trata de una deficiencia, y que por la naturaleza misma de las cosas ha de ser necesariamente posible (pues en caso contrario no habría un amor y adhesión verdaderos y libremente dados). Esta deficiencia tiene lugar en una actitud que pasa de la complacencia en Dios a la desconfianza, a la incredulidad, a la enemistad.

Sabemos cómo se generó en el hombre la desconfianza en Dios (Génesis 3). No lo sabemos tan claramente en el caso de Satanás, aunque en la Escritura se nos indica que surgió el pecado, es decir, la deficiencia, en el Querubín Protector. Sabemos, sin embargo, que hubo un principio en el pecado de Satanás, un pecado en el que él tiene toda la responsabilidad moral. Y que esta caída no fue generada por el mismo Dios, aunque Dios ciertamente dejó abierta dicha posibilidad, a fin de que no fuera imposible la manifestación del amor y de la adhesión de este amor, que son naturales en una criatura contingente hacia la fuente de vida abundante, llena de gozo, en la que el mismo Dios es el objeto de un amor que se olvida de sí mismo y que se llena de un gozo inenarrable en la contemplación del objeto de su amor.


Y Etc. Etc.



Esta es la tradición cristiana sobre el mal. Satanás.



Y la repercusión en la especie humana fue la caída de Adán y Eva, lo del árbol y la manzana puñetera (o lo del gorro de mago que se quiso poner Mickey, el aprendiz de brujo –entrada 39.- El aprendiz).



Si te apetece repasar las diferentes doctrinas filosóficas sobre este asunto, sigue leyendo lo que sigue, si no, o temes sumirte en el sopor profundo de la metafísica, pasa de largo hasta el apartado #3.- Teorías orientales.



Pero aunque pueda parecer que lo de la lucha entre el bien y el mal es originaria del Génesis, y de la cultura judía, en realidad es Zoroastro el primero que apunta esta posibilidad. Quizás ninguna otra doctrina como el Zoroastrianismo es tan famosa por su “Doctrina del Bien y el Mal.” También es la más entendida y la más mal percibida. Esto es quizás lógico, porque no sólo es  la primera doctrina religiosa claramente ética en la historia, pero fue y quizás es la que dio la respuesta más satisfactoria a lo que es conocido como el “problema de mal.”

Para algunas religiones, la maldad es considerada un misterio. Se cree que la vida y sus reglas son “gobernadas” por una benevolencia innata y el comportamiento que contradice directamente la “bondad natural” no es comprensible en términos morales y racionales. La maldad caracteriza y describe aspectos del ser humano desviados de la naturaleza del amor, la justicia y lo social.

Las visiones sobre cómo están definidos el bien y el mal yacen en dos extremos. El absolutismo moral sostiene que el bien y el mal son conceptos fijos establecidos por Dios, la Naturaleza o alguna otra forma de autoridad. El relativismo moral sostiene que los estándares del bien y el mal son sólo productos de la cultura local o prejuicios.

Sin importar la fuente de sus definiciones, todas las culturas humanas poseen una serie de “creencias naturales” sobre qué cosas son malvadas. Las maldades naturales generalmente incluyen la muerte accidental, las enfermedades, el quebranto de la hacienda, una catástrofe natural y otras desgracias. Las maldades morales generalmente incluyen la violencia, la traición y otros comportamientos destructivos hacia otros, aunque el mismo comportamiento hacia personas ajenas a un grupo puede ser considerado bueno.
Las religiones judeo-cristianas junto con el islam y otras, se centran en gran medida en los conceptos del bien y el mal y esto ha sido causa de numerosos debates religiosos. Muchas culturas y mitologías personifican el mal, como Satanás en el cristianismo. Otros describen a los espíritus y demonios malvados como los incitadores de los actos de maldad.

En general, las interpretaciones religiosas se basan en el principio de dualidad, donde el bien compete al espíritu y el mal a la materia, al cuerpo. Se llama dualismo (del latín duo, dualis: dos, dual) a la doctrina que afirma la existencia de dos principios supremos, increados, contornos, independientes, irreductibles y antagónicos, uno del bien y otro del mal, por cuya acción se explica el origen y evolución del mundo.

Los gnósticos (conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas que llegaron a mimetizarse con el cristianismo en los tres primeros siglos de nuestra era, convirtiéndose finalmente en un pensamiento declarado herético), muestran  un carácter dualista. Por esa razón no podía existir salvación alguna en la materia ni en el cuerpo. El ser humano sólo podía acceder a la salvación a través de la pequeña chispa de divinidad que era el alma o espíritu. Sólo a través de la conciencia de la propia alma, de su carácter divino y de su acceso introspectivo a las verdades trascendentes sobre su propia naturaleza podía el alma liberarse y salvarse. Esta experimentación casi empírica de lo divino era la gnosis, una experiencia interna del alma. Aquí se puede ver en el platonismo un antecedente claro del gnosticismo, tanto en su dualismo materia-espíritu, como en su forma instrospectiva de acceder al conocimiento superior, siendo la gnosis una versión religiosa de la mayéutica de Platón. Este dualismo también prefigura el futuro maniqueísmo. (ver Gnosticismo en Wikipedia)

Los Maniqueos (secta fundada por el sabio persa Mani en 275 dc) creen que el espíritu del hombre es de Dios pero el cuerpo del hombre es del demonio. En el hombre, el espíritu o luz se encuentra cautivo por causa de la materia corporal; por lo tanto, creen que es necesario practicar un estricto ascetismo para iniciar el proceso de liberación de la luz atrapada. Desprecian por eso la materia, incluso el cuerpo. Los «oyentes» aspiraban a reencarnarse como «elegidos», los cuales ya no necesitarían reencarnarse más.
Según Leibniz, Dios, aunque haya deseado crear el mejor mundo posible, y de hecho haya creado el mejor mundo que era posible “in se”, no pudo crear mónadas (Término atribuido originariamente a Platón aplicado a las Ideas, y posteriormente por Jordán Bruno, Van Helmont y Enrique More para referirse a los elementos físicos o psíquicos simples que componen el universo) que fueran todas perfectas, cada una en su género. Dios no tenía necesidad por su propia naturaleza, pero, por así decirlo, fue obligado por las condiciones del problema, a lograr la perfección pasando por varios grados de imperfección (http://ec.aciprensa.com/l/leibniz.htm). Leibniz distingue entre mal metafísico, que es mera finitud o imperfección en general, mal físico, que consiste en el sufrimiento, y mal moral, que es el pecado. Dios permite su existencia pues la naturaleza del Universo exige variedad y gradación, pero los reduce a su mínima expresión, y las utiliza para servir un propósito superior: la belleza y la armonía de la creación en su totalidad. Leibniz enfrenta resueltamente el problema de reconciliar la existencia del mal con la bondad y la omnipotencia de Dios. Nos recuerda que nosotros vemos solamente una parte de la creación de Dios, la parte más cercana a nosotros mismos y que, por lo mismo, nos exige el mayor grado de simpatía. Deberíamos aprender, dice Leibniz, a ver más allá de lo que nos rodea inmediatamente, a observar el mundo más grande y más perfecto que está sobre nosotros.


Etc, etc, etc…



Y así podríamos repasar todas las filosofías y todas las doctrinas religiosas. En general coinciden en que hay una dualidad bien – mal, lo que implica una lucha titánica entre Dios y Satanás que nos ha pillado en medio.



Y como no es cuestión de convertir este ensayo en un soporífero tratado de filosofía ético – moral, dejémoslo aquí.



Como podemos ver estas teorías tratan de exculpar a Dios del desaguisado, de habérsele ido de las manos la Creación con la aparición involuntaria por su parte de auténticos seres perversos y crueles.



Y para solucionar el problema ya desde el Génesis anuncia la llegada de un Mesías que salvará al mundo de la ruina en la que nos metieron Satanás, Adán y Eva.



Con qué facilidad decimos “y Dios se vio obligado a…”.



#3.- Teorías orientales



Nos queda repasar la filosofía oriental al respecto. Veamos que dice el budismo…

http://www.sgi.org/spanish/inicio/quarterly/30/VidaDiaria.html


El bien y el mal a menudo han sido vistos como diametralmente opuestos y mutuamente exclusivos. Pero en un sentido real y práctico, ese modo de pensar tan simplista no resulta satisfactorio. Incluso los más crueles criminales pueden poseer un fuerte sentido de amor o compasión hacia sus padres e hijos. Entonces, ¿es esa persona esencialmente buena o mala?

La sabiduría budista dice que el bien y el mal son aspectos innatos e inseparables de la vida. Esta visión hace imposible rotular a un individuo o grupo particular como “bueno” o “malo”. Cada ser humano individual es capaz de acciones de la más noble bondad, o de la más vil maldad

Además, en el Budismo, el bien y el mal no son vistos como absolutos sino como relativos o relacionales. Lo bueno o malo de una acción es entendido en los términos de su impacto real sobre nuestras vidas y las vidas de los demás, y no en los términos de reglas de conducta abstractas.

Las acciones malvadas son aquellas que están basadas en un egoísmo estrecho, la ilusión de que nuestra vida está fundamentalmente desconectada de la de los demás y que podemos beneficiarnos a sus expensas. El mal ve la vida como un medio a ser usado, no como un fin en sí mismo. El bien es lo que genera la conexión entre nosotros y los demás, remediando y restaurando los vínculos entre las sociedades humanas.

En el contexto del Budismo, el bien es identificado con “la naturaleza fundamental de la iluminación”, o la libertad y felicidad absolutas que resultan del autoconocimiento profundo. El mal indica la “oscuridad fundamental”, o la ilusión innata de la vida que niega el potencial de la iluminación y causa sufrimientos para uno mismo y para los demás. Esta oscuridad interior hace eco con la desesperación de que nuestra vida es deplorable e insignificante; también abre la brecha del temor que divide el corazón de la gente en “nosotros” y “ellos”.
Un Buda es alguien que tiene el coraje para reconocer estos dos aspectos fundamentales de la vida. Como dice Nichiren, “Quien está completamente despierto a la naturaleza del bien y el mal desde sus raíces hasta sus ramas y hojas es llamado Buda”. Los budas aceptan su bondad innata sin arrogancia porque saben que todas las personas comparten la misma naturaleza de Buda. Los budas también reconocen su maldad innata sin desesperación porque saben que tienen el poder para superar y controlar su negatividad.
El desgano para reconocer el potencial tanto para el bien como el mal supremos, surge del hecho de que como individuos somos reacios a vernos sea como muy buenos o como muy malos, escondiéndonos más bien detrás de una mediocridad moral colectiva que no requiere de la responsabilidad del bien pero tampoco de la culpabilidad del mal. Y, tal vez, esta ambigüedad moral interior parezca demandar un juicio rápido de los demás –a quienes sirven a nuestros intereses como “buenas personas” y a aquellos que nos desagradan como “malas personas”– como para compensar con claridad externa esa confusión interior.

Algunos ven el Budismo como una enseñanza de tranquilidad y reposo –e incluso de pasividad– pero en realidad la práctica del Budismo nada tiene que ver con “mantenerse a salvo”. Es una lucha constante por crear valor y transformar el mal en bien a través de nuestros propios esfuerzos por confrontarlo. Nichiren escribe, “Oponerse al bien se llama mal, oponerse al mal se llama bien”.

Si nos falta el coraje para confrontar las malas acciones, o las tendencias hacia el odio y la discriminación, tanto dentro de nosotros como en la sociedad, ellos se propagarán sin obstáculos, como lo muestra la historia. Martin Luther King, h, se lamentaba, “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no simplemente por las palabras y acciones llenas de odio de las personas malas sino por el espantoso silencio de las personas buenas”.

Y, finalmente, el mal sobre el cual debemos triunfar es el impulso hacia el odio y la destrucción que reside en todos nosotros. El proceso de reconocer, confrontar y trasformar nuestra propia oscuridad fundamental es el medio por el cual podemos fortalecer el funcionamiento del bien en nuestra vida.



La filosofía Zen dice respecto de este espinoso asunto del mal, que El mal no está tan alejado del bien. Lo que separa estos dos caminos no es evidente al principio. Entonces es más y más difícil cambiar nuestro ángulo de ataque. El camino del bien es el que Cristo enseñó. Él dio todas las indicaciones en oraciones simples tales como ama a tu vecino como a ti mismo, ámense el uno al otro, etc. El amor, sanación del mal.



#4.- Hacia una visión más comprensible


Si uno examina el contenido de lo expuesto en los epígrafes anteriores, se da cuenta de que (dejando aparte de momento la teoría somática), hay dos enfoques radicalmente opuestos.



El primero es el de las teorías esotéricas, que son esencialmente absolutistas y duales, maniqueas. El Bien absoluto (Dios) contra el Mal absoluto (Lucifer), en una descomunal guerra milenaria, que nos pilla a los humanos en medio, como escenario de las batallas. Y en medio del desastre, la llegada de un libertador, un Mesías, que llega al mundo como el séptimo de caballería, gracias al cual podemos ser salvados del completo desastre que sería la vida humana.



El segundo es el de las teorías orientales, que son esencialmente relativistas. No existen los absolutos, sino atributos inseparables de la vida humana. No se entienden como atributos en sí mismos, sino en relación al modo en que afecten a la vida humana. Un terremoto grado 8 en Siberia (por poner un lugar deshabitado) es un fenómeno natural sin mayores consecuencias, pero en la isla de Haití puede suponer una tragedia con centenares de miles de muertos, como hemos podido comprobar. No es malo el terremoto, sino los efectos sobre la vida humana. Y en el sentido más ético de la palabra, lo malo va de la mano de considerar lo demás en mi propio beneficio. No hay batallas descomunales entre el Cielo y el inframundo.



Ahora bien, nos queda ver dónde colocamos la teoría somática respecto de las otras dos, las esotéricas y las orientales. Obviamente, se integran muchísimo mejor la teoría somática con la oriental, y casi se puede decir que son inmiscibles aquella con las teorías esotéricas digamos del Oriente Medio y occidentales. Y teniendo en cuenta que lo que describe la neurofisiología, la psicología y la psiquiatría se basa en la evidencia científica, casi es imposible compatibilizar las reacciones hipotalámicas con las tentaciones de Lucifer. Y sin embargo es bastante comprensible el comportamiento de los neuropéptidos y las redes neuronales con una visión budista del problema.

En suma, tenemos un papelón a nivel de creencias, porque reconocer que la versión judeocristiana (y también islámica) del problema del mal está equivocada tiene consecuencias tremendas para los creyentes. Porque, bajo una interpretación simplista de todo esto, dejaría de tener sentido la misión salvadora del propio Jesucristo y su muerte en la cruz. Y esto es demasiado fuerte como para admitirlo prima facies, así, de primeras. Sin embargo, a la luz de la razón y de la propia filosofía natural, cuesta mucho trabajo hacer compatible las creencias de las gentes del libro con las evidencias científicas sobre el comportamiento humano.



¿Dónde está el problema? O nos han contado una película de indios, o no han sabido contarnos la verdad, o somos demasiado idiotas como para comprender las explicaciones del catecismo.



La Iglesia católica supongo que apuesta claramente por lo tercero; podría reconocer a regañadientes lo segundo y rechazará absolutamente lo primero.



No se le puede pedir a la gente que acepte las cosas como misterios inescrutables, sin comprender, porque esas cosas suponen el centro de nuestras vidas, y el resultado final no es para tomárselo a broma, porque está en juego nuestro futuro dentro del binomio Cielo – infierno. Habrá a quien no le importe, pero a otros, como a mí, nos importa muchísimo.



Necesitamos caminar hacia un horizonte mínimamente comprensible, que nos permita vivir razonablemente tranquilos, que a la mente la deje sosegada, admitiendo que ella no puede ir más allá, para darle protagonismo real a lo espiritual, y sobre todo, para aceptar la figura nada menos que de Dios en nuestras vidas. Porque al no ser así, al maliciarse la gente que sobre lo que nos han contado planea la sospecha de resultar ser una “película de indios”,  Dios empieza a ser una entidad que está desvaneciéndose en la nube del desconocer de los humanos en su calidad de algo tan pesado como inútil para la vida de todos los días, arrinconado en la extrema esquina de las preceptivas prácticas religiosas carentes cada vez más de valor postal a efectos prácticos en nuestra laica y secular sociedad.



Las visiones sobre el origen tienen repercusión en el futuro. Por ejemplo, la Iglesia católica representa a Dios como un padre amoroso pero parece existir una tendencia irreprimible a presentarlo como un juez justiciero y vengativo, a la antigua usanza, en plan veterotestamentario, con una vara de hierro, que ¡cuidado con moverse!, porque el que se mueva no sale en la foto celestial. El código moral católico te mete en el corredor de la muerte por cosas tales como un mal pensamiento, copular fuera del matrimonio canónico, una crítica iracunda, faltar a misa del domingo sin causa justificada, dudar del magisterio de la Iglesia… En la Tierra, un ciudadano sabe que en condiciones normales no hay riesgo de que te metan en la cárcel. No está tan claro que cuando muramos lo hagamos en gracia de Dios. Total, un sin vivir, sentirse permanentemente en el "corredor de la muerte", lo  que se da de bruces con el mensaje de Jesús a los corazones destrozados.



Las consecuencias en el futuro, según los orientales vienen determinadas por el karma. Según esta filosofía al comportarse de acuerdo al karma uno debería tomar conciencia de que la búsqueda de la venganza y el mal traerá graves consecuencias en la vida diaria y en las vidas futuras. Los seres humanos deben comprender que este concepto busca aprender el sufrimiento, dominarlo y sacar provecho de él en términos espirituales para que se llegue al desarrollo de una vida más plena.

Si bien la ‘Ley del Karma’ se refiere a “causa y efecto”, para el budismo, el concepto de karma implica acción mental (pensamientos), verbal (palabras) y física (acciones propiamente dichas, obras).

El karma puede ser explicado como un fenómeno análogo a la inercia, una “inercia natural”. Según esta visión, el individuo genera tendencias a través de sus causas. Un pensamiento, palabra o acción ‘intencional’ determinará una tendencia en el mismo sentido. En el futuro, las causas no necesariamente serían intencionales, sino que estarían influenciadas o inducidas por causas previas. En este sentido, el karma constituye una fuerza inconsciente y condicionante, que hace que los individuos tiendan a un determinado estado de vida, ya sea bajo o elevado. Un mal karma, es resultado de malas causas que conducen al individuo a atravesar repetidamente una situación que provoca sufrimiento. (Ver “Karma” en Wikipedia)

Mediante la práctica budista, las personas pueden escapar del condicionamiento del karma y así liberarse de los cuatro sufrimientos y etapas de la vida fundamentales, nacimiento, vejez, enfermedad y muerte.



Por otra parte hablar de karma es hablar de otro elemento básico de las culturas orientales, la reencarnación, abiertamente rechazada por el cristianismo.



Si dejamos a un lado la lectura interpretativa de la Iglesia católica, y aceptamos el enfoque oriental como más razonable, el que queda fuera de juego es el propio Jesucristo, porque uno puede llegar a concluir que lo de la redención, vaya usted a saber en qué habrá podido quedar.



Y si algo nos negamos lógicamente a aceptar los cristianos es a considerar la figura de Jesús dentro de la fábula y de la fantasía de nuestro imaginarium, algo que no es real, que sólo existe en la imaginación.



Para evitar esta situación hemos de releer la historia de la salvación con otra perspectiva completamente diferente, para, probablemente, terminar por echar en cara a los exegetas y hermeneutas lo mal que acaso nos han interpretado las sagradas escrituras.

Esto obliga, de nuevo, a saber discriminar el grano de la paja, lo importante y lo accesorio.



Para mí lo importante, lo auténticamente importante es saber que Dios está en el fondo de todo. Es el fondo de todo. Es el fondo de las cosas y es el fondo de mí mismo, constituye mis cimientos, de donde procedo y a donde voy, y donde estoy, aunque no me dé cuenta. Esto nadie lo duda, ninguna religión cuestiona esto, ¡gracias a Dios!



Dicho esto, queda el espinoso asunto de casar la Historia de la Salvación con la evolución del Universo, y de la Humanidad.



#5.- De cómo la “literalidad” desemboca casi en el absurdo


No se me enfaden ustedes, los que leen este blog, por el tono desenfadado con el que voy a contar esta historia, porque tras la sonrisa que pueda provocar, en su caso, a poco que lo pensemos, se nos quedará congelada.



Me he pensado detenidamente si incorporar lo que viene a continuación a esta entrada o no, porque cada vez que la leo me parece muy fuerte lo que pongo, sobre todo para aquellas personas que lo puedan leer y jamás se hayan planteado esta cuestión de la literalidad de las Escrituras, pero pongo a Dios por testigo de que lo que escribo a continuación es uno de los argumentos que más me han martilleado como cristiano a lo largo de mi vida, y más me ha puesto contra las cuerdas de caer en el escepticismo más absoluto. Además es el argumento cuyo planteamiento y resolución da razón de ser a este blog y sobre todo a su título “todos los santos de Dios”.



Así que, en la confianza de que sepáis comprender el planteamiento a continuación, vamos a ello. El hecho de que me lean y sigan este blog demuestra que sois gente de mentalidad abierta.



Se trata nada menos que de caer en la cuenta de quiénes son los seres humanos que han tenido y tienen derecho a ser beneficiarios de la misericordia de Dios.



¿Os acordáis de los famosos diálogos de Platón, donde el filósofo relataba los diálogos que Sócrates entablaba con los sofistas (falsos filósofos que con silogismos trampa, trataban de confundir a las gentes con falsos argumentos sobre la vida?



Sócrates empleaba dos métodos que aplicaba de modo sucesivo, secuencial. Primero utilizaba la ironía, para, a base de preguntas no exentas de un estilo mordaz, pero sobre todo, no exentas de humor, iba desmontando poco a poco los argumentos del sofista, hasta hacerle morder el polvo de la vergüenza, demostrándole su error. A continuación utilizaba la mayéutica, para reconstruir el edificio filosófico sobre sólidos cimientos. La consecuencia de esta actitud ante este grupo influyente de pseudofilósofos, no fue otra que su condena a muerte a manos de ellos, haciéndole beber cicuta. En más de una ocasión se ha comparado a Sócrates como precursor de Jesucristo, ya que ambos hicieron básicamente lo mismo, desmontar una filosofía (religión) fundada sobre bases falsas (arcaicas), para abrirnos el camino de la lógica y de un nuevo horizonte en el pensamiento (una nueva visión de Dios como Padre misericordioso).

Sin ánimo de compararme o imitar a Sócrates, voy a más o menos emplear el mismo método. Vamos a ver cómo resulta. Sería algo así como pasar de una explicación empírica basada en creencias extraídas de la literalidad de la Biblia, de la enfermedad del alma, a una explicación científica, extraídas del sentido simbólico que relata la propia historia del alma del ser humano, como individuo y como comunidad.



En la Entrada 25, el derecho a poder pensar, incluyo un gracioso relato de un ciudadano norteamericano, que le preguntaba a la doctora Laura Schlessinger, sobre varias dudas de interpretación de diversos pasajes del Pentateuco, interpretados de modo totalmente literal, lo que derivaba ahora, en el Siglo XXI en conclusiones ridículas.



Vamos a hacer lo mismo. Supongamos que el mismo radioyente le pregunta a la doctora Schlessinger sobre el sentido de la historia relatada en la Biblia.



Comenzaría más o menos así…



Querida Doctora Laura Schlessinger… (o queridos miembros de la curia, que para el caso es lo mismo)

Según la Biblia, y tomada ésta literalmente, al-pie-de-la-letra, Dios a lo largo de la Historia anterior a Cristo, sólo tuvo a bien dirigirse al pueblo Judío, ningún otro ser humano, ni ninguna otra raza, pueblo o nación tuvo noticias de Dios (el verdadero), excepto el pueblo de Israel. Y teniendo en cuenta que el pueblo de Israel no dejó de ser un conjunto de tribus por lo demás poco numerosas, respecto de todos los pueblos de la Media Luna fértil, que fue y es especialmente endogámico, 

PREGUNTA: ¿esto significa que salvo los judíos, los seres humanos no judíos (es decir el 99% de la Humanidad) teóricamente vagaron desde los orígenes del hombre hasta el año cero de nuestra era cristiana, sin rumbo y sin pastor, Dios no se les manifestó de ninguna forma? PREGUNTA:¿Se tuvieron que inventar dioses falsos (paganismo), porque Yahvé Dios, el único, no tuvo a bien dirigirse en ningún momento a ellos, porque toda su atención la puso en los herederos de Abraham? PREGUNTA:¿Esto es claramente una declaración explícita de que a Dios no le importaba demasiado el 99% de los seres humanos (si es que los judíos alcanzaban el 1%, que lo dudo), a los que no prestó atención, y encima, como todos murieron en pecado original, debieron ir directos al infierno (o al purgatorio u otro lugar nada agradable), hicieran lo que hicieran, porque para ellos la salvación les estaba vedada?
En esto, que Dios anuncia a través de los profetas, que va a mandar un Mesías para salvar al pueblo de Israel, que a pesar de las infidelidades que comete hacia Yahvé, Dios insiste en sacarles de la ciénaga de la perdición. Llegado el momento, Dios se encarna en Jesucristo, que cambia de tercio y anuncia la salvación para todos los hombres, y encarga a sus discípulos que difundan su mensaje hasta los confines del orbe. Con Jesús el 99% de la Humanidad ya se puede incorporar al Reino de los Cielos. Y además, tras morir en la cruz acaso aprovechó el rato entre su muerte y resurrección para acordarse de ese 99% de la Humanidad que se estaría preguntando desde el infierno “a ver qué hay de lo mío”.
Pero la cosa se complica, porque sus discípulos constituyen organizaciones religiosas que se presentan como la aduana del Cielo para toda la Humanidad (otra vez); o tienes todos los papeles en regla, o no pasas (“lo que atarais en la Tierra…”). 

PREGUNTA: ¿Esto significa que tienes que tener el certificado de bautismo y cumplir las normas canónicas dictadas por el Vaticano, que ha adquirido a lo largo de dos mil años una práctica asombrosa en eso de atar y desatar cosas,  para poder acceder a la comunidad de salvados? 
PREGUNTA: ¿No hay salvación fuera de la Iglesia católica?
Pero resulta que diez mil años de abandono de Dios al 99% de la Humanidad, hizo que esta se la apañara como fuera para tratar de comprender y también conseguir el favor de los dioses. Así que como Yaveh no les hacía ni caso, no tuvieron más remedio que inventarse a Dios, bajo otras denominaciones, así los pobres se tuvieron que inventar a Isis, Osiris, Zeus, Mazda, Shiva, Krishna, Vamana, Karnala, Zetchoaltz, Chalchiuhtlicue, Tezcatlipoca, Hunab, etc. Un dios para cada cosa y una cosa para cada dios. Y las correspondientes castas sacerdotales, siempre dispuestas a interceder entre los dioses y las pobres gentes. 

PREGUNTA: ¿Qué otra cosa deberían haber hecho?
Por otro lado, según la Biblia, resulta que Yaveh veía con malos ojos el culto pagano a dioses falsos. ¿Pero qué iban a hacer los pobres, si nadie les contó la verdad?
Total, que cuando los misioneros fueron a evangelizar a esas pobres gentes, tras darles una colleja por haber adorado a dioses falsos (“eso”, colleja, “no”, colleja, “se”, colleja, “hace”, colleja), y amenazarles con el infierno si seguían en sus trece, tuvieron a bien enseñarles la auténtica película. ¿Y nosotros qué sabíamos de todo esto? Pensaría más de un salvaje extrañado de esta nueva religión que veía que se les imponía muchas veces por la fuerza de las armas en las guerras de conquista.

Jesucristo era presentado como su salvador, el salvador de sus pecados.
Sí, hombre, del pecado original de Adán y Eva…
¡Anda no fastidies! – le diría el indígena -. Así que por unos tipos llamados Adán y Eva, que ahora es la primera noticia que tenemos, hemos estado condenados al fuego eterno sin saberlo ¡?! Y ahora, gracias a Jesucristo, menos mal que vienes tú y nos dices que tiremos por tierra toda nuestra cultura y adoptemos las normas de alguien que llamáis Papa que vive en no sé dónde, y que es el representante del único Dios (según vosotros) en la Tierra. Y si no hacemos esto, primero, nos pasáis a cuchillo… porque estoy viendo por ahí unos soldados vuestros con cara de pocos amigos, y segundo nos vamos derechitos al infierno, donde según vosotros, están ya todos nuestros antepasados… ¡¿?!
Hum… me lo explique, oiga.
A ver, te lo repito una vez más, o te bautizas o te pasamos a cuchillo y te vas al infierno. ¿Qué parte de la frase no has entendido, cafre?
¡Uy!... Esto se pone chungo. Será mejor bautizarse…
Sin embargo no todos los salvajes paganos fueron tan sumisos como los indios americanos. Los orientales budistas, hindúes y seguidores de la filosofía Tao y demás fueron más duros de roer. Vieron, compararon y dijeron… ¡anda ya!, a otro con ese cuento. Me vas a decir que renuncie a todo el sistema de pensamiento que desde los vedas y Patánjali venimos cultivando para adoptar unas normas foráneas de alguien que no conocemos…
Y para completar la película, en el siglo VI vienen unos beduinos esgrimiendo sables en nombre de Alá y se pasan a cuchillo invocando la Yihad islámica a todo aquel que no se convierta a Mahoma. Antes pasaban a cuchillo, ahora derriban rascacielos, pero en el fondo es lo mismo.
Y cosas así…
Querida doctora Schlessinger, (queridos doctores de la Iglesia) si estoy equivocado en mis planteamientos, le rogaría me corrigiera y me liberase de mi estulticia religiosa.

Fin de la parte irónica de este discurso.



Este relato, contado de esta forma no deja de tener gracia. Podría ser un argumento para el programa de “El club de la comedia”.

Pero qué pasa si justamente esto es lo que yo aprendí en la catequesis de primera comunión, de postcomunión, y en el fondo es el mismo mensaje que escuchas todos los domingos en misa.



Es decir, la historia de la Salvación contada con un poco de gracejo es esta, ni más ni menos. Un Dios que sólo ve por los ojos del pueblo Judío y que prepara la salvación de toda la Humanidad a través de la cultura judía y luego de la nueva Iglesia, que con el tiempo se convertiría en la sucesora del poder terrenal de los emperadores romanos y única puerta de Cielo, enredada siglo tras siglo en todas las intrigas palaciegas de los reyes europeos, y en las guerras que entablaron entre sí.



Es el momento de que la pobre alma humana pregunte, no sin cierta dosis de angustia, ¿qué hay de lo mío? ¿Qué hay de la enfermedad que me devora? ¿Cuál es el tratamiento para mi mal?



¿Cierro los ojos y creo sin cuestionarme nada de lo que me han contado, o asumo el riesgo de poder pensar, a riesgo de que me castigue Dios (y la Iglesia) por mi atrevimiento?



 ¿Simplemente con confesarme los pecados ante el cura, si muero en gracia de Dios me salvo y ya está?



¿O he de renunciar a todo, entregar mi vida a los pobres, tomar mi cruz y seguir a Cristo por la senda estrecha de la Vida Interior?

Lo primero es tan fácil como armarte de valor, tragarte tus vergüenzas y soltar por esa boquita ante el cura tus desaguisados. Lo segundo impresiona de bastante más serio y comprometido.



#6.- Mayéutica o un poco de esperanza


A estas alturas de curso, ya no es cuestión de enfrentar la Ciencia con la Religión, tema este bastante manido ya, del que abiertamente quiero pasar.



Posiblemente para los que sóis jóvenes y habéis tenido la suerte de desconocer este lado oscuro de la catequesis católica, preconciliar (aunque la actual no está exenta del todo de estas amenazas), os suene raro este discurso salpicado de amenazas permanente con las penas del infierno, pero para muchos de los que estamos entrados en años, ha supuesto un auténtico calvario. Razón por la que muchísima gente ha abandonado la fe católica, por insoportable. Ahora parece que el Vaticano recula un poco y no está tan severo como antes, pero no sé yo...



Es cuestión de poner un poco de sentido común a las enseñanzas recibidas.



Es pedir a gritos que no se nos tome por imbéciles en temas tan serios como es nuestra vida espiritual.



La Historia de la Salvación tiene que ser de otro modo. Tiene que significar otra cosa. Como parábola del Reino, para entendernos, está bien, pero como historia al-pie-de-la-letra, plantea serios problemas, a poco que uno piense un poco.



Cuando Consuelo Martín habla en su libro “Lo verdadero y lo falso de la religión” de la necesidad de saber discriminar lo irracional (por absurdo) de lo suprarracional (por elevado y que supera la mente humana), y poder situar lo más posible del contenido religioso en el terreno de lo comprensible, está indicando la necesidad de poner un poco de sentido común a las fantasías religiosas, a las creencias, dogmas y normas de conducta. Porque si no, si piensas un poco, caerás inevitablemente en el escepticismo.



La única forma, en mi opinión, de superar esta crisis, a la que te enfrentas con este planteamiento, es poner un poco de sentido común a todo esto, acudiendo a lo único que no depende de nada ni de nadie, salvo de Él, de Dios. Tú mismo, tu Vida Interior.




Entraríamos así en la fase mayéutica del método de Sócrates.




(Si algún cura leyera esto, me tachará de impertinente, estúpido y renegado. Esto es la misma actitud que en tiempos de Jesús tomaron los escribas y fariseos, que imbuidos de poseer toda la verdad, jamás fueron capaces de reconocer sus excesos doctrinales. Sólo ellos pueden hablar de estas cosas.)

Donde el corazón te lleve

Tomo el título de este epígrafe, del título de la deliciosa novela de Susana Tamaro, publicada en 1994, “Donde el corazón te lleve”. Porque realmente la tenue diferencia entre lo que deseas y lo que realmente deseas, lo que eres y lo que realmente eres, te lo dicta el corazón, que es una forma coloquial de denominarte a ti mismo, a tu conciencia, a ti, como espíritu inmortal, ese que parece dormido, pero que es tu Yo Real.



Mi corazón me lleva a tener que admitir que todas las Sagradas Escrituras están escritas en clave simbólica. No puede ser de otra forma. La historia de la Salvación no es tan sólo un relato histórico, no puede serlo, porque nos conduciría al cuento poco creíble relatado en el epígrafe anterior.



La historia de la Salvación es el relato de un instante eterno.
¡Qué contrasentido!, ¿verdad? Es mi propia historia.



Yo nací a la existencia, quién sabe… En algún momento del mes de agosto de 1955, que fue cuando me concibieron mis padres. O hace cientos o miles de años, llegando a donde estoy ahora, tras no sé cuántas vidas anteriores y sucesivas reencarnaciones.

No lo sé, y casi me da igual.



Mi corazón me lleva a no sentirme culpable de un pecado original cometido por seres mitológicos, que lo único que representan es al corazón humano y esa tendencia a fallar, a ser débil, inherente a la dual naturaleza humana, que depende en su comportamiento tanto de las capas neuronales y de las hormonas hipotalámicas como de la voluntad del alma dormida.



Mi corazón me lleva a reconocer esa lucha entre el bien y el mal, como esa lucha interior por romper las barreras que nos hemos creado (por nuestra dual naturaleza) en torno a nosotros, que nos separan del Dios que nos inunda completamente. Vencer mi egoísmo, mi pereza, mi insolidaridad, mi ceguera espiritual.



Mi corazón me lleva a entender que jamás he salido de la casa del Padre. Lo que pasa es que dada mi naturaleza tiendo a ignorar su presencia, a ser revoltoso e indisciplinado.



Mi corazón me lleva a reconocer que como criatura de Dios, tengo que saber madurar y necesito aprender continuamente, para aumentar el espectro de mi vida hacia los demás.



Mi corazón me lleva a reconocer que estoy enfermo, que necesito ayuda para aprender a amar. Que solo no puedo recorrer ese camino imaginario de maduración y aprendizaje.



Mi corazón me lleva a reconocer que, tras varios milenios, los seres humanos adolecemos de los mismas virtudes y tenemos los mismos defectos.



Mi corazón me lleva a reconocer que a mi alrededor hay mucha gente buena de la que puedo aprender. Que han existido grandes maestros que han sabido hablarnos de Dios.



Mi corazón me lleva a reconocer en Jesús al gran Maestro, al Hijo de Dios Vivo, al Verbo, que cambió radicalmente la visión que de Dios nos habíamos forjado los hombres, de un Dios vengativo, iracundo, por el de un Padre cariñoso con sus revoltosos hijos; nos ha enseñado el camino y con su vida, muerte y resurrección nos ha salvado de nosotros mismos. Pero antes y después de Él  ha habido grandes maestros en la espiritualidad que han sabido conducir a sus pueblos.



Mi corazón me lleva a escuchar de Él palabras de vida eterna, pues nos dice cómo Dios actúa en todos los seres humanos, y que su vida pasión, muerte y resurrección simbolizan ese instante eterno, por el que Dios abraza a cada uno de sus hijos, desde el primer pitecántropus erectus hasta la última criatura nacida hace un segundo en cualquier lugar del mundo.



No puede ser de otra forma.



El pueblo judío no es el “literalmente” el pueblo elegido, sino una parábola de los llamados a ser elegidos, de todos los santos de Dios. Es un símbolo de toda la Humanidad, en aquellos hombres y mujeres de sincero corazón, que buscan su Yo Real, tanto si son judíos, moros, cristianos o indios mapuches.



Mi corazón me lleva a comprender la figura de Jesús como un hombre que por su naturaleza divina, sale del continuo espacio tiempo para hacerse presente con toda su realidad en todos los seres humanos sin excepción, le conozcan como personaje histórico o no. Ese es para mí el sentido de la Resurrección.



Mi corazón me lleva a entender la gehenna de la que habla Jesús, como ese estado del alma que hace oídos sordos a la llamada del amor. Es el estado de un alma carcomida por el egoísmo, el rencor, el odio. Es ese cúmulo de sentimientos negativos, de tristeza, de temor, de cólera, que atenaza las almas de aquellos que no han querido aprender a amar. Porque los que odian porque no saben o no pueden amar (por historia familiar, por problemas mentales, por tragedias y traumas), esos, lejos de merecer la gehenna, son bienaventurados porque sufren. Es el sufrimiento de aquellos que viven con el corazón destrozado, en un permanente estado de angustia y en la permanente y descomunal batalla por sobrevivir en condiciones infrahumanas, y se ven, por ejemplo, obligados a delinquir para conseguir un pedazo de pan que llevarse a la boca.



Mi corazón me lleva a entender el Reino de los Cielos como el estado del alma que ha aprendido a amar, a “darse cuenta” de que ella y Dios son una sola cosa, y que todos somos UNO.



Mi corazón me lleva a darme cuenta de que al final, no hay juicio, sino el abrazo amoroso del Padre que sale a recibir a hijo pródigo sucio y lleno de harapos.



Mi corazón me lleva a creer en la buena fe, en la buena voluntad, como ese instinto natural que, con el apoyo de Dios, nos permite tomar conciencia de nuestro Yo Real y del Amor que inunda toda nuestra vida.



Mi corazón me lleva a ver en Jesús Aquel que me ha mostrado el camino, y además, he tenido la suerte de conocerlo en cuerpo y alma. Pero también muestra el camino al resto de seres humanos, aunque no hayan sido catequizados por la Iglesia católica, porque Jesús de Nazareth es Dios mismo, que ha hablado por boca de Gautama Sidharta, “el Buda”, o de Confucio, o de Lao Tse, o de Mahoma, o de los sabios chamanes de los pueblos indios americanos, etc. Esta es una idea demasiado atrevida para un católico, lo sé, y será mal recibida por los doctores de la Iglesia, pero el Gran Espíritu de los Indios no puede ser algo demasiado distinto de nuestro Dios. Es el mismo Dios, percibido por aquellas almas libres de ataduras mundanas que fueron y son los indios americanos.



Mi corazón me lleva a aceptar que hay muchas vidas y muchos Maestros que nos hablan de Dios a lo largo de ese instante eterno que es la auténtica historia de la Salvación.



Mi corazón me lleva a confiar ante mi muerte, y ver en ella un nuevo amanecer en una nueva vida terrenal o en otra dimensión del espíritu. Nadie me va a condenar si no hay almas que hayan sufrido por mi culpa. Pero si las hay, tendré que seguir caminando, sintiéndome en esa gehenna (el alma triste) para aprender a amar. Una vida no es suficiente. Hay tantos condicionantes que nos interfieren en este camino de regreso a casa…



Mi corazón me lleva a salir de este mundo, a ver todo lo que me rodea como ajeno y provisional. A no estar apegado a las cosas, a no pretender demasiados bienes materiales. A buscar la Presencia constante de Él en mi.



Mi corazón me lleva a comprender las Sagradas Escrituras como una descomunal parábola de mí mismo, de mi propia historia de salvación, de nuestra historia de salvación de nosotros mismos.



Y así, de este modo, puedo volver a aceptar la Biblia, y el Corán, y el Tao te king, como Palabra de Dios.



Y como he nacido en una cultura cristiana, me quedo con la Biblia y en especial con el Nuevo Testamento, como libro de cabecera. Pero tengo a Lao Tse, a Confucio o a Buda como grandes maestros, de los que tengo mucho que aprender también.



Si yo hubiera nacido en la India, creo que sería un buen Budista, o si en China, un buen Confucionista, o si en Arabia, un buen musulmán (aunque sin demasiadas ganas de gresca).



Mi corazón me lleva a reconocerme enfermo de egolatría exacerbada (en palabras de Meister Eckhart: cuanto más hay de mí en mí, menos hay de Dios en mí), del Síndrome de Adán y Eva, enfermo de soberbia, de ambición, de maledicencia, de pecado, de falta de amor, de fe y de esperanza, y por ello en la necesidad de ponerme en manos de un médico de reconocido prestigio para tratar de curarme esta enfermedad.



Su nombre es Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios vivo, el Médico del Alma.


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